lunes, 2 de septiembre de 2013

LA PUERTA DE LOS ABISMOS


De nada sirvieron las advertencias de mi hermano. Él vino conmigo aquel día plomizo de otoño en que nos mostraron la casa. La casa era fría, nadie lo podía negar. Sin embargo, su precio era más que razonable. Bastaría con una reforma en profundidad para dejarla transformada en el hogar de mis sueños.
Poco me importaron las habladurías de los vecinos. Cuentos sobre familias que enfermaban por las bajas temperaturas de la casa. Historias de niños tísicos que murieron años atrás, quedando su espectro adherido a los cimientos de la casa. Vagas referencias a inquilinos que abandonaban el recinto después de una primera y última noche. Chismes propios de mentes ociosas.
Invertí todos mis ahorros en una reforma integral. Saneamiento de las instalaciones de agua y electricidad, aislamiento térmico en las paredes, ventanas de carpintería metálica con doble cierre, tarimas flotantes de madera y radiadores de última generación. La obra terminó en primavera. Liquidé mis deudas y corrí a instalarme una lánguida tarde de mayo. Calenté una infusión y salí a la terraza a contemplar el efímero crepúsculo. Cuando cerré la puerta tras de mí lo comprendí todo. No era cuestión de aislar la casa de la atmósfera exterior, porque lo de fuera nada influía en lo de dentro. El frío ya estaba en la casa, antes que la propia casa.

lunes, 15 de julio de 2013

LA CONJURA DE LOS NECIOS

Moderna versión del gran Ignatius J. Reilly

Se adelantó John Kennedy Toole a este siglo con su genial percepción de los imbéciles. Kennedy Toole construyó una magistral novela alrededor del impresentable Ignatius J. Reilly, un badulaque de manual, cuyo mayor mérito fue el atrapar al lector en sus estúpidas peripecias.
 Nadie, en cuanto a editoriales se refiere, hubiera dado un dolar por semejante disparate. Paradójicamente, la verdadera razón de los editores para rechazar el texto en su momento era que el autor de Louisiana acertaba de lleno en su retrato de la condición humana: la estolidez es más común que el más común de los sentidos. De hecho sucedió que Kennedy Toole, convencido de que había escrito un buen libro acabó sumido en la desesperación al no encontrar ningún editor que apostara por "La conjura de los necios" y, a la edad de treinta y siete años, se suicidó. Por unas casualidades, de esas que suceden entre un millón -o más bien por pura obstinación- su desconsolada madre logró cumplir el deseo del hijo fallecido en 1969 y encontró una pequeña editorial que publicó la novela en 1980. Un año después le fue concedido el Premio Pulitzer.
Lo que no imaginó ni por asomo Kennedy Toole es que, en los albores del siglo XXI, el mundo llegaría a estar en manos de mediocres e inútiles tan ridículos o más que Ignatius J. Reilly. Los necios son mucho más populares de lo que se había calculado tras la experiencia en la Alemania de los años treinta. Puede que los votantes nos identifiquemos con la mediocridad y la elevemos a los puestos de relieve. Por supuesto, no sucede así en todos los casos. Pero también es cierto que, por definición, la excelencia no abunda, y la mayoría de los lúcidos son despreciados precisamente por eso, por ser inteligentes.
Los tontos nos gobiernan, nos bajan los sueldos, nos suben los impuestos, nos dejan en paro, nos despojan de derechos esenciales, se ríen de nuestro sufrimiento y, en medio de un delirio de estulticia, se arrean unos generosos sobresueldos, aceptan regalos millonarios, reparten dividendos entre sus votantes y mandan al chofer en el coche oficial a comprar farlopa. ¿No será que estos submentales nos toman por tontos a los demás?
Guerrero: Un hombre del pueblo y para su pueblo
No es así. Estos mendrugos de las alturas son simples marionetas. Nos hacen creer que son los que mandan, cuando en realidad se limitan a ejecutar las desfachateces de sus acreedores. Esos sí que tienen cara de listo.
Estos irresponsables en los que alguien depositó la responsabilidad no son una excepción, no son producto de la generación espontánea: son el reflejo de un pueblo que siempre mostró excedentes de pillería, golfería, picaresca y mucha, mucha simpatía.

