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lunes, 9 de diciembre de 2024

LA VOZ AHOGADA

 

Mijail Bulgákov

Mijail Bulgákov, a quien los burócratas soviéticos prohibieron absolutamente todo lo referente a su oficio literario, escribió una carta de protesta a Stalin en los siguientes (y suicidas) términos:


Es mi deber como escritor luchar contra la censura, sea del tipo que sea la autoridad que la detente, así como realizar los llamamientos que fueran necesarios a favor de la libertad de prensa. Soy un entusiasta de esta libertad, y opino que un escritor que pretenda demostrar que puede pasar sin ella se asemejaría a un pez que asegura públicamente que puede pasar sin agua.


Sorprendententemente no fue fusilado ni enviado a un Gulag, y esto porque Stalin se había divertido durante una obra de teatro de Bulgákov. Eso sí, la publicación de su obra maestra El maestro y Margarita fue un terrible suplicio para su autor, pues los censores del régimen le hicieron la vida imposible, y solo pudo ver la luz (y burdamente censurada) veintiséis años después de su muerte. Treinta y tres años tras la muerte del autor, la obra vio la luz en su integridad.

La publicación de Lolita de Nabokov se convirtió en un calvario para su autor, tanto por las dificultades de encontrar editor, como por las torpes lecturas que sufrió y sigue sufriendo la novela. Nabokov recibió negativas de algunos editores en las que calificaban la obra de “repugnante” e incluso deseaban el patíbulo al autor. Todavía, a día de hoy, su lectura sigue siendo tergiversada por los guardianes de la moral que, a buen seguro, tendrán una vida privada impecable.

En la España del nacionalcatolicismo, el índice de libros prohibidos alcanzaba tal grosor que habría sido aconsejable redactarlo en papel de fumar. Esto, sin embargo, generó una actitud de tal ingenio en los creadores para esquivar el dedo acusador de los censores, que llegaron a aparecer verdaderos monumentos al doble sentido. Que Tiempo de silencio llegara a publicarse fue debido a la habilidad de Luis Martín Santos para despistar a los torpes lectores del régimen franquista.

Reinaldo Arenas se vio obligado a sacar a escondidas de Cuba sus manuscritos, gracias a la colaboración de unos amigos europeos. Aunque fuera reconocido por Lezama Lima como el gran poeta que fue, su vida se vio convertida en un infierno de persecuciones y abusos carcelarios, por el simple hecho de ser poeta y homosexual. Arenas escribió:

… Nadie le espió (a Carlos Marx) desde la acera de enfrente, mientras a sus anchas garrapateaba pliegos y más pliegos. Pudo incluso darse el lujo heroico de maquinar pausadamente contra el sistema imperante. Carlos Marx no conoció la retractación obligatoria, no tuvo que sospechar que su mejor amigo podía ser un policía.

Escapar de la persecución castrista fue para Arenas su tabla de salvación y su sentencia de muerte.

A raíz del estreno de la ópera Lady Macbeth, tal vez su mejor composición,  Stalin se ocupó personalmente de evitar que Shostakovich, quien vivía en permanente espera de ser deportado a Siberia, estrenara sus brillantes y originales partituras. La vida del músico estuvo permanentemente sojuzgada por el pánico.

Salman Rushdie recibió en 1989 la noticia de que había sido condenado a muerte por el Ayatolá Jomeiní, sentencia que podría ejecutar cualquier ciudadano musulmán del mundo. Desde entonces, la vida de Rushdie fue una constante huida de escondrijo en escondrijo, hasta que en 2022 fue acuchillado por un fanático islámico. El escritor salvó la vida de milagro, no así el ojo derecho. Y todo por escribir Los versos satánicos, novela de gran carga simbólica de la que, tanto el Ayatolá Jomeini como el atacante Hadi Matar (premonitorio apellido) no habían leído una sola página.

El éxito de lectores y lectoras de los folletines escritos por Donatien Alphonse François de Sade, no impidió que la “justicia” de la Francia revolucionaria lo internara en un psiquiátrico. Poco antes, cuando el pueblo de París culminaba la toma de la Bastilla, por aquel entonces una prisión del antiguo régimen, uno de los reclusos era el citado marqués de Sade. Se conoce que las fantasías eróticas del marqués no agradaban a monárquicos ni republicanos.

