Hubo
un accidente. Caí a una piscina vacía y aterricé en el fondo con
la cabeza. Estuve en coma varios días. Durante aquella lucha a vida
o muerte yo me veía flotando entre las estrellas. Tenía apenas
cinco años.
Cuando
desperté ya no sentía aquella ingravidez. Sentía dolor de cabeza.
Recuerdo vagamente que alguien
me ofreció el regalo que yo quisiera elegir. Sin pensarlo dos veces
pedí un cohete. Quería subir a un cohete y volver a flotar entre
las estrellas. Me trajeron un pequeño avioncito de juguete. Pero yo
no quería ser piloto; yo quería ser astronauta. Quería ver el
mundo desde fuera y contárselo a los demás. Quería sumergirme en
el universo y experimentar esa vertiginosa ingravidez que me
hace sentir insignificante.
Más
tarde me olvidé de aquel capricho, perdí la ilusión por cualquier
cosa y anduve centrado en la inútil pretensión de atrapar el
instante. Leía libros, me emborrachaba de inmediatez y me dejaba
llevar por los delirios ajenos. En otros términos: me hice
adolescente.
Esta
noche he vuelto a soñar que estaba a punto de subir a una nave que me
llevaría a la luna. De alguna forma, nunca abandoné el sueño de
ser astronauta. Siempre he sido lo que he soñado.
Aquella
fue la primera razón por la que, años después, y de forma lenta y
gradual, me hice escritor.
Durante
la reciente conferencia del ilustre profesor y Premio Novel de Física
Paradigmática, Arno Gardenius -invitado por la Cátedra de
Estulticia Dramática- en el Aula Magna de nuestra ínclita
Universidad, pudimos constatar que más de tres cuartas partes del
alumnado asistente, invirtió el tiempo completo de la charla en el
uso de dispositivos móviles, videoconsolas, tabletas, iPads, iPods y
ordenadores portátiles, para diversos propósitos, ninguno de los
cuales tenía nada que ver con el contenido de la ponencia sobre
Paralipónenos y resultantes perentorias.
A lo largo de los cuarenta y cinco minutos que duró la disertación, elocuentemente pronunciada por el laureado científico,
se escucharon más de setenta señales correspondientes a tonos
telefónicos, alarmas, avisos de wassap, despertadores, disparos
virtuales, músicas variadas, vibraciones y otras interferencias.
Por supuesto, el profesor Gardenius tuvo a bien finalizar su charla
pidiendo disculpas a los asistentes por haber interrumpido tan
cruciales quehaceres.
Y
yo seguí a aquella mujer sin apenas reparar en lo que estaba
haciendo. Porque mi cuerpo parecía dejarse llevar por una
irresistible fuerza magnética que anulaba cualquier atisbo de
voluntad. Y el caso es que nunca llegué a ver el rostro de la
misteriosa dama cuyos pasos se deslizaban como si apenas gravitaran
sobre las aceras. Ni siquiera recuerdo si su pelo era rubio, moreno,
castaño, rojizo, largo, corto, rizado u ondulado. Sólo puedo decir
que sus largas piernas marcaban un cadencioso ritmo que me hizo
perder la noción del tiempo. Y que su paso era tan amplio y firme
que, por mucho que yo quisiera esforzarme en alcanzarla, no tuve otra
alternativa que contemplar impotente cómo se me iba escapando.
Poco
a poco la vi alejarse por bulevares y avenidas hasta que su estilizada figura
pareció evaporarse ante mi perpleja mirada. Luego, derrotado por la
implacable realidad, me detuve a medio camino entre la frustración y
el desconcierto. No tardé en comprender que me había extraviado.
Era como si la expansión del universo hubiera afectado súbitamente
a este interminable laberinto que, tal vez por inercia, llamamos
ciudad.
Comprenderá
entonces, querido y respetado jefe, que no haya tenido otra opción
que llegar al trabajo con tres horas y cuarenta minutos de retraso.
Nota del autor: El título "Vogel", es un término de la lengua alemana que se puede traducir por "pájaro" o "ave", pero que también puede evocar la cualidad de lo etéreo o lo ingrávido.
Fui
al Decathlon. ¿Por qué fui al Decathlon? Fui al Decathlon por ese
apego que le tengo a mi estulticia. El subterfugio era una camiseta.
O tal vez unos parches para la cámara de mi velocípedo. Da igual.
Lo que yo quería era asistir en vivo y en directo al Apocalipsis.
Así como lo digo: el Apocalipsis en toda su plena plenitud.
Caminar
por los amplios corredores del Decathlon era como intentar
evolucionar por el metro de Tokio en plena hora punta.
Era
casi imposible acercarse a un estante sin chocar contra otro cliente.
Ser pisado, empujado, petardeado y menospreciado, era parte
indispensable de la visita.
