Pues sí; mi más cordial enhorabuena a los gobiernos. No a este gobierno de la nación, sino a todos los que pueblan nuestro pueblo: a los gobiernos municipales, a los gobiernos regionales y a los anteriores gobiernos. Enhorabuena, porque entre todos han conseguido arrojar un balance positivo. Por fin hay un número que ha crecido visiblemente en los últimos cuatro años. Me refiero, por supuesto, al número de mendigos que hay en las calles. Al número de seres humanos que se agolpan en los comedores sociales. Al número de criaturas que sobreviven a base de caridad. Al número de los que duermen en las puertas de los bancos. Gran labor social la de los bancos; permitir que un ser humano pernocte junto a uno de sus generosos cajeros. Enhorabuena también a los banqueros, a cuyas arcas van a parar esos milloncejos que nos recortan en sueldos, pensiones, inversiones científicas y culturales, subsidios de desempleo y otras menudencias.
Queridos gobernantes; lo habéis conseguido, habéis logrado multiplicar por cien el número de personas que practican la mendicidad en la calle. Al fin y al cabo, para vosotros, un número es un número. Y detrás de los números no hay sentimientos, no hay anhelos, necesidades básicas, ni siquiera dignidad. Con los números se elaboran estadísticas que no significan nada para quienes sólo entienden de macroeconomía. Y la macroeconomía es la ciencia creada por y para los psicópatas.
Os merecéis otro aumento de sueldo. Pero cuidado, es posible que vuestros hijos sufran ataques de ansiedad cuando tengan que abrir todos esos regalitos que les han tocado en gracia.
domingo, 23 de diciembre de 2012
domingo, 16 de diciembre de 2012
LA BICICLETA
![]() |
Alfred Jarry en su bicicleta |
“Cada vez que veo un adulto en bicicleta dejo de
desesperarme por el futuro de la raza humana”
H.G.Wells
A veces –contadas veces- el editor
acierta al encabezar una obra de compilación con un aforismo. En este caso, el
aforismo de H.G. Wells es la guinda de ese maravilloso pastel denominado “Ubú en bicicleta”, (Ediciones Gallo
Nero, 2012) dedicado a algunos de los mejores opúsculos de Alfred Jarry, padre de la patafísica, creador de Ubú
Roi, y precursor de gran parte de las vanguardias literarias del siglo XX.
La máquina de tracción humana, ese
exoesqueleto que algunos reverenciamos frente a los malos humos, fue una de las
pasiones que Jarry mantuvo a lo
largo de su corta existencia hasta el punto de hacerla protagonista de algunas
de sus creaciones literarias. Jarry es el tipo que pasea en bicicleta por París en esa fotografía que corona esta entrada,
y que, por supuesto, nunca llegó a pagar. Ningún otro autor ha llegado a
mimetizarse tanto con su propio personaje. No fue el único; su doctor Faustroll
ha sido a su vez santo patrón de la ciencia patafísica moderna, una ciencia del
absurdo que empieza a albergar más genialidades que la masonería.
Para algunos como un servidor, la bicicleta no
es una máquina en sí, sino parte de un todo compuesto por el motor primario –el
insustituible ser humano- y el exoesqueleto más generalizado de cuantos se puedan
encontrar. Una bicicleta no genera más contaminación que la del propio aliento,
sus piezas se pueden reciclar hasta el infinito, es el vehículo que pesa menos
que el usuario, apenas ensucia el suelo por donde rueda, y coadyuva a liberar
casi tantas endorfinas como la risa. Como decía Mario (Sancho Gracia) en la
película “La bicicleta” de Sigfrid
Moleón: en el coche enciendes la música;
en la bicicleta, tú cantas.
Resulta bastante complicado matar a
alguien atropellándolo con una bicicleta. Habría que pasar unas cuantas veces
por encima de la víctima para dejarla bien muerta. Las cifras de los atropellos
mortales tienen su campeón mundial: el automóvil. Uno se puede lesionar
gravemente en un accidente ciclista pero, por lo general, ese tipo de accidente
resulta mortal con la inestimable colaboración de un coche. La bicicleta no
hace ruido. Una manifestación de tres mil ciclistas atraviesa la Gran Vía de
Granada en diez minutos y no deja ni una octavilla en el suelo.
Si a esto le añadimos que la bici no consume
combustibles fósiles, y que el que pedalea no paga el billete de autobús,
llegaremos a la conclusión de que nos hallamos ante un artefacto altamente
transgresor.
Será por eso que el Ayuntamiento de
Granada “estudia” la posibilidad de prohibir la circulación de bicicletas por
la arteria principal de la ciudad. Quizá a nuestros próceres les resulte
peligroso que un elemento tan inocuo comparta espacios con otros vehículos,
como de hecho lo hace en la mayor parte de las ciudades centroeuropeas donde el tráfico es más fluido por la sencilla razón de que hay menos automóviles. Cada
día hay más de cien mil bicicletas en las calles de Berlín. No hablemos de
Ámsterdam, Copenhague, Oxford, Barcelona, Helsinki, Praga, Estocolmo, Bruselas,
Luxemburgo, Estrasburgo, Oslo, Ginebra… No sé si seguir con la lista o
reconocer que nunca aspiraremos a superar un pensamiento rancio y provinciano basado únicamente en el interés económico.
El que ha tenido la suerte de
enamorarse de esta bellísima máquina sin tubos de escape ni lujos innecesarios,
sabrá ya que no es preciso recurrir al salto en paracaídas ni a las drogas de
diseño para experimentar esa eufórica ingravidez que brota en las entrañas al
deslizarse por calles, carreteras, pistas y caminos, por el simple placer de hacerlo.
Cada día, siendo aún de noche, vuelo
en mi bicicleta hacia la oficina donde intento ganarme la vida decentemente. No
me importa que llueva o haga frío, que el camino se ponga cuesta arriba o que
algún conductor amenace mi existencia. Supongo que ese es uno de los motivos
por los cuales empiezo la mañana con una sonrisa en la cara. Suban a un
autobús, métanse en un atasco a hora punta, y miren a su alrededor. Observen
las caras de quienes les rodean y busquen un solo gesto de alegría. A lo mejor
va ser verdad eso de que el carburador de un ciclista está en su propio
corazón.
