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lunes, 26 de septiembre de 2016

DRÁCENA

Dracaena marginata



En un rincón del saloncito de mi casa tengo una hermosa drácena con dos troncos y un sin fin de hojas alargadas como cintas. Durante de los últimos años he ido comprobando que esta planta tiene una curiosa relación con la música. El caso es que suelo escuchar algunas piezas en mi viejo gramófono, cuyos altavoces no están muy alejados de la drácena y he podido constatar que mi exuberante compañera cambia de morfología. Pero lo más curioso es que no reacciona igual con todas las músicas que le invito a gozar. Si le pongo alguna obra de Händel, ella no tarda en presentar un aspecto grandilocuente, e incluso algo engreído. Por contra, con los nocturnos de Chopin se me torna algo mustia, como si hubiera perdido la alegría. Con Johann Sebastian no tarda en mostrarse trascendental elevando sus hojas hacia el infinito, mientras que al escuchar a Mozart, da la sensación de estar envuelta en el puro entusiasmo.
Pero he aquí que, si me siento al piano y acaricio con la debida delicadeza un arabesco de Debussy, toda ella se recubre en radiantes florecillas como explosiones de aromas inéditos y sonrosados colores.

sábado, 29 de marzo de 2014

EFECTOS SECUNDARIOS


Ayer me enamoré de una nube que tenía forma de delfín. Por una vez en mi vida logré vencer mi timidez y se lo dije. Le dije que era la nube más fascinante que había conocido jamás. El cumplido debió gustarle pues, de repente, se puso a llover sobre mí dejándome empapado. Mientras escribo estas líneas estoy pasando un catarro maravilloso.

miércoles, 26 de febrero de 2014

LA FLOR DE ALMENDRO


Fue hace tanto tiempo que ya ni siquiera recuerdo su nombre. No podría precisar de qué color tenía los ojos; si era alta o baja, morena o rubia. Sólo sé que su pelo olía exactamente igual que huelen las flores de almendro. Su pelo poseía un perfume denso y vagamente dulce. Un aroma discreto y sensual capaz de encender mis mejores instintos y hacer que me temblaran las piernas.
Eso fue, como digo, hace tantos años que, a veces, he llegado a sospechar si no se trató de otra vida, o mejor aún, de otro de mis muchos sueños.
Desde entonces aguardo impaciente cada mes de febrero a que los almendros estallen como relámpagos en la noche y atraigan la vehemente danza de las abejas.
Este año -debe ser por las lluvias- me ha costado encontrar una flor que me hiciera evocar aquel deseo adolescente. Un deseo vívido y hermoso que se completaba en sí mismo, sin el impulso de buscar otras flores más carnales.
El viejo almendro de mi barrio, ya casi moribundo, apenas exhibió unas leves salpicaduras de nata en la copa. Los almendros de mi pueblo de adopción, se llenaron de colores blancos y rosáceos, pero con un aroma tan tenue que apenas era perceptible a corta distancia.
Salí entonces a pedalear por los olivares que rodean la demacrada ciudad donde habito, y encontré un joven ejemplar al borde del camino. Detuve el velocípedo -aun a riesgo de esnafrarme- en pleno descenso, y compartí por un instante el libar de unos cuantos insectos.
Allí volví a evocar -aunque siempre supe que todo instante es irrecuperable- aquel perfume del primer amor; aquella evanescente sensación que una vez le dio sentido al resto de mi vida.

Perdón por el arrebato cursilírico. No volverá a suceder... por el momento.

martes, 22 de octubre de 2013

EL PUENTE




El agua del lavabo de los bares de Praga sale siempre calentita.
Los tranvías circulan a toda velocidad por los puentes.
Las cervezas se sirven por pintas.
Todos los camareros hablan correctamente el inglés.
Los turistas aplauden a un reloj
La música sale de entre los adoquines.
La gente no grita en los bares
La copa de aguardiente se toma antes de la comida
La absenta arde como las puertas del infierno
La sonrisa es el estado natural de unos labios.
Los tiranos son lanzados por las ventanas.
La primavera es lo contrario de un tanque.
El tiempo del semáforo para un peatón dura menos que un suspiro.
Los pasos de Gregorio Samsa retumban en alguna calle solitaria.
Los perros han sido educados en los mejores colegios.

Por lo demás, quitando que todo es más hermoso, racional e inteligente que aquí; no hay mucha diferencia.

lunes, 2 de septiembre de 2013

LA PUERTA DE LOS ABISMOS


De nada sirvieron las advertencias de mi hermano. Él vino conmigo aquel día plomizo de otoño en que nos mostraron la casa. La casa era fría, nadie lo podía negar. Sin embargo, su precio era más que razonable. Bastaría con una reforma en profundidad para dejarla transformada en el hogar de mis sueños.
Poco me importaron las habladurías de los vecinos. Cuentos sobre familias que enfermaban por las bajas temperaturas de la casa. Historias de niños tísicos que murieron años atrás, quedando su espectro adherido a los cimientos de la casa. Vagas referencias a inquilinos que abandonaban el recinto después de una primera y última noche. Chismes propios de mentes ociosas.
Invertí todos mis ahorros en una reforma integral. Saneamiento de las instalaciones de agua y electricidad, aislamiento térmico en las paredes, ventanas de carpintería metálica con doble cierre, tarimas flotantes de madera y radiadores de última generación. La obra terminó en primavera. Liquidé mis deudas y corrí a instalarme una lánguida tarde de mayo. Calenté una infusión y salí a la terraza a contemplar el efímero crepúsculo. Cuando cerré la puerta tras de mí lo comprendí todo. No era cuestión de aislar la casa de la atmósfera exterior, porque lo de fuera nada influía en lo de dentro. El frío ya estaba en la casa, antes que la propia casa.

miércoles, 3 de abril de 2013

EL ALMA DE LOS DEMÁS

Leo y escribo libros. Me devano los sesos intentando comprender el alma humana. Pero no consigo entender por qué nos aferramos a sentimientos tan ruines, a identidades ficticias, al profundo desprecio por los otros.
No deberíamos preocuparnos por el dolor que nos causan los demás, sino más bien del daño que hemos hecho al prójimo. 

