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jueves, 20 de marzo de 2025

HAY ALGO EN LA LLUVIA

 


Hay algo en la lluvia que nos hace vulnerables, algo que nos incita a retornar a los territorios de la infancia, ya saben, ese instante tan efímero en que la existencia nos parece dotada de eternidad; aquellos charcos que estaban ahí para meter los zapatos, los amores prohibidos que ni uno mismo sería capaz de reconocer, las preguntas sin respuesta que flotaban en el aire.

Bajo la lluvia echo de menos ese acto de desobediencia que practicaba cuando iba al trabajo en bicicleta, esa dulce canallada de atravesar la plaza solitaria con la inercia de mis ruedas. No era difícil sentirse un privilegiado al deslizarse aún de noche por las calles casi vacías del centro de mi ciudad, provocando un revuelo de palomas a nuestro paso, canturreando como Tom Waits tras una larga noche de baladas y tragos, como si aún tuviera uno la capacidad de enamorarse, sin caer en la cuenta de que llevo más de veinte años conculcando los preceptos que marcan la existencia del buen obediente.

Quizá esa sensación de andar transgrediendo mandamientos sea lo que hace que la niñez vuelva a fluir por mi sangre, ese deseo de sacar la lengua a lo establecido, de multiplicar el silencio con otro silencio, de beberme las gotas de lluvia y sonreír sin motivo; quizá esa magia, digo, de cortar el aire con las delgadas ruedas del velocípedo, sea una excusa para sentir palpitar la vida dentro de mi pecho aunque también sea consciente de que la vida empezó hace tiempo su declive.

Hace más de veinte años, tal vez muchos más, que pedaleo alegre hacia la indigna servidumbre de la productividad, tan solo porque habrá que alimentarse para poder seguir escribiendo, y todavía siento que el pulso se me acelera cuando veo a los jóvenes subir a golpe de pedal la rampa de sus anhelos.

Y no dejo de preguntarme qué nos estará pasando para habernos dejado convencer de que la madurez consiste en dejar de soñar. ¿Nos habremos vuelto tan adocenados que confundimos la elegancia con la apariencia?

La vida es demasiado corta como para desperdiciar el tiempo. Lo dijo el gran Henry David Thoreau, y yo aquí lo repito: ¡como si se pudiera matar el tiempo sin dañar la eternidad!

miércoles, 13 de junio de 2012

LA DURA REALIDAD


Devuelto al lugar de origen después de una maravillosa semana en África –Ceuta, sin ir más lejos- tiene uno que enfrentarse a esa áspera realidad del día a día. Lo cotidiano suele hacer más daño que un cantazo en la quijotera. Pero es lo que hay. Y lo que hay es caerse de la cama aún de noche y pedalear hasta la oficina. Hasta ahí, todo bien, o más o menos bien, porque a día de hoy, lo de tener un trabajo donde se labora el doble que antes por menos salario, menos derechos, y más desprecio de los de siempre, parece todo un privilegio. Alguien tendrá que pagar la enorme deuda que se han currado los gerifaltes de los bancos. Ahora incluso con el aliciente de que esa deuda habrá que solventarla con el Banco Central Europeo.
Uno vuelve a casa, sabiéndose afortunado porque un día –ya muy lejano- se dejó de copas, de amiguetes y de televisión (esto último fue de todo menos un sacrificio) y se quemó las cejas empollando leyes durante más de dos años. El privilegio se enrarecía cuando veías que el resto de los sueldos duplicaban al tuyo, que más de uno te soltaba aquello de por esa miseria no me levanto a trabajar y, aún así, seguías madrugando a comerte los papeles que nadie quería tragarse. Hubo alguno que abandonó la función pública y pasó a mejor vida.
Pues sí, tengo que decir que soy un privilegiado. Tragar papeles y desprecio me ha dado la oportunidad de hacer esto que estoy haciendo. Ya lo digo Francisco Ayala:  si quieres ser escritor, búscate un trabajo decente. Puede que lo primero siga siendo una aspiración, pero lo segundo está fuera de toda duda: mi nómina es de una transparencia que al fisco no se le escapa ni una coma. ¿Puede todo el mundo decir lo mismo? No hace falta responder a esa pregunta; como decía Berlusconi, sólo los tontos pagamos unos impuestos que, al fin y al cabo, son calderilla que irá a parar a nuestros queridos bancos.
Quejarse es inútil. Tenemos lo que tenemos porque –tal vez- nos lo hemos merecido. Pero no es eso lo que hace más duro mi regreso a la realidad. No es la constancia de que el jamón serrano –del ibérico ni me acuerdo- se acabó para mí lo que me duele. Se trata de otra cosa, otra cosa que ya no tiene marcha atrás. Lo que me priva de la alegría de estar vivo es la ausencia de un ser querido con el que viví los doce años más hermosos de mi vida. El saber que ya nunca volveré  a acariciar la cabezota de mi perro es lo que me aleja de aspirar a algún instante de plenitud. Frente a eso, frente a lo irreversible, esas tribulaciones del día a día me parecen triviales, huecas e inconsistentes.
Y sin embargo hay que seguir. Más que nada porque no queda otro remedio.