"Antes -mucho antes del ahora-
todos eran iguales, hasta que apareció Eso.
Procuraban (otra cosa diferente es que lo consiguieran) no parecerse
al de al lado, por aquello de evitar sumirse en una triste parodia.
Después de Eso, unos
empezaron a ser menos iguales que otros. No era cuestión de
originalidad sino, más bien, de un estado generalizado de
antipatía."
jueves, 26 de mayo de 2016
martes, 24 de mayo de 2016
DE INVASIONES Y DESCEREBRAMIENTOS PROTOCOLARIOS
De todos es sabido que no todas las invasiones bárbaras se han
practicado con la cruenta barbarie que debería caracterizarlas.
Frente a las ocupaciones con el arma en ristre y los pendones al
viento, existen otras más calculadas -y muchísimo más sibilinas-
que, de a poco a poco, al puro merme, han llegado a hacerse con el
control y la soberanía de predios ajenos, ante la parsimoniosa
aquiescencia de los lugareños, ingenuos ellos.
Así, en el polo opuesto a la ocupación de Polonia por las palotinescas tropas del tercer reich, al son de la wagneriana Cabalgata
de las Walkirias, existen otras formas de prácticas incursivas cuya
eficacia se ha revelado insólitamente efectiva para el contingente
invasor.
Pongamos por ejemplo la triple invasión por parte de
mercancías, empresas y habitantes que, desde la República Popular
China se viene practicando lenta pero inexorablemente a lo largo y ancho del mapamundi de Torrelodones desde hace ya
unas décadas. A día de hoy, es casi imposible adquirir un
subproducto que no haya sido facturado en el paraíso del
comunismo, generalmente en condiciones laborales que el reconocido
psicópata Henry Ford hubiera firmado con un ojo cerrado y el otro
avizor.
Pues, a lo que parece, y ante la incapacidad de reacción de los
académicobuenaletrenses, se ha constatado que el Institutum
Pataphysicum Granatensis está algo más que infiltrado en la llamada
Academia de las Buenas Letras de Granada (presumiendo que el título
de la citada fundación no debe referirse a la caligrafía de los
miembros y miembras que en ella pululan) pues el creciente número de sátrapas que se suman a las listas de la mentada academia invita a
la reflexión.
Es fácil suponer pues, que si el goteo de patacadémicos sigue
creciendo en los próximos años, cabría la posibilidad de que
acabaran adquiriendo la titularidad sobre la mayoría de las eruditas poltronas,
dado lo cual, todas las decisiones estarían vinculadas a los
designios del doctor Faustroll. Ahora bien, teniendo en cuenta que la
única obligación del patafísico es no estar obligado a nada, es
verosímil dudar de la eficacia de tal invasión, en tanto que, en su patafísica
esencia, los patafísicos nunca llegarán a un acuerdo
sobre ningún punto que allí se planteare.
No obstante, también podríamos pensar que, al consentir la entrada de
la caterva jarryniana en su seno, la egregia Academia local está
proyectando infiltrarse en el contubernio enemigo, y de esa manera
acceder a los enigmáticos saraos del I.P.G., y tener información de
primera mano de lo que allí se cocinara. Y esto es lo más
preocupante del conflicto que aquí nos ocupa pues, si la flamante
A.B.L. obtuviera acceso a temas tan confidenciales como, sin ir más
lejos, las defenestraciones periódicas de los sátrapas del I.P.G.,
correríamos el serio peligro de asistir a la defenestración de la
tan loada como imprescindible academia (mobiliario incluido) sobre el
pavimento de la Acera del Casino. Y si eso sucediera -cosas más
estrambóticas se han visto- nos veríamos ante el apocalíptico
espectáculo del descerebramiento masivo de los egregios
patacadémicosdelospulcrosgrafemas. Y allí, omnipresentes, siempre
omnipresentes, -porque la omnipresencia es preceptiva incluso en la
peor de las peores tragedias- aquellos sátrapas que hubieran o
hubiesen sobrevivido al holocausto de las buenas letras, por aquello
de no haber sido empoltronados en protocolarias poltronas
patacadémicas, entonarían henchidos de fervorosa consternación, la
iniciática tonada del descerebramiento.