Tal vez pedalear no garantice ninguna
comodidad. Es, incluso posible, que sea un ejercicio arriesgado. Siendo así
convendrán conmigo que esta vida es ya de por sí lo bastante perra como para
que, encima, le quitemos ese poco de emoción que le da sentido.
domingo, 9 de diciembre de 2012
EL TESORO DE OCCIDENTE
Todo aquello que se nos oculta de la mirada en los espacios
que identifican la civilización es desvelado con impudicia a través de las
ventanillas de los trenes. El trayecto del ferrocarril nos proporciona paisajes
de todo tipo: desde la radiante belleza de las dehesas, hasta la sordidez de
los suburbios. Nadie se ha ocupado de esconder esas toneladas de chatarra que
se agolpan junto a las vías. Nadie limpia los arroyos de fango que discurren
junto a la oruga mecánica. Eso sería como esconder la verdad. En alguna
parte habrá que apilar lo que ya no sirve.
Girones de plástico, lavadoras oxidadas, tresillos
desvencijados, tubos de escape, ruedas de automóvil, fragmentos de alicatado,
cascajo, ropa descolorida, teléfonos móviles, gallinas muertas, ordenadores, bolsas de la compra, bolsas de
basura, minibolsas, bolsas gigantes, viejos televisores, sostenes potrosos, zapatos impares,
maletas… el tesoro de una gran civilización.
Si somos lo que producimos, mucho me temo que nuestra
capacidad de generar despojos empieza a ser nuestro mayor patrimonio.
sábado, 24 de noviembre de 2012
LO CONFIESO TODO
Está bien; lo confesaré todo. Fui yo. Fui yo. Fui yo, maldita sea,
el que disparó a Kennedy. Yo apuñalé a Cesar. Traicioné a Viriato. Descerebré a
Lincoln. Vendí al Mesías por treinta monedas de plata. Simpaticé con los
insurrectos. Escribí anatemas. Fui el bufón que hizo mofa y befa y escarnio del
rey. Me declaro culpable. No negaré nada. Y de mil amores estaría dispuesto a
cantar la palinodia si tuviera usted a bien sacarme su pistola de la boca.
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miércoles, 14 de noviembre de 2012
UTOPÍAS DE ANDAR POR CASA
Pintura de Henri Michaux |
Tomás Moro, inventor de la palabreja que da título a esta quisicosa, situaba su Utopía en una república insular en la cual la propiedad privada es un crimen. De tal premisa es obligado inferir que Proudhon y Marx plagiaban al santo inglés.
La utopía de Stephenson se ubicaba en los territorios de la aventura, con todos los peligros que pudiera llevar aparejada. Algo parecido, pero con menos riesgos y más sicoanálisis, andaba en la mente de Barrie cuando urdió el país de Nunca Jamás. Michaux* la situaba en los reinos de la absurdez; espacios, por cierto, no tan apartados de nuestra viscosa realidad. Las gentes de fe confían en hallar un paraíso eterno más allá de la tumba aunque, curiosamente, teman a la muerte como todo hijo de vecina.
Pero esta fantasía inalcanzable no sólo alude a geografías quiméricas, sino también a ese tipo de entelequias que la mente formula a modo de delirio optimista. La utopía de un idealista tendrá la etiqueta de un mundo mejor, aunque siempre estuviera supeditado a la consiguiente pregunta: ¿para quienes habría de ser mejor ese mundo?
Afortunadamente existen utopías más cercanas, por más que la proximidad potencial no sea garantía de consecución. Pero ahí están esos sueños creativos del joven artista o de las criaturas de férrea voluntad, que suelen materializarse más tarde que temprano. La obstinación mueve más montañas que la fe, aunque una vez satisfecho el deseo, la ilusión se volatiliza como si de dinero público se tratase.
Aunque no siempre sean factibles, hay utopías de andar por casa, de las que se pueden intuir a la vuelta de la esquina. A priori podrían parecer poco ambiciosas, quizá por su apariencia asequible, aunque de hecho no siempre se alcanzan. Los hay –cada día somos más- que sueñan con llegar a fin de mes, y también los que anhelan un espacio común donde el mutuo respeto se respire como el aire. Y luego está esa Arcadia que muy pocos consiguen pero casi todos ansiamos: no trabajar. ¡Oh, acojonante!
En mi caso particular la utopía es algo tan modesto –al menos en apariencia- como la posibilidad de abrir los ojos por la mañana y ver ante mí un rostro amado que, además, sepa decirme con sinceridad esas dos palabras mágicas que tanto me gustaría escuchar.
* “Viaje a Gran Garabaña”. Uno tiene la suerte de disponer de las
apasionadas traducciones del gran Miguel Arnas.
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miércoles, 7 de noviembre de 2012
DESPUÉS DE LA LLUVIA
Me gusta la lluvia.
Y no es por llevar la contraria.
Será porque no le encuentro
tantos inconvenientes como ventajas. Nos quejamos del calor en verano, del frío
en invierno y de la lluvia cuando cae... si es que cae. Pero apenas reparamos
en la inmensa fortuna que tenemos al ser parte de todos esos cambios.
La lluvia significa volver a
empezar, recubrirse de esperanza o acurrucarse bajo un edredón de plumas.
Uno, que ya ha dado algún que
otro paso en el otoño de su vida, no deja de asombrarse al contemplar los
deslumbrantes amarillos con que se coronan algunos árboles. Un asombro que se
enciende y se extingue ante todo ese esplendor que es efímero por definición.
Me fascinan los días plomizos de
otoño, el olor a tierra mojada, los embotellamientos de paraguas, el chapoteo
de los zapatos sobre los charcos, el tintineo de las gotas en la ventana, el
consomé caliente y los gruesos calcetines de lana.
En los días lluviosos habría que
congregarse en las tabernas y brindar con vino generoso e improvisar
cancioncillas incorrectas y sonreír, sonreír a diestra y siniestra, e invitar a
beber –el que pueda- y abrazarse con desaliño y dejarse engatusar por alguna
sonrisa de esas que vuelan por su cuenta y sin destino.
Pues sí; deberíamos celebrar la
primera lluvia de otoño como se celebraban las fiestas paganas: saliendo a
campo abierto y danzando ebrios hasta empaparnos, dejando, al menos por una
vez, que el agua limpia se nos cuele por las rendijas del entendimiento y nos
toque muy adentro, más allá de los poros del corazón.
Después de la lluvia, uno puede
respirar algo parecido al aire, e incluso es posible acercarse a las ramas de
un naranjo, extender el dedo índice y recoger una gota, esa perla inerte que
suele quedar suspendida en el ápice de las hojas.
