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martes, 22 de octubre de 2013

EL PUENTE




El agua del lavabo de los bares de Praga sale siempre calentita.
Los tranvías circulan a toda velocidad por los puentes.
Las cervezas se sirven por pintas.
Todos los camareros hablan correctamente el inglés.
Los turistas aplauden a un reloj
La música sale de entre los adoquines.
La gente no grita en los bares
La copa de aguardiente se toma antes de la comida
La absenta arde como las puertas del infierno
La sonrisa es el estado natural de unos labios.
Los tiranos son lanzados por las ventanas.
La primavera es lo contrario de un tanque.
El tiempo del semáforo para un peatón dura menos que un suspiro.
Los pasos de Gregorio Samsa retumban en alguna calle solitaria.
Los perros han sido educados en los mejores colegios.

Por lo demás, quitando que todo es más hermoso, racional e inteligente que aquí; no hay mucha diferencia.

viernes, 20 de septiembre de 2013

PREFIGURACIÓN DEL APOCALIPSIS (SEGUNDA TROMPETA)


Durante la reciente conferencia del ilustre profesor y Premio Novel de Física Paradigmática, Arno Gardenius -invitado por la Cátedra de Estulticia Dramática- en el Aula Magna de nuestra ínclita Universidad, pudimos constatar que más de tres cuartas partes del alumnado asistente, invirtió el tiempo completo de la charla en el uso de dispositivos móviles, videoconsolas, tabletas, iPads, iPods y ordenadores portátiles, para diversos propósitos, ninguno de los cuales tenía nada que ver con el contenido de la ponencia sobre Paralipónenos y resultantes perentorias.
A lo largo de los cuarenta y cinco minutos que duró la disertación, elocuentemente pronunciada por el laureado científico, se escucharon más de setenta señales correspondientes a tonos telefónicos, alarmas, avisos de wassap, despertadores, disparos virtuales, músicas variadas, vibraciones y otras interferencias.
Por supuesto, el profesor Gardenius tuvo a bien finalizar su charla pidiendo disculpas a los asistentes por haber interrumpido tan cruciales quehaceres.

lunes, 2 de septiembre de 2013

LA PUERTA DE LOS ABISMOS


De nada sirvieron las advertencias de mi hermano. Él vino conmigo aquel día plomizo de otoño en que nos mostraron la casa. La casa era fría, nadie lo podía negar. Sin embargo, su precio era más que razonable. Bastaría con una reforma en profundidad para dejarla transformada en el hogar de mis sueños.
Poco me importaron las habladurías de los vecinos. Cuentos sobre familias que enfermaban por las bajas temperaturas de la casa. Historias de niños tísicos que murieron años atrás, quedando su espectro adherido a los cimientos de la casa. Vagas referencias a inquilinos que abandonaban el recinto después de una primera y última noche. Chismes propios de mentes ociosas.
Invertí todos mis ahorros en una reforma integral. Saneamiento de las instalaciones de agua y electricidad, aislamiento térmico en las paredes, ventanas de carpintería metálica con doble cierre, tarimas flotantes de madera y radiadores de última generación. La obra terminó en primavera. Liquidé mis deudas y corrí a instalarme una lánguida tarde de mayo. Calenté una infusión y salí a la terraza a contemplar el efímero crepúsculo. Cuando cerré la puerta tras de mí lo comprendí todo. No era cuestión de aislar la casa de la atmósfera exterior, porque lo de fuera nada influía en lo de dentro. El frío ya estaba en la casa, antes que la propia casa.

