sábado, 5 de octubre de 2013

EL ASTRONAUTA



Hubo un accidente. Caí a una piscina vacía y aterricé en el fondo con la cabeza. Estuve en coma varios días. Durante aquella lucha a vida o muerte yo me veía flotando entre las estrellas. Tenía apenas cinco años.

Cuando desperté ya no sentía aquella ingravidez. Sentía dolor de cabeza.

Recuerdo vagamente que alguien me ofreció el regalo que yo quisiera elegir. Sin pensarlo dos veces pedí un cohete. Quería subir a un cohete y volver a flotar entre las estrellas. Me trajeron un pequeño avioncito de juguete. Pero yo no quería ser piloto; yo quería ser astronauta. Quería ver el mundo desde fuera y contárselo a los demás. Quería sumergirme en el universo y experimentar esa vertiginosa ingravidez que me hace sentir insignificante.

Más tarde me olvidé de aquel capricho, perdí la ilusión por cualquier cosa y anduve centrado en la inútil pretensión de atrapar el instante. Leía libros, me emborrachaba de inmediatez y me dejaba llevar por los delirios ajenos. En otros términos: me hice adolescente.

Esta noche he vuelto a soñar que estaba a punto de subir a una nave que me llevaría a la luna. De alguna forma, nunca abandoné el sueño de ser astronauta. Siempre he sido lo que he soñado.

Aquella fue la primera razón por la que, años después, y de forma lenta y gradual, me hice escritor. 


"Todo ángel es terrible"  (Rainer Maria Rilke)






viernes, 20 de septiembre de 2013

PREFIGURACIÓN DEL APOCALIPSIS (SEGUNDA TROMPETA)


Durante la reciente conferencia del ilustre profesor y Premio Novel de Física Paradigmática, Arno Gardenius -invitado por la Cátedra de Estulticia Dramática- en el Aula Magna de nuestra ínclita Universidad, pudimos constatar que más de tres cuartas partes del alumnado asistente, invirtió el tiempo completo de la charla en el uso de dispositivos móviles, videoconsolas, tabletas, iPads, iPods y ordenadores portátiles, para diversos propósitos, ninguno de los cuales tenía nada que ver con el contenido de la ponencia sobre Paralipónenos y resultantes perentorias.
A lo largo de los cuarenta y cinco minutos que duró la disertación, elocuentemente pronunciada por el laureado científico, se escucharon más de setenta señales correspondientes a tonos telefónicos, alarmas, avisos de wassap, despertadores, disparos virtuales, músicas variadas, vibraciones y otras interferencias.
Por supuesto, el profesor Gardenius tuvo a bien finalizar su charla pidiendo disculpas a los asistentes por haber interrumpido tan cruciales quehaceres.

martes, 17 de septiembre de 2013

VOGEL




Y yo seguí a aquella mujer sin apenas reparar en lo que estaba haciendo. Porque mi cuerpo parecía dejarse llevar por una irresistible fuerza magnética que anulaba cualquier atisbo de voluntad. Y el caso es que nunca llegué a ver el rostro de la misteriosa dama cuyos pasos se deslizaban como si apenas gravitaran sobre las aceras. Ni siquiera recuerdo si su pelo era rubio, moreno, castaño, rojizo, largo, corto, rizado u ondulado. Sólo puedo decir que sus largas piernas marcaban un cadencioso ritmo que me hizo perder la noción del tiempo. Y que su paso era tan amplio y firme que, por mucho que yo quisiera esforzarme en alcanzarla, no tuve otra alternativa que contemplar impotente cómo se me iba escapando.

Poco a poco la vi alejarse por bulevares y avenidas hasta que su estilizada figura pareció evaporarse ante mi perpleja mirada. Luego, derrotado por la implacable realidad, me detuve a medio camino entre la frustración y el desconcierto. No tardé en comprender que me había extraviado. Era como si la expansión del universo hubiera afectado súbitamente a este interminable laberinto que, tal vez por inercia, llamamos ciudad.

Comprenderá entonces, querido y respetado jefe, que no haya tenido otra opción que llegar al trabajo con tres horas y cuarenta minutos de retraso.







Nota del autor: El título "Vogel", es un término de la lengua alemana que se puede traducir por "pájaro" o "ave", pero que también puede evocar la cualidad de lo etéreo o lo ingrávido.

domingo, 15 de septiembre de 2013

PREFIGURACIÓN DEL APOCALIPSIS (I)


Fui al Decathlon. ¿Por qué fui al Decathlon? Fui al Decathlon por ese apego que le tengo a mi estulticia. El subterfugio era una camiseta. O tal vez unos parches para la cámara de mi velocípedo. Da igual. Lo que yo quería era asistir en vivo y en directo al Apocalipsis. Así como lo digo: el Apocalipsis en toda su plena plenitud.
Caminar por los amplios corredores del Decathlon era como intentar evolucionar por el metro de Tokio en plena hora punta.
Era casi imposible acercarse a un estante sin chocar contra otro cliente. Ser pisado, empujado, petardeado y menospreciado, era parte indispensable de la visita.

