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Martina Gedeck |
El sábado pasado, mientras disfrutaba de una sutil y elegante cena en Zur Letzten Instanz en compañía de Martina Gedeck –o debería confesar que era yo el acompañante de frau Gedeck- no tuve más remedio que reconocer que siempre había carecido del menor gusto para la vestimenta. Pues sí, es ya una constante en mi torpe desaliño indumentario el hecho de no tener nada elegante que ponerme. A Martina le da exactamente igual que yo sea un desastre en el vestir. Tampoco le importó el pequeño incidente de la semana anterior, cuando fui sorprendido por un avezado paparazzo almorzando con Marion Cotillard en Cartier. Ni a Martina ni a Marion les importa salir en el papel couché comiendo con un tipo tan haragán. Seguramente ven en mí cosas que no se perciben a primera vista. Supongo que ambas disponen de una percepción sobrehumana, porque ni yo mismo sé cuál es la razón por la que me encuentran interesante. Eso es lo que ambas dicen: interesante. Nada de guapo, ni atractivo, ni bien parecido, como si de ser interesante se pudiera sacar algún partido. Primero tendría que saber en qué consiste ser interesante. O tal vez debo admitir que se trata de algo subjetivo, algo que sólo cada una de ellas puede apreciar y que, a juzgar por la experiencia, se encuentra fuera de mi alcance. Si al menos supiera cómo hace uno para ser interesante tendría a mi alcance alguna manera de premiar su inestimable generosidad. Porque, lo confieso, ellas nunca me dejan pagar la cuenta y encima me envían de vez en cuando una botella de Riesling o de Chardonay. No necesitan hacerlo: saben perfectamente que les basta con chasquear el dedo para que, en un santiamén, me plante en París o en Berlín, babeando cual perro encelado. Aunque los amigos no lo entiendan, soy de ese tipo de tontos que renunciaría a una escapada con Scarlet Johanson, por saborear un strudel mientras me baño en los poliédricos ojos de la señora Gedeck. Sobre todo porque sé que nadie lo querrá creer cuando lo cuente.
Desde que leí En brazos de la mujer madura de Stephen Vizinczey nunca he podido resistirme al irresistible encanto del solomillo en detrimento de las hamburguesas. Uso la misma metáfora con que Paul Newman explicaba su largo y apacible matrimonio con Jane Woodward, con cierto recelo por aquello de que se malinterprete. Ellas en cambio –me refiero a Marion y a Martina- se ríen de buena gana cuando yo les suelto alguna parida de esa calaña. Pero yo sigo sin explicarme qué diantre habrán encontrado en un tipo tan falto de talento para hacerme merecedor de las mejores sonrisas del mundo.
Me consuela saber que eso de la elegancia es una cuestión moral y que hasta la fecha no he sucumbido a la tentación de confundirla con la apariencia. Prefiero los gestos, los pequeños detalles, a veces inapreciables, que marcan la diferencia. Me gusta ceder el paso, y de paso echar un vistazo al cuello de alguna que otra Nefertiti, siempre y cuando no sea de escayola.