domingo, 31 de marzo de 2013

LA NARIZ


Uno de los placeres que más aprecio durante los días lluviosos consiste básicamente en sentarme frente a mi modesta biblioteca y perder la noción del tiempo -e incluso de la tosca realidad- mientras me sumerjo en la apasionada relectura de uno de esos libros que, hace décadas, dejó su impronta en mi destino. De vez en cuando observo de soslayo la lluvia a través de los cristales del balcón, e incluso me dejo vencer por el sueño, arropado por la manta de viaje que me acompaña en tan extáticas singladuras.
Esta semana santa, he gozado nuevamente de la edición que Italo Calvino preparó a modo de antología de la literatura fantástica breve del siglo XIX. En esta edición -ahora reeditada por Siruela en un solo volumen- no están todos los que son, sin embargo podríamos calificarla de esencial para el conocimiento iniciático de un género que, desde el periodo romántico hasta nuestros días, no ha parado de evolucionar.
Por enésima vez, he leído "La nariz" de Gógol; a mi juicio uno de los mejores relatos que he saboreado en mi escueta experiencia de apasionado lector. Todos venimos del Capote de Gógol, afirmó Dostoievski, en referencia a uno de los cuentos mejor trazados de la historia de la literatura. En principio "La nariz" no iba a pasar de ser una simple humorada del autor ucraniano, donde pretendía hacer mofa y escarnio de los altos funcionarios del imperio ruso. El asesor colegiado Kovaliov despierta una mañana -¡qué similitud con Gregorio Samsa!- y descubre que su nariz se ha esfumado. A partir de este momento, todo rastro con el realismo descarnado que lució en "El capote" y toda relación con la tradición decimonónica en cuanto a los esquemas argumentales, desaparecen en pos del puro absurdo. 
En efecto, la afirmación de Dostoievski era, ni más ni menos, que el sentido de la literatura, en cuanto a que todas las obras maestras son deudoras de una tradición que se remonta mucho antes de que los relatos comenzaran a escribirse. Igual que el arranque de "La nariz" de Gógol, recuerda al inicio de "La metamorfosis" de Kafka, la propia absurdez en que se envuelve el cuento de Gógol se deja caer en "Ubú rey" de Alfred Jarry. No imagino a Kafka sin el precedente del "Baltleby el escribiente" de Melville.
La literatura es un sistema de vasos comunicantes que van rebosando hasta derramarse en cadena, de manera que los líquidos de dos o más depósitos, penetran y se mixturan en un tercero, creando una nueva fórmula, a veces interesante y otras tantas desacertada.
En la misma antología que compiló el gran Calvino -no sabría precisar cuántas veces he leído "El barón rampante"- se encuadra el cuento de Jan Potocki "Historia del endemoniado Pacheco", extraído de ese otro mítico compendio de historias fantásticas conocido como "Manuscrito encontrado en Zaragoza". Pues bien, a ningún lector más o menos avispado se le escaparía que dicho compendio es heredero directo o indirecto de "Las mil noches y una noche", que ya por aquel entonces había traducido Galland al fracés, y cuyas versiones y reversiones circulaban por toda Europa. No me olvido, faltaría más, del "Decamerón" de Bocaccio, e incluso los "Cuentos de Canterbury" de Chaucer.
"La nariz" de Gógol, bajo una apariencia intrascendental, ha iluminado a gran parte de los escritores los siglos posteriores. Es lo que suele suceder con los grandes autores de relatos breves, dado que, a juzgar por la ingenua idea de que lo que se ha de leer debe tener forma de novela, pocos acaban cayendo en la cuenta de que el camino hacia la perfección narrativa raras veces se ha culminado con éxito y, cuando esto ha sucedido, siempre ha sido en forma de relato corto. 
Entre las veintiséis maravillas que componen esta edición de los CUENTOS FANTÁSTICOS DEL XIX, el lector tiene a su alcance a los genios ya mencionados, además de otras "bagatelas" salidas del numen de Hoffmann, Walter Scott, Poe, Balzac, Merimée, Andersen, Dickens, Turguéniev, L'Isle Adam, Maupassan, Bierce, Stévenson, Kipling, Wells... lo más granado de aquel siglo que nos regaló las utopías sociales más esperanzadoras, por más que los sueños tiendan con tanta facilidad a convertirse en pesadillas.

martes, 8 de mayo de 2012

LA EDAD DEL DESEO


Cruel abril de tardes que languidecen entre pardos bostezos. Estúpido renacer que serpentea por las alamedas como una brisa mórbida de hojas temblorosas.
Nostalgia de aquella arcadia que tan solo existió en mi deseo, un deseo inerte como la pupila de un ciervo disecado.
Cruel abril de golondrinas moribundas, de corazones ajados por un sueño estéril que se enredó entre las zarzas de mi cobardía.
Cruel abril que posaste tus alas de mariposa sobre unos labios que buscan y no encuentran.
Relámpago olvidado que alguna vez estremeció  unos muslos bajo las yemas de mis dedos.
Te quedaste dormido en un recodo del camino y ahora abres los ojos cuando ante ti sólo encuentras un páramo cubierto por la última nevada. 

