lunes, 21 de noviembre de 2016

EL OTRO


Jose Luis Gärt
Uno nunca se llama por su propio nombre, y si lo hace acaba por comprender que es imposible reconocerse en una o dos palabras. Y es que a fuerza de mirar desde dentro, apenas sabemos nada del intruso que se asoma al espejo.

De ahí que me viera obligado a sumergirme al otro lado de la luna de cristal con la legítima intención de perseguir al simétrico individuo que curiosea mi cara cuando enciendo la luz del cuarto de baño. Y en esas estaba, cuando lo vi lanzarse hacia mí con una decisión inquebrantable, hasta el punto en que nos dimos de bruces el uno contra el otro. Ahora, rizando el rizo del patetismo, nos hemos roto las narices en el mismo punto. Seguimos, eso sí, sin saber nada el uno del otro.

viernes, 11 de noviembre de 2016

QUÉ MÁS DA

Da la sensación de que la creciente escalada del populismo en las modernas democracias está sumiendo al mundo en un estado de creciente incertidumbre. Hay un temor entre los últimos lúcidos de que la historia vuelva a repetirse con la misma dinámica que llevó a la humanidad a su mayor desastre bélico. Una dinámica que podría formularse así: crisis = populismo = guerra mundial. 
Sobre la relación del ser humano con los gobiernos dijo Leonard Cohen:
 “Con el poder mantenemos una relación ambigua: sabemos que si no existiera autoridad nos comeríamos unos a otros, pero nos gusta pensar que, si no existieran los gobiernos, los hombres se abrazarían"
Qué más da que los mediocres sigan gobernando nuestros destinos, si hace tan solo unas horas el genio de Cohen dejó para siempre de escribir poemas.
Puede que Leonard Cohen no signifique nada para muchos. Yo, en cambio, quiero recordar que este grandísimo poeta, empezó a escribir a raíz de la poderosa fascinación que ejercieron los versos de Federico García Lorca sobre su espíritu. 
De hecho, la difusión en el idioma inglés que ha tenido el "Poeta en Nueva York" no tendría las dimensiones que ha tenido si no fuera por las canciones que Cohen dedicó a su poeta más preciado.

Qué más da que el mundo se tambalee cuando ya nadie nos susurrará al oído algo como esto:

Mi esposa y yo hicimos el amor esta tarde.
Nos escondimos juntos de la luz de nuestro deseo, frente a frente.
Más tarde me preguntó: ¿Te he sabido dulce? Querida compañera así fue.
Esta noche me quedé mirando con placer cómo se desnudaba y se ponía su pijama de franela. La estreché con fuerza hasta que se quedó dormida.
Después apagué la luz y abandoné la habitación cuidadosamente y bajé aquí contigo.
 

martes, 1 de noviembre de 2016

HOJAS DE OTOÑO


Sobre el rojizo despertar de cada otoño, gravita una amenaza evanescente que transforma mis pasos en un sordo crujido de hojas secas. Es la misma mano que despoja las ramas del abedul y reviste de sentido al terco calendario. El dilema sobrevuela este irreversible camino cuando tratamos de entender por qué la vida se renueva en primavera, mientras nos afanamos en reconocer nuestra imagen en el espejo.

miércoles, 19 de octubre de 2016

EL GRAN PAYASO



A pesar de la enorme admiración que siento por la obra y la personalidad de Francisco Ayala, tengo que reconocer que albergo mis matices con algunos aspectos de su (siempre lúcida) forma de pensar. 
No puedo dejar pasar aquel día en que un periodista preguntó al maestro su opinión sobre la concesión a Darío Fo de ese premio por el que tantos sabios venderían el alma al diablo. Ayala vino a decir que le parecía una frivolidad conceder el "gran" galardón a un payaso.
Hace unos días dejó de respirar el gran payaso de las letras; dejó por tanto de incordiar la mosca cojonera que a todos los poderosos incomodó con su vitriólico sentido del humor. Este ácrata irreverente que nunca se casó con nadie (excepto con Franca Rame) y que -predecesor del juez Garzón- se granjeó enemistades a diestra y siniestra, este modelo de bufón que se mofa del César en la mismísima cara del César (llámese Berlusconi, llámese Cosa Nostra, o llámese núcleo duro del Vaticano) y se queda tan pancho, este ateo practicante por la gracia de Dios, este Pepito Grillo que hostiga ferozmente la ausencia de ética estructural de la sociedad en su conjunto, este irreverente que reverenció a Francesco d’Assisi como nunca nadie lo había dignificado, era dueño de una escritura teatral cómica de ascendentes culteranos, deudora de un clasicismo que nace en Aristófanes, se orquesta en la Commedia dell'arte, se nutre en Moliere, bebe de Shakespeare y se escancia en Goldoni. Uf, que frasecita más larga. Tomen aire... y prosigan... si les interesa.
Dario Fo era, por supuesto, un payaso. Era un conferenciante con el que ningún espectador albergaba la menor esperanza de dar una cabezadita. Y así, mientras tantos escribidores recitan sus creaciones con la recalcitrante monotonía de un reloj de péndulo, Darío Fo era capaz de comunicar los complejísimos principios de la comedia haciendo que el tiempo dedicado a la carcajada ocupara más que el de sus propias palabras. 
Mientras sigan existiendo los abusones que se ríen en la cara del contribuyente, nos quedará el ingenio satírico del gran payaso para reírnos en la cara de los abusones. Eso, o esperar a que vuelva Robespierre, con todo lo que eso supondría. Ustedes eligen. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

DRÁCENA

Dracaena marginata



En un rincón del saloncito de mi casa tengo una hermosa drácena con dos troncos y un sin fin de hojas alargadas como cintas. Durante de los últimos años he ido comprobando que esta planta tiene una curiosa relación con la música. El caso es que suelo escuchar algunas piezas en mi viejo gramófono, cuyos altavoces no están muy alejados de la drácena y he podido constatar que mi exuberante compañera cambia de morfología. Pero lo más curioso es que no reacciona igual con todas las músicas que le invito a gozar. Si le pongo alguna obra de Händel, ella no tarda en presentar un aspecto grandilocuente, e incluso algo engreído. Por contra, con los nocturnos de Chopin se me torna algo mustia, como si hubiera perdido la alegría. Con Johann Sebastian no tarda en mostrarse trascendental elevando sus hojas hacia el infinito, mientras que al escuchar a Mozart, da la sensación de estar envuelta en el puro entusiasmo.
Pero he aquí que, si me siento al piano y acaricio con la debida delicadeza un arabesco de Debussy, toda ella se recubre en radiantes florecillas como explosiones de aromas inéditos y sonrosados colores.