sábado, 28 de julio de 2012

DIGITÓMANOS



Cuando firmas un contrato de permanencia con un servidor de telefonía móvil, la compañía hace como si te regalara un magnífico celular, último modelo. Entonces, puedes echar la vista atrás, acordarte de aquel Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj de Julio Cortázar y hacer  un pequeño experimento.


Has tomado un fragmento de ese opúsculo, cambiando los sustantivos reloj  por móvil, y este sería el resultado:


Piensa en esto: cuando te regalan un móvil te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo como un bracito desesperado. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu móvil con los demás móviles. No te regalan un móvil, eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del móvil.


Lo terrible, lo más terrible, es que ellos sí lo saben.


Dejaremos que cada cual reflexione a su libre albedrío. Más que nada porque tengo el día un poco espeso. 

jueves, 12 de julio de 2012

UN INSTANTE DE MAGIA


Pocas veces en la vida tiene uno el privilegio de sentirse transportado fuera de sí mismo ante la contemplación de alguna forma de belleza capaz de arrebatarnos el alma y enviarnos fuera del ese lugar tan falaz al que llamamos realidad.  Lo extraordinario es extraordinario en cuanto que no sucede todos los días. Como suele suceder con la coyunda, que se va volviendo más extraordinaria a medida que pasan los lustros. Digo yo que será ese el motivo por el que los pocos instantes de plácida alienación a que tenemos acceso se nos quedan grabados durante el resto de nuestras vidas. Entonces, cuando eso sucede, más de uno ha asegurado sentirse poseído por el mismo síndrome que una vez describió Stendhal cuando se encontró completamente desubicado ante el atracón de esplendor que se dio en Florencia.

Digo esto porque hace unos días tuve la fortuna de estar en el lugar indicado y en el momento oportuno para poder ser parte del hipnótico poder de la Música. Fue el pasado 25 de junio, durante las primeras jornadas del FEX granadino, en el breve recital de flauta bansuri del maestro hindú Hariprasad Chaurasia. Describir con palabras la experiencia que unos quinientos privilegiados pudieron vivir durante la audición de las cuatro piezas del viejo flautista, sería lo más cercano a un sacrilegio. Sólo la experiencia en sí, una experiencia cercana a lo iniciático, podría acercar al escuchante a ese lugar fuera de todo lugar donde pudimos viajar –viajar es la palabra más acertada para expresar lo que sucedió en nuestras almas- los que estuvimos allí. Porque hubo momentos (no olvidemos que el ser humano es hijo del instante) en que más de uno perdió la noción de sí mismo y se dejó arrastrar por aquel embrujo hasta los remotos paisajes del Ganges, donde el agua se derrama sobre arrozales y el  perfume de las especias arrebata los sentidos, hasta el punto de confundir lo vivido con lo soñado. No era necesario haber estado nunca al sur de los Himalayas, para experimentar este hermoso e irrepetible delirio, subidos en la sensual nube de los sonidos que brotaban como fresca brisa de la sencilla flauta del viejo músico. Yo diría que fue la música de Hariprasad Chaurasia la que trajo ese céfiro del atardecer que descendía por el río Darro, suspendiendo por unos momentos la ola de calor que azotaba nuestra ciudad. Pues sucedió que, al poco de empezar el prodigioso concierto, todos los abanicos dejaron de moverse, y los perros del vecindario cesaron de ladrar. Sólo les hubiera faltado ponerse a aullar, como un coro de enamorados que entonan serenatas a la luna. Pero; ¿quién se hubiera atrevido a toser, aunque fuera levemente, cuando una estrella fugaz –demasiado fugaz, tal vez- estaba iluminando el cielo con sus remotos sonidos?

Porque aquella música sublime no había sido compuesta para ser escuchada, sino más bien para hacer sentir  emociones nunca antes experimentadas.

