domingo, 15 de septiembre de 2013

PREFIGURACIÓN DEL APOCALIPSIS (I)


Fui al Decathlon. ¿Por qué fui al Decathlon? Fui al Decathlon por ese apego que le tengo a mi estulticia. El subterfugio era una camiseta. O tal vez unos parches para la cámara de mi velocípedo. Da igual. Lo que yo quería era asistir en vivo y en directo al Apocalipsis. Así como lo digo: el Apocalipsis en toda su plena plenitud.
Caminar por los amplios corredores del Decathlon era como intentar evolucionar por el metro de Tokio en plena hora punta.
Era casi imposible acercarse a un estante sin chocar contra otro cliente. Ser pisado, empujado, petardeado y menospreciado, era parte indispensable de la visita.

Mocosos que tocaban sin cesar las bocinas de las bicicletas, una niña de unas siete primaveras que abroncaba a su contrito progenitor porque quería llevarse una tienda de campaña del tamaño de la Capilla Sixtina, una pareja de heptagenarios con obesidad mórbida que paseaba del brazo con la sana intención de contemplar lo que allí se cocía, un grupo de tiernos energúmenos que botaban y pateaban balones de reglamento, unas señoras que peleaban por el puesto en la cola del cajero, un empleado que realizaba demostraciones de cómo se ejercitan los bíceps braquiales con una goma fijada a una peana en el suelo, un opulento caballero que luchaba por embutirse en unos pantalones, un indolente adolescente que peleaba con su santa madre por la posesión de una bicicleta de gama alta con frenos de disco hidráulicos y cuadro de carbono, un grupo de quinceañeras que se hacían fotos con sus modernos móviles mientras desdoblaban forros polares que una estoica empleada volvía a doblar, una horda de gamberretes que desinflaban ruedas de bicicletas, un rubito muy mono de apenas tres años que berreaba por nosesabequé, un tío con más de treinta años haciendo malabarismos sobre una patineta... una masa amorfa, descontrolada y adicta a lo novedoso, que se entregaba libidinosamente a la orgía de comprar por comprar.
Y yo también.
No hubo parches ni camiseta. Penetrar en el codiciado probador costaba sangre, sudor y lágrimas. Tomé conciencia de la situación cuando había empezado a hiperventilar. Había que escapar con vida en medio del fragor de la batalla, y encontré una rendija no sin antes encajar un par de codazos en las costillas flotantes.
No tenía ni la menor idea de que hubiera tantos deportistas en una ciudad tan pequeña. Seguramente habrá que construir nuevos hospitales para atender las lesiones producidas por la práctica deportiva. 

 

