martes, 24 de diciembre de 2013

LOS TRES AMIGOS


Tener un amigo médico tiene sus ventajas. Pues nunca dejará que te desangres si te cortas las venas. Siempre es bueno que tu amigo médico ande cerca cuando algo te duela. Sobre todo si eso que te duele, te duele muy adentro.
Tener un amigo ingeniero es garantía de que no te falte un puente para acceder a la otra orilla. Porque un puente es una posibilidad, tal vez la mejor de las posibilidades para llegar a los que no están contigo. Si señor: no hay nada mejor que un ingeniero para resolver problemas.
Tener un amigo cuentista te ayudará a ver el mundo de otra manera. Porque la realidad no es suficiente para vivir la vida, un buen cuentista será la mejor garantía de alcanzar universos inalcanzables, de viajar a otros mundos sin necesidad de desplazarse.

Por eso yo recomiendo encarecidamente (al que así lo estime oportuno) que se procure siempre estar cerca de un amigo que le ayude a tomarse la vida en broma.


A Carmen García, Miguel Arnas y Ángel Olgoso.

lunes, 25 de noviembre de 2013

BOB WILSON II


A la vista de las respuestas -y preguntas- que ha suscitado el primer fragmento de estos Sonetos de Shakespeare, de la Berliner Ensemble, dirigidos por Robert Wilson, enlazo aquí otro poema visuale de gran belleza. 
Los comentarios han ido desde lo "sublime", "fantástico", "envidiable", "increíble", "poesía en estado puro", "genial"... hasta preguntas con doble intención como "¿pero esto es teatro, ópera, cabaret, o lo es todo y nada al mismo tiempo?"
Nadie dijo "cursi" o echó de menos la traducción simultánea. ¿Por qué será?
Pues eso: que cada uno entienda la vida como ha de entenderla y la goce en su medida.

sábado, 23 de noviembre de 2013

LA INALCANZABLE MAGIA DE ROBERT WILSON

Teatro es poesía puesta en pie. Es ese espacio inexistente donde la mente colectiva puede llegar a alcanzar la categoría de "inteligente". Es locura que se torna arte. Es la caricia evanescente de unas alas de mariposa.
El teatro entendido por Robert Wilson nos transporta hasta el origen de este arte que nació como necesidad de hacer escarnio del poder, creció en forma de catarsis social, y alcanzó su cénit elevando la emoción más allá de cualquier frontera.
Ahora que el teatro anda disipado en banales pucheros de garbanzo insulso, entreteniendo a la burguesía insatisfecha con melodramas de salón y palabras zafias, es bueno recordar que nunca dejará de latir el corazón de la afortunada anomalía.
Anomalía es ese país donde habita el mago Robert Wilson, poeta de la escena, y realizador de fantasías imposibles.
Wilson decidió hace mucho tiempo renunciar a la facilidad de un lenguaje naturalista y escudriñar el éxtasis del entendimiento y los sentidos por medio del extrañamiento.
Los actores de Wilson encarnan modelos grotescos, excesivos, fascinantes, capaces de flotar por es escenario como duendes.
En la genial inerpretación de los sonetos de Shakespeare, cada detalle, -vestuarios y maquillajes que fluctúan entre el teatro isabelino y la comedia del arte, abigarradas interpretaciones musicales, impecables efectos de luces- ha sido cuidado milimétricamente. 
Cuando la fantasía de Wilson entró en simbiosis con esa nave extraterrestre que es la Berliner Ensamble, el resultado es poesía. Y cuando digo poesía no me refiero a nuestros ripios del siglo de oro, sino a esa emoción inefable que nos hace elevarnos más allá de nuestra torpe condición de mortales.
No es necesario saber idiomas para extasiarse con estas imágenes.

lunes, 28 de octubre de 2013

NADIE NOS QUISO CREER




Aquella crisis de principios de siglo se llevó consigo lo mejor de nosotros. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto tiempo duró pero el caso es que, años después de que las voces autorizadas dieran por terminada la depresión, seguíamos respirando una atmósfera enrarecida, como si alguien hubiera teñido de gris nuestras vidas y ya no halláramos el modo de recuperar los colores perdidos. 
A pesar de los saldos positivos, de los dividendos favorables y las subidas de tipos de interés, la mayoría de nosotros seguía teniendo la sensación de que todo continuaba igual.
Es más, sin apenas darnos cuenta, empezamos a normalizar un estado de postración que iba desembocando en una dinámica de cierres generalizados. Cerraron las tiendas de antigüedades, los ultramarinos, los cabarés, las terrazas, los encantes, las mercerías, las librerías de viejo, las tiendas de música, los bazares, las salas de cine, e incluso llegaron a cerrar algunos espacios que antes tuvieron la condición de públicos. Y sin embargo, la gente seguía pasando de largo en medio de aquella desolación como si nada estuviera sucediendo. Nos habíamos acostumbrado a ver como el mundo entero cerraba sus puertas, y aun así, reconozco que a día de hoy, no es fácil imaginar un panorama tan desolador.
Llegó el día en que alguien advirtió que llevaba años sin ver a una pareja besándose en la calle. A pesar de lo extraño de tal afirmación, los demás no tardamos en corroborarla. Aquellos que estaban casados o emparejados, advirtieron pronto que habían perdido la cuenta del tiempo que no ejercitaban el arte de besar. Recorrimos parques, estaciones, bulevares, riberas, avenidas y vestíbulos de hotel, y no encontramos el menor atisbo de aquella inocente muestra de pasión.
Ya nadie hablaba de furtivos amantes que se besaban en callejones, de aquellos novios que aprovechaban la oscuridad de las salas de cine para unir sus bocas. Y lo peor, ninguno de nosotros echaba de menos algo tan hermoso y tan sencillo como el roce de unos labios. No obstante éramos conscientes de aquella realidad, por más que la tuviéramos perfectamente aceptada. Aunque nadie nos quisiera creer, negarlo habría sido faltar a la verdad: alguna fuerza -no sabemos cual- que gravitaba muy por encima de nuestras voluntades, nos había despojado del deseo de besar y ser besados.
De alguna manera que nunca supimos explicar, aquella húmeda fricción entre bocas, aquella desesperada lucha de dos lenguas por ser una, aquel intercambio de delirio y saliva, junto con todo lo que pudiera significar, se convirtió en un anodino recuerdo, que acabó evaporándose con el transcurso de los años.


jueves, 24 de octubre de 2013

EL ALMA DE LOS AUSENTES


Hace años que se ha venido repitiendo el mismo sueño, en el que una parte de mí consigue viajar en el tiempo y elije como punto de destino la estación de Atocha, aquella cálida noche del 13 de julio de 1936. Allí, en los andenes de lo que hoy es un exótico invernadero, debería encontrar a Federico y convencerlo de que no subiera a aquel tren.
Fue del todo inútil. En todos y cada uno de aquellos sueños, me fue imposible encontrar al poeta para prevenirlo de aquel error. En alguno de aquellos vagones del expreso nocturno -rechonchos y oscuros como ataúdes- viajaría el hombre que firmó aquel Pequeño vals vienés, que tantas veces me haría vibrar cuando se convirtiera en la canción que acunaría más de una noche el alma de los ausentes.



martes, 22 de octubre de 2013

EL PUENTE




El agua del lavabo de los bares de Praga sale siempre calentita.
Los tranvías circulan a toda velocidad por los puentes.
Las cervezas se sirven por pintas.
Todos los camareros hablan correctamente el inglés.
Los turistas aplauden a un reloj
La música sale de entre los adoquines.
La gente no grita en los bares
La copa de aguardiente se toma antes de la comida
La absenta arde como las puertas del infierno
La sonrisa es el estado natural de unos labios.
Los tiranos son lanzados por las ventanas.
La primavera es lo contrario de un tanque.
El tiempo del semáforo para un peatón dura menos que un suspiro.
Los pasos de Gregorio Samsa retumban en alguna calle solitaria.
Los perros han sido educados en los mejores colegios.