La primera obra de lo que hoy conocemos como literatura contemporánea se adelantó a su tiempo e iba a ver la luz en 1898. Ubú roi, de Alfred Jarry, apenas pudo estrenarse pues, al sonar la primera palabra, o más bien el primer grito, del texto ¡merdre! una parte del público prorrumpió en gritos de indignación e insultos al autor, desembocando en una batalla campal entre partidarios y detractores con lanzamientos de butacas incluidos.

Un grupo de ultrarreligiosos asaltó en 1984 y en el centro de Granada una representación callejera de la obra Demonis del grupo catalán Els comediants, impidiendo el acto y agrediendo a varios de los más de cinco mil espectadores que habían asistido a la función. Paradógicamente, uno de los agresores que caminaba tras un crucifijo, fue posteriormente elegido alcalde de la ciudad.

El cantante Javier Krahe fue vetado en los años noventa en varias televisiones y medios de prensa por escribir canciones y realizar cortos cinematográficos de carácter ateo, amén de componer un impecable alegato contra la torticera anexión de España a la OTAN. Los efectos de la censura en prensa y gobernantes (tanto de izquierda como de derecha) le duraron el resto de su vida a Krahe, que siguió cantando para su legión de fieles seguidores, en cafés, teatros independientes y tugurios de diversa índole y especie.

En los años cincuenta, los más destacados dibujantes de cómic del panorama español, crearon la revista independiente T.B.O. con la intención de escapar de las garras explotadoras del todopoderoso grupo editorial BRUGERA. Dichos editores se las apañaron para evitar que el T.B.O. consiguiera llegar a buena parte de los kioscos. La aventura independiente de aquellos dibujantes tuvo que sucumbir ante la imposibilidad de generar suficientes beneficios para sufragar los gastos. Hoy, un ejemplar original de aquel T.B.O. que en su día costaba una peseta con veinte céntimos, puede alcanzar un valor económico de varios miles de euros.

La llegada del Partido Nacional Socialista al poder en la Alemania de los años treinta y la posterior anexión de Austria, supuso la prohibición de muchos libros de autores austriacos entre los que se contaba Stefan Zweig. Sus libros formaron parte de las famosas piras que eran alimentadas con patriótico fervor por aquella panda de imbéciles vestidos con ridículos pantaloncitos y camisas pardas. Aunque el autor austriaco logró exiliarse a tiempo, ante lo que parecía el triunfo del fascismo en Europa y la extinción del mundo que él había amado y retratado con elegante prosa, tomó la decisión de suicidarse cuando se encontraba en Brasil. Previamente, había enviado por correo a su editor el manuscrito de su impresionante ensayo El mundo de ayer.

No hace mucho, una editorial británica publicó varios relatos de Roald Dahl, suprimiendo pasajes y cambiando expresiones que los editores consideraron políticamente incorrectos. La aparatosidad de los eufemismos con que sustituyeron las palabras del autor darían para unas risas si no fuera porque no son más que el preludio de algo mucho más siniestro.

Recientemente se alzan voces autorizadas que culpan a los cuentos de hadas de perpetuar a los constructos patriarcales y coadyuvar a la opresión sobre la mujer. Nadie parece recordar que aquellos cuentos ya eran políticamente incorrectos hasta que en el Siglo XIX fueron reescritos por los Grimm, Andersen o Perrault, adulterándolos para que los príncipes aparecieran como seres amables y las princesas como vírgenes pasivas que esperan la llegada de un guapo marido. Lo cierto es que en la época feudal, cuando surgieron los relatos del imaginario popular, esto era impensable, ya que los reyes simbolizaban la figura de una autoridad malvada que secuestraba a los jóvenes para llevarlos a morir a sus guerras particulares, y los señores feudales tenían derecho de pernada sobre las doncellas.

Las inquisiciones nunca han desaparecido de nuestra sociedad. A veces toman la forma de un poder tiránico, otras se invisten de túnicas sagradas, y otras son simplemente parte de una élite biempensante que mira con desprecio ese minúsculo tesoro que es la libertad de expresión, por la que tantos hombres y mujeres han perdido la vida o han acabado en la cárcel y el exilio.