domingo, 31 de marzo de 2013

LA NARIZ


Uno de los placeres que más aprecio durante los días lluviosos consiste básicamente en sentarme frente a mi modesta biblioteca y perder la noción del tiempo -e incluso de la tosca realidad- mientras me sumerjo en la apasionada relectura de uno de esos libros que, hace décadas, dejó su impronta en mi destino. De vez en cuando observo de soslayo la lluvia a través de los cristales del balcón, e incluso me dejo vencer por el sueño, arropado por la manta de viaje que me acompaña en tan extáticas singladuras.
Esta semana santa, he gozado nuevamente de la edición que Italo Calvino preparó a modo de antología de la literatura fantástica breve del siglo XIX. En esta edición -ahora reeditada por Siruela en un solo volumen- no están todos los que son, sin embargo podríamos calificarla de esencial para el conocimiento iniciático de un género que, desde el periodo romántico hasta nuestros días, no ha parado de evolucionar.
Por enésima vez, he leído "La nariz" de Gógol; a mi juicio uno de los mejores relatos que he saboreado en mi escueta experiencia de apasionado lector. Todos venimos del Capote de Gógol, afirmó Dostoievski, en referencia a uno de los cuentos mejor trazados de la historia de la literatura. En principio "La nariz" no iba a pasar de ser una simple humorada del autor ucraniano, donde pretendía hacer mofa y escarnio de los altos funcionarios del imperio ruso. El asesor colegiado Kovaliov despierta una mañana -¡qué similitud con Gregorio Samsa!- y descubre que su nariz se ha esfumado. A partir de este momento, todo rastro con el realismo descarnado que lució en "El capote" y toda relación con la tradición decimonónica en cuanto a los esquemas argumentales, desaparecen en pos del puro absurdo. 
En efecto, la afirmación de Dostoievski era, ni más ni menos, que el sentido de la literatura, en cuanto a que todas las obras maestras son deudoras de una tradición que se remonta mucho antes de que los relatos comenzaran a escribirse. Igual que el arranque de "La nariz" de Gógol, recuerda al inicio de "La metamorfosis" de Kafka, la propia absurdez en que se envuelve el cuento de Gógol se deja caer en "Ubú rey" de Alfred Jarry. No imagino a Kafka sin el precedente del "Baltleby el escribiente" de Melville.
La literatura es un sistema de vasos comunicantes que van rebosando hasta derramarse en cadena, de manera que los líquidos de dos o más depósitos, penetran y se mixturan en un tercero, creando una nueva fórmula, a veces interesante y otras tantas desacertada.
En la misma antología que compiló el gran Calvino -no sabría precisar cuántas veces he leído "El barón rampante"- se encuadra el cuento de Jan Potocki "Historia del endemoniado Pacheco", extraído de ese otro mítico compendio de historias fantásticas conocido como "Manuscrito encontrado en Zaragoza". Pues bien, a ningún lector más o menos avispado se le escaparía que dicho compendio es heredero directo o indirecto de "Las mil noches y una noche", que ya por aquel entonces había traducido Galland al fracés, y cuyas versiones y reversiones circulaban por toda Europa. No me olvido, faltaría más, del "Decamerón" de Bocaccio, e incluso los "Cuentos de Canterbury" de Chaucer.
"La nariz" de Gógol, bajo una apariencia intrascendental, ha iluminado a gran parte de los escritores los siglos posteriores. Es lo que suele suceder con los grandes autores de relatos breves, dado que, a juzgar por la ingenua idea de que lo que se ha de leer debe tener forma de novela, pocos acaban cayendo en la cuenta de que el camino hacia la perfección narrativa raras veces se ha culminado con éxito y, cuando esto ha sucedido, siempre ha sido en forma de relato corto. 
Entre las veintiséis maravillas que componen esta edición de los CUENTOS FANTÁSTICOS DEL XIX, el lector tiene a su alcance a los genios ya mencionados, además de otras "bagatelas" salidas del numen de Hoffmann, Walter Scott, Poe, Balzac, Merimée, Andersen, Dickens, Turguéniev, L'Isle Adam, Maupassan, Bierce, Stévenson, Kipling, Wells... lo más granado de aquel siglo que nos regaló las utopías sociales más esperanzadoras, por más que los sueños tiendan con tanta facilidad a convertirse en pesadillas.

domingo, 16 de diciembre de 2012

LA BICICLETA



Alfred Jarry en su bicicleta

“Cada vez que veo un adulto en bicicleta dejo de desesperarme por el futuro de la raza humana”
H.G.Wells

A veces –contadas veces- el editor acierta al encabezar una obra de compilación con un aforismo. En este caso, el aforismo de H.G. Wells es la guinda de ese maravilloso pastel denominado “Ubú en bicicleta”, (Ediciones Gallo Nero, 2012) dedicado a algunos de los mejores opúsculos de Alfred Jarry, padre de la patafísica, creador de Ubú Roi, y precursor de gran parte de las vanguardias literarias del siglo XX. 

La máquina de tracción humana, ese exoesqueleto que algunos reverenciamos frente a los malos humos, fue una de las pasiones que Jarry mantuvo a lo largo de su corta existencia hasta el punto de hacerla protagonista de algunas de sus creaciones literarias. Jarry es el tipo que pasea en bicicleta por París en esa fotografía que corona esta entrada, y que, por supuesto, nunca llegó a pagar. Ningún otro autor ha llegado a mimetizarse tanto con su propio personaje. No fue el único; su doctor Faustroll ha sido a su vez santo patrón de la ciencia patafísica moderna, una ciencia del absurdo que empieza a albergar más genialidades que la masonería.

Para algunos como un servidor, la bicicleta no es una máquina en sí, sino parte de un todo compuesto por el motor primario –el insustituible ser humano- y el exoesqueleto más generalizado de cuantos se puedan encontrar. Una bicicleta no genera más contaminación que la del propio aliento, sus piezas se pueden reciclar hasta el infinito, es el vehículo que pesa menos que el usuario, apenas ensucia el suelo por donde rueda, y coadyuva a liberar casi tantas endorfinas como la risa. Como decía Mario (Sancho Gracia) en la película “La bicicleta” de Sigfrid Moleón: en el coche enciendes la música; en la bicicleta, tú cantas.