Mirad, mirad el trituraperros girar / Mirad, mirad los sesos
saltar/ Mirad, mirad a los Bienpensantes temblar/ Urrah! El Cuerno
por el Culo, viva el Padre Ubú
Hasta aquí lo que trasciende en gacetillas y pasquines locales.
Empero ¿qué hay detrás de toda esta polémica entre los hunos y
los hotros? Pues nada más y nada menos que una conjura, una
maquinación gestada en los lúgubres salones de la Real Maestranza
de Caballería, con la intención de recuperar el control del
Cotolengo de Santa Eduvígis Sinclética, que nunca estuvo en manos
de sátrapa o académico alguno, pero que, por aquello de conspirar,
los maestrantes se han deslizado en ambas congregaciones con ínfulas
de mangoneo, chupeteo y triscamiento.
Y todo esto ¿por qué? ¡POR QUÉEEEE! gritarán ustedes, sufridos
lectores, por quéeeee. Pues ni más ni menos que por las ansias del
Rector Magnífico Perezoso, del I.P.G., regente, asimismo, de la
Cátedra de Brevidoxología y Heurística de lo Epifantástico,
Secretario del Departamento de las Nubes, los Silencios y los
Eremitas, cuya mayor aspiración ha sido, es y será la de ser
nombrado Caballero de la Orden de Malta (Prieuré Oecuménique de la
Sainte-Trinité-de Villedieu) y vivir eternamente del cuento; y esto
lo juro por la candela verde. ¡Merdre!
Así son las cosas y así se le hemos contado.
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domingo, 8 de mayo de 2016
EL OLIVO
No pocas veces, tiene uno la sensación de haber pertenecido a un
gremio en el que nunca se sintió integrado. Estoy hablando de la
denostada crítica -teatral en mi caso- que suelo ejercer muy de
tarde en tarde, y por la cual nunca he percibido mayor compensación
que la de asistir a la función como prolegómeno a un trabajo basado
en el compromiso intelectual.
El ejercicio de la crítica en nuestro país, se ha alimentado
tradicionalmente de la más enérgica de las subjetividades. Más que
crítica yo diría que, por lo general, los profesionales de dicha
especialidad se han dedicado a verter opiniones sin concesiones a la
fundamentación.
Hace escasos días tropecé (y nunca mejor dicho) con la reseña que
Carlos Boyero había elaborado acerca de la recién estrenada
película “El olivo” de Iciar Bollain. No olvido la fama que, en
otros tiempos, adquirió dicho crítico sobre todo a fuerza de una
torrencial adjetivación, en su mayoría peyorativa, hacia filmes
que, de alguna manera, alcanzaban bastante aceptación entre el
público. En otro tiempo (repito) el poder de un crítico como Carlos
Boyero, podía llegar a influir en las opiniones del público, e
incluso coadyuvar a mermar o acrecentar la taquilla de una
producción.
Daños colaterales aparte, esos tiempos ya son parte del pasado y la
influencia de la crítica cinematográfica -no así la literaria- en
las intenciones del público es prácticamente anecdótica. Es por
eso, que sigo sin comprender cómo una gran parte de una crítica -y
esto lo digo con respecto a todas las artes- continúa estructurando
sus reseñas sobre los cimientos de la valoración subjetiva. Y digo
esto teniendo en cuenta que cualquier opinión crítica es eso: pura
opinión.
Si tenemos a bien visitar la obra de algunos críticos centroeuropeos
o anglosajones, encontraremos que buena parte de estos, sustentan su
trabajo sobre el ejercicio de la fundamentación seria y equilibrada.