Ya habrá tiempo para las
cegadoras luces y los interminables atardeceres del pardo agosto. Días quedan
por delante para sentarse en las terrazas y mirar y admirar anatomías ajenas.
Nunca faltarán ocasiones para abanicarse un sofoco y volver a echar de menos
una buena tormenta, de las que suscitan plegarias a Santa Bárbara bendita.
Me gusta la Lluvia porque, entre
otras cosas, tiene nombre de mujer.
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lunes, 5 de noviembre de 2012
LOS PARAISOS PERDIDOS
Yo me crié dentro de un poema. Mi
infancia era tan inerte que más de una vez dormí sobre los nenúfares. Me pasaba
los días y las noches soñando. Si no hubiese sido así, creo que me hubiera
vuelto loco. Lo que falsamente llamamos realidad no me interesaba, incluso me
parecía una tortura: yo quería asomar los ojos en el reverso de las cosas, a la
vuelta de todas las esquinas, al otro lado del horizonte.
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jueves, 18 de octubre de 2012
A MEDIA HASTA
Banderas y pendones a media asta.
Que no se levante un mástil. Nacho Vidal ha sido detenido por su –presunta-
implicación en una de tantas tramas de blanqueo de capitales.
Presunciones de
inocencia aparte, pocos niegan a estas alturas que Nacho Vidal tiene su aquel.
Deberíamos envidiarle por méritos y capacidades de todos conocidos, y sin
embargo le admiramos. Por más que se empeñen las damas apostólicas, que un tipo
corriente e incluso aparentemente agreste y montaraz haya conseguido ganarse la
vida con eso que nos gusta a todos, no es moco de pavo. En un país de
reprimidos profundos, que rebosa hipocresía por los cuatro puntos cardinales,
hacer de la entrega un estilo de vida y, de paso, forrarse hasta el calcañar,
no es pan nuestro de cada día. A esos méritos habría que añadir el dominio de
varios idiomas: naturalmente el inglés –¡oh my God!- el francés y hasta el
griego. A ver cuántos presidentes del gobierno pueden presumir de entenderse
con sus homónimos sin necesidad de intermediarios. A excepción de Aznar, que
hablaba el catalán en la intimidad, la ignorancia de la lengua del imperio es
lugar común entre nuestros mandatarios.
Otra cosa diferente es que
–presuntamente- Nacho haya caído en el vulgar pecado de la codicia y
-presuntamente (repito)- se haya dedicado a emitir facturas falsas con la
intención de eludir impuestos. Un pecado imperdonable, proclamo, aunque a estas
alturas de la historia hace ya tiempo que la codicia dejó de ser un vicio para convertirse en una de las virtudes de referencia. La –presunta- codicia de
Nacho no es más que una gota en este océano de avaros, usureros y aves de
rapiña, que componen la élite de eso que llamamos el mercado. Eso, por descontado, no exime
a nadie, y mucho menos a los nuevos ricos, de cumplir con sus deberes de
contribuyente, por más que lo de pagar impuestos esté mal visto en España.
Cierto es que Nacho se ha ganado lo que tiene con el sudor de su frente y de
paso ha hecho sudar a más de cuatro. Y sin embargo no deja de parecerme una
vulgaridad el hecho de dejarse caer en los brazos del Mephisto de turno, por
una razón tan ordinaria como el proceloso deseo de acumular más de lo que se
necesita.
No confundamos; el pecado de Onán
nunca fue el placer solitario, sino más bien la avaricia. No tienen más que abrir
la Biblia –si se tercia- y revisar el mito.
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lunes, 15 de octubre de 2012
NOSTALGIA
Durante la semana pasada hemos tenido la oportunidad de
volver a escuchar una pequeña colección de letanías que me han hecho recordar
un pasado no demasiado remoto. De unos y otros, los de arriba y los de abajo,
los de levante y los de poniente, volvieron a marcarse exclamaciones patrioticas,
banderas al viento, por San Jorge –perdón: Jordi- a mí la legión y Santiago y cierra las
batuecas. Nada de eso estuvo mal porque, quieras que no, la visceralidad
patriótica anima el cotarro más que las continuas subidas de esa prima que
seguramente no es pariente carnal de nadie. Los fervores patrios darían risa si
no fuera porque siempre suelen acabar a punta de bayoneta.
Así las cosas llegó el día de la raza, con sus bonitos
desfiles, fusil en ristre, y novenas a la Virgen del Pilar. Pero como las
vírgenes no andan solas, también hubo procesiones a la del Rosario, que fue la
artífice de de la victoria de las Naves cristianas en Lepanto. No fue la osadía
de don Álvaro de Bazán, ni el jalar de los pobres galeotes, lo que decidió
aquella épica victoria. Tampoco tuvo nada que ver la presencia del joven Juan
de Austria, que a decir verdad, no sabía ni nadar. Fue la Virgen del Rosario,
palabrita de scout, la que puso en fuga al turco fiero. ¡Saaalve reina de los
maaares!
Domingo de misa, carrusel deportivo y toros. Redobles de
tambores. Estampitas de San Pancracio. Ruido de sables. Póngame a los pies de
su señora. Banderita tu eres roja. Eminencias reverendísimas. Devociones
marianas. Y sobre todo, resignación, mucha resignación.
Por cierto; creo que la ratio de manifestaciones en Madrid, sale a seis diarias. Estos rojooooooooooos.
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martes, 2 de octubre de 2012
EL JUEGO DE LOS ABALORIOS
![]() |
Herman Hesse |
Cada día se va haciendo
más selecto el extravagante club de los que alguna vez leyeron el Ulises de James Joyce y –para colmo- dicen haber gozado con la lectura. Habría que
aclarar que no es nada sintomático el sambenito de “lectura compleja” con que
se ha querido etiquetar la obra de Joyce. Seguramente estemos viviendo en el
momento en que más libros se venden y menos literatura se lea. No es un
lamento, es lo que hay. Los mercados –aunque algún ingenuo quiera creer en lo
contrario- mandan en las políticas presupuestarias de los gobiernos, y
por supuesto, dictan lo que se debe colocar en los escaparates de las
librerías. Frente al bombardeo mediático y el enorme peso de la mercadotecnia,
el lector medio ha ido perdiendo ese inmensurable tesoro que fue la libertad de elegir. Por
supuesto, siempre habrá excepciones; esas anomalías que rompen la regla
imperante y que hacen de la literatura un territorio no del todo manipulable.