jueves, 21 de junio de 2012

PALABRAS MAYORES


Entre las muchas cosas que comparto con el Arnas –aparte del mal ejemplo que damos a las generaciones venideras- está lo de esa envidia (insana por supuesto) que experimentamos al embriagarnos con la filigrana con que Ángel Olgoso borda sus relatos. Supongo que a ambos nos da la sensación de que el muy camastrón no hace otra cosa en la vida aparte de tramar esas genealogías reconcentradas de sus cuentos, puliendo milimétricamente cada frase hasta alcanzar el ansiado diamante donde no falta ni sobra una sola molécula. Le envidiamos, sí, para qué vamos a engañarnos. Deberíamos detestarlo –que es lo que harían los buenos posmodernos- pero resulta que te pones a hablar con él y acabas comprendiendo que, aparte de regalarte una de esas conversaciones tan breves como exquisitas que suelen ocurrir una vez cada centuria, se revela completamente desposeído de todo afán de trascendencia; vamos, que se ha librado del pecado original que azota a este gremio, como la Virgen María se libró de las acechanzas del Maligno. Aludirá sin duda a su enconada timidez como un recurso vital, una forma de esquivar las tribulaciones que a todos nos depara la otredad. En algún momento de su vida, no sé cuándo, empezó a bromear sobre esa cualidad tan suya de ocultarse en su cubil imaginario y liberar la necesidad de compartir sus universos interiores por medio de las palabras escritas. Personalmente creo que ese talante nada tiene de pernicioso –él diría que más bien patológico- y que, muy al contrario, constituye una cualidad digna de panegírico. En estos tiempos dominados por el influjo de una pléyade diletante que recurre al espectáculo con redoble de tambor para conseguir el inane galardón de la notoriedad, la actitud de un escritor puro, plegado sobre los engranajes de una tortuosa máquina de languidecer me parece tan excepcional como las leyes de esa patafísica en la que Olgoso da rienda suelta al irrefrenable deseo de centrifugar que sacude a una materia gris incapaz de desconectarse, llegando a concebir títulos donde cabe toda la biografía –una biografía anodina- de su protagonista, a modo de los trailers cinematográficos donde te resumen tan bien la película que, lógicamente, ya no necesitas verla para enterarte de lo que va.
Una personalidad compleja, siempre dispuesta a la exploración en los subsuelos del fino humor y la recreación del absurdo vital, tiene su fiel reflejo en una escritura que navega en esas aguas donde confluyen los ríos de la ironía y el sarcasmo, entre el incesante asombro y la sonrisa cómplice. Porque la literatura que practica Olgoso nada tiene que ver con un paseo dominical, ya que no ha sido concebida a modo de un fácil entretenimiento, sino más bien como una forma de vida al margen de la vida misma. Ahora bien, una vez que el avezado lector ha caído en las redes de este adorador convicto y confeso de los dédalos kafkianos y las quimeras de Kubin, será atrapado entonces por el mismo hechizo del ciclista que ha probado los frenos de disco, y comprenderá que no está uno para conformarse con palabras menores, habiéndolas, como las hay, de esas que a uno le proporcionan una digestión casi tan larga como la del Dragón de Komodo.
Los cuentos de Ángel Olgoso han sido escritos para ser leídos y digeridos con el esmero de un amanuense, y no para pasar por el inútil tobogán del esparcimiento cual ristra de chorizos. No en vano lleva siendo fiel al relato desde hace un titipuchal de años. Y eso conlleva ciertas renuncias, pero también supone el pleno conocimiento de un oficio que le ha dado la oportunidad de visitar la perfección con una asiduidad que más de cuatro –un servidor entre ellos- quisieran para sí. Una perfección que sólo puede entenderse unida a un trabajo minucioso, una entrega nada común en los tiempos que corren, de la que resulta esa paradoja por la cual un relato de cinco renglones ha podido costar cientos de horas de escritura, reescritura y pulimento.
Afirma Fernando Valls que hay relatos que podrían convertirse en poemas de haber sido dispuestos en verso. Personalmente creo que esos relatos a los que hace referencia el profesor Valls son poesía sin necesidad de alteraciones estéticas. Bajo un alarde semántico, que rebosa de colorido y musicalidad,   que va mucho más allá de los esquemas argumentales al uso, permanece oculto –o más bien contenido- un torrente de emocionalidad existencial que se enreda en el hipocampo del lector como la hélice de una embarcación que navegara entre los sargazos que parapetan el fondo marino.
Es la propia literatura la que nos pide rebasar ese espejismo de la realidad, la que nos invita a sumergirnos en los líquenes del sueño, a reconocernos hijos del instante y, por tanto, merecedores de compartir nuestros demonios locales. Lo fantástico no es mera fabulación, es el encuentro con el más allá que habita dentro del hombre por el módico precio de un sueño revelado. Lo fantástico es el propio hombre.
Esa máquina que languidece bajo las lentes del microscopio olgosiano no es ninguna criatura de otra galaxia, como bien pudiera parecer dada la querencia por lo onírico de este navegante que alza su astrolabio sobre el horizonte marino sin perder el interés por las profundidades, sino que se trata más bien de una condición sine que non para la creación literaria: la condición humana.