Por lo demás, quitando que todo es más hermoso, racional e inteligente que aquí; no hay mucha diferencia.

sábado, 5 de octubre de 2013

EL ASTRONAUTA



Hubo un accidente. Caí a una piscina vacía y aterricé en el fondo con la cabeza. Estuve en coma varios días. Durante aquella lucha a vida o muerte yo me veía flotando entre las estrellas. Tenía apenas cinco años.

Cuando desperté ya no sentía aquella ingravidez. Sentía dolor de cabeza.

Recuerdo vagamente que alguien me ofreció el regalo que yo quisiera elegir. Sin pensarlo dos veces pedí un cohete. Quería subir a un cohete y volver a flotar entre las estrellas. Me trajeron un pequeño avioncito de juguete. Pero yo no quería ser piloto; yo quería ser astronauta. Quería ver el mundo desde fuera y contárselo a los demás. Quería sumergirme en el universo y experimentar esa vertiginosa ingravidez que me hace sentir insignificante.

Más tarde me olvidé de aquel capricho, perdí la ilusión por cualquier cosa y anduve centrado en la inútil pretensión de atrapar el instante. Leía libros, me emborrachaba de inmediatez y me dejaba llevar por los delirios ajenos. En otros términos: me hice adolescente.

Esta noche he vuelto a soñar que estaba a punto de subir a una nave que me llevaría a la luna. De alguna forma, nunca abandoné el sueño de ser astronauta. Siempre he sido lo que he soñado.

Aquella fue la primera razón por la que, años después, y de forma lenta y gradual, me hice escritor. 


"Todo ángel es terrible"  (Rainer Maria Rilke)






viernes, 20 de septiembre de 2013

PREFIGURACIÓN DEL APOCALIPSIS (SEGUNDA TROMPETA)


Durante la reciente conferencia del ilustre profesor y Premio Novel de Física Paradigmática, Arno Gardenius -invitado por la Cátedra de Estulticia Dramática- en el Aula Magna de nuestra ínclita Universidad, pudimos constatar que más de tres cuartas partes del alumnado asistente, invirtió el tiempo completo de la charla en el uso de dispositivos móviles, videoconsolas, tabletas, iPads, iPods y ordenadores portátiles, para diversos propósitos, ninguno de los cuales tenía nada que ver con el contenido de la ponencia sobre Paralipónenos y resultantes perentorias.
A lo largo de los cuarenta y cinco minutos que duró la disertación, elocuentemente pronunciada por el laureado científico, se escucharon más de setenta señales correspondientes a tonos telefónicos, alarmas, avisos de wassap, despertadores, disparos virtuales, músicas variadas, vibraciones y otras interferencias.
Por supuesto, el profesor Gardenius tuvo a bien finalizar su charla pidiendo disculpas a los asistentes por haber interrumpido tan cruciales quehaceres.

martes, 17 de septiembre de 2013

VOGEL




Y yo seguí a aquella mujer sin apenas reparar en lo que estaba haciendo. Porque mi cuerpo parecía dejarse llevar por una irresistible fuerza magnética que anulaba cualquier atisbo de voluntad. Y el caso es que nunca llegué a ver el rostro de la misteriosa dama cuyos pasos se deslizaban como si apenas gravitaran sobre las aceras. Ni siquiera recuerdo si su pelo era rubio, moreno, castaño, rojizo, largo, corto, rizado u ondulado. Sólo puedo decir que sus largas piernas marcaban un cadencioso ritmo que me hizo perder la noción del tiempo. Y que su paso era tan amplio y firme que, por mucho que yo quisiera esforzarme en alcanzarla, no tuve otra alternativa que contemplar impotente cómo se me iba escapando.

Poco a poco la vi alejarse por bulevares y avenidas hasta que su estilizada figura pareció evaporarse ante mi perpleja mirada. Luego, derrotado por la implacable realidad, me detuve a medio camino entre la frustración y el desconcierto. No tardé en comprender que me había extraviado. Era como si la expansión del universo hubiera afectado súbitamente a este interminable laberinto que, tal vez por inercia, llamamos ciudad.

Comprenderá entonces, querido y respetado jefe, que no haya tenido otra opción que llegar al trabajo con tres horas y cuarenta minutos de retraso.







Nota del autor: El título "Vogel", es un término de la lengua alemana que se puede traducir por "pájaro" o "ave", pero que también puede evocar la cualidad de lo etéreo o lo ingrávido.

domingo, 15 de septiembre de 2013

PREFIGURACIÓN DEL APOCALIPSIS (I)


Fui al Decathlon. ¿Por qué fui al Decathlon? Fui al Decathlon por ese apego que le tengo a mi estulticia. El subterfugio era una camiseta. O tal vez unos parches para la cámara de mi velocípedo. Da igual. Lo que yo quería era asistir en vivo y en directo al Apocalipsis. Así como lo digo: el Apocalipsis en toda su plena plenitud.
Caminar por los amplios corredores del Decathlon era como intentar evolucionar por el metro de Tokio en plena hora punta.
Era casi imposible acercarse a un estante sin chocar contra otro cliente. Ser pisado, empujado, petardeado y menospreciado, era parte indispensable de la visita.

Mocosos que tocaban sin cesar las bocinas de las bicicletas, una niña de unas siete primaveras que abroncaba a su contrito progenitor porque quería llevarse una tienda de campaña del tamaño de la Capilla Sixtina, una pareja de heptagenarios con obesidad mórbida que paseaba del brazo con la sana intención de contemplar lo que allí se cocía, un grupo de tiernos energúmenos que botaban y pateaban balones de reglamento, unas señoras que peleaban por el puesto en la cola del cajero, un empleado que realizaba demostraciones de cómo se ejercitan los bíceps braquiales con una goma fijada a una peana en el suelo, un opulento caballero que luchaba por embutirse en unos pantalones, un indolente adolescente que peleaba con su santa madre por la posesión de una bicicleta de gama alta con frenos de disco hidráulicos y cuadro de carbono, un grupo de quinceañeras que se hacían fotos con sus modernos móviles mientras desdoblaban forros polares que una estoica empleada volvía a doblar, una horda de gamberretes que desinflaban ruedas de bicicletas, un rubito muy mono de apenas tres años que berreaba por nosesabequé, un tío con más de treinta años haciendo malabarismos sobre una patineta... una masa amorfa, descontrolada y adicta a lo novedoso, que se entregaba libidinosamente a la orgía de comprar por comprar.
Y yo también.
No hubo parches ni camiseta. Penetrar en el codiciado probador costaba sangre, sudor y lágrimas. Tomé conciencia de la situación cuando había empezado a hiperventilar. Había que escapar con vida en medio del fragor de la batalla, y encontré una rendija no sin antes encajar un par de codazos en las costillas flotantes.
No tenía ni la menor idea de que hubiera tantos deportistas en una ciudad tan pequeña. Seguramente habrá que construir nuevos hospitales para atender las lesiones producidas por la práctica deportiva. 