No nos engañemos, a día de hoy, la censura ha vuelto a ejercer un poder asfixiante, omnímodo e ignorante. La censura nos dice lo que podemos o no decir, pensar o escribir, lo que debemos leer o escuchar, y lo que ha sido proscrito por el bien de unos ideales que, como todos los grandes sueños, han pasado de ser oprimidos a convertirse en despóticos opresores. 

Todas las revoluciones, a los diez minutos de triunfar, se convierten en reaccionarias.

Si aprendemos a leer Farenheit 451, y con esto me refiero al símbolo que subyace en su interior, comprenderemos que no son “los libros en general" lo que ha sido condenado a las llamas en la distopía de Ray Bradbury, es la LITERATURA en particular lo que ha sido proscrito, lo que incordia a los poderes y a buena parte de la sociedad.

Nunca hemos estado tan cerca de ver hecho realidad el relato de Bradbury como lo estamos ahora.




miércoles, 23 de marzo de 2016

PASIÓN


Te deseo toda, toda, toda, en las noches de invierno, porque a la manta eléctrica le falta la textura sutil de tu pijama de franela, y el precio de la corriente alterna se ha puesto por las nubes.

domingo, 30 de marzo de 2014

EL AMIGO INSUFRIBLE


Mi amigo es el del chaleco verde. El otro soy yo.
Tengo un amigo de plastilina con el que mantengo apasionadas conversaciones sobre trigonometría. El problema es que este año está haciendo un posgrado de derecho financiero y, se pone tan pedante, que me están entrando ganas de hacerlo una pelota y lanzarlo por la ventana. Me contengo porque sé que un trozo de plastilina con tanta formación podría matar a un viandante. Mucho me temo que, de ser así, el viandante muerto pondría una denuncia contra mi amigo de plastilina lo mandarían a la cárcel. Claro que, en el hipotético caso de que eso sucediera, mi amigo de plastilina no tendría mucha dificultad en deslizarse entre las rejas. A la gente de plastilina, si se les quiere privar de libertad, hay que meterlos en una caja fuerte.



sábado, 29 de marzo de 2014

EFECTOS SECUNDARIOS


Ayer me enamoré de una nube que tenía forma de delfín. Por una vez en mi vida logré vencer mi timidez y se lo dije. Le dije que era la nube más fascinante que había conocido jamás. El cumplido debió gustarle pues, de repente, se puso a llover sobre mí dejándome empapado. Mientras escribo estas líneas estoy pasando un catarro maravilloso.

martes, 17 de septiembre de 2013

VOGEL




Y yo seguí a aquella mujer sin apenas reparar en lo que estaba haciendo. Porque mi cuerpo parecía dejarse llevar por una irresistible fuerza magnética que anulaba cualquier atisbo de voluntad. Y el caso es que nunca llegué a ver el rostro de la misteriosa dama cuyos pasos se deslizaban como si apenas gravitaran sobre las aceras. Ni siquiera recuerdo si su pelo era rubio, moreno, castaño, rojizo, largo, corto, rizado u ondulado. Sólo puedo decir que sus largas piernas marcaban un cadencioso ritmo que me hizo perder la noción del tiempo. Y que su paso era tan amplio y firme que, por mucho que yo quisiera esforzarme en alcanzarla, no tuve otra alternativa que contemplar impotente cómo se me iba escapando.

Poco a poco la vi alejarse por bulevares y avenidas hasta que su estilizada figura pareció evaporarse ante mi perpleja mirada. Luego, derrotado por la implacable realidad, me detuve a medio camino entre la frustración y el desconcierto. No tardé en comprender que me había extraviado. Era como si la expansión del universo hubiera afectado súbitamente a este interminable laberinto que, tal vez por inercia, llamamos ciudad.

Comprenderá entonces, querido y respetado jefe, que no haya tenido otra opción que llegar al trabajo con tres horas y cuarenta minutos de retraso.







Nota del autor: El título "Vogel", es un término de la lengua alemana que se puede traducir por "pájaro" o "ave", pero que también puede evocar la cualidad de lo etéreo o lo ingrávido.

sábado, 26 de enero de 2013

COMPLICES


Las portadas de los periódicos –no todos- se hacen eco de las escandalosas cifras del desempleo. Son números; números que no incomodan a quienes los producen.