jueves, 5 de septiembre de 2013

LAS LÍNEAS DE LA IMPOSTURA


Hay conflictos que poseen una naturaleza cimentada sobre la más aplastante de las lógicas. Son aquellos que se generan continuamente –casi de forma periódica- en esos espacios que, sobreviviendo a los fundamentos básicos de la razón, continúan marcando diferencias entre los seres humanos.
Pocas cosas son tan inútiles, ruines y evanescentes como los conflictos fronterizos. Y sin embargo, como bien demuestra el devenir histórico, las desavenencias nacidas como corolario de la existencia de las fronteras, poseen una constante palmaria: todas ellas son inevitables.
Resulta entonces patético contemplar como, tanto los medios de comunicación, como los personajes públicos, recurren al rasgado de vestiduras cuando “una oportunista mano negra” parece descorrer la cortina que oculta lo más despreciable del sentimiento humano. El conflicto fronterizo -a fuerza de ser artificial, estéril y reiterativo- está en la naturaleza misma de la frontera. Las fronteras son producto de la violencia. Ninguna línea imaginaria se traza en un mapa sin un claro precedente bélico. Las fronteras han servido a su vez para crear mezquinos sentimientos que tienden a identificar a los de dentro y excluir a los de fuera.
Todas ellas proceden del mismo imperativo histórico: el de aquellos tiranos de la antigüedad que derramaban la sangre de sus vasallos para anexionarse tierras vecinales. Por supuesto, no todos los vasallos acudían de buen grado al matadero para dar satisfacción al sátrapa de turno. Para solventar esta pequeña minucia se inventó el sentimiento nacional, el patriotismo o el nacionalismo: con la sana intención de convertir a los siervos en carne de cañón. Hoy sublimamos esas batallas (no todas) mediante fervorosos encuentros deportivos en los que el forofo, bandera en mano, se desgañita insultando al taimado rival.
Otro gallo nos cantaría si, antes de enarbolar banderas, nos detuviésemos a pensar en lo que eso significa. Que esa aparente necesidad de identificación en la masa, no se sustenta en el trillado proyecto común, sino en la terca idea de la superioridad sobre lo ajeno, inculcada desde la cuna y consagrada en los altares del amor patrio. La frontera, símbolo triunfante de la obsolescencia ideológica de nuestro mundo, es la expresión política de la violencia que habita en el corazón humano.
Así pues, ¿qué otra cosa que el conflicto puede surgir de las zonas nacidas y maduradas en el más puro conflicto? ¿A qué escandalizarse por la materialización de esas diferencias que hemos creado a golpe estupidez? ¿Qué podemos esperar de aquellas marcas que separan a familias que se desprecian mutuamente?
Siendo claro que las partes interesadas prosiguen en su contumaz empeño en desafiar lo razonable, digamos que una hipotética desaparición de esas líneas que surcan los mapas políticos, es algo así como una quimera inalcanzable.
Y lo que resulta más curioso: estando en una coyuntura internacional en la que los mercados marcan el ritmo de los Ejecutivos occidentales, ¿de qué hablamos cuando hablamos de soberanía?
A lo mejor va a resultar que todas estas tribulaciones veraniegas no son más que fuegos de artificio –que no llegan a la categoría de estrellas fugaces- concebidos para hacernos mirar a otro lado, para que la atención del respetable se desvíe de lo verdaderamente importante.

lunes, 2 de septiembre de 2013

LA PUERTA DE LOS ABISMOS


De nada sirvieron las advertencias de mi hermano. Él vino conmigo aquel día plomizo de otoño en que nos mostraron la casa. La casa era fría, nadie lo podía negar. Sin embargo, su precio era más que razonable. Bastaría con una reforma en profundidad para dejarla transformada en el hogar de mis sueños.
Poco me importaron las habladurías de los vecinos. Cuentos sobre familias que enfermaban por las bajas temperaturas de la casa. Historias de niños tísicos que murieron años atrás, quedando su espectro adherido a los cimientos de la casa. Vagas referencias a inquilinos que abandonaban el recinto después de una primera y última noche. Chismes propios de mentes ociosas.
Invertí todos mis ahorros en una reforma integral. Saneamiento de las instalaciones de agua y electricidad, aislamiento térmico en las paredes, ventanas de carpintería metálica con doble cierre, tarimas flotantes de madera y radiadores de última generación. La obra terminó en primavera. Liquidé mis deudas y corrí a instalarme una lánguida tarde de mayo. Calenté una infusión y salí a la terraza a contemplar el efímero crepúsculo. Cuando cerré la puerta tras de mí lo comprendí todo. No era cuestión de aislar la casa de la atmósfera exterior, porque lo de fuera nada influía en lo de dentro. El frío ya estaba en la casa, antes que la propia casa.