 

jueves, 5 de septiembre de 2013

LAS LÍNEAS DE LA IMPOSTURA


Hay conflictos que poseen una naturaleza cimentada sobre la más aplastante de las lógicas. Son aquellos que se generan continuamente –casi de forma periódica- en esos espacios que, sobreviviendo a los fundamentos básicos de la razón, continúan marcando diferencias entre los seres humanos.
Pocas cosas son tan inútiles, ruines y evanescentes como los conflictos fronterizos. Y sin embargo, como bien demuestra el devenir histórico, las desavenencias nacidas como corolario de la existencia de las fronteras, poseen una constante palmaria: todas ellas son inevitables.
Resulta entonces patético contemplar como, tanto los medios de comunicación, como los personajes públicos, recurren al rasgado de vestiduras cuando “una oportunista mano negra” parece descorrer la cortina que oculta lo más despreciable del sentimiento humano. El conflicto fronterizo -a fuerza de ser artificial, estéril y reiterativo- está en la naturaleza misma de la frontera. Las fronteras son producto de la violencia. Ninguna línea imaginaria se traza en un mapa sin un claro precedente bélico. Las fronteras han servido a su vez para crear mezquinos sentimientos que tienden a identificar a los de dentro y excluir a los de fuera.
Todas ellas proceden del mismo imperativo histórico: el de aquellos tiranos de la antigüedad que derramaban la sangre de sus vasallos para anexionarse tierras vecinales. Por supuesto, no todos los vasallos acudían de buen grado al matadero para dar satisfacción al sátrapa de turno. Para solventar esta pequeña minucia se inventó el sentimiento nacional, el patriotismo o el nacionalismo: con la sana intención de convertir a los siervos en carne de cañón. Hoy sublimamos esas batallas (no todas) mediante fervorosos encuentros deportivos en los que el forofo, bandera en mano, se desgañita insultando al taimado rival.
Otro gallo nos cantaría si, antes de enarbolar banderas, nos detuviésemos a pensar en lo que eso significa. Que esa aparente necesidad de identificación en la masa, no se sustenta en el trillado proyecto común, sino en la terca idea de la superioridad sobre lo ajeno, inculcada desde la cuna y consagrada en los altares del amor patrio. La frontera, símbolo triunfante de la obsolescencia ideológica de nuestro mundo, es la expresión política de la violencia que habita en el corazón humano.
Así pues, ¿qué otra cosa que el conflicto puede surgir de las zonas nacidas y maduradas en el más puro conflicto? ¿A qué escandalizarse por la materialización de esas diferencias que hemos creado a golpe estupidez? ¿Qué podemos esperar de aquellas marcas que separan a familias que se desprecian mutuamente?
Siendo claro que las partes interesadas prosiguen en su contumaz empeño en desafiar lo razonable, digamos que una hipotética desaparición de esas líneas que surcan los mapas políticos, es algo así como una quimera inalcanzable.
Y lo que resulta más curioso: estando en una coyuntura internacional en la que los mercados marcan el ritmo de los Ejecutivos occidentales, ¿de qué hablamos cuando hablamos de soberanía?
A lo mejor va a resultar que todas estas tribulaciones veraniegas no son más que fuegos de artificio –que no llegan a la categoría de estrellas fugaces- concebidos para hacernos mirar a otro lado, para que la atención del respetable se desvíe de lo verdaderamente importante.

lunes, 2 de septiembre de 2013

LA PUERTA DE LOS ABISMOS


De nada sirvieron las advertencias de mi hermano. Él vino conmigo aquel día plomizo de otoño en que nos mostraron la casa. La casa era fría, nadie lo podía negar. Sin embargo, su precio era más que razonable. Bastaría con una reforma en profundidad para dejarla transformada en el hogar de mis sueños.
Poco me importaron las habladurías de los vecinos. Cuentos sobre familias que enfermaban por las bajas temperaturas de la casa. Historias de niños tísicos que murieron años atrás, quedando su espectro adherido a los cimientos de la casa. Vagas referencias a inquilinos que abandonaban el recinto después de una primera y última noche. Chismes propios de mentes ociosas.
Invertí todos mis ahorros en una reforma integral. Saneamiento de las instalaciones de agua y electricidad, aislamiento térmico en las paredes, ventanas de carpintería metálica con doble cierre, tarimas flotantes de madera y radiadores de última generación. La obra terminó en primavera. Liquidé mis deudas y corrí a instalarme una lánguida tarde de mayo. Calenté una infusión y salí a la terraza a contemplar el efímero crepúsculo. Cuando cerré la puerta tras de mí lo comprendí todo. No era cuestión de aislar la casa de la atmósfera exterior, porque lo de fuera nada influía en lo de dentro. El frío ya estaba en la casa, antes que la propia casa.

lunes, 15 de julio de 2013

LA CONJURA DE LOS NECIOS

Moderna versión del gran Ignatius J. Reilly

Se adelantó John Kennedy Toole a este siglo con su genial percepción de los imbéciles. Kennedy Toole construyó una magistral novela alrededor del impresentable Ignatius J. Reilly, un badulaque de manual, cuyo mayor mérito fue el atrapar al lector en sus estúpidas peripecias.
 Nadie, en cuanto a editoriales se refiere, hubiera dado un dolar por semejante disparate. Paradójicamente, la verdadera razón de los editores para rechazar el texto en su momento era que el autor de Louisiana acertaba de lleno en su retrato de la condición humana: la estolidez es más común que el más común de los sentidos. De hecho sucedió que Kennedy Toole, convencido de que había escrito un buen libro acabó sumido en la desesperación al no encontrar ningún editor que apostara por "La conjura de los necios" y, a la edad de treinta y siete años, se suicidó. Por unas casualidades, de esas que suceden entre un millón -o más bien por pura obstinación- su desconsolada madre logró cumplir el deseo del hijo fallecido en 1969 y encontró una pequeña editorial que publicó la novela en 1980. Un año después le fue concedido el Premio Pulitzer.
Lo que no imaginó ni por asomo Kennedy Toole es que, en los albores del siglo XXI, el mundo llegaría a estar en manos de mediocres e inútiles tan ridículos o más que Ignatius J. Reilly. Los necios son mucho más populares de lo que se había calculado tras la experiencia en la Alemania de los años treinta. Puede que los votantes nos identifiquemos con la mediocridad y la elevemos a los puestos de relieve. Por supuesto, no sucede así en todos los casos. Pero también es cierto que, por definición, la excelencia no abunda, y la mayoría de los lúcidos son despreciados precisamente por eso, por ser inteligentes.
Los tontos nos gobiernan, nos bajan los sueldos, nos suben los impuestos, nos dejan en paro, nos despojan de derechos esenciales, se ríen de nuestro sufrimiento y, en medio de un delirio de estulticia, se arrean unos generosos sobresueldos, aceptan regalos millonarios, reparten dividendos entre sus votantes y mandan al chofer en el coche oficial a comprar farlopa. ¿No será que estos submentales nos toman por tontos a los demás?
Guerrero: Un hombre del pueblo y para su pueblo
No es así. Estos mendrugos de las alturas son simples marionetas. Nos hacen creer que son los que mandan, cuando en realidad se limitan a ejecutar las desfachateces de sus acreedores. Esos sí que tienen cara de listo.
Estos irresponsables en los que alguien depositó la responsabilidad no son una excepción, no son producto de la generación espontánea: son el reflejo de un pueblo que siempre mostró excedentes de pillería, golfería, picaresca y mucha, mucha simpatía.

