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miércoles, 2 de junio de 2021

LA HORA INFAME

 De mis lejanos años de universitario recuerdo vívidamente aquel día en que un profesor de Historia del Arte nos invitó a cambiar el señalamiento de un examen que había sido fijado a las tres de la tarde porque, según afirmó, aquella era "una hora infame". Nadie protestó y todos accedimos al cambio de hora. 

Sin haberlo pensado, aquel rechoncho profesor, nos dio una lección de lo que debería ser el objetivo primario de toda obra literaria. Quiero decir que la intención del docente no era otra que defender su sagrada hora de la siesta, aunque dejó a nuestro entendimiento que, después de comer, uno no está para exámenes finales, y mucho menos en pleno julio. 

La literatura no siempre se maneja en las referencias directas, sino más bien en las vivencias y en el significado que el lector pueda dar a las acciones. Los personajes, sobre todo en el terreno dramático, no siempre deberían ser narrados, de manera que se definen por sus acciones y por sus opiniones. 

Eso no descarta a la reflexión que, tanto los personajes como el narrador, en el caso del relato, puedan realizar como respuesta a la acción. El personaje puede y debe dudar sobre sus decisiones, como hacía Hamlet en sus conocidos monólogos, o como reflexionaba Virginia Woolf en torno a la identidad sexual en su Orlando. La novela, como definió Vila Matas, es un espacio para el pensamiento, un cajón de sastre donde podrían caber muchas cosas, y entre ellas el riesgo. Porque la novela, a diferencia del relato breve, posee la maldición de carecer del acceso a la perfección

Los personajes de Thomas Mann, reflexionan en sus conversaciones sobre los asuntos que conciernen a la condición humana, y sin embargo no concluyen en axiomas, pues toda conversación dramática que se precie, es una oportunidad para el ejercicio de la dialéctica. Y sin embargo, toda la inacción (porque de eso se trataba) de Hans Castorp en La Montaña Mágica, deviene en el discurso esencial de la novela: el puro arraigo a la existencia a pesar de que lo que vivimos es fugaz y finito.

Por más que ahora veamos algo premonitorio en La peste de Camus, el discurso del genial autor francés, iba más allá de los virus malignos que desde siempre asedian a la humanidad. O tal vez sí, tal vez se refería a ese otro virus que es el de los totalitarismos que, lejos de haber sido vencidos en las últimas guerras mundiales, seguirá siempre latente, esperando su oportunidad para regresar. No hay más que ver los discursos que se han colado en nuestros modernos parlamentos occidentales, amparados en nuestra sagrada libertad de expresión, para dejar a las claras que, lo primero que harían, llegados al poder, sería suprimir esas libertades que tanto les molestan.

lunes, 10 de julio de 2017

LO QUE CABE EN LOS SUEÑOS


Aparte de montañas, la fe mueve millones; millones de almas y (muchos más) millones de unidades monetarias. El ansia por creer más allá de lo cuestionable desemboca en una curiosa paradoja: el homo sapiens gasta buena parte de su tiempo -materia constatable- en especular con lo inverosímil, de tal manera que, al cabo de milenios de evolución, el mentado primate se ha convertido en una criatura cándida que apenas distingue entre la ilusión y lo ilusorio.
La fe, capaz de general actos sublimes, también ha sido un recurrente subterfugio para perpetrar los hechos más perversos, desde la prehistoria hasta el presente. Y todo por una quimera, por una entelequia con tintes infantiles.
Tal vez necesitemos algo más que una dudosa realidad para satisfacer nuestras necesidades emocionales. Es posible que nuestra disposición a soñar, nos empuje a desear más que una vida. Nada que objetar. El ser humano está hecho para mucho más que crecer y multiplicarse. Lo que no se entiende es esta sinrazón que nos lleva a aceptar como incuestionables los trucos de prestidigitación, dejando de lado esta máquina portentosa con la que todos nacemos.
Nuestra capacidad para imaginar, elucubrar, especular y fabular es ilimitada. Si a eso sumamos la posibilidad de compartir nuestros universos íntimos, estamos hablando del más grande de los motores que, para colmo, va montado de serie. La imaginación podría convertirnos en seres mágicos y, sin embargo preferimos confiar en el mundo (real) de las apariencias. Somos acaso el producto del más burdo de los realismos y por ello estamos consintiendo que algo tan material como una pantalla -sea del tamaño que sea- nos arrebate nuestra propia esencia.
La vida es mucho más que un cómputo de beneficios a corto plazo: es una posibilidad de alcanzar territorios infinitos, una ocasión irrepetible de traspasar la superficie de los espejos, un instante para burlar los efectos secundarios de la muerte.
La vida es una oportunidad de ser literatura.