La discusión sobre las
calidades literarias de lo que se publica en estos momentos no ha servido ni
servirá de gran cosa. No es ese el tema. El tema consiste en la existencia de
otro espacio aún más exclusivo que el de los lectores del Ulises, un círculo en el que resulta
casi anecdótico el encuentro entre dos lectores del mismo libro, siendo dicha
obra una de las cumbres de la literatura europea. Me refiero a aquellos que en
algún momento de sus vidas se sumergieron en las páginas de El juego de los
abalorios de Herman Hesse. Seguramente, esos que tuvieron la fortuna
de acceder a la apócrifa biografía de José Knecht, el magister ludi que encarna esta metáfora a medio camino entre la
utopía y la distopía que, a fin de cuentas, fue la premonición que Hermann
Hesse realizó sobre un porvenir que ya es presente. En el mundo de El Juego de los
abalorios, la cultura profunda e integral ha dejado de ser un bien
al alcance de la mayoría para convertirse en objeto de folletín. La era del
folletín ha se ha instalado en occidente, y la inteligencia se nos ha quedado en una aspiración, una
quimera cada vez más alejada de los anhelos humanos. El conocimiento y el
gozo espiritual han quedado marginados en una serie de reductos donde la
mayoría de la humanidad mira con desprecio. El saber es un capricho para unos
cuantos “pedantes”, o al menos así piensa buena parte de la crítica moderna. Así las cosas, la mirada a este mundo del folletín que Herman Hesse deposita en
las páginas de El
juego de los abalorios, se remite al interior de la mítica Castalia, una institución donde el conocimiento y
el arte han sido sacralizados.
Penetrar en ese cosmos de Castalia, en ese territorio donde la razón recupera el sentido de la existencia, fue uno de los viajes más valiosos que haya realizado en mi vida. Tenía yo diecisiete años cuando quedé atrapado en aquel presunto ladrillo al que, día a día, encaminaba mis pasos durante los largos meses que invertí en su lectura. Han pasado treinta años y todavía me siento parte de aquella profecía.
Penetrar en ese cosmos de Castalia, en ese territorio donde la razón recupera el sentido de la existencia, fue uno de los viajes más valiosos que haya realizado en mi vida. Tenía yo diecisiete años cuando quedé atrapado en aquel presunto ladrillo al que, día a día, encaminaba mis pasos durante los largos meses que invertí en su lectura. Han pasado treinta años y todavía me siento parte de aquella profecía.
Frente a esa obra
cumbre de la literatura universal, he escuchado voces que calificaban a Hesse
como un autor que diseñó un pensamiento de fácil acceso para los jóvenes
lectores de mediados del siglo pasado. Es cierto que muchos de nosotros hemos
crecido a la sombra de El Lobo Estepario, Sidharta, Bajo las ruedas, o Demian. Y sin embargo no es menos cierto que
valorar a un autor por una parte –nada fútil, por cierto- de su obra, resulta
una torpeza de dimensiones inabarcables. Juzgar la literatura de Herman Hesse
sin un conocimiento profundo de la más grande de sus obras, es como creer que
se conoce a Ravel por ser el autor del “Bolero”. Por el contrario, aventurarse
entre las páginas de esta creación literaria de largo recorrido, acercaría al ávido lector a un conocimiento auténtico de aquel que fue el autor de cabecera de las
generaciones inconformistas.
Y todo esto ¿para qué?
Pues para acabar reconociendo que en esta vida hay quien está para pasar el
rato, pero también hay quien existe para vivir el instante. Ambas actitudes parecen un más de
lo mismo, y sin embargo, están situadas en hemisferios opuestos, casi diría
antagónicos. Uno se puede embriagar contemplando la superficie del mar, pero
les aseguro que en esa posibilidad (como en la vida) es mucho más emocionante
sumergirse en el abismo, más allá de lo aparente.
lunes, 24 de septiembre de 2012
EL PEOR VIOLINISTA DEL MUNDO
En la Avenida de la Desolación
habitan hombres y mujeres de todos los colores, de todos los sabores, de todos
los tamaños, de todos los sonidos, de todos los credos, de todos los humores.
Caminan a intervalos irregulares zigzagueando sin sombra bajo el cielo plomizo
de otro día perdido. Se desplazan veloces sin el menor interés en el trozo de
vida que recorren. Pululan invisibles, insensibles, insignificantes,
transformados en números que se diluyen en la masa.
Todo el universo habita en la
Avenida de la Desolación. Nada se escapa a ese sistema de cuerpos celestes que
recorren una y otra vez los mismos caminos por el bulevar. Todo lo que pasa y
habita en este pedazo de hormigón tiene su cometido. Hasta los mendigos cumplen
con su función.
En la avenida de la Desolación,
menudean las miradas furtivas, los otoños pesimistas y los desprecios por el sentimiento
ajeno.
Bajo el asfalto de la Avenida de
la Desolación se pulverizan decenas de miles de cadáveres olvidados. La gente circula
sobre los muertos sin historia, los muertos del silencio, los muertos de la
infamia, ignorando que en otro tiempo esos huesos estuvieron dotados de
conciencia, de deseo y de ansia de belleza.
Una bandera ondea al final de la
avenida, empañada de sangre y vergüenza. Una bandera preside orgullosa el paseo
de las chicas PeloPantene que venden su estulticia a cambio de veinte segundos
de gloria.
Un batallón de cretinos derrocha la
única vida que le ha sido dada frente a una pantalla que vomita inanidad.
La vanidad se baña en el trivial reflejo
de los escaparates mientras se deja robar los suelos por las luces de colores
que centellean a su alrededor.
Una sotana inquieta reparte
almanaques que reproducen angelitos con el culo sonrosado y la mirada
inexpresiva.
Una alimaña viscosa te proyecta su
aliento nauseabundo en el cogote, y sientes un irrefrenable deseo de aplastar
esa vida insignificante como el que pisa una cucaracha. Pero tú no haces nada;
siempre acabas dejándolo estar, dejándolo pasar, dejándolo seguir con su ritual
de atrocidades.
La mujer policía con el pelo
recogido en una cola de caballo te cachea con unos ojos amenazantes.
