sábado, 29 de marzo de 2014

EFECTOS SECUNDARIOS


Ayer me enamoré de una nube que tenía forma de delfín. Por una vez en mi vida logré vencer mi timidez y se lo dije. Le dije que era la nube más fascinante que había conocido jamás. El cumplido debió gustarle pues, de repente, se puso a llover sobre mí dejándome empapado. Mientras escribo estas líneas estoy pasando un catarro maravilloso.

domingo, 23 de marzo de 2014

¡AÚN ESTOY VIVO!


He perdido la cuenta de las veces que he caminado hasta llegar a este árbol caído. Desde la primera vez que lo vi tuve claro lo importante que debería ser su ejemplo para mi propia existencia; pero también para la vida de todos los que tenemos la fortuna de estar vivos.
 La lluvia y el viento lo tumbaron un día, igual que los guantes del rival tumban al boxeador, dejándolo abatido para siempre. Pero la mitad de sus raíces siguen ahí, perforando la tierra que alimenta la mitad de su ser. Y así, la mitad de sus ramas, las que quedaron bajo el tronco, han muerto para siempre, mientras la otra mitad se eleva hacia el cielo como la música que se engendra en las entrañas y asciende y asciende igual que las pompas de jabón que cabalgan sobre el viento. 

Esas ramas vuelven a florecer todas las primaveras, como un estallido de luz que quisiera gritar a los cuatro vientos: ¡aún estoy vivo!
Estar vivo es aprender a ser derrotado, y volver a ponerse en pie, y luchar, y luchar sin tregua por seguir existiendo pese a que no siempre podamos ganar nuestras pequeñas batallas. Se puede vivir sin piernas, sin brazos, sin ojos e incluso sin apenas voluntad. Se vive por puro instinto, por una necesidad primaria; pero también somos lo que somos porque tenemos a nuestra disposición la posibilidad de engendrar belleza, emoción y bondad. Existimos, no solo para respirar, comer, beber y reproducirnos, sino también porque siempre habrá alguien que nos necesite.


La vida nos tumba y nos mutila por imperativo biológico. De cada uno de nosotros depende levantarse de nuevo y seguir peleando o dejar que pase la cuenta del knock out. 
El árbol caído seguirá dando lo mejor de sí mientras el ramaje que aún se aferra a la existencia siga floreciendo año tras año.

domingo, 16 de marzo de 2014

PANTALLESCENTES

Una de mis felices anomalías lleva por nombre Elisa y Serna por apellido. Creo que es una anomalía porque en un país donde los idiomas extranjeros son desconocidos por la inmensa mayoría de los súbditos, ella domina el inglés, que no es moco de pavo, y además trabaja en una tesis sobre la poeta jamaicana Opal Palmer Adisa.
Adelantándose a la siempre inefable Real Academia, Elisa Serna ha traducido un término anglosajón de nuevo cuño que define con ingenio esta nueva adicción por todo lo que tenga unos píxeles de más o de menos. La palabra screenager es una contracción entre screen (pantalla) y teenager (adolescente) que Elisa ha interpretado -creo que con acierto- como "pantallescente".
Por lo que uno ve cuando camina por los espacios públicos, la pantallescencia ha contagiado a la clientela mucho más allá de la edad del pavo.
Uno se pregunta si no será que el ser humano cae en la tentación de lo superfluo con demasiada facilidad; si nos están vendiendo un acceso a la realidad cuando lo que adquirimos es un dispositivo diseñado para apartarnos de lo que importa.
Gracias a esta tecnología virtual tenemos acceso a todas las fuentes de conocimiento y, sin embargo, utilizamos estos recursos para distanciarnos de la aventura del pensamiento libre.
Los tiempos cambian, es cierto, y nuestra existencia consiste, entre otras cosas, en adaptarnos a lo que va llegando y seguir resolviendo problemas. Y sin embargo, cada día voy echando más en falta esa rebeldía que, en otra época, fue el fulminante de los grandes avances sociales. 

Temía Albert Einstein la llegada de la era en la que la tecnología sobrepasara a la humanidad. No sé si ese momento es el actual, pero lo cierto es que no deja de ser curioso ver a individuos, parejas y grupos, dominados en cuerpo y alma por el telefonillo de última generación, que apenas prestan atención al ser humano que tienen a su lado. 
La soledad del individuo en medio de la masa se acentúa aún más cuando uno cree estar constantemente en comunicación con lo que no está presente. 
Por aquello de llevarle la contraria a todo el mundo, incluso a mí mismo, diré que hubiera preferido la calidez de una conversación cara a cara, a este frío y distante modo de expresar ideas. 

