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jueves, 18 de octubre de 2012

A MEDIA HASTA


Banderas y pendones a media asta. Que no se levante un mástil. Nacho Vidal ha sido detenido por su –presunta- implicación en una de tantas tramas de blanqueo de capitales.
Presunciones de inocencia aparte, pocos niegan a estas alturas que Nacho Vidal tiene su aquel. Deberíamos envidiarle por méritos y capacidades de todos conocidos, y sin embargo le admiramos. Por más que se empeñen las damas apostólicas, que un tipo corriente e incluso aparentemente agreste y montaraz haya conseguido ganarse la vida con eso que nos gusta a todos, no es moco de pavo. En un país de reprimidos profundos, que rebosa hipocresía por los cuatro puntos cardinales, hacer de la entrega un estilo de vida y, de paso, forrarse hasta el calcañar, no es pan nuestro de cada día. A esos méritos habría que añadir el dominio de varios idiomas: naturalmente el inglés –¡oh my God!- el francés y hasta el griego. A ver cuántos presidentes del gobierno pueden presumir de entenderse con sus homónimos sin necesidad de intermediarios. A excepción de Aznar, que hablaba el catalán en la intimidad, la ignorancia de la lengua del imperio es lugar común entre nuestros mandatarios. 
Otra cosa diferente es que –presuntamente- Nacho haya caído en el vulgar pecado de la codicia y -presuntamente (repito)- se haya dedicado a emitir facturas falsas con la intención de eludir impuestos. Un pecado imperdonable, proclamo, aunque a estas alturas de la historia hace ya tiempo que la codicia dejó de ser un vicio para convertirse en una de las virtudes de referencia. La –presunta- codicia de Nacho no es más que una gota en este océano de avaros, usureros y aves de rapiña, que componen la élite de eso que llamamos el mercado. Eso, por descontado, no exime a nadie, y mucho menos a los nuevos ricos, de cumplir con sus deberes de contribuyente, por más que lo de pagar impuestos esté mal visto en España. Cierto es que Nacho se ha ganado lo que tiene con el sudor de su frente y de paso ha hecho sudar a más de cuatro. Y sin embargo no deja de parecerme una vulgaridad el hecho de dejarse caer en los brazos del Mephisto de turno, por una razón tan ordinaria como el proceloso deseo de acumular más de lo que se necesita. 
No confundamos; el pecado de Onán nunca fue el placer solitario, sino más bien la avaricia. No tienen más que abrir la Biblia –si se tercia- y revisar el mito.