sábado, 25 de febrero de 2012

EL FIN DE LA POSMODERNIDAD


Resulta complejo hablar con seriedad de algo tan difuso, tan etéreo, como el concepto de posmodernidad. Dado que nunca ha habido acuerdo entre los posmodernos, tal vez deberíamos aceptar que precisamente esa misma falta de armonía podría servirnos de referencia. Nadie duda ya sobre la falta de cohesión entre aquellos que se lanzaron de cabeza al saco de la posmodernidad como característica definitoria. Eso engloba a la cuestión del reparto del pastel. Los posmodernos tienen algo claro: la tarta es grande, pero cuantos menos seamos para comérnosla, tanto mejor. 
A diferencia con las generaciones de principios del siglo XX –pongamos por caso al grupo del 27- los posmodernos no han querido acercar posiciones entre sí, nunca han pretendido constituir corporaciones exentas de sectarismo exclusivista. Han ejercido incluso un alto grado de discriminación con respecto a los que no forman parte de sus mesnadas. Nada que objetar con respecto a la calidad de sus productos, dado que la cuestión de la calidad es siempre absolutamente subjetiva. No se puede medir el valor de una obra de arte, de un texto literario, si no es bajo la sombra de unos parámetros preestablecidos. Ahora bien, en cuanto a las aportaciones que –sobre todo en el caso literario- hemos recibido de la posmodernidad, habría que afirmar que ésta ha adolecido por lo general de una ausencia de compromiso con la búsqueda de nuevas voces. El posmodernismo, como reacción contra las vanguardias de principios de siglo, se establece en muchas ocasiones como un más de lo mismo. Sin dudar, eso sí, en ahogar cualquier intento de dar la nota por parte de alguna que otra voz discordante. Porque la élite posmoderna se ha alojado en el sistema apoderándose de los medios de masas y, rechazando de paso, la más mínima intromisión en su campo de acción.
El surgimiento del posmodernismo como reacción consecuente contra las vanguardias precedentes, ha dado como resultado una colección estilística a medio camino de ninguna parte que impregna de nostalgia todo aquello que es elaborado en este ambiente. Pasarán los años y seguiremos leyendo odas y panegíricos a la movida de los ochenta. A más de un intelectual se le escapa una lagrimita cuando evoca aquellas noches de un Madrid plagiado de Vigo, donde menudeaban grupos de música que a su vez parodiaban a formaciones anglosajonas. Había, eso sí, raras excepciones, pero la norma imperante se basaba en una imagen que en ocasiones rayaba en el patetismo más decadente. Y aquella época de pintorescos contrastes y más ruido que nueces, fue mitificada a imagen y semejanza de una generación de burgueses disfrazados de progre, entregada a la impostura de una falsa izquierda criada en colegios de pago.
Toda actividad artística tiene como fin un determinado producto. Cuando ese producto se convierte en mercancía, entra en un campo donde la competencia es norma. Así pues, el factor a tener en cuenta en un mercado competitivo es la eliminación sistemática de competencia. Aunque hubiere pastel para todos, el posmoderno exige un lugar exclusivo en la mesa. De esa manera entra en acción el juego de los golpes bajos entre los comensales. Ninguno de ellos soporta la presencia de los demás porque todos entienden que son merecedores del trozo de tarta más grande, o mejor aún: la pieza completa. 
Ahora bien: en los márgenes de esta opípara merienda, fuera de las cadenas de montaje de los suplementos culturales y lejos de las áreas de influencia de las reglas de lo políticamente correcto, empiezan a crecer constelaciones de pensadores libres. Quizá hicieron estilo de vida de aquella máxima de Francisco Ayala de buscarse un trabajo digno y no esperar vivir de la literatura. Hasta el momento, lo que antes eran astros solitarios, han sabido navegar por su propia cuenta en los diversos campos de la creación.  Despreciados por los egregios y rechazados por el mercado, se han alimentado en la heterodoxia hasta adquirir voces inéditas. La cualidad que les hace diferentes es el respeto -e incluso la sacralización- por esa diferencia. No esperan que todos hablen su mismo idioma, que los demás sigan sus pautas estilísticas o sus convicciones morales. Lo que admiran en el otro es que siga su camino más allá de dogmas y reglas. Han empezado a compartir experiencias sin aguardar a que la oficialidad les ofrezca la teta de su patrocinio. Tienen por tanto dos ventajas sobre la moribunda posmodernidad: son independientes y al mismo tiempo desean y necesitan estar juntos. Ahora solo queda esperar a que ellos solos sean capaces de combinar esos condimentos para obtener un guiso que no sepa a más de lo mismo.  De una cosa podemos estar seguros; lo que venga después de la posmodernidad será cualquier cosa menos la eterna repetición de ideas y conceptos a que estamos acostumbrados. Tiempo al tiempo.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