Resulta bastante complicado matar a alguien atropellándolo con una bicicleta. Habría que pasar unas cuantas veces por encima de la víctima para dejarla bien muerta. Las cifras de los atropellos mortales tienen su campeón mundial: el automóvil. Uno se puede lesionar gravemente en un accidente ciclista pero, por lo general, ese tipo de accidente resulta mortal con la inestimable colaboración de un coche. La bicicleta no hace ruido. Una manifestación de tres mil ciclistas atraviesa la Gran Vía de Granada en diez minutos y no deja ni una octavilla en el suelo. 

 Si a esto le añadimos que la bici no consume combustibles fósiles, y que el que pedalea no paga el billete de autobús, llegaremos a la conclusión de que nos hallamos ante un artefacto altamente transgresor.

Será por eso que el Ayuntamiento de Granada “estudia” la posibilidad de prohibir la circulación de bicicletas por la arteria principal de la ciudad. Quizá a nuestros próceres les resulte peligroso que un elemento tan inocuo comparta espacios con otros vehículos, como de hecho lo hace en la mayor parte de las ciudades centroeuropeas donde el tráfico es más fluido por la sencilla razón de que hay menos automóviles. Cada día hay más de cien mil bicicletas en las calles de Berlín. No hablemos de Ámsterdam, Copenhague, Oxford, Barcelona, Helsinki, Praga, Estocolmo, Bruselas, Luxemburgo, Estrasburgo, Oslo, Ginebra… No sé si seguir con la lista o reconocer que nunca aspiraremos a superar un pensamiento rancio y provinciano basado únicamente en el interés económico.

El que ha tenido la suerte de enamorarse de esta bellísima máquina sin tubos de escape ni lujos innecesarios, sabrá ya que no es preciso recurrir al salto en paracaídas ni a las drogas de diseño para experimentar esa eufórica ingravidez que brota en las entrañas al deslizarse por calles, carreteras, pistas y caminos, por el simple placer de hacerlo. 

Cada día, siendo aún de noche, vuelo en mi bicicleta hacia la oficina donde intento ganarme la vida decentemente. No me importa que llueva o haga frío, que el camino se ponga cuesta arriba o que algún conductor amenace mi existencia. Supongo que ese es uno de los motivos por los cuales empiezo la mañana con una sonrisa en la cara. Suban a un autobús, métanse en un atasco a hora punta, y miren a su alrededor. Observen las caras de quienes les rodean y busquen un solo gesto de alegría. A lo mejor va ser verdad eso de que el carburador de un ciclista está en su propio corazón.

Tal vez pedalear no garantice ninguna comodidad. Es, incluso posible, que sea un ejercicio arriesgado. Siendo así convendrán conmigo que esta vida es ya de por sí lo bastante perra como para que, encima, le quitemos ese poco de emoción que le da sentido.


domingo, 9 de diciembre de 2012

EL TESORO DE OCCIDENTE



Todo aquello que se nos oculta de la mirada en los espacios que identifican la civilización es desvelado con impudicia a través de las ventanillas de los trenes. El trayecto del ferrocarril nos proporciona paisajes de todo tipo: desde la radiante belleza de las dehesas, hasta la sordidez de los suburbios. Nadie se ha ocupado de esconder esas toneladas de chatarra que se agolpan junto a las vías. Nadie limpia los arroyos de fango que discurren junto a la oruga mecánica.   Eso sería como esconder la verdad. En alguna parte habrá que apilar lo que ya no sirve.
Girones de plástico, lavadoras oxidadas, tresillos desvencijados, tubos de escape, ruedas de automóvil, fragmentos de alicatado, cascajo, ropa descolorida, teléfonos móviles, gallinas muertas, ordenadores, bolsas de la compra, bolsas de basura, minibolsas, bolsas gigantes, viejos televisores, sostenes potrosos, zapatos impares, maletas… el tesoro de una gran civilización. 
Si somos lo que producimos, mucho me temo que nuestra capacidad de generar despojos empieza a ser nuestro mayor patrimonio.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

UTOPÍAS DE ANDAR POR CASA


Pintura de Henri Michaux

Tomás Moro, inventor de la palabreja que da título a esta quisicosa, situaba su Utopía en una república insular en la cual la propiedad privada es un crimen. De tal premisa es obligado inferir que Proudhon y Marx plagiaban al santo inglés.  
La utopía de Stephenson se ubicaba en los territorios de la aventura, con todos los peligros que pudiera llevar aparejada. Algo parecido, pero con menos riesgos y más sicoanálisis, andaba en la mente de Barrie cuando urdió el país de Nunca Jamás. Michaux* la situaba en los reinos de la absurdez; espacios, por cierto, no tan apartados de nuestra viscosa realidad. Las gentes de fe confían en hallar un paraíso eterno más allá de la tumba aunque, curiosamente, teman a la muerte como todo hijo de vecina.
Pero esta fantasía inalcanzable no sólo alude a geografías quiméricas, sino también a ese tipo de entelequias que la mente formula a modo de delirio optimista. La utopía de un idealista tendrá la etiqueta de un mundo mejor, aunque siempre estuviera supeditado a la consiguiente pregunta: ¿para quienes habría de ser mejor ese mundo?
Afortunadamente existen utopías más cercanas, por más que la proximidad potencial no sea garantía de consecución. Pero ahí están esos sueños creativos del joven artista o de las criaturas de férrea voluntad, que suelen materializarse más tarde que temprano. La obstinación mueve más montañas que la fe, aunque una vez satisfecho el deseo, la ilusión se volatiliza como si de dinero público se tratase.
Aunque no siempre sean factibles, hay utopías de andar por casa, de las que se pueden intuir a la vuelta de la esquina. A priori podrían parecer poco ambiciosas, quizá por su apariencia asequible, aunque de hecho no siempre se alcanzan. Los hay –cada día somos más- que sueñan con llegar a fin de mes, y también los que anhelan un espacio común donde el mutuo respeto se respire como el aire. Y luego está esa Arcadia que muy pocos consiguen pero casi todos ansiamos: no trabajar. ¡Oh, acojonante! 
En mi caso particular la utopía es algo tan modesto –al menos en apariencia- como la posibilidad de abrir los ojos por la mañana y ver ante mí un rostro amado que, además, sepa decirme con sinceridad esas dos palabras mágicas que tanto me gustaría escuchar.