En la avenida de la desolación se
acunan las estridentes notas del peor violinista del mundo. El viejo de mirada
desamparada toca su pobre instrumento de forma automática, arrancando graznidos
de gaviota a las polvorientas cuerdas, sofocando el canto de los jilgueros con
una melodía cansina. Pero de vez en cuando, tal vez por aburrimiento, el peor
violinista del mundo recuerda su terruño rumano y hace llorar a esa cajita de
madera que poco antes malograba con aire de desprecio.
Pero, alto ahí, por el horizonte
va surgiendo una pléyade de bicicletas que se adivinan reconstruidas con piezas
ajenas. Pedalean con el aire fresco del
futuro desoyendo las voces de la cordura que les recuerdan algo que ya
sabían de antemano: no está en sus manos llenar de árboles la avenida, nada
pueden hacer contra los muros de la realidad. Y sin embargo nunca se detienen,
nunca se rinden ante las evidencias, nunca bajan la voz aunque conozcan su
impotencia.
El viento barre el polvo y agita
peligrosamente las faldas. Se acerca la tormenta por encima de las montañas.
Hay un silencio de motores, un aullido triste en la lejanía, y cae la primera
gota de sangre sobre la acera.
jueves, 20 de septiembre de 2012
jueves, 23 de agosto de 2012
EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO
Nada como el circo para entretener a la plebe. Así pensaban
los emperadores romanos, que elevaron el lema pan y circo a los altares de la estrategia política. Algunos
filósofos griegos ya se quejaban del excesivo papel de los atletas en la vida cultural de la polis. Jenófanes de
Colofón (540 a.C) fundador de la escuela de Elea –donde más tarde aparecerían
filósofos como Parménides o Porrón- afirmaba algo así como que no
depende el porvenir de las polis de las piernas de los atletas, sino del buen
criterio de los hombres sabios que habrán de regir su destino. Tal y como
andan las cosas, parece que estamos en manos de los primeros, ya que no hay el
menor rastro de los segundos. Los hombres sabios han de emigrar a otros países para
desarrollar su trabajo, mientras aquí en las Batuecas, nos dejamos regir por
una larga saga de ineptos, eso sí, muy bien remunerados.
Pero no pasa nada, el pueblo ha vibrado con los triunfos
futbolísticos, las medallas olímpicas y el eterno sueño de dilapidar lo que no
tenemos en presentar de nuevo la candidatura de Madrid para los unos Juegos
Olímpicos. Endeudados como estamos, nuestros periodistas no muestran rubor al
afirmar que después de Rio de Janeiro, los fastos deportivos habrán de venirse
a España. En esos momentos de inspiración patriótica, nuestros modernos rapsodas
miran para otro lado y no ven que nos han recortado derechos consagrados para
poder pagar la enorme deuda que tiene un estado que dilapida lo que no tiene,
que abre aeropuertos sin vuelos, que mantiene más de cien embajadas autonómicas
en el extranjero, que toma el dinero del contribuyente y lo mete en la cartera
del banquero y, en fin, que ha sumido a sus clases modestas en el miedo y la
desesperación.
Que el deporte es cultura, nadie lo niega. Confesaré por si
acaso que me encanta practicar deporte y lo hago por puro placer. Habría que
matizar que la cultura no es sólo deporte sino también una formación integral
del individuo por medio del conocimiento, el criterio y el derecho a tener un espíritu
capaz de gozar con el arte, la música y la literatura. Si así fuera, no
tendríamos los niveles de lectura más bajos de Europa. Nuestra educación es
deficiente en todo menos en deporte. Es deficiente hasta a la hora de decir
buenos días, por favor y gracias. Total, como decía cierta parroquiana, ¿para qué voy a darle las gracias al
panadero si ya le he pagado?
Ya no es sólo cuestión de quejarnos de nuestra clase
política, de nuestra partidocracia en ciernes. Más bien deberíamos mirarnos al
ombligo y reconocer que todo esto es un problema estructural donde la sociedad
en su conjunto no está dando la talla. Pocos en este país cumplen con su deber
como contribuyente sin haber sucumbido nunca a la tentación de escatimarle unos
euros al fisco. Con el dinero de la economía sumergida se podría paliar buena
parte de esta crisis. Con una sociedad mucho más ética, más solidaria y más
responsable, tendríamos probablemente otra clase política que fuera fiel
reflejo del pueblo, y una educación de la que sentirnos orgullosos. En esa
sociedad utópica nadie se alegraría de que le recortaran el sueldo al de al
lado, todos tendríamos el derecho y el deber moral de exigir cuentas a los que
nos gobiernan, todos mereceríamos ser ciudadanos en lugar de súbditos.
Por lo pronto esto es lo que tenemos. Mientras tanto, nadie palidece cuando un reputado deportista abre la boca en una rueda de prensa y da una muestra de una capacidad intelectual encomiable. Nadie palidece al saber que más de una de esas criaturas termina su carrera ocupando un escaño o un cargo de vete a saber qué.
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sábado, 11 de agosto de 2012
BERNARDA ALBA (Maria Jesús Valdés, por supuesto)
![]() |
Maria Jesús Valdés (Bernarda Alba) |
El pasado 26 de julio de 2012,
Miguel Arnas publicaba en su Blog una entrada en la que aludía una conversación
mantenida junto a la casa natal de Federico García Lorca en Fuentevaqueros con Antonio Ropero y un servidor. En
el citado artículo se hacía referencia al célebre texto La casa de Bernarda
Alba en cuanto concernía al origen de la represión que sufrían las hijas de la
protagonista. Miguel sostenía que no era la religión, sino lo atávico –concretamente
el cotilleo- lo que estaba detrás de la conducta subyugante del personaje de
Bernarda Alba. En resumidas cuentas, el Arnas afirmaba que la
religión nacía al servicio del chismorreo, y no al contrario. Lo cual, al menos
a mi modo de ver, es como ponerse a averiguar si la gallina fue antes que el
huevo o viceversa.
No es mi intención –aunque él sabe que me
encantaría- entrar en agrias polémicas con el Arnas en torno a la importancia
de la religión en la sociedad durante los últimos nosecuántosmil años. Creo que
la influencia religiosa puede seguir viéndose en los medios de masas. La
injerencia de las doctrinas religiosas en los asuntos sociales es innegable.
Pero ese no es el tema. El tema primario
era reflexionar sobre la importancia capital de la que es probablemente la obra
teatral más influyente de nuestro pasado siglo. ¿Qué significado tiene en la
vida real la tragedia de un grupo de mujeres apartadas del mundo por una madre?
