![]() |
Maria Jesús Valdés (Bernarda Alba) |
El pasado 26 de julio de 2012,
Miguel Arnas publicaba en su Blog una entrada en la que aludía una conversación
mantenida junto a la casa natal de Federico García Lorca en Fuentevaqueros con Antonio Ropero y un servidor. En
el citado artículo se hacía referencia al célebre texto La casa de Bernarda
Alba en cuanto concernía al origen de la represión que sufrían las hijas de la
protagonista. Miguel sostenía que no era la religión, sino lo atávico –concretamente
el cotilleo- lo que estaba detrás de la conducta subyugante del personaje de
Bernarda Alba. En resumidas cuentas, el Arnas afirmaba que la
religión nacía al servicio del chismorreo, y no al contrario. Lo cual, al menos
a mi modo de ver, es como ponerse a averiguar si la gallina fue antes que el
huevo o viceversa.
No es mi intención –aunque él sabe que me
encantaría- entrar en agrias polémicas con el Arnas en torno a la importancia
de la religión en la sociedad durante los últimos nosecuántosmil años. Creo que
la influencia religiosa puede seguir viéndose en los medios de masas. La
injerencia de las doctrinas religiosas en los asuntos sociales es innegable.
Pero ese no es el tema. El tema primario
era reflexionar sobre la importancia capital de la que es probablemente la obra
teatral más influyente de nuestro pasado siglo. ¿Qué significado tiene en la
vida real la tragedia de un grupo de mujeres apartadas del mundo por una madre?
Ríos de tinta han corrido sobre
el asunto y no es cuestión de saturar un simple blog de citas y anécdotas
ajenas. Sobre todo porque estoy convencido de que la exégesis de una obra de
estas características está al alcance de cualquiera que se tome la molestia de
leerla o tenga el placer de asistir a una buena representación. El espíritu de
la literatura estriba en que cada lector tenga su propio juicio de lo que ha
leído.
![]() |
Maria Jesús Valdes (1927-2011) |
Aún recuerdo vívidamente la impresionante
Bernarda que se bordó esa fuerza de la naturaleza que era Maria Jesus Valdés bajo la batuta de un Calixto Bieito todavía
en estado de gracia y una extraordinaria Poncia de Julieta Serrano. Lo que yo
sentí aquella noche fue de tal intensidad que todavía puedo meterme en la piel
de aquellas mujeres castradas por su propia madre y subyugadas por unas normas
sociales de un rigor insoportable. ¿De dónde provenía toda esa fuerza
represiva, toda esa obsesión por la hipócrita honestidad? Esa es la pregunta.
La represión es síntoma de causas
ulteriores. Es innegable que el qué dirán ha marcado –y seguirá marcando- el paso de todas
las civilizaciones humanas. De hecho la cuestión del honor es ni más ni menos
que la opinión que los demás tienen de nosotros. No es patrimonio del alma –como
decía Calderón- sino del ojo ajeno. La honra no es tan metafórica como se suele
pensar y, de hecho, no hace mucho tiempo podía localizarse en la entrepierna de
las mujeres y en las sienes de los hombres. Otra cosa es lo del fuero interno, pero
sospecho que eso pueden tenerlo hasta los psicópatas más recalcitrantes.
Que las hijas de Bernarda Alba
tuvieran la virginidad intacta era lo de menos –en eso estamos de acuerdo
Miguel y yo- la cuestión es que los de afuera no albergaran la menor duda sobre
el himen de las pobres muchachas. Distinto concepto es la cuestión del pecado.
El pecado existe por pura necesidad de la doctrina. Si no hay pecado, la
religión no tiene el menor sentido. Si no hay infierno ya no hay necesidad de
creer en nada. El temor a la condenación, el temor al fuego eterno es lo que
mantiene viva la llama de la fe.
El suicidio de Adela –la hija
díscola de Bernarda Alba- posee dos lecturas. Por una parte ha conculcado la
norma, dándose un revolcón con el elíptico Pepe el Romano, birlándole
el mozo
–al menos
momentáneamente- a su hermanastra mayor. Por otro lado –una vez saboreadas
las mieles de la pasión- le va a resultar insufrible una vida de renuncia
impuesta a la fuerza. Pero esa fuerza no
viene directamente de la sociedad o de la religión, viene de Bernarda Alba. Es
Bernarda la que encierra a sus hijas, no el cura o los chismorreos. Es esa voluntad superior la que castra el
deseo de unas mujeres que tienen los mismas necesidades que puede tener
cualquier ser humano. Bernarda podría ser producto del cotilleo, o de la
religión, o del o del patriarcado, o de todos ellos y ninguno. Porque en
realidad es otra cosa, es mucho más que una idea. Es un sistema. Un sistema que
empezó hace miles de años en algún desierto donde la vida era áspera y las
tribus se sometían a la soberanía de un patriarca como Abraham o Jacob o Israel o Ismael. Allí, en aquel remoto
desierto, se escribieron las normas que han regido la humanidad durante la
mayor parte de su historia. Ni Grecia ni Roma han influido tanto en el espíritu
humano como los mitos judeocristianos e islámicos. En ellos está escrita y
descrita la misma norma que Bernarda Alba impone a sus hijas. La anulación del
deseo es capital en las sociedades patriarcales, porque el deseo se sustenta en
el uso de la libertad para llegar a realizarse y la libertad contraviene esa
moral que a su vez estimula el cotilleo. Así pues, el chisme es hijo de una
moral reprimida y represiva. El chisme es el brazo armado de la ley, y su función principal es apagar las llamas del deseo. Una función que, a la larga, ha resultado completamente inútil.
Sobre el origen de unos y otros
conceptos, poco o nada podríamos saber. Tal vez lo atávico y lo religioso tienen en
común que son productos del miedo y la ignorancia. Los mitos morales y
religiosos proceden del desconocimiento a lo que hay al otro lado. Se teme lo
que se desconoce. Se odia lo que no se entiende. Puede incluso que –al igual
que sucede con los velos presuntamente islámicos- ambas cosas sean la misma
cosa.
Pero la verdadera grandeza de
esta cumbre lorquiana es que pasarán los años y seguiremos haciéndonos
preguntas sobre la Bernarda, escribiremos ensayos y relatos sobre Pepe el
Romano, y llegaremos a la conclusión de que nos entenderemos mejor cuanto más comprendamos de lo que estamos
hechos.