* “Viaje a Gran Garabaña”.  Uno tiene la suerte de disponer de las apasionadas traducciones del gran Miguel Arnas.

jueves, 18 de octubre de 2012

A MEDIA HASTA


Banderas y pendones a media asta. Que no se levante un mástil. Nacho Vidal ha sido detenido por su –presunta- implicación en una de tantas tramas de blanqueo de capitales.
Presunciones de inocencia aparte, pocos niegan a estas alturas que Nacho Vidal tiene su aquel. Deberíamos envidiarle por méritos y capacidades de todos conocidos, y sin embargo le admiramos. Por más que se empeñen las damas apostólicas, que un tipo corriente e incluso aparentemente agreste y montaraz haya conseguido ganarse la vida con eso que nos gusta a todos, no es moco de pavo. En un país de reprimidos profundos, que rebosa hipocresía por los cuatro puntos cardinales, hacer de la entrega un estilo de vida y, de paso, forrarse hasta el calcañar, no es pan nuestro de cada día. A esos méritos habría que añadir el dominio de varios idiomas: naturalmente el inglés –¡oh my God!- el francés y hasta el griego. A ver cuántos presidentes del gobierno pueden presumir de entenderse con sus homónimos sin necesidad de intermediarios. A excepción de Aznar, que hablaba el catalán en la intimidad, la ignorancia de la lengua del imperio es lugar común entre nuestros mandatarios. 
Otra cosa diferente es que –presuntamente- Nacho haya caído en el vulgar pecado de la codicia y -presuntamente (repito)- se haya dedicado a emitir facturas falsas con la intención de eludir impuestos. Un pecado imperdonable, proclamo, aunque a estas alturas de la historia hace ya tiempo que la codicia dejó de ser un vicio para convertirse en una de las virtudes de referencia. La –presunta- codicia de Nacho no es más que una gota en este océano de avaros, usureros y aves de rapiña, que componen la élite de eso que llamamos el mercado. Eso, por descontado, no exime a nadie, y mucho menos a los nuevos ricos, de cumplir con sus deberes de contribuyente, por más que lo de pagar impuestos esté mal visto en España. Cierto es que Nacho se ha ganado lo que tiene con el sudor de su frente y de paso ha hecho sudar a más de cuatro. Y sin embargo no deja de parecerme una vulgaridad el hecho de dejarse caer en los brazos del Mephisto de turno, por una razón tan ordinaria como el proceloso deseo de acumular más de lo que se necesita. 
No confundamos; el pecado de Onán nunca fue el placer solitario, sino más bien la avaricia. No tienen más que abrir la Biblia –si se tercia- y revisar el mito.

jueves, 21 de junio de 2012

PALABRAS MAYORES


Entre las muchas cosas que comparto con el Arnas –aparte del mal ejemplo que damos a las generaciones venideras- está lo de esa envidia (insana por supuesto) que experimentamos al embriagarnos con la filigrana con que Ángel Olgoso borda sus relatos. Supongo que a ambos nos da la sensación de que el muy camastrón no hace otra cosa en la vida aparte de tramar esas genealogías reconcentradas de sus cuentos, puliendo milimétricamente cada frase hasta alcanzar el ansiado diamante donde no falta ni sobra una sola molécula. Le envidiamos, sí, para qué vamos a engañarnos. Deberíamos detestarlo –que es lo que harían los buenos posmodernos- pero resulta que te pones a hablar con él y acabas comprendiendo que, aparte de regalarte una de esas conversaciones tan breves como exquisitas que suelen ocurrir una vez cada centuria, se revela completamente desposeído de todo afán de trascendencia; vamos, que se ha librado del pecado original que azota a este gremio, como la Virgen María se libró de las acechanzas del Maligno. Aludirá sin duda a su enconada timidez como un recurso vital, una forma de esquivar las tribulaciones que a todos nos depara la otredad. En algún momento de su vida, no sé cuándo, empezó a bromear sobre esa cualidad tan suya de ocultarse en su cubil imaginario y liberar la necesidad de compartir sus universos interiores por medio de las palabras escritas. Personalmente creo que ese talante nada tiene de pernicioso –él diría que más bien patológico- y que, muy al contrario, constituye una cualidad digna de panegírico. En estos tiempos dominados por el influjo de una pléyade diletante que recurre al espectáculo con redoble de tambor para conseguir el inane galardón de la notoriedad, la actitud de un escritor puro, plegado sobre los engranajes de una tortuosa máquina de languidecer me parece tan excepcional como las leyes de esa patafísica en la que Olgoso da rienda suelta al irrefrenable deseo de centrifugar que sacude a una materia gris incapaz de desconectarse, llegando a concebir títulos donde cabe toda la biografía –una biografía anodina- de su protagonista, a modo de los trailers cinematográficos donde te resumen tan bien la película que, lógicamente, ya no necesitas verla para enterarte de lo que va.
Una personalidad compleja, siempre dispuesta a la exploración en los subsuelos del fino humor y la recreación del absurdo vital, tiene su fiel reflejo en una escritura que navega en esas aguas donde confluyen los ríos de la ironía y el sarcasmo, entre el incesante asombro y la sonrisa cómplice. Porque la literatura que practica Olgoso nada tiene que ver con un paseo dominical, ya que no ha sido concebida a modo de un fácil entretenimiento, sino más bien como una forma de vida al margen de la vida misma. Ahora bien, una vez que el avezado lector ha caído en las redes de este adorador convicto y confeso de los dédalos kafkianos y las quimeras de Kubin, será atrapado entonces por el mismo hechizo del ciclista que ha probado los frenos de disco, y comprenderá que no está uno para conformarse con palabras menores, habiéndolas, como las hay, de esas que a uno le proporcionan una digestión casi tan larga como la del Dragón de Komodo.
Los cuentos de Ángel Olgoso han sido escritos para ser leídos y digeridos con el esmero de un amanuense, y no para pasar por el inútil tobogán del esparcimiento cual ristra de chorizos. No en vano lleva siendo fiel al relato desde hace un titipuchal de años. Y eso conlleva ciertas renuncias, pero también supone el pleno conocimiento de un oficio que le ha dado la oportunidad de visitar la perfección con una asiduidad que más de cuatro –un servidor entre ellos- quisieran para sí. Una perfección que sólo puede entenderse unida a un trabajo minucioso, una entrega nada común en los tiempos que corren, de la que resulta esa paradoja por la cual un relato de cinco renglones ha podido costar cientos de horas de escritura, reescritura y pulimento.
Afirma Fernando Valls que hay relatos que podrían convertirse en poemas de haber sido dispuestos en verso. Personalmente creo que esos relatos a los que hace referencia el profesor Valls son poesía sin necesidad de alteraciones estéticas. Bajo un alarde semántico, que rebosa de colorido y musicalidad,   que va mucho más allá de los esquemas argumentales al uso, permanece oculto –o más bien contenido- un torrente de emocionalidad existencial que se enreda en el hipocampo del lector como la hélice de una embarcación que navegara entre los sargazos que parapetan el fondo marino.
Es la propia literatura la que nos pide rebasar ese espejismo de la realidad, la que nos invita a sumergirnos en los líquenes del sueño, a reconocernos hijos del instante y, por tanto, merecedores de compartir nuestros demonios locales. Lo fantástico no es mera fabulación, es el encuentro con el más allá que habita dentro del hombre por el módico precio de un sueño revelado. Lo fantástico es el propio hombre.
Esa máquina que languidece bajo las lentes del microscopio olgosiano no es ninguna criatura de otra galaxia, como bien pudiera parecer dada la querencia por lo onírico de este navegante que alza su astrolabio sobre el horizonte marino sin perder el interés por las profundidades, sino que se trata más bien de una condición sine que non para la creación literaria: la condición humana.