martes, 18 de junio de 2013

BLOOMSDAY 2013

Pues hubo Bloomsday en las (muy) afueras de Dublín. Ya va siendo costumbre que unos pocos nos reunamos en torno al 16 de junio, para celebrar el día en que se desarrolla la acción -y otras muchas cosas- de la novela "Ulises" de James Joyce.
Esta fotografía de la cabecera nos la envían, gracias a la intercesión de nuestro amigo Javier Lleida, desde la ciudad natal de Joyce, en respuesta a nuestra felicitación desde Granada. Se encuentran leyendo la citada novela en la torre Martello, lugar donde arranca el colosal relato de James Joyce.
Curiosamente, la ciudad de Dublín es el único lugar en el mundo donde se festeja oficialmente un libro. Cada 16 de junio ocurren en diferentes puntos de la capital irlandesa una serie de acontecimientos que rememoran la historia de Leopold Bloom y Stephen Dedalus.
Uno de ellos, quizá entre los más tradicionales, consiste en escenificar el velatorio y entierro de Paddy Dignam. Y en tan luctuosos episodios nos hemos inspirado este año para nuestro pequeño homenaje a la literatura de Joyce.
Paddy Dignam rodeado de sus deudos: Miguel Arnas, Ángel Olgoso, Rosario de Gorostegui, Luis Cerón, Celia Correa y Carmen García Tortosa
 Y allí, contritos, consternados y pesarosos -como puede apreciarse en sus rostros- los circunstantes, rindieron el último homenaje al bueno de Paddy y al padre que lo parió.
Lo de celebrar el Bloomsday es, a estas alturas de la vida, un ir contracorriente, que a la hora de la verdad nos sirve para verlas venir. El cadáver de Paddy es la historia de la literatura, que parece resistirse a morir pese a los continuos asesinatos a que es sometida.
Estar ahí, celebrando lo que el mundo ignora y desprecia, es nuestra forma de dar continuidad a la única manera que el ser humano tiene de vivir más de una vida.
¡Larga vida al muerto!

domingo, 2 de junio de 2013

DISCURSO PARA EL INSTITUTUM PATAPHISICUM GRANATENSIS


Ñoras, ñores:
Tras doce años de denodados esfuerzos -la mayor parte de ellos de índole crematística- he gozado del alto y enhiesto honor de ser admitido en el reputado Institutum Pataphisicum Granatensis.
Nada tendría de especial mi reciente cooptación sino fuera por las estrambóticas circunstancias que la rodean.
En primer lugar están los gastos extraordinarios para la "agilización" de los trámites administrativos, así como los "donativos" que me vi obligado a costear para despejar las dudas del Excmo. Rector Perezoso, Herr Engel Ólgössen. En total, he tenido que aflojar la nada desdeñable cifra de setenta y tres mil doscientos veinticuatro agapitercios, con cuarenta y ocho porrones.
Eso sin contar los gastos del ceremonial y alquiler del Palacio Real de Saint Pere Ubú, servicio de catering incluido. Redondeando al alza; otros doce mil agapitercios de vellón.
En segundo lugar, no tuve más remedio que hacerme cargo de la fianza de mi padrino Michael Palotín Arnikov Koroninski -veinticinco mil agapitercios, sobres de convicción aparte-, el cual se hallaba preso en las mazmorras del castillo de Saint Cucufat, en manos de catorce perversas huríes, por haber extraviado la insignia preceptiva del I.P.G. durante la última ceremonia de desocultación.
Ni que decir tiene que hubo que sacarlo a la fuerza, y que, para colmo de tribulaciones, las pérdidas de insignia entre los Sátrapas del I.P.G. empezaron a convertirse en una sospechosa moda.
En otro orden de quisicosas, y debido a la extensa ceremonia de cooptación -diez minutos- no hubo tiempo para el discurso de agradecimiento que llevaba preparado en el magín, y que finalizaba con un sutil poema de T. H. Agapito:"Camino de pinos/ camino de rosas./ Camino, camino/ camino me jodas". Dicha circunstancia no obsta para que no deje de congratularme conmigo mismo y con el resto del contubernio por haber recibido la alta y no menos enhiesta dignidad de Sátrapa Trascendente Regente de la Cátedra de Estulticia Dramática y Bufonería Recalcitrante. Datario Máximo de Velocipedia. Cuescomante Epistemológico y Administrador de la Comisión Agapitico-Kafkiana. Cargo, este último, que me obliga irremediablemente a afrontar los cuantiosos gastos burocráticos para impulsar la candidatura de mi maestro, padre espiritual y mentor, T.H. Agapito Trasconejo, a la dignidad de "Vicecurador Honorario Extraordinario" del I.P.G.
Dicha diligencia incluye los pertinentes sobres de convicción para los directivos del Frenopático de Villatripa, donde T.H. se encuentra recluido, a fin de "promover" el alta facultativa. Unos doscientos cincuenta y tres mil agapitercios.
En estos momentos me dirijo al Monte de Piedad donde empeñaré la Mont Blanc (made in Morocco) con la que escribo el presente borrador.
Extiendo la presente a la espera de vuestras aportaciones (siempre en sobres cerrados, por favor) a fin de sufragar tan onerosos imprevistos.