Lo sé; me he puesto demasiado solemne.

domingo, 6 de noviembre de 2011

UN POCO DE NADA. HOUELLEBECQ: “EL MAPA Y EL TERRITORIO”



Soy uno de esos lectores que suele incurrir en una sensación contradictoria cada vez que lee a Houellebecq. No voy a discutir que hubo un momento en que tenía algo de esnobismo deslizar el nombre del polémico escritor francés en alguna tertulia de diletantes. Ahora ese recurso resulta completamente irrelevante. Lo que me sigue produciendo perplejidad es el grado de excelencia en que nuestros colegas franceses han colocado a un escritor que, después de darle muchas vueltas, retorna siempre a los mismos lugares comunes, regresa de manera torpe y predecible a unos planteamientos a priori interesantes que resuelve con soluciones simples. No se puede solucionar nada con simplicidad. La simplicidad, de hecho, fue el secreto del éxito del nacionalsocialismo. Nada tiene que ver el pensamiento de Houellebecq con aquel monstruo que plagió el bigote a Charlot. Houellebecq es un “intelectual” inequívocamente recalcitrante y acérrimo defensor de las virtudes del capitalismo, cuya visión de los fenómenos colaterales del sistema económico adolece de una curiosa falta de razonamiento. El autor francés no pierde ocasión de traer a colación el uso –lo ha hecho en varias novelas- de algunos barrios marginales de París, en los que algunos delincuentes aprovechan la parada de un coche en un semáforo, para reventar los cristales del mismo y asaltar a sus ocupantes. Algo totalmente verosímil, sobre todo cuando se repite tanto. No olvido aquella frase de Goebels “una mentira repetida muchas veces alcanza el status de verdad”. En este caso –el de la novela- estamos hablando de un hecho desgraciadamente frecuente en los arrabales de la gran ciudad. De lo que, casualmente, no nos habla Houellebecq es de las causas primarias de esa marginalidad. Quiero decir que, de la lectura de los libros de Houellebecq, uno acaba infiriendo que las personas que viven en la marginalidad han elegido nacer en ese estado. De tal manera resulta sospechosamente ingenuo el planteamiento sociopolítico del autor que más de una vez he creído estar asistiendo a una soberbia apología del ideario del actual inquilino del Palacio Elíseo.
Ahora bien, si por casualidad me fuera posible medir el peso del razonamiento de Houellebecq y confrontarlo al de Michel Onfray, llegaría a la conclusión de que el último divertimento novelístico en el que he invertido mi tiempo ha supuesto para mí una somera pérdida de energía. Así pues, mientras el pensamiento de Onfray es diáfano, complejo y arduo de rebatir, lo que hace Houellebecq es evitar deliberadamente toda referencia a aquello que le pueda echar por tierra su inviable castillo de arena. Onfray, por supuesto, no es novelista. Hablo de un filósofo, y de los grandes. Digamos que, el punto de vista analítico -en lo que a la coyuntura se refiere- de Onfray es diametralmente opuesto al de Houellebecq. Para ser más claros; en el momento histórico en que arranca “El mapa y el territorio” hay una tremenda crisis económica que tiene sus orígenes en un sistema que pondera la codicia por encima de cualquier otro valor. ¿Les suena? Para los defensores de la codicia, el mercado se sostiene por sí mismo, se gradúa por sí solo y soluciona automáticamente todos sus problemas. Es baladí decir que en estos últimos cuatro años el mercado no ha hecho más que hundir a la mayor parte del mundo en la miseria, mientras los adocenados de siempre se reparten dividendos. Y así las cosas, ¿cómo justifica Houellebecq la evolución de los mercados en esta crisis? Sencillamente no lo hace, se calla, repite esquemas de anteriores productos literarios, y vuelve a finalizar –ya lo hizo en “Las partículas elementales”- en un futuro hecho de pura especulación y (menos mal) esta vez no recurre a culpabilizar al Islam de todos los males de occidente.
Con todo, Houellebecq tiene su estilo. Algo escaso en recursos originales, pero estilo a fin de cuentas. Hay toques de maestría y alardes de ingenio que sorprenden al lector cuando menos se lo espera. Yo me quedo con la paradoja de ese silencio con el que el autor hace responder a una pregunta del protagonista. Sabemos la pregunta y las consecuencias de la respuesta, de manera que tenemos al menos la posibilidad de imaginar la respuesta. Como truco literario no está mal. Un poco de nada es, a veces, mucho.