EL PODER Y LOS LIBROS


Desde los albores de la historia –la historia comienza donde comienzan los libros- las relaciones entre el poder y los libros han tenido sus más y sus menos. Un libro puede tener la capacidad de derrocar a un mandatario, pero también puede coadyuvar a encumbrar a un líder. El viejo lema de “quítate tú pa que me ponga yo”. Ahora bien, sabemos por experiencia que los líderes suelen ser refractarios a la vasta diversidad de pensamiento que albergan los libros. Por ese motivo unos objetos tan aparentemente inofensivos han sido pasto de censura y reprobación, cuando no de las llamas. La biblioteca de Alejandría no ardió por casualidad. Fue el Patriarca –y santo- Cirilo quien decidió cuándo y de qué modo había que acabar con todo el saber que albergaban aquellos rollos de pergamino. Con tan expeditiva acción no sólo se acabó con siglos de conocimiento e historia, sino que también se consolidó una doctrina cuyo mayor empeño ha sido el acabar con el derecho a la réplica.
Los libros son peligrosos; primero porque no todas las reflexiones que en ellos se albergan tienen que ser acertadas, en segundo lugar porque nacieron con la posibilidad de cuestionar hasta lo más sagrado, y tercero, porque en algunos libros se encuentra la espoleta que suele hacer estallar la conciencia de los lectores. El contenido de un texto escrito podría servir para desarrollar en el individuo algo parecido a un criterio independiente. Y eso no excluye a ningún tipo de libros. Bien es cierto que los escritos de los filósofos griegos son el origen de nuestra idiosincrasia occidental; pero también lo es que en la inofensiva literatura se ha desplegado un campo para la reflexión poco menos que infinito. Puede incluso que en un sencillo poema aprendido en nuestra infancia hayamos adquirido el amor por la naturaleza, el horror por las guerras, el rechazo a las injusticias, el gozo de la sensualidad, la complejidad del sentimiento humano, la consciencia de la muerte... Sí: en los libros está eso que incomoda a los que manejan las riendas, y además arden mal.
Esto nos lleva a preguntarnos lo que significa la cultura para el poder. Frente al conocimiento crítico de la realidad y la evidente relatividad de los fenómenos, el poder enarbola la bandera de la cultura a su imagen y semejanza. Un presunto estado de derecho tiene el deber de proteger la cultura, incluso de incentivarla y, sin embargo, el concepto de cultura en manos del poder está indisolublemente ligado a la nostalgia, a aquel segmento del patrimonio que más se adapta a las exigencias del que gobierna. Rara vez (muy rara) una institución prestaría apoyo a una creación artística donde se pusieran en entredicho los valores del que gobierna, porque el que gobierna siempre sucumbirá a la tentación de castrar todo aquello que ponga en duda sus capacidades.
Cuando se cierran bibliotecas, se está cerrando el acceso del individuo a aquello que puede incomodar al poder: la capacidad para razonar con absoluta libertad. Se cierran bibliotecas para salvaguardar al pensamiento único. Se cierran bibliotecas con la tácita intención de configurar a un súbdito fácilmente maleable. Porque la no cultura y la cultura oficial son sinónimos de conformismo social y político. El poder no necesita que los ciudadanos cuestionen el sistema y sus maniobras, no, lo que el poder busca en sí mismo es la perpetuación de sus privilegios. Al poder le incordian los libros porque cualquier ideología que esgrima la autoridad como principio de su legitimidad es por definición contraria a la imaginación. El poder nos dice: dejadnos hacer a nosotros, mientras que hay libros que nos gritan directamente en la conciencia: ¡INDIGNAOS: os están robando el derecho y el deber de tomar decisiones!
Y luego pasa lo que pasa.