miércoles, 13 de junio de 2012

LA DURA REALIDAD


Devuelto al lugar de origen después de una maravillosa semana en África –Ceuta, sin ir más lejos- tiene uno que enfrentarse a esa áspera realidad del día a día. Lo cotidiano suele hacer más daño que un cantazo en la quijotera. Pero es lo que hay. Y lo que hay es caerse de la cama aún de noche y pedalear hasta la oficina. Hasta ahí, todo bien, o más o menos bien, porque a día de hoy, lo de tener un trabajo donde se labora el doble que antes por menos salario, menos derechos, y más desprecio de los de siempre, parece todo un privilegio. Alguien tendrá que pagar la enorme deuda que se han currado los gerifaltes de los bancos. Ahora incluso con el aliciente de que esa deuda habrá que solventarla con el Banco Central Europeo.
Uno vuelve a casa, sabiéndose afortunado porque un día –ya muy lejano- se dejó de copas, de amiguetes y de televisión (esto último fue de todo menos un sacrificio) y se quemó las cejas empollando leyes durante más de dos años. El privilegio se enrarecía cuando veías que el resto de los sueldos duplicaban al tuyo, que más de uno te soltaba aquello de por esa miseria no me levanto a trabajar y, aún así, seguías madrugando a comerte los papeles que nadie quería tragarse. Hubo alguno que abandonó la función pública y pasó a mejor vida.
Pues sí, tengo que decir que soy un privilegiado. Tragar papeles y desprecio me ha dado la oportunidad de hacer esto que estoy haciendo. Ya lo digo Francisco Ayala:  si quieres ser escritor, búscate un trabajo decente. Puede que lo primero siga siendo una aspiración, pero lo segundo está fuera de toda duda: mi nómina es de una transparencia que al fisco no se le escapa ni una coma. ¿Puede todo el mundo decir lo mismo? No hace falta responder a esa pregunta; como decía Berlusconi, sólo los tontos pagamos unos impuestos que, al fin y al cabo, son calderilla que irá a parar a nuestros queridos bancos.
Quejarse es inútil. Tenemos lo que tenemos porque –tal vez- nos lo hemos merecido. Pero no es eso lo que hace más duro mi regreso a la realidad. No es la constancia de que el jamón serrano –del ibérico ni me acuerdo- se acabó para mí lo que me duele. Se trata de otra cosa, otra cosa que ya no tiene marcha atrás. Lo que me priva de la alegría de estar vivo es la ausencia de un ser querido con el que viví los doce años más hermosos de mi vida. El saber que ya nunca volveré  a acariciar la cabezota de mi perro es lo que me aleja de aspirar a algún instante de plenitud. Frente a eso, frente a lo irreversible, esas tribulaciones del día a día me parecen triviales, huecas e inconsistentes.
Y sin embargo hay que seguir. Más que nada porque no queda otro remedio.



martes, 8 de mayo de 2012

LA EDAD DEL DESEO


Cruel abril de tardes que languidecen entre pardos bostezos. Estúpido renacer que serpentea por las alamedas como una brisa mórbida de hojas temblorosas.
Nostalgia de aquella arcadia que tan solo existió en mi deseo, un deseo inerte como la pupila de un ciervo disecado.
Cruel abril de golondrinas moribundas, de corazones ajados por un sueño estéril que se enredó entre las zarzas de mi cobardía.
Cruel abril que posaste tus alas de mariposa sobre unos labios que buscan y no encuentran.
Relámpago olvidado que alguna vez estremeció  unos muslos bajo las yemas de mis dedos.
Te quedaste dormido en un recodo del camino y ahora abres los ojos cuando ante ti sólo encuentras un páramo cubierto por la última nevada. 

Lo sé; me he puesto demasiado solemne.