martes, 13 de septiembre de 2011

ALTA SOCIEDAD



La Duquesa del Infantado, doña Maria de las Nieves Molinari, miraba a través de sus impertinentes al palco de los Condes de Palancares. El Conde de Palancares, don Andrés Adalberto Quirós y Pérez Pi de las Alpujarras, miraba de soslayo el generoso escote de su nuera, Petronila Cercedillas, quien no perdía detalle de la espléndida diadema que lucía la Baronesa del Tocón. La Baronesa del Tocón admiraba el ostentoso abanico de plumas de caribú de doña Fuencisla Rancaño, a la sazón viuda del Vizconde de Socuéllamos y estrábica desde la cuna, quien con el ojo derecho atendía el drama que se desarrollaba en el escenario, mientras que con el izquierdo escudriñaba cada gesto de la última amante de Emeterio Braojos, hijo primogénito de la marquesa de Los Alminares. A decir de las malas lenguas, la tal Amaranta Cijuela, mujer de nebulosa reputación, jamás llevaba ropa interior bajo aquellos vestidos de seda japonesa. ¡Ni tan siquiera una combinación! Y para colmo, era más que conocido el affaire que a su vez mantenía con el ínclito Mariscal Von Flüsse, laureado estratega y amante de reconocido prestigio. Pero eso de las amantes era tan solo una tapadera, porque en ese mismo instante, Emeterio Braojos acechaba con ardor al hijo imberbe de los Condes de Armilla –lo que se dice un efebo- mientras la señora Condesa, doña Maria de los Remedios Rivers, clavaba los prismáticos en la tercera fila del patio de butacas, donde el muy estólido de Cornelio Rabanal lloraba a moco tendido con el aria de soprano que la diva emérita, Aurora Padilla, destrozaba al final del tercer acto. Claro que también era posible que Cornelio llorase por culpa de los torpes gorgoritos que pergeñaba la Padilla con la tácita intención de humillar a Masenet. A todo esto, el Condeduque de Churriana dormitaba en su palco, y tan solo abría los ojos cuando la Condesa de Maracena le atizaba en el cogote con su estola de armiño. Desvió entonces la señora Condesa de Armilla sus impertinentes al palco de doña Ignacia Manuela Alcántara, marquesa de Las Albuñuelas, quien miraba a la platea donde era a su vez observada por la recientemente salida del convento, señorita Molinari, hija de la duquesa del Infantado.
¡Menuda desfachatez! -dijo entre dientes la señora Marquesa de las Albuñuelas cuando cayó en la cuenta de que su intimidad era literalmente violada por aquella presunta mojigata- ¿Es que ya nadie enseña modales a la juventud?