Eso haría un total de novecientos noventa y cinco mil agapitercios, incluidos mis honorarios, gastos de representación y dietas.

Patafísicamente vuestro.
Gärt

Granada a 14 de mierdra de l40, festividad de San Esfinter.

jueves, 16 de mayo de 2013

¿SECUNDARIOS?

Joseph Cotten

A mis incalificables amigos: 
Miguel Arnas, Carmen García y Ángel Olgoso. 


Hace años que un cierto dramaturgo, empedernido buscador de excepciones actorales, viene repitiendo una idea que ha llegado a obsesionarme: "No hay mayor obra de arte en el cine que un plano claroscuro del rostro de Joseph Cotten".
La idea tiene muchas segundas lecturas. Los que adoramos ese gran cine que se perdió, sabemos alguna cosilla acerca del mito de los actores secundarios. Joseph Cotten, uno de los pocos amigos personales de Orson Wells, tenía mucho más talento de lo que ahora tienen las llamadas estrellas de cine. Su sola mirada contenía tantas capacidades expresivas que, en una primera visión, se hubieran escapado a los más avispados.
Cotten era un actor de reparto. Un secundario, sin ánimo de ofender, tan humilde que ocupó ese sitio en carteles de películas que -sin lugar a discusión- había protagonizado. Cotten protagonizó "El tercer hombre", dirigida por Carol Reed, pero ocupó un lugar secundario tras Orson Wells, que no aparecía más de veinte minutos en toda la película.
Su técnica actoral era tan elegante que nadie supo nunca en qué consistía. Si cortáramos sus planos en "Ciudadano Kane", la cinta quedaría a la altura de un telefilm. Una sola mueca de Joseph Cotten albergaba más información que todos los aspavientos de Robert de Niro y Al Pacino juntos.
Christopher Plummer