Ríos de tinta han corrido sobre
el asunto y no es cuestión de saturar un simple blog de citas y anécdotas
ajenas. Sobre todo porque estoy convencido de que la exégesis de una obra de
estas características está al alcance de cualquiera que se tome la molestia de
leerla o tenga el placer de asistir a una buena representación. El espíritu de
la literatura estriba en que cada lector tenga su propio juicio de lo que ha
leído.
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Maria Jesús Valdes (1927-2011) |
Aún recuerdo vívidamente la impresionante
Bernarda que se bordó esa fuerza de la naturaleza que era Maria Jesus Valdés bajo la batuta de un Calixto Bieito todavía
en estado de gracia y una extraordinaria Poncia de Julieta Serrano. Lo que yo
sentí aquella noche fue de tal intensidad que todavía puedo meterme en la piel
de aquellas mujeres castradas por su propia madre y subyugadas por unas normas
sociales de un rigor insoportable. ¿De dónde provenía toda esa fuerza
represiva, toda esa obsesión por la hipócrita honestidad? Esa es la pregunta.
La represión es síntoma de causas
ulteriores. Es innegable que el qué dirán ha marcado –y seguirá marcando- el paso de todas
las civilizaciones humanas. De hecho la cuestión del honor es ni más ni menos
que la opinión que los demás tienen de nosotros. No es patrimonio del alma –como
decía Calderón- sino del ojo ajeno. La honra no es tan metafórica como se suele
pensar y, de hecho, no hace mucho tiempo podía localizarse en la entrepierna de
las mujeres y en las sienes de los hombres. Otra cosa es lo del fuero interno, pero
sospecho que eso pueden tenerlo hasta los psicópatas más recalcitrantes.
Que las hijas de Bernarda Alba
tuvieran la virginidad intacta era lo de menos –en eso estamos de acuerdo
Miguel y yo- la cuestión es que los de afuera no albergaran la menor duda sobre
el himen de las pobres muchachas. Distinto concepto es la cuestión del pecado.
El pecado existe por pura necesidad de la doctrina. Si no hay pecado, la
religión no tiene el menor sentido. Si no hay infierno ya no hay necesidad de
creer en nada. El temor a la condenación, el temor al fuego eterno es lo que
mantiene viva la llama de la fe.
El suicidio de Adela –la hija
díscola de Bernarda Alba- posee dos lecturas. Por una parte ha conculcado la
norma, dándose un revolcón con el elíptico Pepe el Romano, birlándole
el mozo
–al menos
momentáneamente- a su hermanastra mayor. Por otro lado –una vez saboreadas
las mieles de la pasión- le va a resultar insufrible una vida de renuncia
impuesta a la fuerza. Pero esa fuerza no
viene directamente de la sociedad o de la religión, viene de Bernarda Alba. Es
Bernarda la que encierra a sus hijas, no el cura o los chismorreos. Es esa voluntad superior la que castra el
deseo de unas mujeres que tienen los mismas necesidades que puede tener
cualquier ser humano. Bernarda podría ser producto del cotilleo, o de la
religión, o del o del patriarcado, o de todos ellos y ninguno. Porque en
realidad es otra cosa, es mucho más que una idea. Es un sistema. Un sistema que
empezó hace miles de años en algún desierto donde la vida era áspera y las
tribus se sometían a la soberanía de un patriarca como Abraham o Jacob o Israel o Ismael. Allí, en aquel remoto
desierto, se escribieron las normas que han regido la humanidad durante la
mayor parte de su historia. Ni Grecia ni Roma han influido tanto en el espíritu
humano como los mitos judeocristianos e islámicos. En ellos está escrita y
descrita la misma norma que Bernarda Alba impone a sus hijas. La anulación del
deseo es capital en las sociedades patriarcales, porque el deseo se sustenta en
el uso de la libertad para llegar a realizarse y la libertad contraviene esa
moral que a su vez estimula el cotilleo. Así pues, el chisme es hijo de una
moral reprimida y represiva. El chisme es el brazo armado de la ley, y su función principal es apagar las llamas del deseo. Una función que, a la larga, ha resultado completamente inútil.
Sobre el origen de unos y otros
conceptos, poco o nada podríamos saber. Tal vez lo atávico y lo religioso tienen en
común que son productos del miedo y la ignorancia. Los mitos morales y
religiosos proceden del desconocimiento a lo que hay al otro lado. Se teme lo
que se desconoce. Se odia lo que no se entiende. Puede incluso que –al igual
que sucede con los velos presuntamente islámicos- ambas cosas sean la misma
cosa.
Pero la verdadera grandeza de
esta cumbre lorquiana es que pasarán los años y seguiremos haciéndonos
preguntas sobre la Bernarda, escribiremos ensayos y relatos sobre Pepe el
Romano, y llegaremos a la conclusión de que nos entenderemos mejor cuanto más comprendamos de lo que estamos
hechos.
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sábado, 28 de julio de 2012
DIGITÓMANOS
Cuando firmas un
contrato de permanencia con un servidor de telefonía móvil, la compañía hace
como si te regalara un magnífico celular, último modelo. Entonces, puedes echar
la vista atrás, acordarte de aquel Preámbulo
a las instrucciones para dar cuerda a un reloj de Julio Cortázar y hacer un pequeño experimento.
Has tomado un fragmento
de ese opúsculo, cambiando los sustantivos reloj
por móvil, y este sería el resultado:
Piensa en esto: cuando
te regalan un móvil te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de
rosas, un calabozo de aire. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo
saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es
tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo como un bracito
desesperado. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te
caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una
marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu móvil con los demás móviles. No te regalan un móvil,
tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del móvil.
Lo terrible, lo más terrible, es que ellos sí lo saben.
Lo terrible, lo más terrible, es que ellos sí lo saben.
Dejaremos que cada cual
reflexione a su libre albedrío. Más que nada porque tengo el día un poco espeso.
jueves, 12 de julio de 2012
UN INSTANTE DE MAGIA
Pocas veces en la vida tiene uno
el privilegio de sentirse transportado fuera de sí mismo ante la contemplación
de alguna forma de belleza capaz de arrebatarnos el alma y enviarnos fuera del
ese lugar tan falaz al que llamamos realidad.