lunes, 13 de junio de 2011

BLOOMSDAY


“Nieva. Observo soñoliento cómo los copos, de plata y de sombras, caen oblicuos hacia las luces. Ha llegado la hora de variar su rumbo hacia poniente. Sí, los diarios están en lo cierto: la nieve está cubriendo toda Irlanda. Cae sobre la oscura llanura central, sobre las colinas despobladas, sobre el mégano de Allen y, más al oeste, cae suavemente sobre las sombrías y sediciosas aguas de Shannon. Cae así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposa, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Mi alma se sume en un duermevela mientras escucho caer la nieve lánguidamente sobre todo el universo, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.”

Este es el final del conocido relato de James Joyce “Los muertos”, incluido en el libro “Dublineses”. Me he permitido aportar mi propia traducción usando un tiempo presente y la primera persona, cosa que, en mi humilde opinión, no desvirtúa el espíritu del original y, mucho menos, la magnífica traducción de Guillermo Cabrera Infante en 1972.
Según el canon literario actual –es decir; según el canon del mercado literario- Joyce es un autor complejo, elitista, insoportablemente exigente. Según esos afortunados que consiguieron pasar de las cien primeras páginas del “Ulisses” (1922), Joyce es el cenit del estilo literario, el autor del texto más importante del siglo XX. Probablemente, y a la vista de que los autores que se decantan por el éxito en lugar de la literatura, acatando las normas decimonónicas –planteamiento, nudo y desenlace- Joyce seguirá ocupando por muchos años la cumbre de la narrativa contemporánea. Que James Joyce sea contemporáneo cien años después, no habla muy bien de los que estamos vivos.

Algunos –esperamos pasar de la media docena- de esos que se zamparon el ínclito mamotreto, nos vamos a reunir el próximo Jueves día 16 de junio a las 20 horas, en la taberna irlandesa “Hannigan & Sons” (C/ Cetti Meriem, a espaldas de “Granada 10”) para conversar con una pinta de cerveza en la mano y brindar gritando “Larga vida a Ulises”, “Larga vida a Joyce”. Seremos de esos a los que se llama ahora freaks o frikis, y a mucha honra. Nos quedaremos muy lejos de lo que estará pasando en Dublín, donde toda una ciudad estará de fiesta para celebrar ni más ni menos que un libro, el gran libro. El Bloomsday de Dublín, no puede compararse con ningún otro evento relacionado con la literatura. Ni las ferias de Franckfort o Guadalajara (Mexico), ni los torpes homenajes institucionales a poetas muertos que se suelen perpetrar por los cuatro puntos cardinales, llegarán nunca a la emoción y el cariño con que los dublineses inmortalizan a un gran escritor.
Otro irlandés de lujo, Samuel Beckett, desafiaba el talento de los escritores venideros con aquella enorme y mágica sentencia:
“Todo de antes, nada más jamás. Jamás probar, jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.”