domingo, 7 de marzo de 2010

EL ALCANFORADO PERFUME DE LAS TOGAS

Decía nuestro añoradísimo don Plácido Fernández Viagas algo así como que con la mentalidad que tenían sus señorías en los primeros años de la democracia no se podía construir un estado de derecho. Hoy, aquellas togas de perfume alcanforado, no sólo siguen ahí, sino que además ocupan altos cargos del presunto poder judicial, y desde allí, orquestan o participan en la persecución y desprestigio de un ilustre compañero, el juez estrella por excelencia: don Baltasar Garzón Real. Lo de juez estrella, debe venirle porque, frente a la inacción de unos cuantos mediocres –los que ahora mismo se empeñan en hundir al jiennense- este magistrado estuvo implicado en los siguientes delitos:
1. Descabezar, encarcelar y hundir a los más ilustres capos del narcotráfico gallego.
2. Descabezar, encarcelar y hundir a los más sanguinarios capos de la mafia etarra.
3. Descabezar, encarcelar y hundir a unos cuantos corruptos de la política española, fueren del partido que fueren. Por supuesto no a todos. La mayoría de los políticos corruptos siguen luciendo sus trajes de seismil euros amparados por la impunidad que les otorgan sus jueces amigos.
4. Cursar una orden de extradición contra ese cándido abuelito, de nombre don Augusto Pinochet, que el estado español se ocupó de desbaratar mediante subterfugios poco menos que delirantes. En este caso tengo que decir que, como contribuyente, no me hubiera importado pagar mi parte del alojamiento carcelario de tan ilustre estadista.
5. Encausar a varios genocidas del cono sur americano. Que parece poco, pero que sin lugar a dudas ha sido el motivo de que ahora mismo estén siendo juzgados los asesinos de la peor calaña que pisan el suelo argentino. Esa frivolité de don Baltasar ha sido el detonante para reventar la vergonzosa Ley de la obediencia debida, que proporcionó a los torturadores la posibilidad de pasear alegremente por las calles de Buenos Aires, cruzarse con algunas de sus víctimas (los que aún sobreviven) y hasta reírse en sus aterrorizadas caras.
6. Abrir judicialmente el proceso que faltaba en la historia de España: el intento (tardío pero honorable) de hacer justicia sobre las decenas de miles de asesinatos que se practicaron impunemente durante la gloriosa, incontestable e imborrable presencia del nacionalcatolicismo.
En una fosa de Málaga, acaban de exhumarse 2.838 fusilados -un número anecdótico si no fuera porque hace algunos años cada uno de esos esqueletos tenía vida, amores y proyectos- que nunca tendrán derecho a la tutela judicial efectiva. Tengo que aclarar que sin ese principio, no existe estado de derecho, no hay democracia y todo lo demás son puras pamplinas. Sin una justicia independiente puede haber un remedo de democracia, e incluso una democracia light, descafeinada o sin el correspondiente colesterol, como es el caso, pero nunca un verdadero estado de derecho.
La persecución a Garzón evidencia dos realidades impropias de una nación que se llama a sí misma democrática: en primer lugar, hay un amplio sector en la judicatura y en la política española muy interesado en ocultar los episodios más violentos de la dictadura del general Franco. Alegan estos sectores que durante la contienda nacional hubo crímenes por parte de ambos bandos. Cierto. Pero una historia bien escrita debería hacer el recuento de atrocidades y mostrarlas a los estudiantes en los colegios, con el utópico objetivo de que nunca más se repitan. Una Historia con mayúsculas debe llamar a las cosas por su nombre, hablar de genocidio cuando el término sea verazmente comprobado. Lo que nunca podrán negar estos sectores de la derecha cavernaria es que en el recuento final de víctimas de uno y otro bando, el vencedor ganó por aplastante goleada.