Imagino que en aquella frase del enigmático dramaturgo, entraría también la larga sombra de Christopher Plummer. En este caso, algunos directores han sabido ver lo que hay que ver. Tal actitud les ha dado el placer y el lujo de verle protagonizar inolvidables películas.
Hace apenas unos instantes acabo de disfrutar una maravillosa versión de Sherlock Holms con el pelo rubio: "Asesinato por decreto", con Jack el Destripador como telón de fondo. En esta cinta de Robert Clark estrenada en 1979, con Christopher Plumer en la piel de Holmes y nada menos que James Mason encarnando al inefable Dr. Watson. Por cierto, uno de los mejores Watson de la historia cinematográfica de esta saga infinita. Lo digo porque quitando el de Ian Hart, en 2004, la mayor parte de las interpretaciones nos muestran al socio de Holmes deliberadamente torpe, como si con esa ingenua personalidad pretendieran dar más lustre a la astucia del célebre detective inglés. Una idea tan pueril como ineficaz.
Plummer, tiene a sus espaldas tantas interpretaciones brillantes, tanto en el cine como en el teatro, que el resto de los actores deberían dejarse de gaitas e inclinarse ante su genio. Fue el Capitán von Trapp, en "Sonrisas y lágrimas", Ruyard Kiplin en "El hombre que pudo reinar", a Tolstoi en "La última estación", dio brillo a "Beginners", encarnó a "Otelo" al "Rey Lear" y a "Mabeth" sobre las tablas y, de propina, "tan solo" ha recibido un Oscar y un Globo de Oro. Claro que, a estas alturas, lo de los premios es poco menos que circunstancial. Espero que, por lo menos, le hayan pagado lo pactado en los contratos.
Los años, lejos de derribar al galán de turno, curtieron a un actor que, pasados los ochenta inviernos, nos dejó de una pieza en "El imaginario del doctor Parnassus" de Terry Gylliam. Plummer, podría darle clases de interpretación a Tom Cruise, pero dudo que saliera algo de provechoso de un tipo que sólo sabe fruncir el ceño y apretar el gatillo de una pistola.
Ulrich Múhe

Aquel tipo silencioso, de miradas introspectivas, que espiaba "La vida de los otros" en la insoportable Alemania Oriental, era un actor alemán que dejó este mundo el 22 de julio de 2007, sin que apenas nadie recordara su nombre. Urich Mühe bordó uno de los papeles más impresionantes del cine de espionaje. Derribaba en dicha cinta el mito del maniqueismo, y daba una humanidad -contenida a modo de olla a presión- al villano, en uno de los grandes clásicos europeos. Bordó una sátira (un disparatado homenaje al sarcasmo cinematográfico de Lubitsh) sobre el nazismo en "Mein Führer", que se excede los límites de lo razonable. Pero ¿alguien recuerda su nombre? Tal vez sea mejor que nos acordemos de sus ojos atormentados, de una capacidad para hacernos penetrar en sus pensamientos que nadie podrá igualar.
Agustín González

Agustín González anduvo a la sombra de su amigo Fernando Fernán Gómez, hasta que éste le regaló uno de sus mejores protagonistas, el de "Las bicicletas son para el verano". Pero mi debilidad personal se inclina hacia el teatro, y nunca dejaré de recordar su increíble "Tartufo" para Estudio Uno.
El hecho de que Agustín González sea español nos da la posibilidad de recordar a este actor de reparto, genial y personalísimo, en filmes como "Así en el cielo como en la tierra", "Total", "Viaje a ninguna parte", "Plácido", "Belle epoque", "Atraco a las tres", "La escopeta nacional", "La colmena", "La marrana", "Todos a la cárcel", "Los santos inocentes" "La corte del Faraón", "La vaquilla"... por los siglos de los siglos. ¿Quién da más? Sus célebres curas, reaccionarios, absurdos, repúblicanos, fanfarrones, anarquistas, censores, hipócritas, complejos e inefables, sentaron cátedra hasta el punto de que algún director de casting, a la hora de buscarse un actor que clave un sacerdote, reniegue por la ausencia del artista madrileño. No recuerdo, por cierto, haberlo visto nunca investido de altas dignidades eclesiásticas.

Cuando oigo hablar del star sistem, de nosequé métodos y de lo ideales que son los modelos que visten las estrellas sobre la alfombra roja, cierro los ojos y recuerdo la penetrante mirada de Joseph Cotten.... en blanco y negro, por supuesto. 

No ser protagonista puede significar muchas cosas, y una de ellas es la posibilidad de bordar una diminuta, casi inapreciable, obra de arte. El verdadero arte no debería ser valorado por su tamaño, sino por la capacidad de causar emociones en el privilegiado espectador.

gärt