martes, 18 de junio de 2013

BLOOMSDAY 2013

Pues hubo Bloomsday en las (muy) afueras de Dublín. Ya va siendo costumbre que unos pocos nos reunamos en torno al 16 de junio, para celebrar el día en que se desarrolla la acción -y otras muchas cosas- de la novela "Ulises" de James Joyce.
Esta fotografía de la cabecera nos la envían, gracias a la intercesión de nuestro amigo Javier Lleida, desde la ciudad natal de Joyce, en respuesta a nuestra felicitación desde Granada. Se encuentran leyendo la citada novela en la torre Martello, lugar donde arranca el colosal relato de James Joyce.
Curiosamente, la ciudad de Dublín es el único lugar en el mundo donde se festeja oficialmente un libro. Cada 16 de junio ocurren en diferentes puntos de la capital irlandesa una serie de acontecimientos que rememoran la historia de Leopold Bloom y Stephen Dedalus.
Uno de ellos, quizá entre los más tradicionales, consiste en escenificar el velatorio y entierro de Paddy Dignam. Y en tan luctuosos episodios nos hemos inspirado este año para nuestro pequeño homenaje a la literatura de Joyce.
Paddy Dignam rodeado de sus deudos: Miguel Arnas, Ángel Olgoso, Rosario de Gorostegui, Luis Cerón, Celia Correa y Carmen García Tortosa
 Y allí, contritos, consternados y pesarosos -como puede apreciarse en sus rostros- los circunstantes, rindieron el último homenaje al bueno de Paddy y al padre que lo parió.
Lo de celebrar el Bloomsday es, a estas alturas de la vida, un ir contracorriente, que a la hora de la verdad nos sirve para verlas venir. El cadáver de Paddy es la historia de la literatura, que parece resistirse a morir pese a los continuos asesinatos a que es sometida.
Estar ahí, celebrando lo que el mundo ignora y desprecia, es nuestra forma de dar continuidad a la única manera que el ser humano tiene de vivir más de una vida.
¡Larga vida al muerto!

domingo, 2 de junio de 2013

DISCURSO PARA EL INSTITUTUM PATAPHISICUM GRANATENSIS


Ñoras, ñores:
Tras doce años de denodados esfuerzos -la mayor parte de ellos de índole crematística- he gozado del alto y enhiesto honor de ser admitido en el reputado Institutum Pataphisicum Granatensis.
Nada tendría de especial mi reciente cooptación sino fuera por las estrambóticas circunstancias que la rodean.
En primer lugar están los gastos extraordinarios para la "agilización" de los trámites administrativos, así como los "donativos" que me vi obligado a costear para despejar las dudas del Excmo. Rector Perezoso, Herr Engel Ólgössen. En total, he tenido que aflojar la nada desdeñable cifra de setenta y tres mil doscientos veinticuatro agapitercios, con cuarenta y ocho porrones.
Eso sin contar los gastos del ceremonial y alquiler del Palacio Real de Saint Pere Ubú, servicio de catering incluido. Redondeando al alza; otros doce mil agapitercios de vellón.
En segundo lugar, no tuve más remedio que hacerme cargo de la fianza de mi padrino Michael Palotín Arnikov Koroninski -veinticinco mil agapitercios, sobres de convicción aparte-, el cual se hallaba preso en las mazmorras del castillo de Saint Cucufat, en manos de catorce perversas huríes, por haber extraviado la insignia preceptiva del I.P.G. durante la última ceremonia de desocultación.
Ni que decir tiene que hubo que sacarlo a la fuerza, y que, para colmo de tribulaciones, las pérdidas de insignia entre los Sátrapas del I.P.G. empezaron a convertirse en una sospechosa moda.
En otro orden de quisicosas, y debido a la extensa ceremonia de cooptación -diez minutos- no hubo tiempo para el discurso de agradecimiento que llevaba preparado en el magín, y que finalizaba con un sutil poema de T. H. Agapito:"Camino de pinos/ camino de rosas./ Camino, camino/ camino me jodas". Dicha circunstancia no obsta para que no deje de congratularme conmigo mismo y con el resto del contubernio por haber recibido la alta y no menos enhiesta dignidad de Sátrapa Trascendente Regente de la Cátedra de Estulticia Dramática y Bufonería Recalcitrante. Datario Máximo de Velocipedia. Cuescomante Epistemológico y Administrador de la Comisión Agapitico-Kafkiana. Cargo, este último, que me obliga irremediablemente a afrontar los cuantiosos gastos burocráticos para impulsar la candidatura de mi maestro, padre espiritual y mentor, T.H. Agapito Trasconejo, a la dignidad de "Vicecurador Honorario Extraordinario" del I.P.G.
Dicha diligencia incluye los pertinentes sobres de convicción para los directivos del Frenopático de Villatripa, donde T.H. se encuentra recluido, a fin de "promover" el alta facultativa. Unos doscientos cincuenta y tres mil agapitercios.
En estos momentos me dirijo al Monte de Piedad donde empeñaré la Mont Blanc (made in Morocco) con la que escribo el presente borrador.
Extiendo la presente a la espera de vuestras aportaciones (siempre en sobres cerrados, por favor) a fin de sufragar tan onerosos imprevistos.

Eso haría un total de novecientos noventa y cinco mil agapitercios, incluidos mis honorarios, gastos de representación y dietas.

Patafísicamente vuestro.
Gärt

Granada a 14 de mierdra de l40, festividad de San Esfinter.

jueves, 16 de mayo de 2013

¿SECUNDARIOS?

Joseph Cotten

A mis incalificables amigos: 
Miguel Arnas, Carmen García y Ángel Olgoso. 


Hace años que un cierto dramaturgo, empedernido buscador de excepciones actorales, viene repitiendo una idea que ha llegado a obsesionarme: "No hay mayor obra de arte en el cine que un plano claroscuro del rostro de Joseph Cotten".
La idea tiene muchas segundas lecturas. Los que adoramos ese gran cine que se perdió, sabemos alguna cosilla acerca del mito de los actores secundarios. Joseph Cotten, uno de los pocos amigos personales de Orson Wells, tenía mucho más talento de lo que ahora tienen las llamadas estrellas de cine. Su sola mirada contenía tantas capacidades expresivas que, en una primera visión, se hubieran escapado a los más avispados.
Cotten era un actor de reparto. Un secundario, sin ánimo de ofender, tan humilde que ocupó ese sitio en carteles de películas que -sin lugar a discusión- había protagonizado. Cotten protagonizó "El tercer hombre", dirigida por Carol Reed, pero ocupó un lugar secundario tras Orson Wells, que no aparecía más de veinte minutos en toda la película.
Su técnica actoral era tan elegante que nadie supo nunca en qué consistía. Si cortáramos sus planos en "Ciudadano Kane", la cinta quedaría a la altura de un telefilm. Una sola mueca de Joseph Cotten albergaba más información que todos los aspavientos de Robert de Niro y Al Pacino juntos.
Christopher Plummer

Imagino que en aquella frase del enigmático dramaturgo, entraría también la larga sombra de Christopher Plummer. En este caso, algunos directores han sabido ver lo que hay que ver. Tal actitud les ha dado el placer y el lujo de verle protagonizar inolvidables películas.
Hace apenas unos instantes acabo de disfrutar una maravillosa versión de Sherlock Holms con el pelo rubio: "Asesinato por decreto", con Jack el Destripador como telón de fondo. En esta cinta de Robert Clark estrenada en 1979, con Christopher Plumer en la piel de Holmes y nada menos que James Mason encarnando al inefable Dr. Watson. Por cierto, uno de los mejores Watson de la historia cinematográfica de esta saga infinita. Lo digo porque quitando el de Ian Hart, en 2004, la mayor parte de las interpretaciones nos muestran al socio de Holmes deliberadamente torpe, como si con esa ingenua personalidad pretendieran dar más lustre a la astucia del célebre detective inglés. Una idea tan pueril como ineficaz.
Plummer, tiene a sus espaldas tantas interpretaciones brillantes, tanto en el cine como en el teatro, que el resto de los actores deberían dejarse de gaitas e inclinarse ante su genio. Fue el Capitán von Trapp, en "Sonrisas y lágrimas", Ruyard Kiplin en "El hombre que pudo reinar", a Tolstoi en "La última estación", dio brillo a "Beginners", encarnó a "Otelo" al "Rey Lear" y a "Mabeth" sobre las tablas y, de propina, "tan solo" ha recibido un Oscar y un Globo de Oro. Claro que, a estas alturas, lo de los premios es poco menos que circunstancial. Espero que, por lo menos, le hayan pagado lo pactado en los contratos.
Los años, lejos de derribar al galán de turno, curtieron a un actor que, pasados los ochenta inviernos, nos dejó de una pieza en "El imaginario del doctor Parnassus" de Terry Gylliam. Plummer, podría darle clases de interpretación a Tom Cruise, pero dudo que saliera algo de provechoso de un tipo que sólo sabe fruncir el ceño y apretar el gatillo de una pistola.
Ulrich Múhe

