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Herman Hesse |
Cada día se va haciendo
más selecto el extravagante club de los que alguna vez leyeron el Ulises de James Joyce y –para colmo- dicen haber gozado con la lectura. Habría que
aclarar que no es nada sintomático el sambenito de “lectura compleja” con que
se ha querido etiquetar la obra de Joyce. Seguramente estemos viviendo en el
momento en que más libros se venden y menos literatura se lea. No es un
lamento, es lo que hay. Los mercados –aunque algún ingenuo quiera creer en lo
contrario- mandan en las políticas presupuestarias de los gobiernos, y
por supuesto, dictan lo que se debe colocar en los escaparates de las
librerías. Frente al bombardeo mediático y el enorme peso de la mercadotecnia,
el lector medio ha ido perdiendo ese inmensurable tesoro que fue la libertad de elegir. Por
supuesto, siempre habrá excepciones; esas anomalías que rompen la regla
imperante y que hacen de la literatura un territorio no del todo manipulable.
La discusión sobre las
calidades literarias de lo que se publica en estos momentos no ha servido ni
servirá de gran cosa. No es ese el tema. El tema consiste en la existencia de
otro espacio aún más exclusivo que el de los lectores del Ulises, un círculo en el que resulta
casi anecdótico el encuentro entre dos lectores del mismo libro, siendo dicha
obra una de las cumbres de la literatura europea. Me refiero a aquellos que en
algún momento de sus vidas se sumergieron en las páginas de El juego de los
abalorios de Herman Hesse. Seguramente, esos que tuvieron la fortuna
de acceder a la apócrifa biografía de José Knecht, el magister ludi que encarna esta metáfora a medio camino entre la
utopía y la distopía que, a fin de cuentas, fue la premonición que Hermann
Hesse realizó sobre un porvenir que ya es presente. En el mundo de El Juego de los
abalorios, la cultura profunda e integral ha dejado de ser un bien
al alcance de la mayoría para convertirse en objeto de folletín. La era del
folletín ha se ha instalado en occidente, y la inteligencia se nos ha quedado en una aspiración, una
quimera cada vez más alejada de los anhelos humanos. El conocimiento y el
gozo espiritual han quedado marginados en una serie de reductos donde la
mayoría de la humanidad mira con desprecio. El saber es un capricho para unos
cuantos “pedantes”, o al menos así piensa buena parte de la crítica moderna. Así las cosas, la mirada a este mundo del folletín que Herman Hesse deposita en
las páginas de El
juego de los abalorios, se remite al interior de la mítica Castalia, una institución donde el conocimiento y
el arte han sido sacralizados.
Penetrar en ese cosmos de Castalia, en ese territorio donde la razón recupera el sentido de la existencia, fue uno de los viajes más valiosos que haya realizado en mi vida. Tenía yo diecisiete años cuando quedé atrapado en aquel presunto ladrillo al que, día a día, encaminaba mis pasos durante los largos meses que invertí en su lectura. Han pasado treinta años y todavía me siento parte de aquella profecía.
Penetrar en ese cosmos de Castalia, en ese territorio donde la razón recupera el sentido de la existencia, fue uno de los viajes más valiosos que haya realizado en mi vida. Tenía yo diecisiete años cuando quedé atrapado en aquel presunto ladrillo al que, día a día, encaminaba mis pasos durante los largos meses que invertí en su lectura. Han pasado treinta años y todavía me siento parte de aquella profecía.
Frente a esa obra
cumbre de la literatura universal, he escuchado voces que calificaban a Hesse
como un autor que diseñó un pensamiento de fácil acceso para los jóvenes
lectores de mediados del siglo pasado. Es cierto que muchos de nosotros hemos
crecido a la sombra de El Lobo Estepario, Sidharta, Bajo las ruedas, o Demian. Y sin embargo no es menos cierto que
valorar a un autor por una parte –nada fútil, por cierto- de su obra, resulta
una torpeza de dimensiones inabarcables. Juzgar la literatura de Herman Hesse
sin un conocimiento profundo de la más grande de sus obras, es como creer que
se conoce a Ravel por ser el autor del “Bolero”. Por el contrario, aventurarse
entre las páginas de esta creación literaria de largo recorrido, acercaría al ávido lector a un conocimiento auténtico de aquel que fue el autor de cabecera de las
generaciones inconformistas.
Y todo esto ¿para qué?
Pues para acabar reconociendo que en esta vida hay quien está para pasar el
rato, pero también hay quien existe para vivir el instante. Ambas actitudes parecen un más de
lo mismo, y sin embargo, están situadas en hemisferios opuestos, casi diría
antagónicos. Uno se puede embriagar contemplando la superficie del mar, pero
les aseguro que en esa posibilidad (como en la vida) es mucho más emocionante
sumergirse en el abismo, más allá de lo aparente.