sábado, 25 de febrero de 2012

EL FIN DE LA POSMODERNIDAD


Resulta complejo hablar con seriedad de algo tan difuso, tan etéreo, como el concepto de posmodernidad. Dado que nunca ha habido acuerdo entre los posmodernos, tal vez deberíamos aceptar que precisamente esa misma falta de armonía podría servirnos de referencia. Nadie duda ya sobre la falta de cohesión entre aquellos que se lanzaron de cabeza al saco de la posmodernidad como característica definitoria. Eso engloba a la cuestión del reparto del pastel. Los posmodernos tienen algo claro: la tarta es grande, pero cuantos menos seamos para comérnosla, tanto mejor. 
A diferencia con las generaciones de principios del siglo XX –pongamos por caso al grupo del 27- los posmodernos no han querido acercar posiciones entre sí, nunca han pretendido constituir corporaciones exentas de sectarismo exclusivista. Han ejercido incluso un alto grado de discriminación con respecto a los que no forman parte de sus mesnadas. Nada que objetar con respecto a la calidad de sus productos, dado que la cuestión de la calidad es siempre absolutamente subjetiva. No se puede medir el valor de una obra de arte, de un texto literario, si no es bajo la sombra de unos parámetros preestablecidos. Ahora bien, en cuanto a las aportaciones que –sobre todo en el caso literario- hemos recibido de la posmodernidad, habría que afirmar que ésta ha adolecido por lo general de una ausencia de compromiso con la búsqueda de nuevas voces. El posmodernismo, como reacción contra las vanguardias de principios de siglo, se establece en muchas ocasiones como un más de lo mismo. Sin dudar, eso sí, en ahogar cualquier intento de dar la nota por parte de alguna que otra voz discordante. Porque la élite posmoderna se ha alojado en el sistema apoderándose de los medios de masas y, rechazando de paso, la más mínima intromisión en su campo de acción.
El surgimiento del posmodernismo como reacción consecuente contra las vanguardias precedentes, ha dado como resultado una colección estilística a medio camino de ninguna parte que impregna de nostalgia todo aquello que es elaborado en este ambiente. Pasarán los años y seguiremos leyendo odas y panegíricos a la movida de los ochenta. A más de un intelectual se le escapa una lagrimita cuando evoca aquellas noches de un Madrid plagiado de Vigo, donde menudeaban grupos de música que a su vez parodiaban a formaciones anglosajonas. Había, eso sí, raras excepciones, pero la norma imperante se basaba en una imagen que en ocasiones rayaba en el patetismo más decadente. Y aquella época de pintorescos contrastes y más ruido que nueces, fue mitificada a imagen y semejanza de una generación de burgueses disfrazados de progre, entregada a la impostura de una falsa izquierda criada en colegios de pago.
Toda actividad artística tiene como fin un determinado producto. Cuando ese producto se convierte en mercancía, entra en un campo donde la competencia es norma. Así pues, el factor a tener en cuenta en un mercado competitivo es la eliminación sistemática de competencia. Aunque hubiere pastel para todos, el posmoderno exige un lugar exclusivo en la mesa. De esa manera entra en acción el juego de los golpes bajos entre los comensales. Ninguno de ellos soporta la presencia de los demás porque todos entienden que son merecedores del trozo de tarta más grande, o mejor aún: la pieza completa. 
Ahora bien: en los márgenes de esta opípara merienda, fuera de las cadenas de montaje de los suplementos culturales y lejos de las áreas de influencia de las reglas de lo políticamente correcto, empiezan a crecer constelaciones de pensadores libres. Quizá hicieron estilo de vida de aquella máxima de Francisco Ayala de buscarse un trabajo digno y no esperar vivir de la literatura. Hasta el momento, lo que antes eran astros solitarios, han sabido navegar por su propia cuenta en los diversos campos de la creación.  Despreciados por los egregios y rechazados por el mercado, se han alimentado en la heterodoxia hasta adquirir voces inéditas. La cualidad que les hace diferentes es el respeto -e incluso la sacralización- por esa diferencia. No esperan que todos hablen su mismo idioma, que los demás sigan sus pautas estilísticas o sus convicciones morales. Lo que admiran en el otro es que siga su camino más allá de dogmas y reglas. Han empezado a compartir experiencias sin aguardar a que la oficialidad les ofrezca la teta de su patrocinio. Tienen por tanto dos ventajas sobre la moribunda posmodernidad: son independientes y al mismo tiempo desean y necesitan estar juntos. Ahora solo queda esperar a que ellos solos sean capaces de combinar esos condimentos para obtener un guiso que no sepa a más de lo mismo.  De una cosa podemos estar seguros; lo que venga después de la posmodernidad será cualquier cosa menos la eterna repetición de ideas y conceptos a que estamos acostumbrados. Tiempo al tiempo.

domingo, 6 de noviembre de 2011

UN POCO DE NADA. HOUELLEBECQ: “EL MAPA Y EL TERRITORIO”



Soy uno de esos lectores que suele incurrir en una sensación contradictoria cada vez que lee a Houellebecq. No voy a discutir que hubo un momento en que tenía algo de esnobismo deslizar el nombre del polémico escritor francés en alguna tertulia de diletantes. Ahora ese recurso resulta completamente irrelevante. Lo que me sigue produciendo perplejidad es el grado de excelencia en que nuestros colegas franceses han colocado a un escritor que, después de darle muchas vueltas, retorna siempre a los mismos lugares comunes, regresa de manera torpe y predecible a unos planteamientos a priori interesantes que resuelve con soluciones simples. No se puede solucionar nada con simplicidad. La simplicidad, de hecho, fue el secreto del éxito del nacionalsocialismo. Nada tiene que ver el pensamiento de Houellebecq con aquel monstruo que plagió el bigote a Charlot. Houellebecq es un “intelectual” inequívocamente recalcitrante y acérrimo defensor de las virtudes del capitalismo, cuya visión de los fenómenos colaterales del sistema económico adolece de una curiosa falta de razonamiento. El autor francés no pierde ocasión de traer a colación el uso –lo ha hecho en varias novelas- de algunos barrios marginales de París, en los que algunos delincuentes aprovechan la parada de un coche en un semáforo, para reventar los cristales del mismo y asaltar a sus ocupantes. Algo totalmente verosímil, sobre todo cuando se repite tanto. No olvido aquella frase de Goebels “una mentira repetida muchas veces alcanza el status de verdad”. En este caso –el de la novela- estamos hablando de un hecho desgraciadamente frecuente en los arrabales de la gran ciudad. De lo que, casualmente, no nos habla Houellebecq es de las causas primarias de esa marginalidad. Quiero decir que, de la lectura de los libros de Houellebecq, uno acaba infiriendo que las personas que viven en la marginalidad han elegido nacer en ese estado. De tal manera resulta sospechosamente ingenuo el planteamiento sociopolítico del autor que más de una vez he creído estar asistiendo a una soberbia apología del ideario del actual inquilino del Palacio Elíseo.
Ahora bien, si por casualidad me fuera posible medir el peso del razonamiento de Houellebecq y confrontarlo al de Michel Onfray, llegaría a la conclusión de que el último divertimento novelístico en el que he invertido mi tiempo ha supuesto para mí una somera pérdida de energía. Así pues, mientras el pensamiento de Onfray es diáfano, complejo y arduo de rebatir, lo que hace Houellebecq es evitar deliberadamente toda referencia a aquello que le pueda echar por tierra su inviable castillo de arena. Onfray, por supuesto, no es novelista. Hablo de un filósofo, y de los grandes. Digamos que, el punto de vista analítico -en lo que a la coyuntura se refiere- de Onfray es diametralmente opuesto al de Houellebecq. Para ser más claros; en el momento histórico en que arranca “El mapa y el territorio” hay una tremenda crisis económica que tiene sus orígenes en un sistema que pondera la codicia por encima de cualquier otro valor. ¿Les suena? Para los defensores de la codicia, el mercado se sostiene por sí mismo, se gradúa por sí solo y soluciona automáticamente todos sus problemas. Es baladí decir que en estos últimos cuatro años el mercado no ha hecho más que hundir a la mayor parte del mundo en la miseria, mientras los adocenados de siempre se reparten dividendos. Y así las cosas, ¿cómo justifica Houellebecq la evolución de los mercados en esta crisis? Sencillamente no lo hace, se calla, repite esquemas de anteriores productos literarios, y vuelve a finalizar –ya lo hizo en “Las partículas elementales”- en un futuro hecho de pura especulación y (menos mal) esta vez no recurre a culpabilizar al Islam de todos los males de occidente.
Con todo, Houellebecq tiene su estilo. Algo escaso en recursos originales, pero estilo a fin de cuentas. Hay toques de maestría y alardes de ingenio que sorprenden al lector cuando menos se lo espera. Yo me quedo con la paradoja de ese silencio con el que el autor hace responder a una pregunta del protagonista. Sabemos la pregunta y las consecuencias de la respuesta, de manera que tenemos al menos la posibilidad de imaginar la respuesta. Como truco literario no está mal. Un poco de nada es, a veces, mucho.