Lo extraordinario es extraordinario en cuanto que no sucede todos los
días. Como suele suceder con la coyunda, que se va volviendo más extraordinaria
a medida que pasan los lustros. Digo yo que será ese el motivo por el que los
pocos instantes de plácida alienación a que tenemos acceso se nos quedan
grabados durante el resto de nuestras vidas. Entonces, cuando eso sucede, más
de uno ha asegurado sentirse poseído por el mismo síndrome que una vez
describió Stendhal cuando se encontró completamente desubicado ante el atracón
de esplendor que se dio en Florencia.

Porque aquella música sublime no
había sido compuesta para ser escuchada, sino más bien para hacer sentir emociones nunca antes experimentadas.
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jueves, 21 de junio de 2012
PALABRAS MAYORES
Entre las
muchas cosas que comparto con el Arnas –aparte del mal ejemplo que damos a las
generaciones venideras- está lo de esa envidia (insana por supuesto) que
experimentamos al embriagarnos con la filigrana con que Ángel Olgoso borda sus
relatos. Supongo que a ambos nos da la sensación de que el muy camastrón no
hace otra cosa en la vida aparte de tramar esas genealogías reconcentradas de
sus cuentos, puliendo milimétricamente cada frase hasta alcanzar el ansiado diamante
donde no falta ni sobra una sola molécula. Le envidiamos, sí, para qué vamos a
engañarnos. Deberíamos detestarlo –que es lo que harían los buenos posmodernos-
pero resulta que te pones a hablar con él y acabas comprendiendo que, aparte de
regalarte una de esas conversaciones tan breves como exquisitas que suelen
ocurrir una vez cada centuria, se revela completamente desposeído de todo afán
de trascendencia; vamos, que se ha librado del pecado original que azota a este
gremio, como la Virgen María se libró de las acechanzas del Maligno. Aludirá
sin duda a su enconada timidez como un recurso vital, una forma de esquivar las
tribulaciones que a todos nos depara la otredad. En algún momento de su vida,
no sé cuándo, empezó a bromear sobre esa cualidad tan suya de ocultarse en su
cubil imaginario y liberar la necesidad de compartir sus universos interiores
por medio de las palabras escritas. Personalmente creo que ese talante nada
tiene de pernicioso –él diría que más bien patológico- y que, muy al contrario,
constituye una cualidad digna de panegírico. En estos tiempos dominados por el
influjo de una pléyade diletante que recurre al espectáculo con redoble de
tambor para conseguir el inane galardón de la notoriedad, la actitud de un
escritor puro, plegado sobre los engranajes de una tortuosa máquina de languidecer me parece tan
excepcional como las leyes de esa patafísica en la que Olgoso da rienda suelta
al irrefrenable deseo de centrifugar que sacude a una materia gris incapaz de
desconectarse, llegando a concebir títulos donde cabe toda la biografía –una
biografía anodina- de su protagonista, a modo de los trailers cinematográficos
donde te resumen tan bien la película que, lógicamente, ya no necesitas verla
para enterarte de lo que va.
Una
personalidad compleja, siempre dispuesta a la exploración en los subsuelos del
fino humor y la recreación del absurdo vital, tiene su fiel reflejo en una
escritura que navega en esas aguas donde confluyen los ríos de la ironía y el
sarcasmo, entre el incesante asombro y la sonrisa cómplice. Porque la
literatura que practica Olgoso nada tiene que ver con un paseo dominical, ya
que no ha sido concebida a modo de un fácil entretenimiento, sino más bien como
una forma de vida al margen de la vida misma. Ahora bien, una vez que el
avezado lector ha caído en las redes de este adorador convicto y confeso de los
dédalos kafkianos y las quimeras de Kubin, será atrapado entonces por el mismo
hechizo del ciclista que ha probado los frenos de disco, y comprenderá que no
está uno para conformarse con palabras menores, habiéndolas, como las hay, de esas
que a uno le proporcionan una digestión casi tan larga como la del Dragón de
Komodo.
Los
cuentos de Ángel Olgoso han sido escritos para ser leídos y digeridos con el
esmero de un amanuense, y no para pasar por el inútil tobogán del esparcimiento
cual ristra de chorizos. No en vano lleva siendo fiel al relato desde hace un
titipuchal de años. Y eso conlleva ciertas renuncias, pero también supone el
pleno conocimiento de un oficio que le ha dado la oportunidad de visitar la
perfección con una asiduidad que más de cuatro –un servidor entre ellos- quisieran
para sí. Una perfección que sólo puede entenderse unida a un trabajo minucioso,
una entrega nada común en los tiempos que corren, de la que resulta esa
paradoja por la cual un relato de cinco renglones ha podido costar cientos de
horas de escritura, reescritura y pulimento.
Afirma
Fernando Valls que hay relatos que podrían convertirse en poemas de haber sido
dispuestos en verso. Personalmente creo que esos relatos a los que hace
referencia el profesor Valls son poesía sin necesidad de alteraciones
estéticas. Bajo un alarde semántico, que rebosa de colorido y musicalidad, que va mucho más allá de los esquemas
argumentales al uso, permanece oculto –o más bien contenido- un torrente de
emocionalidad existencial que se enreda en el hipocampo del lector como la hélice de una embarcación que
navegara entre los sargazos
que parapetan el fondo marino.
Es la
propia literatura la que nos pide rebasar ese espejismo de la realidad, la que
nos invita a sumergirnos en los líquenes
del sueño, a reconocernos hijos del instante y, por tanto, merecedores
de compartir nuestros demonios locales.
Lo fantástico no es mera fabulación, es el encuentro con el más allá que habita
dentro del hombre por el módico precio de un sueño revelado. Lo fantástico es
el propio hombre.
Esa
máquina que languidece bajo las lentes del microscopio olgosiano no es ninguna
criatura de otra galaxia, como bien pudiera parecer dada la querencia por lo
onírico de este navegante que alza su astrolabio
sobre el horizonte marino sin perder el interés por las profundidades, sino que
se trata más bien de una condición sine que non para la creación literaria: la
condición humana.
miércoles, 13 de junio de 2012
LA DURA REALIDAD
Devuelto al lugar de origen después de una maravillosa semana
en África –Ceuta, sin ir más lejos- tiene uno que enfrentarse a esa áspera
realidad del día a día. Lo cotidiano suele hacer más daño que un cantazo en la
quijotera. Pero es lo que hay. Y lo que hay es caerse de la cama aún de noche y
pedalear hasta la oficina. Hasta ahí, todo bien, o más o menos bien, porque a
día de hoy, lo de tener un trabajo donde se labora el doble que antes por menos
salario, menos derechos, y más desprecio de los de siempre, parece todo un
privilegio. Alguien tendrá que pagar la enorme deuda que se han currado los
gerifaltes de los bancos. Ahora incluso con el aliciente de que esa deuda habrá
que solventarla con el Banco Central Europeo.