Mocosos
que tocaban sin cesar las bocinas de las bicicletas, una niña de unas
siete primaveras que abroncaba a su contrito progenitor porque
quería llevarse una tienda de campaña del tamaño de la Capilla
Sixtina, una pareja de heptagenarios con obesidad mórbida que
paseaba del brazo con la sana intención de contemplar lo que allí
se cocía, un grupo de tiernos energúmenos que botaban y pateaban
balones de reglamento, unas señoras que peleaban por el puesto en la
cola del cajero, un empleado que realizaba demostraciones de cómo se
ejercitan los bíceps braquiales con una goma fijada a una peana en
el suelo, un opulento caballero que luchaba por embutirse en unos
pantalones, un indolente adolescente que peleaba con su santa madre por la
posesión de una bicicleta de gama alta con frenos de disco
hidráulicos y cuadro de carbono, un grupo de quinceañeras que se
hacían fotos con sus modernos móviles mientras desdoblaban forros
polares que una estoica empleada volvía a doblar, una horda de
gamberretes que desinflaban ruedas de bicicletas, un rubito muy mono de apenas tres años que berreaba por nosesabequé, un tío con más de treinta años haciendo malabarismos sobre una patineta... una masa amorfa,
descontrolada y adicta a lo novedoso, que se entregaba
libidinosamente a la orgía de comprar por comprar.
Y
yo también.
No
hubo parches ni camiseta. Penetrar en el codiciado probador costaba
sangre, sudor y lágrimas. Tomé conciencia de la situación cuando
había empezado a hiperventilar. Había que escapar con vida en medio
del fragor de la batalla, y encontré una rendija no sin antes
encajar un par de codazos en las costillas flotantes.
No
tenía ni la menor idea de que hubiera tantos deportistas en una
ciudad tan pequeña. Seguramente habrá que construir nuevos hospitales para
atender las lesiones producidas por la práctica deportiva.
Hay conflictos que poseen una naturaleza cimentada
sobre la más aplastante de las lógicas. Son aquellos que se generan
continuamente –casi de forma periódica- en esos espacios que,
sobreviviendo a los fundamentos básicos de la razón, continúan
marcando diferencias entre los seres humanos.
Pocas cosas son tan inútiles,
ruines y evanescentes como los conflictos fronterizos. Y sin embargo,
como bien demuestra el devenir histórico, las desavenencias nacidas
como corolario de la existencia de las fronteras, poseen una
constante palmaria: todas ellas son inevitables.
Resulta entonces patético
contemplar como, tanto los medios de comunicación, como los
personajes públicos, recurren al rasgado de vestiduras cuando “una
oportunista mano negra” parece descorrer la cortina que oculta lo
más despreciable del sentimiento humano. El conflicto fronterizo -a
fuerza de ser artificial, estéril y reiterativo- está en la
naturaleza misma de la frontera. Las fronteras son producto de la
violencia. Ninguna línea imaginaria se traza en un mapa sin un claro
precedente bélico. Las fronteras han servido a su vez para crear
mezquinos sentimientos que tienden a identificar a los de dentro y
excluir a los de fuera.
Todas ellas proceden del mismo
imperativo histórico: el de aquellos tiranos de la antigüedad que
derramaban la sangre de sus vasallos para anexionarse tierras
vecinales. Por supuesto, no todos los vasallos acudían de buen grado
al matadero para dar satisfacción al sátrapa de turno. Para
solventar esta pequeña minucia se inventó el sentimiento nacional,
el patriotismo o el nacionalismo: con la sana intención de
convertir a los siervos en carne de cañón. Hoy sublimamos esas
batallas (no todas) mediante fervorosos encuentros deportivos en los
que el forofo, bandera en mano, se desgañita insultando al taimado
rival.
Otro gallo nos cantaría si, antes
de enarbolar banderas, nos detuviésemos a pensar en lo que eso
significa. Que esa aparente necesidad de identificación en la masa,
no se sustenta en el trillado proyecto común, sino en la terca idea
de la superioridad sobre lo ajeno, inculcada desde la cuna y
consagrada en los altares del amor patrio. La frontera, símbolo
triunfante de la obsolescencia ideológica de nuestro mundo, es la
expresión política de la violencia que habita en el corazón
humano.
Así pues, ¿qué otra cosa que el
conflicto puede surgir de las zonas nacidas y maduradas en el más
puro conflicto? ¿A qué escandalizarse por la materialización de
esas diferencias que hemos creado a golpe estupidez? ¿Qué podemos
esperar de aquellas marcas que separan a familias que se desprecian
mutuamente?
Siendo claro que las partes
interesadas prosiguen en su contumaz empeño en desafiar lo
razonable, digamos que una hipotética desaparición de esas líneas
que surcan los mapas políticos, es algo así como una quimera
inalcanzable.
Y lo que resulta más curioso:
estando en una coyuntura internacional en la que los mercados marcan
el ritmo de los Ejecutivos occidentales, ¿de qué hablamos cuando
hablamos de soberanía?
A lo mejor va a resultar que todas
estas tribulaciones veraniegas no son más que fuegos de artificio
–que no llegan a la categoría de estrellas fugaces- concebidos
para hacernos mirar a otro lado, para que la atención del respetable
se desvíe de lo verdaderamente importante.