Mocosos que tocaban sin cesar las bocinas de las bicicletas, una niña de unas siete primaveras que abroncaba a su contrito progenitor porque quería llevarse una tienda de campaña del tamaño de la Capilla Sixtina, una pareja de heptagenarios con obesidad mórbida que paseaba del brazo con la sana intención de contemplar lo que allí se cocía, un grupo de tiernos energúmenos que botaban y pateaban balones de reglamento, unas señoras que peleaban por el puesto en la cola del cajero, un empleado que realizaba demostraciones de cómo se ejercitan los bíceps braquiales con una goma fijada a una peana en el suelo, un opulento caballero que luchaba por embutirse en unos pantalones, un indolente adolescente que peleaba con su santa madre por la posesión de una bicicleta de gama alta con frenos de disco hidráulicos y cuadro de carbono, un grupo de quinceañeras que se hacían fotos con sus modernos móviles mientras desdoblaban forros polares que una estoica empleada volvía a doblar, una horda de gamberretes que desinflaban ruedas de bicicletas, un rubito muy mono de apenas tres años que berreaba por nosesabequé, un tío con más de treinta años haciendo malabarismos sobre una patineta... una masa amorfa, descontrolada y adicta a lo novedoso, que se entregaba libidinosamente a la orgía de comprar por comprar.
Y yo también.
No hubo parches ni camiseta. Penetrar en el codiciado probador costaba sangre, sudor y lágrimas. Tomé conciencia de la situación cuando había empezado a hiperventilar. Había que escapar con vida en medio del fragor de la batalla, y encontré una rendija no sin antes encajar un par de codazos en las costillas flotantes.
No tenía ni la menor idea de que hubiera tantos deportistas en una ciudad tan pequeña. Seguramente habrá que construir nuevos hospitales para atender las lesiones producidas por la práctica deportiva. 

 

jueves, 5 de septiembre de 2013

LAS LÍNEAS DE LA IMPOSTURA


Hay conflictos que poseen una naturaleza cimentada sobre la más aplastante de las lógicas. Son aquellos que se generan continuamente –casi de forma periódica- en esos espacios que, sobreviviendo a los fundamentos básicos de la razón, continúan marcando diferencias entre los seres humanos.
Pocas cosas son tan inútiles, ruines y evanescentes como los conflictos fronterizos. Y sin embargo, como bien demuestra el devenir histórico, las desavenencias nacidas como corolario de la existencia de las fronteras, poseen una constante palmaria: todas ellas son inevitables.
Resulta entonces patético contemplar como, tanto los medios de comunicación, como los personajes públicos, recurren al rasgado de vestiduras cuando “una oportunista mano negra” parece descorrer la cortina que oculta lo más despreciable del sentimiento humano. El conflicto fronterizo -a fuerza de ser artificial, estéril y reiterativo- está en la naturaleza misma de la frontera. Las fronteras son producto de la violencia. Ninguna línea imaginaria se traza en un mapa sin un claro precedente bélico. Las fronteras han servido a su vez para crear mezquinos sentimientos que tienden a identificar a los de dentro y excluir a los de fuera.
Todas ellas proceden del mismo imperativo histórico: el de aquellos tiranos de la antigüedad que derramaban la sangre de sus vasallos para anexionarse tierras vecinales. Por supuesto, no todos los vasallos acudían de buen grado al matadero para dar satisfacción al sátrapa de turno. Para solventar esta pequeña minucia se inventó el sentimiento nacional, el patriotismo o el nacionalismo: con la sana intención de convertir a los siervos en carne de cañón. Hoy sublimamos esas batallas (no todas) mediante fervorosos encuentros deportivos en los que el forofo, bandera en mano, se desgañita insultando al taimado rival.
Otro gallo nos cantaría si, antes de enarbolar banderas, nos detuviésemos a pensar en lo que eso significa. Que esa aparente necesidad de identificación en la masa, no se sustenta en el trillado proyecto común, sino en la terca idea de la superioridad sobre lo ajeno, inculcada desde la cuna y consagrada en los altares del amor patrio. La frontera, símbolo triunfante de la obsolescencia ideológica de nuestro mundo, es la expresión política de la violencia que habita en el corazón humano.
Así pues, ¿qué otra cosa que el conflicto puede surgir de las zonas nacidas y maduradas en el más puro conflicto? ¿A qué escandalizarse por la materialización de esas diferencias que hemos creado a golpe estupidez? ¿Qué podemos esperar de aquellas marcas que separan a familias que se desprecian mutuamente?
Siendo claro que las partes interesadas prosiguen en su contumaz empeño en desafiar lo razonable, digamos que una hipotética desaparición de esas líneas que surcan los mapas políticos, es algo así como una quimera inalcanzable.
Y lo que resulta más curioso: estando en una coyuntura internacional en la que los mercados marcan el ritmo de los Ejecutivos occidentales, ¿de qué hablamos cuando hablamos de soberanía?
A lo mejor va a resultar que todas estas tribulaciones veraniegas no son más que fuegos de artificio –que no llegan a la categoría de estrellas fugaces- concebidos para hacernos mirar a otro lado, para que la atención del respetable se desvíe de lo verdaderamente importante.