Aquel tipo silencioso, de miradas introspectivas, que espiaba "La vida de los otros" en la insoportable Alemania Oriental, era un actor alemán que dejó este mundo el 22 de julio de 2007, sin que apenas nadie recordara su nombre. Urich Mühe bordó uno de los papeles más impresionantes del cine de espionaje. Derribaba en dicha cinta el mito del maniqueismo, y daba una humanidad -contenida a modo de olla a presión- al villano, en uno de los grandes clásicos europeos. Bordó una sátira (un disparatado homenaje al sarcasmo cinematográfico de Lubitsh) sobre el nazismo en "Mein Führer", que se excede los límites de lo razonable. Pero ¿alguien recuerda su nombre? Tal vez sea mejor que nos acordemos de sus ojos atormentados, de una capacidad para hacernos penetrar en sus pensamientos que nadie podrá igualar.
Agustín González

Agustín González anduvo a la sombra de su amigo Fernando Fernán Gómez, hasta que éste le regaló uno de sus mejores protagonistas, el de "Las bicicletas son para el verano". Pero mi debilidad personal se inclina hacia el teatro, y nunca dejaré de recordar su increíble "Tartufo" para Estudio Uno.
El hecho de que Agustín González sea español nos da la posibilidad de recordar a este actor de reparto, genial y personalísimo, en filmes como "Así en el cielo como en la tierra", "Total", "Viaje a ninguna parte", "Plácido", "Belle epoque", "Atraco a las tres", "La escopeta nacional", "La colmena", "La marrana", "Todos a la cárcel", "Los santos inocentes" "La corte del Faraón", "La vaquilla"... por los siglos de los siglos. ¿Quién da más? Sus célebres curas, reaccionarios, absurdos, repúblicanos, fanfarrones, anarquistas, censores, hipócritas, complejos e inefables, sentaron cátedra hasta el punto de que algún director de casting, a la hora de buscarse un actor que clave un sacerdote, reniegue por la ausencia del artista madrileño. No recuerdo, por cierto, haberlo visto nunca investido de altas dignidades eclesiásticas.

Cuando oigo hablar del star sistem, de nosequé métodos y de lo ideales que son los modelos que visten las estrellas sobre la alfombra roja, cierro los ojos y recuerdo la penetrante mirada de Joseph Cotten.... en blanco y negro, por supuesto. 

No ser protagonista puede significar muchas cosas, y una de ellas es la posibilidad de bordar una diminuta, casi inapreciable, obra de arte. El verdadero arte no debería ser valorado por su tamaño, sino por la capacidad de causar emociones en el privilegiado espectador.

gärt 

domingo, 5 de mayo de 2013

SENDEROS DE TINTA


Yo he habitado lugares que no cabrían en la más fecunda de las imaginaciones. He amado tantas veces que mi corazón se ha vuelto inagotable. He dormido más de mil noches acunado por la cálida voz de una princesa persa. He brindado con ron junto a filibusteros y bebido calvados en el cráneo de mis enemigos. He navegado hasta la luna y descendido a París de un salto. He doblegado las cadenas de la roca de Tanios. He recorrido desiertos bajo el amparo del firmamento, y morado en los árboles de Italia. He perseguido a los más pérfidos criminales y atravesado espejos. He contemplado el Aleph con mis propios ojos y memorizado enciclopedias. He escuchado el canto de las sirenas en las islas Erráticas. He robado tesoros, doblegado laberintos, desvelado secretos, conquistado ínsulas, petrificado monstruos marinos, defenestrado a dioses, parodiado a reyes, satirizado tragedias y cabalgado sobre balas de cañón. He barrido las calles de Praga, he meado en los canales de Venecia, he dormido en los soportales de Nueva Orleans, he brindado en las tabernas de Dublín, he nadado en el Lago Baikal y he caminado sobre las aguas del Mar de Galilea. He contemplado las puertas del infierno en el laboratorio de Marie Curie. He pateado caminos por donde sólo han pisado los livianos pies del viento y perseguido a mi sombra. He amado con la urgencia de los condenados a muerte. He escapado de la peste sobre una alfombra voladora. He pernoctado en Tombuctú y despertado en Palmira. He rebasado los límites de lo posible y aún sigo viviendo para contarlo. He vivido tantas vidas que apenas tengo ya memoria para recordarlas.

La existencia me ha multiplicado en los senderos de tinta porque he respirado el aire polvoriento que exhalan las bibliotecas. Es por ello que no he vivido una vida, sino tantas otras como he podido robarle a los sueños ajenos. 
Y todo eso, sin apenas mover mi cuerpo del viejo sillón donde mis ojos recorren el bosque infinito de los senderos de tinta.

miércoles, 17 de abril de 2013

EL MEJOR AMIGO




La semana pasada, mientras recorría los dédalos de la Medina de Tetuán siguiendo los sabios pasos de mi amiga María Ángeles, reparé en la presencia de aquel perro sobre la tapia del cementerio. El atardecer parecía ganarle la partida a un espléndido día de primavera mientras aquel solitario animal sesteaba entre el reino de los vivos y el de los ausentes.
A la mañana siguiente, después de tomar un delicioso té en el Café París, regresé a la Medina -esta vez en solitario- y dejé que mis pasos me extraviaran entre las interminables hileras de comercios. 
De nuevo y por pura casualidad llegué al cementerio. No lejos de la tapia, sobre una de aquellas humildes tumbas volví a encontrarme con el mismo perro.
Esta vez se hallaba sentado en el suelo con la mirada absorta. Comprendí entonces que aquel animal permanecería el resto de sus días acompañando a su amo.
Había leído y escuchado historias parecidas sobre la fidelidad de algunos perros, pero nunca lo había presenciado como lo estaba haciendo en aquel cementerio.
De esos compañeros que no todo el mundo aprecia, he aprendido muchas lecciones, pero la más importante de todas es que la felicidad se encuentra en las cosas más sencillas. No hay que rebuscar en las agencias de viajes, ni en los boletos de lotería, ni en los telefonillos de última generación para ser feliz. Basta con saber apreciar el instante en su justa medida. Y la medida del instante es incalculable precisamente porque es efímero.
Cuando nuestro perro nos sigue a todas partes, no es que ande buscando afecto, sino más bien para entregarnos el suyo, para asegurarse de que no nos sentimos desvalidos.

miércoles, 3 de abril de 2013

EL ALMA DE LOS DEMÁS

Leo y escribo libros. Me devano los sesos intentando comprender el alma humana. Pero no consigo entender por qué nos aferramos a sentimientos tan ruines, a identidades ficticias, al profundo desprecio por los otros.
No deberíamos preocuparnos por el dolor que nos causan los demás, sino más bien del daño que hemos hecho al prójimo. 