Uno vuelve a casa, sabiéndose afortunado porque un día –ya muy
lejano- se dejó de copas, de amiguetes y de televisión (esto último fue de todo
menos un sacrificio) y se quemó las cejas empollando leyes durante más de dos
años. El privilegio se enrarecía cuando veías que el resto de los sueldos
duplicaban al tuyo, que más de uno te soltaba aquello de por esa miseria no me levanto a trabajar y, aún así, seguías
madrugando a comerte los papeles que nadie quería tragarse. Hubo alguno que
abandonó la función pública y pasó a mejor vida.
Pues sí, tengo que decir que soy un privilegiado. Tragar
papeles y desprecio me ha dado la oportunidad de hacer esto que estoy haciendo.
Ya lo digo Francisco Ayala: si quieres ser escritor, búscate un trabajo
decente. Puede que lo primero siga siendo una aspiración, pero lo segundo
está fuera de toda duda: mi nómina es de una transparencia que al fisco no se
le escapa ni una coma. ¿Puede todo el mundo decir lo mismo? No hace falta
responder a esa pregunta; como decía Berlusconi, sólo los tontos pagamos unos
impuestos que, al fin y al cabo, son calderilla que irá a parar a nuestros
queridos bancos.
Quejarse es inútil. Tenemos lo que tenemos porque –tal vez- nos
lo hemos merecido. Pero no es eso lo que hace más duro mi regreso a la
realidad. No es la constancia de que el jamón serrano –del ibérico ni me
acuerdo- se acabó para mí lo que me duele. Se trata de otra cosa, otra cosa que
ya no tiene marcha atrás. Lo que me priva de la alegría de estar vivo es la
ausencia de un ser querido con el que viví los doce años más hermosos de mi
vida. El saber que ya nunca volveré a
acariciar la cabezota de mi perro es lo que me aleja de aspirar a algún
instante de plenitud. Frente a eso, frente a lo irreversible, esas
tribulaciones del día a día me parecen triviales, huecas e inconsistentes.
Y sin embargo hay que seguir. Más que nada porque no queda
otro remedio.
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TRABAJO
martes, 29 de mayo de 2012
FELIZ NO CUMPLEAÑOS
A los cuarenta y ocho años subí en bicicleta aquella cuesta
que no fui capaz de subir a los quince. Tardaré, eso sí, otros cuarenta y ocho
años en recuperarme. Y ese es más tiempo del que tenía pensado vivir.
A los cuarenta y ocho años asumí que nunca más dormiría
solo, y que todas las noches me acostaría con Sherezade; la que me adormece con
esos cuentos que siempre empiezan con la misma frase: He llegado a saber, oh príncipe de los incrédulos, que hace mucho
tiempo…
A los cuarenta y ocho años recordé por enésima vez que eso
de madurar no es siempre para bien, y que nunca es tarde para hacerse más
idiota. De hecho, uno siempre está a tiempo de hacer idioteces que antes creía impensables.
A los cuarenta y ocho años tuve que aceptar que nada dura
tanto tiempo como para creer en algo eterno.
Hoy cumplo cuarenta y ocho años. No me siento especial. Ni
más ni menos que otro día cualquiera. Tal vez deberíamos celebrar más esos días
cualquiera. Tal vez deberíamos celebrar más el no cumpleaños.
martes, 22 de mayo de 2012
DESIERTOS INTERIORES
![]() |
Miguel Ángel Contreras |
Los lugares más habitados poseen esa distorsión que
incumbe al punto de vista del que los vive, pero también están sometidos a la
misma tiranía que los desiertos. Subes al metro en hora punta y te embarga una
sensación de soledad que nada tiene que ver con lo que te rodea. Por ese
motivo, habría que distinguir entre los desiertos de arena y los de asfalto.
Incluso (y sobre todo) hay desiertos interiores; vacíos de ser y estar, que se
nos han colado dentro como esa fina arena de las dunas que invade el verdor de
los jarales.
Son desiertos del alma, oquedades
emocionales que sólo se deberían describir por medio de la metáfora y la música que moran en un poema. Antes de ser desierto, el paisaje vacío habita en nuestro
interior como uno de esos nubarrones que ocultan el azul del cielo hasta el
punto de hacernos creer que es de color plomizo.
Esos paisajes han sido
desmenuzados por la precisión de la poesía de Miguel Ángel Contreras, con esa voz suya capaz de mimetizar el
pensamiento más complejo por medio de una aparente simplicidad que envuelve las
palabras y las balancea a ritmo de vals.
En ese sentido, sería aconsejable
iniciar la lectura de este poemario “LIBRO DE PRECISIONES” prestando una
especial atención al magnífico proemio en el que el autor traza un mapa
esencial para adentrarse en una escritura que rehuye lo evidente con el claro objetivo de exponer
de forma oblicua una intimidad latente y vulnerable.
Contreras, como buen
coleccionista de emociones escritas y descritas, sabe manejar las apariencias,
hasta el punto de hacer que el lector se coma una amarga píldora envuelta en un
bonito caramelo de fresa. Este desierto vivido por Miguel Angel no deja en la
boca del lector un regusto ceniciento, sino que –y aquí aparece la mano del
mago-, de manera subliminal, se cuela en el paladar como los vapores de un
narguile de frutas, y atraviesa la retina (o el oído) evitando la aspereza de
drama directo.
No es tan difícil escribir poesía
-sobre todo a juzgar por esa pléyade de versificadores que pulula entre los
aparadores de cualquier lugar de tertulia-, pero lo de ser poeta es otra cosa. Porque
la verdadera poesía es un camino hacia el lado contrario de los laureles, es
una apuesta por el fracaso en el sentido más beckettiano de la palabra.
Contreras ha tomado ese camino donde (sic) La
apuesta siempre es a cruz/ y juegas, sin darte cuenta,/ con monedas de dos
caras.
"Libro de precisiones"
Miguel Ángel Contreras
Bartleby Editores
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Bartleby Editores,
Desierto,
LIBRO DE PRECISIONES,
Miguel Angel Contreras,
Poesía
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