En las dos últimas legislaturas, con gobiernos –al parecer- de diferente decorado ideológico, se han perpetrado sendas reformas laborales. Esto se traduce, ni más ni menos, que en pérdidas de derechos por parte de la clase trabajadora.

Las matemáticas no mienten: después de cada reforma laboral ha habido escandalosos repuntes en el desempleo. Aun así, ambos desafueros siguen recibiendo alabanzas. Hay muchas formas de psicopatía, y la peor de ellas es la de los que se aferran a un sistema que produce muertos de hambre.

Pero los informativos se limitan a dar números. Millón arriba, millón abajo, los números nada significan si los que producen esos números no son capaces de ponerse en la piel de los seres humanos que hay detrás de las cifras.

Las cifras del paro parecen atender a lo visible, a los puestos de trabajo que se pierden en las factorías, en la construcción, en los servicios públicos, en las sucursales que se cierran cada vez que hay fusiones bancarias. Lo que sucede fuera de nuestro espejo urbano, no existe para el objetivo de las cámaras.

El desempleo se ceba con mucha más crudeza en el campo, que es, a fin de cuentas, el lugar de donde sale gran parte de nuestra comida, la comida de todos. A la insoportable situación económica se ha unido una temporada –la pasada- sin apenas precipitaciones. En las zonas olivareras de Andalucía, la producción de la última cosecha es una de las más escasas de los últimos decenios. El resultado es obvio: no hay trabajo.

Esa mano de obra indispensable para poder sostener la consabida dieta mediterránea se ve obligada a practicar una dieta mucho menos saludable: la dieta del ayuno involuntario.

Durante los años de la burbuja inmobiliaria, los jornaleros perdían el tren del enriquecimiento rápido que el ladrillo proporcionaba en otros lares. A lo más que aspiraban era a alcanzar una forma de vida digna, apartada de las comodidades urbanas y resignada a la austeridad, pero digna a fin de cuentas.

Hipócritamente vilipendiado por la burguesía más rancia, el campo ha seguido cubriendo nuestras necesidades básicas, a pesar de los abusos que han soportado esos mismos productores que, un año tras otro, han visto en las estanterías de los supermercados unos precios cuarenta veces superiores a los que ellos percibían de los intermediarios.

Hace unos días, en Carcabuey (Córdoba), los trabajadores del campo se encerraban en la sala de plenos de su ayuntamiento con la esperanza de ser escuchados. Los informativos apuntan el objetivo hacia otro lado y besan con devoción la mano que les da de comer. El año que viene, esos pudientes que desprecian a los trabajadores del campo, tendrán que aliñar las ventrescas y el jamón con aceite de importación. A ellos qué les importa que esas lejanas gentes de los olivares pasen apuros.

La vida de la mayor parte de los campesinos es dura. Eso es algo que ignoran aquellos que destinan buena parte de un dinero que no les pertenece a salvarles el patrimonio a los banqueros. Hay quien clama desde el foro que se corten las subvenciones al campo, pero no dice nada del restaurante del Congreso de los Diputados, donde sus señorías se dan el filete por tres euros y ochenta céntimos. Para sus señorías es indigno viajar en clase turista; ¿qué opinarían entonces de acudir al trabajo en el remolque de un tractor?   Y eso en el mejor de los casos, porque cuando no hay trabajo, el remolque del tractor es un milagro del cielo.

Los medios guardan silencio. Entretienen a los usuarios con cháchara y balompié. Lo malo del silencio es que tiene demasiados cómplices. 