domingo, 31 de marzo de 2013

LA NARIZ


Uno de los placeres que más aprecio durante los días lluviosos consiste básicamente en sentarme frente a mi modesta biblioteca y perder la noción del tiempo -e incluso de la tosca realidad- mientras me sumerjo en la apasionada relectura de uno de esos libros que, hace décadas, dejó su impronta en mi destino. De vez en cuando observo de soslayo la lluvia a través de los cristales del balcón, e incluso me dejo vencer por el sueño, arropado por la manta de viaje que me acompaña en tan extáticas singladuras.
Esta semana santa, he gozado nuevamente de la edición que Italo Calvino preparó a modo de antología de la literatura fantástica breve del siglo XIX. En esta edición -ahora reeditada por Siruela en un solo volumen- no están todos los que son, sin embargo podríamos calificarla de esencial para el conocimiento iniciático de un género que, desde el periodo romántico hasta nuestros días, no ha parado de evolucionar.
Por enésima vez, he leído "La nariz" de Gógol; a mi juicio uno de los mejores relatos que he saboreado en mi escueta experiencia de apasionado lector. Todos venimos del Capote de Gógol, afirmó Dostoievski, en referencia a uno de los cuentos mejor trazados de la historia de la literatura. En principio "La nariz" no iba a pasar de ser una simple humorada del autor ucraniano, donde pretendía hacer mofa y escarnio de los altos funcionarios del imperio ruso. El asesor colegiado Kovaliov despierta una mañana -¡qué similitud con Gregorio Samsa!- y descubre que su nariz se ha esfumado. A partir de este momento, todo rastro con el realismo descarnado que lució en "El capote" y toda relación con la tradición decimonónica en cuanto a los esquemas argumentales, desaparecen en pos del puro absurdo. 
En efecto, la afirmación de Dostoievski era, ni más ni menos, que el sentido de la literatura, en cuanto a que todas las obras maestras son deudoras de una tradición que se remonta mucho antes de que los relatos comenzaran a escribirse. Igual que el arranque de "La nariz" de Gógol, recuerda al inicio de "La metamorfosis" de Kafka, la propia absurdez en que se envuelve el cuento de Gógol se deja caer en "Ubú rey" de Alfred Jarry. No imagino a Kafka sin el precedente del "Baltleby el escribiente" de Melville.
La literatura es un sistema de vasos comunicantes que van rebosando hasta derramarse en cadena, de manera que los líquidos de dos o más depósitos, penetran y se mixturan en un tercero, creando una nueva fórmula, a veces interesante y otras tantas desacertada.
En la misma antología que compiló el gran Calvino -no sabría precisar cuántas veces he leído "El barón rampante"- se encuadra el cuento de Jan Potocki "Historia del endemoniado Pacheco", extraído de ese otro mítico compendio de historias fantásticas conocido como "Manuscrito encontrado en Zaragoza". Pues bien, a ningún lector más o menos avispado se le escaparía que dicho compendio es heredero directo o indirecto de "Las mil noches y una noche", que ya por aquel entonces había traducido Galland al fracés, y cuyas versiones y reversiones circulaban por toda Europa. No me olvido, faltaría más, del "Decamerón" de Bocaccio, e incluso los "Cuentos de Canterbury" de Chaucer.
"La nariz" de Gógol, bajo una apariencia intrascendental, ha iluminado a gran parte de los escritores los siglos posteriores. Es lo que suele suceder con los grandes autores de relatos breves, dado que, a juzgar por la ingenua idea de que lo que se ha de leer debe tener forma de novela, pocos acaban cayendo en la cuenta de que el camino hacia la perfección narrativa raras veces se ha culminado con éxito y, cuando esto ha sucedido, siempre ha sido en forma de relato corto. 
Entre las veintiséis maravillas que componen esta edición de los CUENTOS FANTÁSTICOS DEL XIX, el lector tiene a su alcance a los genios ya mencionados, además de otras "bagatelas" salidas del numen de Hoffmann, Walter Scott, Poe, Balzac, Merimée, Andersen, Dickens, Turguéniev, L'Isle Adam, Maupassan, Bierce, Stévenson, Kipling, Wells... lo más granado de aquel siglo que nos regaló las utopías sociales más esperanzadoras, por más que los sueños tiendan con tanta facilidad a convertirse en pesadillas.

domingo, 24 de marzo de 2013

LA LUNA INACABADA

"Dos hombres contemplando la luna"
de C D. Friedrich

Por múltiples razones que no vienen al caso, me veo en la coyuntura de escribir dos reseñas -diferentes, por supuesto- en la misma semana, sobre el mismo autor y acerca del mismo libro. El otro artículo saldrá publicado en breve, en la revista Tendencias 21.
El motivo de fondo es la inconveniencia de extenderse más de lo razonable cuando se trata de hacer crítica literaria. Es por ello que, en este caso, me gustaría referirme a un relato en particular y no al resto de ese libro llamado "Las frutas de la luna" del que, a buen seguro, se hablará y mucho. El relato lleva por título el inquietante nombre de "Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde".
Pues bien, aparte de las incuestionables calidades literarias a las que nos tiene acostumbrados el autor, Ángel Olgoso, este cuento posee ciertos matices que, a mi juicio, lo hacen particularmente interesante.
La narración conduce al lector hasta la localidad sajona de Dresden, en pleno siglo XIX, donde se desarrolla una suerte de retrato costumbrista en torno al pintor alemán Caspar David Friedrich. Para llegar al citado escenario el autor utiliza tres planos narrativos, por medio de otros tres ficticios narradores que se van dando paso de forma escalonada. De esa manera, el lector realiza un viaje descendente desde el presente hasta el pasado, encadenando el pulso literario por medio de transposiciones temporales que cada uno de los narradores imprime a su particular visión de los hechos.
Siendo los dos primeros, aquellos que incumben a un presente indefinido quienes hacen las veces de genuina introducción al relato final, la estructura dramática resulta tan bien hilada y superpuesta, que en ningún momento da la sensación de que aquellos sean meros accesorios del que contiene la verdadera sustancia, esto es, el tercero.
Confío plenamente en que mis escasos lectores no se hayan extraviado en el dédalo que aparenta todo lo anterior. Si es así, les pido mil perdones y procedo a explicarles el porqué de tal embrollo.
Que un pintor tan reconocido como Friedrich ocupe el interés de un escritor como Ángel Olgoso es notoriamente sintomático. Durante el relato que nuestro autor sitúa hábilmente en las memorias de un tal Johann Graff-Schleier (teólogo, pintor, botánico y diplomático) la trama se resume en algo tan sencillo y a la vez tan lleno de sentido como el obsesivo intento de captar la belleza de la luna. Friedrich acude durante tres noches, acompañado del (entonces) joven Graff-Schleier, en busca del lugar idóneo donde tomar apuntes del natural, con el objetivo de transponer al lienzo la mágica pesencia del modesto satélite. En cuanto al argumento, no hay mucho más que destacar. Tan sólo aclarar que el alumno Graff-Scheier nunca llegó a heredar el genio de su maestro, por más que éste aprovechara las horas que compartieron para -nada más y nada menos- explicarle el sentido del arte.
La imitación esclava de la naturaleza y la ejecución rigurosa son propias del arte malogrado, dice Friedrich, la imagen debe recordar al original, insinuarlo, ocupar a la fantasía mucho más que satisfacer al ojo.
En esas palabras, el escritor nos revela el secreto que todo artista debería conocer y deducir: la realidad debe ser observada con absoluta subjetividad y reescrita huyendo de la pretensión fotográfica, pues ni siquiera el objetivo de la cámara recoge lo que hay, sino aquello que el fotógrafo decide encuadrar. El objetivo no es tan objetivo como puede parecer.
La pretensión de algunos escritores realistas decimonónicos de narrar los hechos sin establecer juicios de valor, es poco menos que un acto de arrogante ingenuidad. El autor existe para reinterpretar el mundo, para enriquecer al lector con otra mirada diferente, e incluso opuesta, a la suya. Ni siquiera el hiperrealismo pictórico más acérrimo ha conseguido establecer una neutralidad en las imágenes que intenta reproducir al mínimo detalle. Y si tal cosa fuera posible -que no lo es por la misma razón que la expuesta con la fotografía- ¿qué sentido tendría una obra que sólo se sostuviera sobre el mérito de la copia exacta? Nada sería más utópico, más fantástico, que el sueño de mostrar las cosas tal como son. Y no hablemos del tedio que acabaría produciendo algo que se puede captar directamente del modelo.
En las palabras que pone en boca del pintor Friedrich, Ángel Olgoso se retrata a sí mismo, nos muestra su hoja de ruta -de forma solapada, eso sí- tal vez con la pretensión de defender un concepto del arte que, lamentablemente, no se ha generalizado. Puede que la confusión que reina en el mundo de la literatura, donde las querencias comerciales se han estancado en los parámetros decimonónicos, tenga algo de positivo. La literatura no está al alcance de todos, eso es cierto, ya que el talento debería incumbir tanto al escritor como al lector. 
El lector medio no dispone del mismo acceso a la lectura de entretenimiento que al verdadero placer que proporciona la literatura inteligente. Delimitar la belleza estilística, diferenciándola de la torpe cursilería, daría lugar a estériles debates que jamás llevarían a buen puerto.
Tal vez nos queda confiar en que, estas mismas circunstancias históricas que han quebrantado la dignidad de las masas, nos devuelvan el brillo de la individualidad.
A los que han llegado hasta el final de la presente -si es que se da la circunstancia- les pido perdón por la licencia, y prometo enmendarme en lo sucesivo, recuperando al menos parte de mi capacidad de síntesis. Confío en que la -¿posible?- lectura de las dos reseñas sobre la obra de Ángel Olgoso, no suenen a reiteración.