PS. Y no olviden mantener encendidos sus teléfonos móviles en cines, teatros, aulas y salas de concierto.






domingo, 2 de marzo de 2014

MÁS FLORES DE ALMENDRO


Mi madre, esa criatura que nos enseñó lo que significaba soñar, nos contaba que el más grande de los Omeyas, Abd al-Rahman III, mandó edificar una ciudad palatina de ensueño en honor a su concubina favorita, la granadina Azahara. A decir de las leyendas -las de mi madre, por supuesto- mientras se edificaba la medina en las faldas de Sierra Morena, el califa preguntó a su amada qué era aquello que más añoraba de su Elvira natal. Ella le dijo que todos los inviernos echaba en falta aquellas montañas, de nombre Sulayr, que se cubrían de un blanco manto de nieve. La nieve, ese frágil elemento en peligro de extinción, poseía para aquella pequeña mujer de grandes ojos, un embrujo evocador.

Un día soleado del invierno de 945, cuando por fin estuvo terminada la hermosa Madinat al-Zahra, ambos amantes fueron a contemplar las maravillas que habían concebido los mejores artistas del califato. Tanto los jardines de la medina como las montañas que la abrigaban habían sido cubiertos de almendros que, en aquellos días se hallaban en plena floración.

Dicen que una suave brisa que bajaba de la sierra, hizo que millones de pétalos blancos flotaran en el aire como una suave nevada, algunos de los cuales fueron a caer sobre el maravillado rostro de Azahara. 


A veces, leyenda e historia se mezclan y confunden como una gota de agua en un vaso de vino. A veces, incluso los poderosos sienten la necesidad de escribir poesía para dar rienda suelta al ser humano que ocultan bajo su coraza de soberbia.


Azahara no vivió muchos años más. Dejó tras de sí, un rey nostálgico y una obra tan bella como efímera. En el año 1010 de la era cristiana, Madinat al-Zahra fue incendiada y destruida a resultas de una guerra civil.


Cuando visité por primera vez las ruinas de aquella ciudad perdida, tuve que comunicar a mi madre que ya no existían los almendros que rodeaban la ciudad, y que la presión inmobiliaria empezaba a amenazar el paisaje de aquel depauperado vestigio de la grandeza humana.


Lo cierto es que, mil años después, volví a experimentar la sensación de ensueño que me inoculaban los relatos de mi madre. La magia que aún me sigue envolviendo cuando me dejo mecer por las divinas palabras de Sherezade, perfumaba la espléndida voz de aquella reencarnación de Azahara, llamada Kate Bush, cuyos ojos oscilaban entre la melancolía y la fascinación como el aleteo de una mariposa.



miércoles, 26 de febrero de 2014

LA FLOR DE ALMENDRO


Fue hace tanto tiempo que ya ni siquiera recuerdo su nombre. No podría precisar de qué color tenía los ojos; si era alta o baja, morena o rubia. Sólo sé que su pelo olía exactamente igual que huelen las flores de almendro. Su pelo poseía un perfume denso y vagamente dulce. Un aroma discreto y sensual capaz de encender mis mejores instintos y hacer que me temblaran las piernas.
Eso fue, como digo, hace tantos años que, a veces, he llegado a sospechar si no se trató de otra vida, o mejor aún, de otro de mis muchos sueños.
Desde entonces aguardo impaciente cada mes de febrero a que los almendros estallen como relámpagos en la noche y atraigan la vehemente danza de las abejas.
Este año -debe ser por las lluvias- me ha costado encontrar una flor que me hiciera evocar aquel deseo adolescente. Un deseo vívido y hermoso que se completaba en sí mismo, sin el impulso de buscar otras flores más carnales.
El viejo almendro de mi barrio, ya casi moribundo, apenas exhibió unas leves salpicaduras de nata en la copa. Los almendros de mi pueblo de adopción, se llenaron de colores blancos y rosáceos, pero con un aroma tan tenue que apenas era perceptible a corta distancia.
Salí entonces a pedalear por los olivares que rodean la demacrada ciudad donde habito, y encontré un joven ejemplar al borde del camino. Detuve el velocípedo -aun a riesgo de esnafrarme- en pleno descenso, y compartí por un instante el libar de unos cuantos insectos.
Allí volví a evocar -aunque siempre supe que todo instante es irrecuperable- aquel perfume del primer amor; aquella evanescente sensación que una vez le dio sentido al resto de mi vida.

Perdón por el arrebato cursilírico. No volverá a suceder... por el momento.