sábado, 19 de enero de 2013

CONSPIRACIONES

El camino de la vida puede ser de todo menos perfecto. Tal vez por eso me cueste creer en ese tipo de casualidades que se confabulan para golpearte la moral.
La pasada navidad recibí un libro prestado de mi amiga Carmen García. Nada raro entre amigos, si no fuera porque aquella impresionante novela era nada menos que "Elegía" de Phillip Roth. Lo cierto es que esa historia sobre el declive de la vida me dejó el ánimo hecho fosfatina. Aún así la leí sin tregua, pero con todo el dolor de mi alma. Uno sabe que el cuerpo se oxida, y que, en el mejor de los casos, la mayoría acabaremos unidos a un cajón repleto de medicinas, y sin embargo no es fácil abrir los ojos y reconocerse avocado a la decrepitud. La vejez -decía la novela de Roth- no es una batalla: es una masacre.
La cosa no hubiera ido a más de no ser porque otra amiga, Rosario Gorostegui, tuvo a bien prestarme un libro de cuentos del escritor sueco Torgny Lindgren. El libro "Agua" recogia una buena compilación de relatos, el último de los cuales, "La escalera", describía con absoluto detalle, cómo un anciano sube el tramo de diecinueve peldaños que hay en la entrada de su casa. Aquella escalera no era ni más ni menos que el final de la vida. Cada escalón que el anciano subía era un paso más hacia la degradación y la muerte. El relato, por cierto, es absolutamente magistral.

Bien. Casualidades de la vida. O no.

Acabadas las entrañables fiestas navideñas. Me reuní con Carmen y otras dos amigas, Patricia y Sara, en un céntrico bar. Patricia nos mostró un libro que recogía la serie de fotografías que hizo Nicholas Nixon a las hermanas Brown (Beverly, Heather, Laurie y Mimi) desde 1975 hasta el presente. Todos los años, colocadas en el mismo orden, Beverly, la esposa del fotógrafo, y sus hermanas prestaron sus rostros para que Nixon recogiera el paso del tiempo. Yo había visto la exposición en Málaga -creo recordar que fue hacia el 2004- y luego en Granada en 2009. En ambas ocasiones tuve el mismo pensamiento: el transcurso de la vida puede ser hermoso pero también devastador.

Tanta casualidad empieza a mosquearme. 

Hace unos días, asistí a la proyección de la magnífica cinta de Michael Haneke "Amour". Una de las mejores películas que he visto en mi vida. El argumento es tan sencillo como áspero: Una pareja de ancianos comparte el último tramo de sus vidas en un piso parisino. Súbitamente, ella sufre una hemiplegia de evolución degenerativa. El hombre decide hacerse cargo de su cuidado en lugar de ingresarla en una residencia. A partir de ese momento, el espectador asiste, entre atónito y conmocionado a una lección de amor más allá de las palabras. Pero también hay algo mucho más prosaico: la vida no suele terminar en un camino de rosas. Lo más probable es que acabemos subiendo a gatas el último de los diecinueve peldaños.

Alguien me estaba tendiendo una trampa. Todo este torrente de realidad no puede haberme caido encima por pura casualidad.

La última me la busqué yo mismo. Ayer compré el "Cuento de Navidad de Auggie Wren" de Paul Auster. Auggie es el dependiente de un estanco de Brooklyn que todos los días fotografía la fachada del local desde el mismo punto. Lo primero que uno puede pensar es que el buen Auggie está repitiendo la misma imagen una y otra vez. Pero lo cierto es que cada fotografía es completamente distinta a la anterior. Cambian las luces, las personas que circulan por la acera, las estaciones, el clima, los años. Lo cierto es que Auggie -al igual que Nixon- estaba fotografíando el tiempo. Y en esas imágenes, donde se aprecian los cambios causados por el devenir, el tiempo transcurre muy deprisa. El tiempo es impío, no perdona, no tiene el menor atisbo de generosidad para con los mortales.

No todo va a ser llorar.

Al final del relato, Auggie cuenta a Paul Auster otro cuento. Un cuento dentro de otro cuento -a qué me recordará esto-, la historia de cómo consiguió la cámara con la que fotografía su tienda. Todo ello forma el material con que Waine Wang rodó hace unos años la película "Smoke".
Aquí os dejo el plano secuencia -uno de los mejores que he podido conocer- del relato. 
Espero que os guste.

martes, 15 de enero de 2013

TOMAS MORO



Reproduzco literalmente un fragmento de Tomás Moro, escrito hace 494 años:


"Así, cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas -¡Dios me perdone!- sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la república. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado que tales invenciones se lleven a efecto en beneficio de la comunidad, es decir, también de los pobres, enseguida se convierten en leyes."