jueves, 14 de marzo de 2013

EL SILENCIO ANTES DE BACH


Hubo música antes de Bach. Por supuesto que la hubo. Grandes compositores dedicaron su alma a llenar el espacio vacío con obras que, aun hoy, asombran a los que albergan en su interior el raro talento de escuchar y dejarse arrastrar por ese torbellino intangible. Pero ninguno de ellos tenía el inmenso genio del Cantor de Leipzig.
Bach era –en cierto sentido- un extraterrestre, una montaña en medio de la verde llanura del talento, una fuente inagotable de ignotas emociones. La proyección mística de Johann Sebastian Bach es, por tanto, infinita. Mientras haya música, la inspiración del viejo peluca –como le llamaba cariñosamente su hijo Johann Christian- seguirá iluminando las fibras más íntimas de nuestra agonizante sensibilidad.
La música de Bach eleva al hombre más allá de su palmaria mediocridad. Es la prueba viva de que el ser humano puede ser algo más que un triste organismo autodestructivo.
Sin esta creación –etérea e inmarcesible al mismo tiempo- el mundo, tal y como lo conocemos, quedaría mutilado, desfigurado y falto de espíritu.
La obra de Bach dio a la humanidad una nueva dimensión de sí misma. La obligada reflexión sobre la condición humana quedaría incompleta si nunca hubiera sido escrito el oratorio de La pasión según San Mateo. Eso en el caso de que alguien pudiera aportar algo más sobre la condición humana después de Shakespeare. Si es fácil concluir que el ser humano posee todas las facilidades para inclinarse hacia lo perverso, en este caso queda demostrado que podemos aspirar a lo sublime aunque sólo sea de forma efímera.
Hubo pues, antes de Bach, un silencio que sólo él pudo inundar de luz y esperanza. Confiemos en que este generoso torrente no se agote antes de desembocar en el mar.

Hace un instante –de instantes, y poca cosa más, se nutre la vida- he experimentado (no me he limitado a verla) la película de Pere Portabella "El silencio antes de Bach", gracias a la impagable recomendación de mi amiga Rosario de Gorostegui. Si alguno/a tuviera interés en disfrutarla, he aquí el enlace:
http://youtu.be/rLCb_kJG3mE
Eso sí, en el caso de que la secuencia grabada en el interior del metro de Barcelona les sea indiferente, no se molesten en seguir visionando la cinta.

jueves, 28 de febrero de 2013

BIOGRAFÍA DEL INSTANTE




Hoy ha nevado. Vale la pena madrugar para contemplar la ciudad -o al menos sus partes horizontales- cubierta de una esponjosa capa de helado de limón. Aprovecho la ocasión para salir de paseo con el señor Brun. El señor Brun es un boxer de color canela que aún no ha cumplido los dos años. No puedo evitar que su breve compañía me recuerde la ausencia de aquel que fue el compañero de mi vida. Ahora transito entre la alegría del momento y la nostalgia del amigo perdido.
 Pero el señor Brun tiene toda una vida por delante. Hoy será la primera vez que pise la nieve. Al principio titubea antes de poner sus cuatro patas en la crujiente granizada. Unos minutos después corre enloquecido sobre la virginal colcha que hay tendida detrás de La Cartuja.
Cuando regresamos a casa, una conjunción de pisadas, rodadas y sol, ha empezado a derretir ese fugaz milagro que tantos y tan buenos momentos me ha dado. Los niños -la niñez no tiene edad- libran cruentas batallas con bolas de nieve. Ojalá todas las guerras se resolvieran a base de bolazos de nieve. Pero claro, pedir inteligencia a un militar es como pretender resolver un problema de matemáticas sin recurrir a la lógica. Más aún; si los generales dispusieran solamente del blanco elemento para el noble arte de la guerra, seguro que se las apañarían para provocar espantosos aludes.
Pero afortunadamente hoy ha nevado. Mi ciudad -una ciudad cualquiera de provincias- se ha vestido de blanco y nos ha regalado un sublime instante de alegría.
La vida es como la nieve: alcanza su plenitud cuando menos te lo esperas y luego se va derritiendo hasta extinguirse. Cierto es que deberíamos aprender de la nieve a esponjar la tierra para la nueva vida que ha de resurgir en primavera. No todos entienden la vida como un compendio de pequeñas alegrías. Algunos persiguen cosas más tangibles y derrochan su existencia adquiriendo bienes innecesarios.
Alguien dijo que las cosas imprescindibles van en sentido inverso al precio. Un diamante puede costar más que una vivienda, pero la vivienda es necesaria mientras que el diamante no sirve para nada. Un yate es mucho más caro que la ropa con que ahora me abrigo. Una botella de champagne es más cara que el agua. Y así hasta llegar al único bien imprescindible que no tenemos que pagar: el aire. El aire flota y se mueve, corre bajo las faldas, se cuela por las rendijas del corazón y, lo más importante, no está sujeto a las leyes del mercado.
La nieve es tan bella como efímera. Tal vez deberíamos madrugar para gozarla antes de que se nos derrita.

sábado, 26 de enero de 2013

COMPLICES


Las portadas de los periódicos –no todos- se hacen eco de las escandalosas cifras del desempleo. Son números; números que no incomodan a quienes los producen.

En las dos últimas legislaturas, con gobiernos –al parecer- de diferente decorado ideológico, se han perpetrado sendas reformas laborales. Esto se traduce, ni más ni menos, que en pérdidas de derechos por parte de la clase trabajadora.

