martes, 1 de noviembre de 2016

HOJAS DE OTOÑO


Sobre el rojizo despertar de cada otoño, gravita una amenaza evanescente que transforma mis pasos en un sordo crujido de hojas secas. Es la misma mano que despoja las ramas del abedul y reviste de sentido al terco calendario. El dilema sobrevuela este irreversible camino cuando tratamos de entender por qué la vida se renueva en primavera, mientras nos afanamos en reconocer nuestra imagen en el espejo.

miércoles, 19 de octubre de 2016

EL GRAN PAYASO



A pesar de la enorme admiración que siento por la obra y la personalidad de Francisco Ayala, tengo que reconocer que albergo mis matices con algunos aspectos de su (siempre lúcida) forma de pensar. 
No puedo dejar pasar aquel día en que un periodista preguntó al maestro su opinión sobre la concesión a Darío Fo de ese premio por el que tantos sabios venderían el alma al diablo. Ayala vino a decir que le parecía una frivolidad conceder el "gran" galardón a un payaso.
Hace unos días dejó de respirar el gran payaso de las letras; dejó por tanto de incordiar la mosca cojonera que a todos los poderosos incomodó con su vitriólico sentido del humor. Este ácrata irreverente que nunca se casó con nadie (excepto con Franca Rame) y que -predecesor del juez Garzón- se granjeó enemistades a diestra y siniestra, este modelo de bufón que se mofa del César en la mismísima cara del César (llámese Berlusconi, llámese Cosa Nostra, o llámese núcleo duro del Vaticano) y se queda tan pancho, este ateo practicante por la gracia de Dios, este Pepito Grillo que hostiga ferozmente la ausencia de ética estructural de la sociedad en su conjunto, este irreverente que reverenció a Francesco d’Assisi como nunca nadie lo había dignificado, era dueño de una escritura teatral cómica de ascendentes culteranos, deudora de un clasicismo que nace en Aristófanes, se orquesta en la Commedia dell'arte, se nutre en Moliere, bebe de Shakespeare y se escancia en Goldoni. Uf, que frasecita más larga. Tomen aire... y prosigan... si les interesa.
Dario Fo era, por supuesto, un payaso. Era un conferenciante con el que ningún espectador albergaba la menor esperanza de dar una cabezadita. Y así, mientras tantos escribidores recitan sus creaciones con la recalcitrante monotonía de un reloj de péndulo, Darío Fo era capaz de comunicar los complejísimos principios de la comedia haciendo que el tiempo dedicado a la carcajada ocupara más que el de sus propias palabras. 
Mientras sigan existiendo los abusones que se ríen en la cara del contribuyente, nos quedará el ingenio satírico del gran payaso para reírnos en la cara de los abusones. Eso, o esperar a que vuelva Robespierre, con todo lo que eso supondría. Ustedes eligen. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

DRÁCENA

Dracaena marginata



En un rincón del saloncito de mi casa tengo una hermosa drácena con dos troncos y un sin fin de hojas alargadas como cintas. Durante de los últimos años he ido comprobando que esta planta tiene una curiosa relación con la música. El caso es que suelo escuchar algunas piezas en mi viejo gramófono, cuyos altavoces no están muy alejados de la drácena y he podido constatar que mi exuberante compañera cambia de morfología. Pero lo más curioso es que no reacciona igual con todas las músicas que le invito a gozar. Si le pongo alguna obra de Händel, ella no tarda en presentar un aspecto grandilocuente, e incluso algo engreído. Por contra, con los nocturnos de Chopin se me torna algo mustia, como si hubiera perdido la alegría. Con Johann Sebastian no tarda en mostrarse trascendental elevando sus hojas hacia el infinito, mientras que al escuchar a Mozart, da la sensación de estar envuelta en el puro entusiasmo.
Pero he aquí que, si me siento al piano y acaricio con la debida delicadeza un arabesco de Debussy, toda ella se recubre en radiantes florecillas como explosiones de aromas inéditos y sonrosados colores.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

MANIFIESTO POR LA PROHIBICIÓN DE LA LITERATURA


Dado que -a decir de los agoreros- esa cosa tan extravagante que es leer Literatura tiene los días contados, los abajo firmantes elevamos nuestra voz en favor de la prohibición de la Literatura. Quede claro y patente que no nos referimos a los libros en general. Descartamos por tanto las novelas puramente argumentales, los llamados best sellers al peso y los libros de autoayuda, cocina, viajes, deportes y otras vicisitudes.

Entendemos que la Literatura no es un mero entretenimiento, ni un subterfugio a medio camino entre el terreno trillado y el lenguaje cinematográfico. El lenguaje literario, al igual que las fórmulas matemáticas de Ramanujan, es una búsqueda legítima del ser humano hacia la más singular de las bellezas. Una belleza destinada a la emoción intelectual de aquellos que se quieran tomar la molestia de buscar más allá del paisaje evidente.