No hay más comentarios.

domingo, 6 de enero de 2013

A PESAR DE TODO, FELIZ NAVIDAD

A pesar de las orgías de derroche -derroche de objetos inútiles, derroche eléctrico, derroche de tiempo, derroche de miseria-, a pesar de ese insoportable familiar que todos tenemos dentro, a pesar de los atracones -atacones de comer, atracones de beber, atracones de publicidad, atracones de estulticia, atracones de egoísmo- a pesar de la contagiosa melancolía de aquellos a los que quieres, a pesar de los mitos con burro y sin burro, a pesar de los trasnochados discursos reales, a pesar de tanta falta de afecto, a pesar de los pesares... no es tan mala la Navidad. 
Dicen que es una buena excusa para estar juntos, para el abrazo sincero, para ser amables los unos con los otros, para declarar treguas entre guerra y guerra, para desafinar democráticamente, para portarnos bien con el prójimo, para encender una chimenea o para apagar el ordenador y encender el sentimiento. 

Feliz Navidad porque se acaba... o tal vez porque por fin se acaba.

PD. No haríais mal en escuchar el clip de música. Jan Garbarek y The Hilliard Ensemble (Parce Mihi Domine, Cristobal de Morales)

domingo, 16 de diciembre de 2012

LA BICICLETA



Alfred Jarry en su bicicleta

“Cada vez que veo un adulto en bicicleta dejo de desesperarme por el futuro de la raza humana”
H.G.Wells

A veces –contadas veces- el editor acierta al encabezar una obra de compilación con un aforismo. En este caso, el aforismo de H.G. Wells es la guinda de ese maravilloso pastel denominado “Ubú en bicicleta”, (Ediciones Gallo Nero, 2012) dedicado a algunos de los mejores opúsculos de Alfred Jarry, padre de la patafísica, creador de Ubú Roi, y precursor de gran parte de las vanguardias literarias del siglo XX. 

La máquina de tracción humana, ese exoesqueleto que algunos reverenciamos frente a los malos humos, fue una de las pasiones que Jarry mantuvo a lo largo de su corta existencia hasta el punto de hacerla protagonista de algunas de sus creaciones literarias. Jarry es el tipo que pasea en bicicleta por París en esa fotografía que corona esta entrada, y que, por supuesto, nunca llegó a pagar. Ningún otro autor ha llegado a mimetizarse tanto con su propio personaje. No fue el único; su doctor Faustroll ha sido a su vez santo patrón de la ciencia patafísica moderna, una ciencia del absurdo que empieza a albergar más genialidades que la masonería.

Para algunos como un servidor, la bicicleta no es una máquina en sí, sino parte de un todo compuesto por el motor primario –el insustituible ser humano- y el exoesqueleto más generalizado de cuantos se puedan encontrar. Una bicicleta no genera más contaminación que la del propio aliento, sus piezas se pueden reciclar hasta el infinito, es el vehículo que pesa menos que el usuario, apenas ensucia el suelo por donde rueda, y coadyuva a liberar casi tantas endorfinas como la risa. Como decía Mario (Sancho Gracia) en la película “La bicicleta” de Sigfrid Moleón: en el coche enciendes la música; en la bicicleta, tú cantas.

Resulta bastante complicado matar a alguien atropellándolo con una bicicleta. Habría que pasar unas cuantas veces por encima de la víctima para dejarla bien muerta. Las cifras de los atropellos mortales tienen su campeón mundial: el automóvil. Uno se puede lesionar gravemente en un accidente ciclista pero, por lo general, ese tipo de accidente resulta mortal con la inestimable colaboración de un coche. La bicicleta no hace ruido. Una manifestación de tres mil ciclistas atraviesa la Gran Vía de Granada en diez minutos y no deja ni una octavilla en el suelo. 

 Si a esto le añadimos que la bici no consume combustibles fósiles, y que el que pedalea no paga el billete de autobús, llegaremos a la conclusión de que nos hallamos ante un artefacto altamente transgresor.