lunes, 15 de julio de 2013

LA CONJURA DE LOS NECIOS

Moderna versión del gran Ignatius J. Reilly

Se adelantó John Kennedy Toole a este siglo con su genial percepción de los imbéciles. Kennedy Toole construyó una magistral novela alrededor del impresentable Ignatius J. Reilly, un badulaque de manual, cuyo mayor mérito fue el atrapar al lector en sus estúpidas peripecias.
 Nadie, en cuanto a editoriales se refiere, hubiera dado un dolar por semejante disparate. Paradójicamente, la verdadera razón de los editores para rechazar el texto en su momento era que el autor de Louisiana acertaba de lleno en su retrato de la condición humana: la estolidez es más común que el más común de los sentidos. De hecho sucedió que Kennedy Toole, convencido de que había escrito un buen libro acabó sumido en la desesperación al no encontrar ningún editor que apostara por "La conjura de los necios" y, a la edad de treinta y siete años, se suicidó. Por unas casualidades, de esas que suceden entre un millón -o más bien por pura obstinación- su desconsolada madre logró cumplir el deseo del hijo fallecido en 1969 y encontró una pequeña editorial que publicó la novela en 1980. Un año después le fue concedido el Premio Pulitzer.
Lo que no imaginó ni por asomo Kennedy Toole es que, en los albores del siglo XXI, el mundo llegaría a estar en manos de mediocres e inútiles tan ridículos o más que Ignatius J. Reilly. Los necios son mucho más populares de lo que se había calculado tras la experiencia en la Alemania de los años treinta. Puede que los votantes nos identifiquemos con la mediocridad y la elevemos a los puestos de relieve. Por supuesto, no sucede así en todos los casos. Pero también es cierto que, por definición, la excelencia no abunda, y la mayoría de los lúcidos son despreciados precisamente por eso, por ser inteligentes.
Los tontos nos gobiernan, nos bajan los sueldos, nos suben los impuestos, nos dejan en paro, nos despojan de derechos esenciales, se ríen de nuestro sufrimiento y, en medio de un delirio de estulticia, se arrean unos generosos sobresueldos, aceptan regalos millonarios, reparten dividendos entre sus votantes y mandan al chofer en el coche oficial a comprar farlopa. ¿No será que estos submentales nos toman por tontos a los demás?
Guerrero: Un hombre del pueblo y para su pueblo
No es así. Estos mendrugos de las alturas son simples marionetas. Nos hacen creer que son los que mandan, cuando en realidad se limitan a ejecutar las desfachateces de sus acreedores. Esos sí que tienen cara de listo.
Estos irresponsables en los que alguien depositó la responsabilidad no son una excepción, no son producto de la generación espontánea: son el reflejo de un pueblo que siempre mostró excedentes de pillería, golfería, picaresca y mucha, mucha simpatía.

martes, 18 de junio de 2013

BLOOMSDAY 2013

Pues hubo Bloomsday en las (muy) afueras de Dublín. Ya va siendo costumbre que unos pocos nos reunamos en torno al 16 de junio, para celebrar el día en que se desarrolla la acción -y otras muchas cosas- de la novela "Ulises" de James Joyce.
Esta fotografía de la cabecera nos la envían, gracias a la intercesión de nuestro amigo Javier Lleida, desde la ciudad natal de Joyce, en respuesta a nuestra felicitación desde Granada. Se encuentran leyendo la citada novela en la torre Martello, lugar donde arranca el colosal relato de James Joyce.
Curiosamente, la ciudad de Dublín es el único lugar en el mundo donde se festeja oficialmente un libro. Cada 16 de junio ocurren en diferentes puntos de la capital irlandesa una serie de acontecimientos que rememoran la historia de Leopold Bloom y Stephen Dedalus.
Uno de ellos, quizá entre los más tradicionales, consiste en escenificar el velatorio y entierro de Paddy Dignam. Y en tan luctuosos episodios nos hemos inspirado este año para nuestro pequeño homenaje a la literatura de Joyce.
Paddy Dignam rodeado de sus deudos: Miguel Arnas, Ángel Olgoso, Rosario de Gorostegui, Luis Cerón, Celia Correa y Carmen García Tortosa
 Y allí, contritos, consternados y pesarosos -como puede apreciarse en sus rostros- los circunstantes, rindieron el último homenaje al bueno de Paddy y al padre que lo parió.
Lo de celebrar el Bloomsday es, a estas alturas de la vida, un ir contracorriente, que a la hora de la verdad nos sirve para verlas venir. El cadáver de Paddy es la historia de la literatura, que parece resistirse a morir pese a los continuos asesinatos a que es sometida.
Estar ahí, celebrando lo que el mundo ignora y desprecia, es nuestra forma de dar continuidad a la única manera que el ser humano tiene de vivir más de una vida.
¡Larga vida al muerto!