martes, 13 de septiembre de 2011

ALTA SOCIEDAD



La Duquesa del Infantado, doña Maria de las Nieves Molinari, miraba a través de sus impertinentes al palco de los Condes de Palancares. El Conde de Palancares, don Andrés Adalberto Quirós y Pérez Pi de las Alpujarras, miraba de soslayo el generoso escote de su nuera, Petronila Cercedillas, quien no perdía detalle de la espléndida diadema que lucía la Baronesa del Tocón. La Baronesa del Tocón admiraba el ostentoso abanico de plumas de caribú de doña Fuencisla Rancaño, a la sazón viuda del Vizconde de Socuéllamos y estrábica desde la cuna, quien con el ojo derecho atendía el drama que se desarrollaba en el escenario, mientras que con el izquierdo escudriñaba cada gesto de la última amante de Emeterio Braojos, hijo primogénito de la marquesa de Los Alminares. A decir de las malas lenguas, la tal Amaranta Cijuela, mujer de nebulosa reputación, jamás llevaba ropa interior bajo aquellos vestidos de seda japonesa. ¡Ni tan siquiera una combinación! Y para colmo, era más que conocido el affaire que a su vez mantenía con el ínclito Mariscal Von Flüsse, laureado estratega y amante de reconocido prestigio. Pero eso de las amantes era tan solo una tapadera, porque en ese mismo instante, Emeterio Braojos acechaba con ardor al hijo imberbe de los Condes de Armilla –lo que se dice un efebo- mientras la señora Condesa, doña Maria de los Remedios Rivers, clavaba los prismáticos en la tercera fila del patio de butacas, donde el muy estólido de Cornelio Rabanal lloraba a moco tendido con el aria de soprano que la diva emérita, Aurora Padilla, destrozaba al final del tercer acto. Claro que también era posible que Cornelio llorase por culpa de los torpes gorgoritos que pergeñaba la Padilla con la tácita intención de humillar a Masenet. A todo esto, el Condeduque de Churriana dormitaba en su palco, y tan solo abría los ojos cuando la Condesa de Maracena le atizaba en el cogote con su estola de armiño. Desvió entonces la señora Condesa de Armilla sus impertinentes al palco de doña Ignacia Manuela Alcántara, marquesa de Las Albuñuelas, quien miraba a la platea donde era a su vez observada por la recientemente salida del convento, señorita Molinari, hija de la duquesa del Infantado.
¡Menuda desfachatez! -dijo entre dientes la señora Marquesa de las Albuñuelas cuando cayó en la cuenta de que su intimidad era literalmente violada por aquella presunta mojigata- ¿Es que ya nadie enseña modales a la juventud?