Será por eso que el Ayuntamiento de Granada “estudia” la posibilidad de prohibir la circulación de bicicletas por la arteria principal de la ciudad. Quizá a nuestros próceres les resulte peligroso que un elemento tan inocuo comparta espacios con otros vehículos, como de hecho lo hace en la mayor parte de las ciudades centroeuropeas donde el tráfico es más fluido por la sencilla razón de que hay menos automóviles. Cada día hay más de cien mil bicicletas en las calles de Berlín. No hablemos de Ámsterdam, Copenhague, Oxford, Barcelona, Helsinki, Praga, Estocolmo, Bruselas, Luxemburgo, Estrasburgo, Oslo, Ginebra… No sé si seguir con la lista o reconocer que nunca aspiraremos a superar un pensamiento rancio y provinciano basado únicamente en el interés económico.

El que ha tenido la suerte de enamorarse de esta bellísima máquina sin tubos de escape ni lujos innecesarios, sabrá ya que no es preciso recurrir al salto en paracaídas ni a las drogas de diseño para experimentar esa eufórica ingravidez que brota en las entrañas al deslizarse por calles, carreteras, pistas y caminos, por el simple placer de hacerlo. 

Cada día, siendo aún de noche, vuelo en mi bicicleta hacia la oficina donde intento ganarme la vida decentemente. No me importa que llueva o haga frío, que el camino se ponga cuesta arriba o que algún conductor amenace mi existencia. Supongo que ese es uno de los motivos por los cuales empiezo la mañana con una sonrisa en la cara. Suban a un autobús, métanse en un atasco a hora punta, y miren a su alrededor. Observen las caras de quienes les rodean y busquen un solo gesto de alegría. A lo mejor va ser verdad eso de que el carburador de un ciclista está en su propio corazón.

Tal vez pedalear no garantice ninguna comodidad. Es, incluso posible, que sea un ejercicio arriesgado. Siendo así convendrán conmigo que esta vida es ya de por sí lo bastante perra como para que, encima, le quitemos ese poco de emoción que le da sentido.


domingo, 9 de diciembre de 2012

EL TESORO DE OCCIDENTE



Todo aquello que se nos oculta de la mirada en los espacios que identifican la civilización es desvelado con impudicia a través de las ventanillas de los trenes. El trayecto del ferrocarril nos proporciona paisajes de todo tipo: desde la radiante belleza de las dehesas, hasta la sordidez de los suburbios. Nadie se ha ocupado de esconder esas toneladas de chatarra que se agolpan junto a las vías. Nadie limpia los arroyos de fango que discurren junto a la oruga mecánica.   Eso sería como esconder la verdad. En alguna parte habrá que apilar lo que ya no sirve.
Girones de plástico, lavadoras oxidadas, tresillos desvencijados, tubos de escape, ruedas de automóvil, fragmentos de alicatado, cascajo, ropa descolorida, teléfonos móviles, gallinas muertas, ordenadores, bolsas de la compra, bolsas de basura, minibolsas, bolsas gigantes, viejos televisores, sostenes potrosos, zapatos impares, maletas… el tesoro de una gran civilización. 
Si somos lo que producimos, mucho me temo que nuestra capacidad de generar despojos empieza a ser nuestro mayor patrimonio.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