martes, 8 de junio de 2010

DIARIOS DE CABEZADEPERRO

LARGA VIDA A ULYSSES

Como unos cuantos sabemos, el próximo día 16 de junio, se celebra en la ciudad de Dublín el Bloomsday, o dicho de otra forma, la fiesta en la que una capital culta y orgullosa de haber parido al hombre que resucitó a la literatura de su inevitable marasmo creativo, recrea el día en que se desarrolla la narración de la novela Ulysses, de James Joyce. Se tiene constancia de que escritores y lectores de todo el mundo han peregrinado alguna vez en sus vidas para tomar una pinta en el Pub Finnegans.
Nuestra intención no se detiene en rendir homenaje a Leopold Bloom, alter ego de Odyseo, heterónimo del mismo Joyce y reencarnación de Alonso Quijano; queremos reunirnos alrededor de unas cervezas para brindar una y otra vez por ese milagro inmortal que es la gran literatura. Una literatura que nada tiene que ver con los mamotretos góticos que se venden por toneladas en los supermercados. Una literatura que siempre agoniza pero que nunca acaba de palmarla. Es algo que se repetirá eternamente en todos los órdenes del arte, del verdadero arte. ¿Quién recuerda a día de hoy la canción del pasado verano? Y sin embargo, sabemos que en estos momentos, en algún lugar de la tierra se está interpretando la Novena Sinfonía de Beethoven. Por eso, cada vez que brindemos y gritemos Larga vida a Ulysses, estaremos entregando nuestras almas a aquellos grandes que nunca estuvieron en la lista de los más vendidos, a aquellos monstruos que cambiaron nuestra vida para siempre, a aquellos seres anómalos que lograron estirar el lenguaje literario un paso más en este país perfecto que es la República de las Letras.
Brindemos juntos en el Bloomsday por Joyce, y por Beckett, por Calvino, por Gombrowitz, por Walser, por Kafka, por Celan, por Musil, por Bukowski, por Goytisolo, por Heiner Müller, por…. todo aquello que nos hizo crecer en nuestra imaginación sin despreciar nuestra inteligencia.


Unos cuantos perturbados de la literatura celebran el Bloomsday (16 de junio de 2010) en el Hannigans & Sons II (Plaza Fortuni), a las 9,30, con una pinta de cerveza en la mano y alguna que otra utopía en la otra.