sábado, 27 de agosto de 2011

MÚSICA PARA PEATONES


Hiciera el tiempo que hiciera el pianista siempre estaba allí. Daba igual que lloviera, arreciara el viento, cayera un sol de macetilla o una límpida nevada; aquel enorme piano de cola estaba ahí, desgranando un inconmensurable repertorio que podía ir desde las Goldberg de Bach hasta un swing de Cole Porter; desde un Arabesque de Debussy hasta un el Ain’t Got No en la augusta versión de Nina Simone. Todo aquello que pudiera contagiar esa pasión inefable de la música, ese contagioso virus del deseo de vivir, brotaba de los dedos del pianista como un estallido de chispas de colores nunca vistos. La gente podía en un principio hacer ademán de pasar de largo, porque todo el mundo parece ir con prisa cuando va por la calle, todos tienen que llegar a tiempo a algún sitio aunque sea en pleno domingo, porque siempre habrá algo o alguien que espera, aunque finalmente todos lleguen tarde -puede incluso que lleguen tarde precisamente por culpa del pianista- si bien eran mayoría los que se detenían ante aquella inesperada aparición. Y era normal que acabaran arremolinándose alrededor de aquel hermoso piano de cola amarillo. Sí; han leído bien, he dicho amarillo, pero no un amarillo pálido, ni un amarillo vainilla, tirando a ocre, sino de un color amarillo refulgente como un espejo, tal vez como ese amarillo con que se tiñen las hojas de los álamos antes de formar una alfombra en los suelos de las riveras. Pues bien, los transeúntes, que tan aprisa circulaban hacia nosedónde –cada uno al encuentro con su destino- se detenían en seco cual frenada de bicicleta, al principio dubitativos, para luego estirar el cuello por encima de los hombros de los más afortunados, aquellos que habían conseguido una primera fila, y se dejaban embriagar por esa música amarilla, de un amarillo efervescente. Alguno había que no tardaba en sentirse poseído –o incluso poseso- por el ritmo de un ragtime a lo Scott Joplin, y experimentaba como un impulso de corriente alterna que le provocaba espasmos de los pies a la cabeza. Era más que habitual que una pareja se lanzara a bailar un quick step o un rockabilly, y aquello acabara con un interminable revuelo de faldas e incluso alguna que otra acrobacia. Y lo que es más, de vez en cuando pasaba por allí un saxofonista que se unía al pianista, y entonces se establecía un diálogo sin palabras, un acto de sublime e inopinada complicidad, y se desencadenaba una jam session que podía alargarse hasta altas horas de la madrugada. En esos casos solía acoplarse un trompetista que derivaba la cosa hacia los inextricables terrenos del bee bop, pero que finalmente se dejaba guiar por las hábiles manos del pianista hasta los antiguos sonidos de Nueva Orleáns, que inevitablemente atraían al clarinetista de turno, el cual invitaba a sumergir los compases en los salvajes brazos de Benny Goodman. Y no vayan a creer que aquellas largas veladas provocaban protestas de los vecinos. Porque aquella música evanescente, aquella expresión del delirio vital, provocaba una apertura masiva de ventanas y balcones, donde niños, adultos y viejos aplaudían pidiendo más y más bises hasta que el pianista saludaba por última vez y la espontánea reunión se disolvía tan fugazmente como había comenzado.
Y eso era lo más curioso. Porque el “allí” de la primera frase, no era un lugar concreto, un punto exacto o habitual. No; nada de eso. Aquel piano podía aparecer cada día en un bulevar, una esquina, una plazoleta, un parque, o incluso en una avenida. Nunca emergía dos veces en el mismo sitio. Tal vez sí en la misma ciudad, pero tampoco eso era seguro, pues si hoy (en este mismo momento) el piano arrebata el corazón de unos amantes en un rincón de Varsovia con un nocturno de Chopin, tal vez mañana esté improvisando sobre una sonata de Beethoven en algún parquecito de Bonn, y quizá, dentro de unos días amanezca en Brooklin tocando a cuatro manos con el mismísimo Tom Waits.
Y de ahí la pregunta que más de uno se estará haciendo. Porque tal afán por el infatigable movimiento, tan extraña aversión al arraigo, podría entenderse en la facilidad de desplazamiento que da un violín, una flauta, e incluso un violonchelo. Pero claro, un instrumento como un piano de cola, de cuyo volumen y peso no haría falta dar especificaciones, no es tan fácil de manipular y acarrear. Quiero decir que un piano no puede ir apareciendo y desapareciendo todos los días así como así. Digo yo, que haría falta alguna infraestructura para dejar el piano en tal o cual sitio sin dañar tan delicado instrumento sin arañar el refulgente amarillo de la caja. Es de suponer que, detrás de aquel misterio hubiera un buen camión –aunque de hecho nadie pudiera dar fe de su existencia- o tal vez una grúa, o quizá hasta un helicóptero. Pero un helicóptero hace bastante ruido, un ruido equivalente a mil aspiradoras funcionando al unísono. Sería de esperar que con el estruendo de tales máquinas, algún vecino habría despertado y dado la voz de alarma, si bien no era ese el caso. El caso es que el piano aparecía, así sin más, en plena calle, cuidadosamente colocado, y con pianista incluido. Un pianista que nadie conocía, a pesar de tratarse indiscutiblemente de un virtuoso, de un músico cuyas cualidades iban mucho más allá de la pura solvencia. Aunque a la postre nadie supiera su nombre. Nadie supo jamás de dónde había llegado. Ahora bien; allá por donde pasaba, siempre quedaba la esperanza de que algún día regresara aquella poderosa magia que dejó hechizados de por vida a esos pocos que tuvieron la fortuna de estar o circular por el lugar preciso en el momento adecuado.

miércoles, 20 de julio de 2011

EL PRÍNCIPE DE MI REPÚBLICA


Nunca antes había escrito algo sobre Lolo. El hecho de que se trate de un perro no es óbice para que un escritor dedique unas líneas a su figura. Una figura grande y flemática que hace ya doce años me acompaña. Precisamente en estos momentos, mientras tecleo estas palabrillas, Lolo sestea apoyando su cabezota sobre mi pie derecho. La cuestión de que mi perro sea o no guapo es, probablemente, algo subjetivo. Lo que a mí me importa es eso que le hace único: su carácter. Pues, cuando paseamos por la calle, es corriente que otros perros, generalmente menos agraciados y más bajitos que Lolo, le increpen con unos ladridos generalmente ridículos. Por supuesto, lo normal es que Lolo pase de largo con la cabeza alta y mirada despectiva. Nada de eso le conmueve. Él sabe que esos grotescos ladradores se ponen gallitos por pura envidia y porque ellos tienen la cabeza más cerca del culo. Eso sí, ninguno de ellos se atreve a un tête a tête por aquello del riesgo a ser pisado por una de sus manazas. Tampoco es que Lolo sea amigo del confrontación, más bien parece que todo eso de llegar a los dientes es completamente ajeno a su forma de ser.
Cosa aparte es su relación con las personas. Yo diría que, por más reveses que le ha dado la vida, Lolo sigue convencido de que todo el mundo es bueno. Hay, entonces, quien se acerca completamente subyugado por la sonrisa bonachona de Lolo, y acaricia sus orejas de terciopelo, dejándose llevar por los encantos del sujeto en cuestión, o quien se cruza a otra acera ante la amenaza de un animal “previsiblemente peligroso” a juzgar por su tamaño. De todo hay en la viña del señor; menos uvas. Él, en cambio, ignora las fobias ajenas, pasa olímpicamente de las envidias, y se preocupa más por darse un trote entre las flores y soñar con que siempre es posible un mundo mejor aunque lo más fácil sea empeorarlo.
Sinceramente, a mí me gustaría parecerme a Lolo.