En segundo lugar, y siguiendo con el mismo sector jurídico-político (que es lo mismo) se intenta –e incluso se consigue- cubrir de humo el último caso de corrupción política, la llamada trama Gürtel, planteando una paradoja que no podría resolver ni el mismísimo Einstein. El –presunto- promotor principal de la trama, Correa, se persona como acusación particular contra el magistrado que le ha dado alojamiento en ese sitio que algunos quisiéramos sirviera para reinsertar en la sociedad a los amigos de lo ajeno e incluso a los desposeídos de valores éticos. Correa acusa a Garzón de ordenar escuchas ilegales (aprobadas por el Ministerio Fiscal) mediante las cuales se destapa una red de corrupción que salpica a unos cuantos notables de la política española. Correa, ese miembro ejemplar de nuestra economía y nuestro progreso, puede y quiere inhabilitar a Garzón. Alucinante, ¿no creen?
A Garzón le buscan las cosquillas desde que ordenó archivar un procedimiento contra el Banco de Santander. Se dice que hubo intercambio de favores y que el juez solicitó financiación para los cursos en los que participó durante su año sabático. Pues resulta que esos fondos, según documentación certificada, fueron solicitados por el “Centro Rey Juan Carlos I” y no por el acusado. Y que, muy a pesar mío, la causa que se abrió contra el Banco de Santander carecía de fundamentación jurídica por los cuatro costados. Si es que, con la Ley Hipotecaria en la mano, la banca es prácticamente intratable. ¿Han leído ustedes el auto de archivo? Menester sería. Algún que otro jurista de reconocido prestigio opina que tal resolución es impecable.
A Garzón se le pueden reprochar unos cuantos errores, como aquel intento suyo de comprometerse políticamente, tal vez con buena intención, pero también con un exceso de protagonismo. Ahora bien ¿se le puede acusar de llamar a las cámaras de televisión para retransmitir sus entradas y salidas en la sede de la Audiencia Nacional? ¿Es él quien avisa a los telediarios para que se dé difusión a unas resoluciones que deben ser públicas por ley? ¿Hace Garzón el mismo uso de los micrófonos que Rajoy o Zapatero? ¿Acaso no es más cierto que con su persecución a todos los sectores corruptos de la clase política, él mismo se ha cerrado las puertas para presidir la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo, o el Constitucional? ¿Dónde está entonces su pretendida ambición?
Lo que toda esta cortina de humo pretende tapar es algo de una gravedad extrema. Lapidar –metafísicamente hablando- al juez Garzón es lo más parecido a reventar nuestro estado de derecho.
Estas togas perfumadas de alcanfor, elevadas sobre ese estrado que les separa del pueblo, se están quitando ese pedacito de ciudadanía que representa el Juez Garzón, y que, de sentarse como vocal en un órgano de gobierno, sería un verdadero incordio para sus encorsetadas señorías.
Y ahora, ya pueden insultarme a placer, o también pueden suscribir como otros tantos, todos los manifiestos de apoyo a don Baltasar Garzón Real, o sin ir más lejos, refrendar la candidatura de nuestro conciudadano al Premio Sajarov de la Cámara Europea, o tal vez celebrar y congratularse de que el estado alemán concediera el prestigioso galardón Hermann Kesten 2009, al denostado juez, por su defensa de los derechos humanos.
Yo me voy a quedar con esta imagen del juez Garzón: un niño rebelde que pedalea sobre su bicicleta en dirección contraria, en medio de esa avenida desvencijada y triste cuyo nombre es Administración de Injusticia.