Un crítico, o al menos bajo mi punto de vista, debería trascender
la obligada subjetividad hasta el punto de iluminar la obra de
referencia y plantear ideas inherentes al discurso que no están
explicitadas aunque sí insinuadas.
El crítico, siendo como es un espectador más, tiene el compromiso
de formular conclusiones con respecto a la exégesis de la obra que
analiza, y no únicamente lanzar valoraciones que, sin un fundamento
bien equilibrado, apenas aportan nada al fenómeno expresivo.
La fatuidad con que Carlos Boyero sigue ejerciendo una labor
escasamente simbiótica y descaradamente parasitaria, no parece
consciente del entorno en el que se está moviendo la prensa escrita
en estos momentos. La decadencia de los quioscos, la escasez de venta
de los grandes diarios -casi abocados a subsistir a fuerza de
subvenciones y publicidad- han minimizado el enorme poder de
influencia que, (tripito) en otros tiempos, llegaron a tener los
articulistas de opinión.
Probablemente, el filme de Iciar Bollaín, no alcance cotas
significativas a la hora de servir de referente artístico.
Probablemente, no estamos hablando de la mejor película de esta
aventajada discípula de Ken Loach. Probablemente, sí, pero hay algo
más que un afamado crítico, en su afán de lucir el gran
diccionario de adjetivos calificativos que suele desplegar en sus
escritos, parece olvidar con demasiada frecuencia: la historia de un
árbol milenario arrastra consigo una colección de cargas de
profundidad que no deberían escapar a la mirada del espectador. Este
árbol milenario, desde sus abigarrados ramajes, nos susurra
la Historia Interior de un país que se durmió en los laureles de la
peor de las epidemias que han azotado a la humanidad. Hace
ya demasiados años que el imaginario colectivo derrotó a la añorada
complejidad del imaginario subjetivo. Esa gran estafa que llamamos
progreso, ese culto al utilitarismo, a la necesidad imbuida de éxito,
han desposeído de alma a un pueblo que se olvidó de algo tan
hermoso como el ejercicio
ético. A día de hoy, los
escasos resquicios de aquella perdida humanidad que puedan quedarnos,
han sido insidiosamente
marcados con el estigma de la ingenuidad.
Cabe ahora preguntarse si acaso no ha sido esa rebelde ingenuidad lo
que ha impulsado -siempre desde abajo- los escasos cambios que han
potenciado las mejoras sociales de las que hoy somos beneficiarios.
Lo bonita o fea que nos parezca una
narración cinematográfica, la escasa grandilocuencia con que se
proyecta esta cinta
donde prima el sentimiento por encima de la eficacia; son
absolutamente secundarios.
Quiero creer, por cierto, que
todavía existen críticos, creadores y espectadores, capaces de
ofrecer y recibir algo más que lo evidente.
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CARLOS BOYERO,
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GART. MAR DE NUBES,
ICIAR BOLLAIN
miércoles, 23 de marzo de 2016
PASIÓN
Te deseo toda, toda, toda, en las noches de invierno, porque a
la manta eléctrica le falta la textura sutil de tu pijama de
franela, y el precio de la corriente alterna se ha puesto por las
nubes.
domingo, 31 de enero de 2016
VESTIDA DE LUZ
Vestida de luz deambulas por la casa, agitando el vacío con el aroma de tu cintura; dibujando claroscuros detrás de la cortina; iluminando el atardecer con la audacia de tu sonrisa.
Y todo por el módico precio de un intervalo otoñal que enciende de
amarillos imposibles la ribera que recorre mi hambre; por un efímero
regreso al fluido azul bajo el que se tendía aquel niño flaco de
piel cobriza.
Vestida de luz amaneces indolente; escapada de la tibia pecera donde
levita tu anhelo; reclamando espacio en la penumbra del domingo.
Vestida de luz... vestida de aire.
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