sábado, 8 de mayo de 2010

DIARIOS DE CABEZADEPERRO

PROHIBIDLO TODO

No me gustaría estar en la piel de aquellos que se ganan la vida, o parte de ella, escribiendo columnas de opinión semanal. Ellos cobran, yo no. Ahora bien; yo escribo cuando lo creo oportuno, eligiendo el tema sin la menor presión, sin la urgencia de tener que buscar una nueva idea para dentro de una semana, o incluso en algunos casos, para cada día. Cuando alguien se encuentra obligado a buscar un tema sobre el que escribir tiene necesariamente que caer –más temprano que tarde- en algún que otro disparate infundado, o en la elección de asuntos totalmente anodinos, faltos de entidad y de sustancia. Pues no, no me gustaría estar en la piel de los opinadores profesionales. No siento la menor inclinación por caer en la arrogancia del contertulio que opina de todo porque, aparentemente, conoce de todo. No necesito vivir con ese sempiterno riesgo de ponerme a sacarle punta a un tema insulso, ramplón, árido o frívolo. Dispongo de un tiempo exiguo y no tengo inclinación por perderlo.
Viene esto a raíz de esa cuestión que algunos políticos quieren elevar al parlamento europeo sobre el uso del hiyab que algunas mujeres musulmanas suelen llevar con sumo orgullo, con firme convicción de que lo usan libremente. Eso es muy cuestionable, pero no es el tema. El tema es que el debate político/periodístico ha abierto dos frentes dotados ambos de sobradas razones y extrema simplicidad en los planteamientos, cuando no de pura demagogia. Tenemos por una parte a los que aluden a la libertad de expresión para defender la “causa” de estos pañuelos. Unos pañuelos muy parecidos a los que nuestras abuelas llevaban permanentemente al salir de sus casas o al entrar en las iglesias. Unos pañuelos bastante menos rígidos que las tocas que usan las monjas europeas. No hablemos de aquellas otras religiosas que viven –ellas dirán que lo hacen libremente- recluidas en un convento de clausura. Enterradas en vida, que decían los viejos no hace mucho.
La otra postura –la contraria, por supuesto- propugna la prohibición de dicho uso, en nombre de la libertad y la igualdad. Resulta curioso el recurrente empleo de la palabra libertad, junto a la palabra prohibición. Es más, desde que España se llama a sí misma “estado de derecho” se han dictado cientos y miles de normas restrictivas de actividades no acordes con la opinión de los gobernantes. Se ha prohibido tanto que empieza a parecer estrambótico cuando un cargo político –sea del partido que sea- se pone hablar de libertad. ¿De qué hablan los gobernantes cuando hablan de libertad? ¿A qué se refieren cuando pronuncian tal palabra? ¿A la posibilidad de entrar en un supermercado y elegir entre este o aquel detergente? ¿O tal vez a la imposibilidad de poder elegir entre un piso de alquiler y un chalé adosado? ¿Qué quiere decir “libertad” en la boca de un político? ¿Se puede hablar de libertad prohibiendo tal o cual uso? O tal vez sea que todo esto provenga de un enorme desfase entre el derecho a la educación y las necesidades de los individuos. Nunca he creído en la maldad intrínseca del individuo: creo firmemente en que muchos de nuestros conciudadanos han sido privados del derecho fundamental a la educación. Si toda la sociedad ha eludido el compromiso por la educación, si el estado (que somos todos) se dedica a hacer experimentos con sus tontas leyes educativas ¿cómo esperamos que actúen los individuos que no han tenido la oportunidad de adquirir una mínima autodisciplina, un mínimo amor por el saber, un ligero atisbo de esa imprescindible necesidad de ponerse en el lugar de los demás?
Y lo que es más grave. ¿Qué resultado tendrá el hecho de prohibir el uso de un pañuelo en los lugares públicos? ¿Se conseguirá algo importante prohibiendo entrar a una menor en un colegio o forzándola a eliminar la cuestión simbólica de su cabeza? ¿Tendrán los profesores la oportunidad (o la fuerza moral) de mostrarle el significado de criterio propio, libertad, inteligencia, elección, opción, duda, cuestionamiento…?
Parece mentira que, después de tantos años de historia, no hayamos aprendido que todo lo que se prohíbe despierta una reacción contraria a la intencional. La prohibición multiplica el interés por lo prohibido. En los años sesenta, era de tal entidad la lista negra de libros prohibidos por el régimen nacionalcatólico que jóvenes y viejos traficaban literalmente con libros publicados en México, Argentina, Colombia, Francia, Italia, Estados Unidos…
La conclusión es obvia. Cuanto más se habla de prohibir, más jovencitas con hiyab se ven por las calles. Es más, se pierde el tiempo hablando de estar a favor o en contra de un simple pañuelo y no se habla de lo que significa la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, no se habla seriamente de eliminar todas las discriminaciones –incluso esa imbecilidad de la llamada discriminación positiva- porque todas la ellas son negativas, nefandas, torticeras y destrozavidas. Sepan ustedes que en estos momentos, ahora mismo, hay una persona inocente en algún calabozo español por obra y gracia de la discriminación positiva.
La reacción contra la prohibición es un mecanismo tan infalible, tan lógico que deberíamos pedir a nuestros intrépidos gobernantes que prohibieran la gran literatura, que sólo se permitiera la compraventa de los grandes éxitos comerciales, los best sellers, las viejas novelas de caballería de las que Cervantes hizo mofa creando así una obra de arte. Sí: que prohíban a Musil, a Gombrowitz, a Italo Calvino, a Kafka, a Borges, a Bolaño, a Walser, a Blecher, a Ayala, a Lorca, a Shakespeare, a Primo Levi, a Nietzche, a Jean Giono, a Bukowsky, a Joyce, a Beckett, a Moliere, a Ionesco, a Jarry, a Voltaire, a Arthur Miller, a DeLillo, a Faulkner, a Mann, a Hesse, a Melville, a Novalis. Que prohíban las Mil y una noches, los Cuentos de Canterbury, la puta vieja Celestina. Que prohíban de una vez a Cervantes. ¡Que lo prohíban ya!
Entonces, los adolescentes, en lugar de ir al obligado botellón, se dedicarán a traficar con libros de la lista negra, cuya lectura estaría penada con veinte latigazos por página. Habría tal trapicheo de libros –te cambio un Goytisolo por dos Kunderas- que empezaría a activarse una economía sumergida de enorme impacto social. Aparecería un mercado negro de libros prohibidos cuyo montante económico a nivel internacional superaría las cifras del dinero generado por la industria pornográfica. El interés por lo prohibido llevaría a más de un escritor a medrar ante las oficinas del Comité Nacional por la Censura Literaria para que sus libros fueran convenientemente prohibidos.
Sí, que nos prohíban a todos. Que prohíban todo lo bueno. Que proscriban lo que sea. Esa es la solución a este profundo estado de mediocridad en que nos estamos sumiendo.
© Gärt