lunes, 1 de marzo de 2010

Diarios de Cabezadeperro 4

RUIDO


Nos hemos acostumbrado a todo en este nuevo mundo, sin apenas darnos cuenta de que lo que hoy es nuevo, dentro de unos días se convertirá en puro deshecho. Ahora hay tantos tipos pintorescos que uno puede escandalizar a los demás a pesar de ser completamente mediocre. Nos hemos acostumbrado a la suciedad y las paredes descarnadas, a que esté normalizado ponerle Mélody a una chiquilla, a que todo sea tan kitsch que ya nada resulte chirriante.
Y no pasa nada. Nadie, aparte de algún que otro recalcitrante, protesta por lo que es más que evidente. Lo que hay es lo que hay, válgame la repugnancia.
Estamos tan acostumbrados al ruido que en seguida hay mentes lúcidas que se rasgan las vestiduras cuando la propietaria de un ruidoso bar es condenada a varios años de prisión. Esas mentes bienpensantes no se preocuparon de visitar a los vecinos afectados durante años y años por el ruido del populoso establecimiento. En estos momentos hay miles de afectados por el ruido imperante que han abandonado esas casas que pagaron con el sudor de su frente y se han marchado a otro lado. Mientras tanto, el típico marchoso del sacrosanto botellón opina al respecto con orgullosa risita: a joderse toca.
He tenido que cambiar de configuración mi propia casa. No puedo dormir en el dormitorio sino en un cuarto algo más aislado, aunque uno nunca se aísle del vecino de arriba, que suele ser un personaje que no atiende a razones, y que sólo reacciona cuando se le agarra de las solapas y le muestras los colmillos.
En nuestro amado país es común entre los individuos la incapacidad de colocarse en el lugar del prójimo. Nos da igual lo que sientan los demás, y nos importa una mierda el derecho al descanso del que trabaja y tiene que madrugar para ganarse la vida.
Todo eso tiene sus consecuencias. En cualquier sitio de Europa donde tengas un familiar o amigo, éste te confesará que los españoles somos conocidos por dos aspectos: somos paticortos y gritones -de nuestra falta de sensibilidad con los animales, ni hablamos- De este par de ¿tópicos? podemos encontrar razón en los escritos de Washington Irving durante su estancia en la España del S. XIX, que Gerald Brenan corrobora a principios del S. XX. Tampoco era necesario recurrir a los presuntos prejuicios de los intelectuales extranjeros; nos bastaba con haber leído a Larra para vernos tal y como somos. No es una teoría; basta con salir fuera de las batuecas y entrar en un museo, para comprobar que si hay alguien que desentona alzando la voz por encima de la media, será generalmente español o italiano.
Poco sabemos sobre el origen de tan ramplona costumbre –me refiero a la de generar más ruido del aconsejable- pero me imagino que puede estar en ese tipo de comentarista deportivo radiofónico que probablemente esté convencido de que, narrando la épica atlética a gritos, le va a dar más emoción a la cosa.
Chacotas aparte, lo más triste de la cuestión es que apenas conocemos nada del silencio; ni siquiera nos damos cuenta de la necesidad que tenemos de él. Nos da miedo el silencio, como si estuviese emparentado con la muerte, y no con el pensamiento, con los sueños. Porque necesitamos el silencio para soñar, para reflexionar y para recuperar nuestra capacidad de ser personas. Sin el silencio no podríamos escucharnos los unos a los otros, y lo más preocupante, sin el más absoluto de lo silencios, resultaría imposible dejarse llevar por la música a esos otros universos que permanecen latentes en el interior de nuestro espíritu.
Precisamos del silencio para vivir. Necesitamos incluirlo en la lista de prioridades para el primer día del resto de nuestras vidas.

lunes, 22 de febrero de 2010

Diarios de Cabezadeperro 3

¿Puede un poema contener al mismo tiempo la emoción más sublime y el más devastador de los dolores? ¿Existe una posibilidad, por muy remota que parezca, de pintar de un solo trazo toda la plenitud expresiva del hombre?
La respuesta es sencilla. El poema en forma de película llamado “El solista” contiene aquello que Shakespeare entendía sobre la condición humana: una mezcla inseparable de lo sublime y lo perverso, un campo de batalla para el inseparable matrimonio entre Eros y Tánatos.

Todo el dolor del mundo habita en la cabeza de un hombre dotado de un talento insólito, tocado por el destino para entender el espíritu de la música y ayudar a crear instantes de belleza irrepetible. Y junto con el don celestial del músico, inseparablemente unido a él: surge la esquizofrenia, las voces que reverberan en el interior del cerebro torturando una y otra vez, incansables e insomnes, al hombre que se suponía bendecido por la mano de dios.
Todo el dolor del mundo sobrevive en las calles más crueles de La Tierra de la Abundancia , al pie de los rascacielos, donde los dementes, los desposeídos y los condenados al olvido, pelean cada día por un trozo de acera donde dormir. En el inframundo de Los Angeles, nuestro genial esquizofrénico convive con enormes ratas y 90.000 habitantes de los sótanos del infierno, o lo que es lo mismo: en medio de la calle más perra de todas las putas calles.

Para muchos folicularios de gacetilla, “El solista” tendrá todas esas lacras que, siendo veraces, no son más que desajustes con su elevadísimo criterio o su gusto particular. Generalmente, este tipo de criaturas, amantes del adjetivo fácil y la espectacularidad digital, suelen tener dificultad para percibir lo sublime, aclimatados como están a las emociones rimbombantes y a la truculencia tridimensional. Por una parte es una verdadera desgracia que un crítico sea capaz de destrozar injustamente el enorme trabajo que significa poner en pie una buena película, pero por otro lado deberíamos felicitarnos porque estos personajillos sean incapaces de hacer cine. Para eso hay que tener talento.