UTOPÍAS DE ANDAR POR CASA


Pintura de Henri Michaux

Tomás Moro, inventor de la palabreja que da título a esta quisicosa, situaba su Utopía en una república insular en la cual la propiedad privada es un crimen. De tal premisa es obligado inferir que Proudhon y Marx plagiaban al santo inglés.  
La utopía de Stephenson se ubicaba en los territorios de la aventura, con todos los peligros que pudiera llevar aparejada. Algo parecido, pero con menos riesgos y más sicoanálisis, andaba en la mente de Barrie cuando urdió el país de Nunca Jamás. Michaux* la situaba en los reinos de la absurdez; espacios, por cierto, no tan apartados de nuestra viscosa realidad. Las gentes de fe confían en hallar un paraíso eterno más allá de la tumba aunque, curiosamente, teman a la muerte como todo hijo de vecina.
Pero esta fantasía inalcanzable no sólo alude a geografías quiméricas, sino también a ese tipo de entelequias que la mente formula a modo de delirio optimista. La utopía de un idealista tendrá la etiqueta de un mundo mejor, aunque siempre estuviera supeditado a la consiguiente pregunta: ¿para quienes habría de ser mejor ese mundo?
Afortunadamente existen utopías más cercanas, por más que la proximidad potencial no sea garantía de consecución. Pero ahí están esos sueños creativos del joven artista o de las criaturas de férrea voluntad, que suelen materializarse más tarde que temprano. La obstinación mueve más montañas que la fe, aunque una vez satisfecho el deseo, la ilusión se volatiliza como si de dinero público se tratase.
Aunque no siempre sean factibles, hay utopías de andar por casa, de las que se pueden intuir a la vuelta de la esquina. A priori podrían parecer poco ambiciosas, quizá por su apariencia asequible, aunque de hecho no siempre se alcanzan. Los hay –cada día somos más- que sueñan con llegar a fin de mes, y también los que anhelan un espacio común donde el mutuo respeto se respire como el aire. Y luego está esa Arcadia que muy pocos consiguen pero casi todos ansiamos: no trabajar. ¡Oh, acojonante! 
En mi caso particular la utopía es algo tan modesto –al menos en apariencia- como la posibilidad de abrir los ojos por la mañana y ver ante mí un rostro amado que, además, sepa decirme con sinceridad esas dos palabras mágicas que tanto me gustaría escuchar.




* “Viaje a Gran Garabaña”.  Uno tiene la suerte de disponer de las apasionadas traducciones del gran Miguel Arnas.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

DESPUÉS DE LA LLUVIA


Me gusta la lluvia.

Y no es por llevar la contraria.

Será porque no le encuentro tantos inconvenientes como ventajas. Nos quejamos del calor en verano, del frío en invierno y de la lluvia cuando cae... si es que cae. Pero apenas reparamos en la inmensa fortuna que tenemos al ser parte de todos esos cambios.

La lluvia significa volver a empezar, recubrirse de esperanza o acurrucarse bajo un edredón de plumas.

Uno, que ya ha dado algún que otro paso en el otoño de su vida, no deja de asombrarse al contemplar los deslumbrantes amarillos con que se coronan algunos árboles. Un asombro que se enciende y se extingue ante todo ese esplendor que es efímero por definición.

Me fascinan los días plomizos de otoño, el olor a tierra mojada, los embotellamientos de paraguas, el chapoteo de los zapatos sobre los charcos, el tintineo de las gotas en la ventana, el consomé caliente y los gruesos calcetines de lana. 

En los días lluviosos habría que congregarse en las tabernas y brindar con vino generoso e improvisar cancioncillas incorrectas y sonreír, sonreír a diestra y siniestra, e invitar a beber –el que pueda- y abrazarse con desaliño y dejarse engatusar por alguna sonrisa de esas que vuelan por su cuenta y sin destino. 

Pues sí; deberíamos celebrar la primera lluvia de otoño como se celebraban las fiestas paganas: saliendo a campo abierto y danzando ebrios hasta empaparnos, dejando, al menos por una vez, que el agua limpia se nos cuele por las rendijas del entendimiento y nos toque muy adentro, más allá de los poros del corazón.

Después de la lluvia, uno puede respirar algo parecido al aire, e incluso es posible acercarse a las ramas de un naranjo, extender el dedo índice y recoger una gota, esa perla inerte que suele quedar suspendida en el ápice de las hojas.

Ya habrá tiempo para las cegadoras luces y los interminables atardeceres del pardo agosto. Días quedan por delante para sentarse en las terrazas y mirar y admirar anatomías ajenas. Nunca faltarán ocasiones para abanicarse un sofoco y volver a echar de menos una buena tormenta, de las que suscitan plegarias a Santa Bárbara bendita. 

Me gusta la Lluvia porque, entre otras cosas, tiene nombre de mujer.

  Y no hablemos del arco iris.

lunes, 5 de noviembre de 2012

LOS PARAISOS PERDIDOS






Yo me crié dentro de un poema. Mi infancia era tan inerte que más de una vez dormí sobre los nenúfares. Me pasaba los días y las noches soñando. Si no hubiese sido así, creo que me hubiera vuelto loco. Lo que falsamente llamamos realidad no me interesaba, incluso me parecía una tortura: yo quería asomar los ojos en el reverso de las cosas, a la vuelta de todas las esquinas, al otro lado del horizonte.