Las matemáticas no mienten: después de cada reforma laboral ha habido escandalosos repuntes en el desempleo. Aun así, ambos desafueros siguen recibiendo alabanzas. Hay muchas formas de psicopatía, y la peor de ellas es la de los que se aferran a un sistema que produce muertos de hambre.

Pero los informativos se limitan a dar números. Millón arriba, millón abajo, los números nada significan si los que producen esos números no son capaces de ponerse en la piel de los seres humanos que hay detrás de las cifras.

Las cifras del paro parecen atender a lo visible, a los puestos de trabajo que se pierden en las factorías, en la construcción, en los servicios públicos, en las sucursales que se cierran cada vez que hay fusiones bancarias. Lo que sucede fuera de nuestro espejo urbano, no existe para el objetivo de las cámaras.

El desempleo se ceba con mucha más crudeza en el campo, que es, a fin de cuentas, el lugar de donde sale gran parte de nuestra comida, la comida de todos. A la insoportable situación económica se ha unido una temporada –la pasada- sin apenas precipitaciones. En las zonas olivareras de Andalucía, la producción de la última cosecha es una de las más escasas de los últimos decenios. El resultado es obvio: no hay trabajo.

Esa mano de obra indispensable para poder sostener la consabida dieta mediterránea se ve obligada a practicar una dieta mucho menos saludable: la dieta del ayuno involuntario.

Durante los años de la burbuja inmobiliaria, los jornaleros perdían el tren del enriquecimiento rápido que el ladrillo proporcionaba en otros lares. A lo más que aspiraban era a alcanzar una forma de vida digna, apartada de las comodidades urbanas y resignada a la austeridad, pero digna a fin de cuentas.

Hipócritamente vilipendiado por la burguesía más rancia, el campo ha seguido cubriendo nuestras necesidades básicas, a pesar de los abusos que han soportado esos mismos productores que, un año tras otro, han visto en las estanterías de los supermercados unos precios cuarenta veces superiores a los que ellos percibían de los intermediarios.

Hace unos días, en Carcabuey (Córdoba), los trabajadores del campo se encerraban en la sala de plenos de su ayuntamiento con la esperanza de ser escuchados. Los informativos apuntan el objetivo hacia otro lado y besan con devoción la mano que les da de comer. El año que viene, esos pudientes que desprecian a los trabajadores del campo, tendrán que aliñar las ventrescas y el jamón con aceite de importación. A ellos qué les importa que esas lejanas gentes de los olivares pasen apuros.

La vida de la mayor parte de los campesinos es dura. Eso es algo que ignoran aquellos que destinan buena parte de un dinero que no les pertenece a salvarles el patrimonio a los banqueros. Hay quien clama desde el foro que se corten las subvenciones al campo, pero no dice nada del restaurante del Congreso de los Diputados, donde sus señorías se dan el filete por tres euros y ochenta céntimos. Para sus señorías es indigno viajar en clase turista; ¿qué opinarían entonces de acudir al trabajo en el remolque de un tractor?   Y eso en el mejor de los casos, porque cuando no hay trabajo, el remolque del tractor es un milagro del cielo.

Los medios guardan silencio. Entretienen a los usuarios con cháchara y balompié. Lo malo del silencio es que tiene demasiados cómplices. 




sábado, 19 de enero de 2013

CONSPIRACIONES

El camino de la vida puede ser de todo menos perfecto. Tal vez por eso me cueste creer en ese tipo de casualidades que se confabulan para golpearte la moral.
La pasada navidad recibí un libro prestado de mi amiga Carmen García. Nada raro entre amigos, si no fuera porque aquella impresionante novela era nada menos que "Elegía" de Phillip Roth. Lo cierto es que esa historia sobre el declive de la vida me dejó el ánimo hecho fosfatina. Aún así la leí sin tregua, pero con todo el dolor de mi alma. Uno sabe que el cuerpo se oxida, y que, en el mejor de los casos, la mayoría acabaremos unidos a un cajón repleto de medicinas, y sin embargo no es fácil abrir los ojos y reconocerse avocado a la decrepitud. La vejez -decía la novela de Roth- no es una batalla: es una masacre.
La cosa no hubiera ido a más de no ser porque otra amiga, Rosario Gorostegui, tuvo a bien prestarme un libro de cuentos del escritor sueco Torgny Lindgren. El libro "Agua" recogia una buena compilación de relatos, el último de los cuales, "La escalera", describía con absoluto detalle, cómo un anciano sube el tramo de diecinueve peldaños que hay en la entrada de su casa. Aquella escalera no era ni más ni menos que el final de la vida. Cada escalón que el anciano subía era un paso más hacia la degradación y la muerte. El relato, por cierto, es absolutamente magistral.

Bien. Casualidades de la vida. O no.

Acabadas las entrañables fiestas navideñas. Me reuní con Carmen y otras dos amigas, Patricia y Sara, en un céntrico bar. Patricia nos mostró un libro que recogía la serie de fotografías que hizo Nicholas Nixon a las hermanas Brown (Beverly, Heather, Laurie y Mimi) desde 1975 hasta el presente. Todos los años, colocadas en el mismo orden, Beverly, la esposa del fotógrafo, y sus hermanas prestaron sus rostros para que Nixon recogiera el paso del tiempo. Yo había visto la exposición en Málaga -creo recordar que fue hacia el 2004- y luego en Granada en 2009. En ambas ocasiones tuve el mismo pensamiento: el transcurso de la vida puede ser hermoso pero también devastador.

Tanta casualidad empieza a mosquearme. 

Hace unos días, asistí a la proyección de la magnífica cinta de Michael Haneke "Amour". Una de las mejores películas que he visto en mi vida. El argumento es tan sencillo como áspero: Una pareja de ancianos comparte el último tramo de sus vidas en un piso parisino. Súbitamente, ella sufre una hemiplegia de evolución degenerativa. El hombre decide hacerse cargo de su cuidado en lugar de ingresarla en una residencia. A partir de ese momento, el espectador asiste, entre atónito y conmocionado a una lección de amor más allá de las palabras. Pero también hay algo mucho más prosaico: la vida no suele terminar en un camino de rosas. Lo más probable es que acabemos subiendo a gatas el último de los diecinueve peldaños.

Alguien me estaba tendiendo una trampa. Todo este torrente de realidad no puede haberme caido encima por pura casualidad.

La última me la busqué yo mismo. Ayer compré el "Cuento de Navidad de Auggie Wren" de Paul Auster. Auggie es el dependiente de un estanco de Brooklyn que todos los días fotografía la fachada del local desde el mismo punto. Lo primero que uno puede pensar es que el buen Auggie está repitiendo la misma imagen una y otra vez. Pero lo cierto es que cada fotografía es completamente distinta a la anterior. Cambian las luces, las personas que circulan por la acera, las estaciones, el clima, los años. Lo cierto es que Auggie -al igual que Nixon- estaba fotografíando el tiempo. Y en esas imágenes, donde se aprecian los cambios causados por el devenir, el tiempo transcurre muy deprisa. El tiempo es impío, no perdona, no tiene el menor atisbo de generosidad para con los mortales.

No todo va a ser llorar.

Al final del relato, Auggie cuenta a Paul Auster otro cuento. Un cuento dentro de otro cuento -a qué me recordará esto-, la historia de cómo consiguió la cámara con la que fotografía su tienda. Todo ello forma el material con que Waine Wang rodó hace unos años la película "Smoke".
Aquí os dejo el plano secuencia -uno de los mejores que he podido conocer- del relato. 
Espero que os guste.