Es un hecho contrastado que la Literatura existe para incomodar al pensamiento y alterar las fronteras imaginativas. Es, por tanto, un elemento subversivo y desequilibrador del orden establecido.

La Literatura incordia, crea inconformismo, suscita visiones subjetivas de la realidad y aparta a las ovejas del redil. Y además es fuente de estímulos y placeres altamente perniciosos para las almas cándidas.

Y es por eso que, como toda forma de transgresión, debe ser prohibida por las autoridades competentes o incompetentes, hasta el punto de que, toda edición, publicación o venta del producto literario, será inevitablemente marginada de las prácticas mercantiles regladas.

Sabemos que todo aquello que es prohibido, proscrito o ilegalizado, alcanza un morboso atractivo que nubla el sentido común e invita a delinquir. Pasó con el fruto prohibido, sucedió con los placeres carnales, está sucediendo con el tabaco y el cánabis, y no dejará de pasar con el botellón. Pasó, incluso, con Lolita de Nabokov, que a fuerza de prohibirse, fue leída hasta en el Vaticano. Cuanto más se prohíba una práctica, más se generaliza. El ser humano no está hecho para acatar restricciones.

Contamos con la posibilidad de que el mercado negro de grandes obras literarias se generalice. Un ejemplar clandestino de bolsillo de los sonetos de Shakespeare, alcanzaría un precio desorbitante en las reventas. Las novelas de Perec, Celine, Cortazar o Mann, correrían -bajo cuerda, eso sí- como la pólvora. Los cuentos de Poe, Ayala, Borges o Mrocek, pasarían a formar parte de la memoria colectiva de las generaciones venideras.

De todas maneras, abogamos por la prohibición de la Literatura, sabiendo que tal medida no tendrá consecuencias apocalípticas. El mercado de pirotecnia escrita seguirá produciendo grandes cifras y los de siempre seguirán haciendo lo que siempre han hecho: darle más vueltas a la nada.

Prohíban la Literatura, y de paso la filosofía. Tengo unos volúmenes de Shopenhauer que harían las delicias de los futuros adictos.





Fdo:



Miguel Arnas
Ludovico Clemenza

Ángel Olgoso
Paolo Remorini
Ignatius J. Reilly

Miguel Mochón de la Torre
Lola Cobaleda

Elisa Serna
Marina Tapia
T.H. Agapito
Sextercio Pírrico
Isidoro Capdepón
Porrón de Elea
Carmen García Tortosa
Cósimo Piovasco di Rondò

Jose Luis Gärtner

 "Porque la vida no basta". Álvaro Cunqueiro


miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA MEMORIA AFECTIVA



Reinaldo Jiménez entre la tierra y el mar
Hay recuerdos insignificantes que permanecen de manera indeleble en algún rincón de la memoria, como la luz que se enciende en el frigorífico al abrir la puerta y nos urge a elegir entre la escasez y la necesidad. De vez en cuando nos asalta la sensación de estar viviendo un déjà vu cuando un gesto o una palabra precisa suena como una música soñada. Pero también tenemos la capacidad de olvidar aquellos afectos que, en realidad, no lo fueron tanto, o que pasaron por nuestra percepción como estrellas fugaces.

Luego están esos recuerdos que, por su impronta emocional, forman parte de la persona hasta que deja de ser persona o se sume en la borrosa noche de las amnesias. Uno no debería olvidar a aquellos seres que una vez compartieron un espacio reservado a la sinceridad.

Sucedió ayer que, después de veinticinco años, tuve uno de esos reencuentros que hacen brotar cascadas infinitas de recuerdos y evocaciones. Hace ya veinticinco (fugaces) años que compartía mis primeros pasos en el complejo universo de la palabra escrita con mi amigo y compañero de universidad Reinaldo Jiménez. Éramos -y supongo que seguiremos siendo- dos buscadores de tesoros inmateriales que compartieron sueños comunes en unos años, los ochenta, de incertidumbres y desafíos. Nos unía, eso sí, una energía creativa a prueba de fracasos e infortunios.
La poesía de Reinaldo apuntaba entonces hacia una dimensión íntima que, por suerte para los que le admiramos, se ha ido perfilando a fuerza de empeño y grandes dosis de sensibilidad. 
Reinaldo Jiménez, viejo amigo recuperado -aunque no tan viejo como el que escribe- ha construido jardines en esas cosas terrenales que suelen pasar inadvertidas a otros tantos poetas y escritores. Diría incluso, que su vida y su poesía son y serán la misma cosa: una delicada huella entre la tierra y el mar que exhala amor por lo que a otros nos pudiera parecer  sencillo.