miércoles, 13 de junio de 2012

LA DURA REALIDAD


Devuelto al lugar de origen después de una maravillosa semana en África –Ceuta, sin ir más lejos- tiene uno que enfrentarse a esa áspera realidad del día a día. Lo cotidiano suele hacer más daño que un cantazo en la quijotera. Pero es lo que hay. Y lo que hay es caerse de la cama aún de noche y pedalear hasta la oficina. Hasta ahí, todo bien, o más o menos bien, porque a día de hoy, lo de tener un trabajo donde se labora el doble que antes por menos salario, menos derechos, y más desprecio de los de siempre, parece todo un privilegio. Alguien tendrá que pagar la enorme deuda que se han currado los gerifaltes de los bancos. Ahora incluso con el aliciente de que esa deuda habrá que solventarla con el Banco Central Europeo.
Uno vuelve a casa, sabiéndose afortunado porque un día –ya muy lejano- se dejó de copas, de amiguetes y de televisión (esto último fue de todo menos un sacrificio) y se quemó las cejas empollando leyes durante más de dos años. El privilegio se enrarecía cuando veías que el resto de los sueldos duplicaban al tuyo, que más de uno te soltaba aquello de por esa miseria no me levanto a trabajar y, aún así, seguías madrugando a comerte los papeles que nadie quería tragarse. Hubo alguno que abandonó la función pública y pasó a mejor vida.
Pues sí, tengo que decir que soy un privilegiado. Tragar papeles y desprecio me ha dado la oportunidad de hacer esto que estoy haciendo. Ya lo digo Francisco Ayala:  si quieres ser escritor, búscate un trabajo decente. Puede que lo primero siga siendo una aspiración, pero lo segundo está fuera de toda duda: mi nómina es de una transparencia que al fisco no se le escapa ni una coma. ¿Puede todo el mundo decir lo mismo? No hace falta responder a esa pregunta; como decía Berlusconi, sólo los tontos pagamos unos impuestos que, al fin y al cabo, son calderilla que irá a parar a nuestros queridos bancos.
Quejarse es inútil. Tenemos lo que tenemos porque –tal vez- nos lo hemos merecido. Pero no es eso lo que hace más duro mi regreso a la realidad. No es la constancia de que el jamón serrano –del ibérico ni me acuerdo- se acabó para mí lo que me duele. Se trata de otra cosa, otra cosa que ya no tiene marcha atrás. Lo que me priva de la alegría de estar vivo es la ausencia de un ser querido con el que viví los doce años más hermosos de mi vida. El saber que ya nunca volveré  a acariciar la cabezota de mi perro es lo que me aleja de aspirar a algún instante de plenitud. Frente a eso, frente a lo irreversible, esas tribulaciones del día a día me parecen triviales, huecas e inconsistentes.
Y sin embargo hay que seguir. Más que nada porque no queda otro remedio.



martes, 29 de mayo de 2012

FELIZ NO CUMPLEAÑOS


A los cuarenta y ocho años subí en bicicleta aquella cuesta que no fui capaz de subir a los quince. Tardaré, eso sí, otros cuarenta y ocho años en recuperarme. Y ese es más tiempo del que tenía pensado vivir.
A los cuarenta y ocho años asumí que nunca más dormiría solo, y que todas las noches me acostaría con Sherezade; la que me adormece con esos cuentos que siempre empiezan con la misma frase: He llegado a saber, oh príncipe de los incrédulos, que hace mucho tiempo…
A los cuarenta y ocho años recordé por enésima vez que eso de madurar no es siempre para bien, y que nunca es tarde para hacerse más idiota. De hecho, uno siempre está a tiempo de hacer idioteces que antes creía impensables.
A los cuarenta y ocho años tuve que aceptar que nada dura tanto tiempo como para creer en algo eterno.
Hoy cumplo cuarenta y ocho años. No me siento especial. Ni más ni menos que otro día cualquiera. Tal vez deberíamos celebrar más esos días cualquiera. Tal vez deberíamos celebrar más el no cumpleaños.