jueves, 25 de mayo de 2023

EL TIEMPO DE LAS TINIEBLAS


Cuando una librería cierra, una galaxia entera pierde parte de su luz. No se trata tan solo de una mala noticia; es la señal inequívoca de que toda la sociedad ha fracasado. Hemos naufragado en las escuelas, en los parlamentos, en los informativos, en los foros económicos, en la familia y, sobre todo, en nuestros valores.

Cuando una librería -una pequeña, encantadora, modesta y mágica librería- desmonta sus anaqueles y cierra los candados, todos nosotros, los que aún creemos en la posibilidad de salvar al ser humano, todos los que vivimos aferrados a la convicción de que la vida no basta por sí sola, de que es quimérico alcanzar la plenitud al margen de las letras impresas; todos nosotros, digo, perdemos buena parte de nuestra biografía, todos nos hundimos un poco más en el fango de la mediocridad.

Hemos sido capaces de entronizar el obsceno espectáculo de lo banal, el morboso interés por la miseria ajena, el narcisismo ridículo, el parasitismo insolente, la compulsión por lo novedoso, la insaciable codicia, y sin embargo, hemos proscrito nuestra capacidad de imaginar.

Cuesta trabajo entender que estemos renunciando a ese espacio donde todavía es posible la libertad, para entregarnos voluntariamente al yugo de un diminuto dispositivo de propagar bulos y ansiedad, para convertirnos en hojas de hierba arrastradas por un vendaval de discursos vacuos.

Entrar en una librería, acariciar esos pequeños islotes de sensibilidad, saborear la belleza de unas palabras capaces de elevarnos muy por encima de nuestra finitud, es arriesgarse a perder la gravedad, es sumergirse en el corazón del universo sin ninguna garantía de regresar a lo que fuimos.

El olor de las páginas de un viejo libro despierta al niño soñador que alguna vez abandonamos para dejarnos llevar por el apego a lo insustancial.

Una puerta no se cierra por sí misma: somos nosotros, ciegos de ignorancia, quienes nos encerramos en el angosto espacio de lo inmediato. Lo triste, lo verdaderamente triste, es que no hemos reparado en que esa puerta que hemos cerrado era antes un puente hacia lo insólito.


Quien vive solo de lo tangible, renuncia a la posibilidad de lo imposible.


domingo, 29 de enero de 2023

LO QUE NO QUEREMOS VER

África no se parece en nada a la distorsionada imagen que nos han inoculado desde el cine occidental. Acostumbrados a los clichés que nos endosa la mente supremacista que impera en las productoras cinematográficas, estamos convencidos de que el paisaje africano es una inmensa cancha para que los impolutos blancos disfruten de sus safaris mientras los negros portean fardos sobre sus cabezas o sirven el té en vajilla de porcelana.

Para conocer el verdadero rostro de África y, sobre todo, con la intención de comprender algo tan lejano como ignoto, el autor del libro UN GESTO INSUFICIENTE, Antonio Osuna Ropero, ha confeccionado la experiencia de dos viajes de cooperación en una aldea de Mozambique, en forma de diarios pormenorizados con ilustraciones de su propia mano.

El proyecto inicial consistía en ir a la escuela situada en Marera, a unos veinte kilómetros al sur de Chimoio, que es la ciudad más cercana, y enseñar a los alumnos a elaborar queso de forma artesanal. Pese a las dificultades que conlleva la abrumadora pobreza de aquel país al sur del continente y la escasez de medios materiales, y con un segundo viaje de por medio, se consiguió abrir una pequeña quesería dotada de todas garantías las sanitarias, que en la actualidad es gobernada por los propios alumnos del centro.

Esta, digámoslo así, podría ser la sinopsis del libro.

Ahora bien, una vez que el lector se sumerge en la espléndida prosa de Antonio Osuna, y por tanto en el verdadero contenido del libro, no tiene más remedio que poner en solfa la visión del mundo, que hasta ese momento gobernaba sus esquemas. Llegados a este punto el lector se verá inmerso en una apasionante experiencia que fluctuará entre la luminosa descripción de fondo y forma, las lúcidas reflexiones, y la justa indignación ante la evidencia de la enorme injusticia que están obligados a padecer aquellos que han tenido la desdicha de nacer en un lugar perversamente olvidado.

Precedido de una modesta autobiografía del autor, hombre criado en el campo andaluz, de humilde extracción social y enorme cultura autodidacta que va quedando patente en las páginas del libro, el relato de los viajes, los paisajes y, sobre todo, el paisanaje mozambiqueño, tiene por fuerza que remover las fibras sensibles del lector.

Sobre la tierra rojiza de África, salpicada de una vegetación muy diferente a la que podemos ver en nuestro continente, el autor nos presenta una realidad diametralmente opuesta a la que un occidental puede vivir en nuestros días. Desde una esperanza de vida muy inferior a la nuestra, un modelo de alimentación —cuando la hay— pobre en aportes energéticos, y unas carencias sanitarias que deberían avergonzar al primer mundo, Mozambique es una muestra más del enorme fracaso que, en materia social, ha supuesto el progreso. Tenemos medios técnicos que nos han ayudado a superar unas terribles pandemias, somos capaces de enviar sondas espaciales más allá del sistema solar, conversamos fácilmente con gentes que están en el otro lado de la Tierra, y sin embargo dejamos morir en la más absoluta miseria a millones de seres humanos, algunos de ellos por enfermedades que aquí se palían con paracetamol.

No es cuestión de andarse con paños calientes: para que nosotros podamos tener el ritmo de vida que disfrutamos en la mayor parte del hemisferio norte, para que unos cuantos plutócratas acumulen una riqueza que jamás tendrán tiempo de disfrutarla, en otros sitios han de carecer de lo más elemental. El mercado manda.

Las reflexiones del autor, deslumbrantemente redactadas y marcadas por la experiencia real y el profundo estudio del medio en el que se ha movido son, en muchas ocasiones, devastadoras, pero también necesarias. No solo vamos a quedarnos en el relato de ficción que nos venden las partes interesadas, como seres humanos precisamos comprender lo que, de forma deliberada, se esconde a nuestra mirada.

A la mirada de Antonio Osuna no le basta con recrearse con los bellísimos atardeceres de África, sino que se centra en las personas que habitan uno de los lugares más deprimidos del mundo. El albañil que trabaja descalzo, los chiquillos de las aldeas que se interesan por el blanquito que pasea solo por los polvorientos caminos, las enfermeras que atienden un centro de salud sin medicinas ni médicos, los viejos que han pasado la vida soñando con ver el mar y nunca lo logran, las parturientas que se juegan la vida en el intento, los misioneros que luchan sin apenas armamento contra la ignorancia y el hambre, las mujeres pobres condenadas desde niñas a una maternidad múltiple y a sacar adelante a su prole sin la ayuda del inseminador.

UN GESTO INSUFICIENTE es un libro de personajes que recrea con pasión la encarnizada lucha de un modesto pueblecito de Córdoba por sacar adelante un pequeño proyecto de desarrollo: un gesto insuficiente, sí, pero también un gesto necesario.

No es gratuito preguntarse qué sucedería si en estos mundos donde los perros se atan con longaniza, se multiplicaran unos cientos de miles de gestos inútiles.

domingo, 3 de julio de 2022

HA VUELTO BERNARDA ALBA


En los últimos estertores de la enorme tragedia que supuso la irrupción del coronavirus, hemos podido constatar que otra epidemia, no menos contagiosa y mucho más letal, ha resurgido igual que algunos imperios renacen de entre sus ruinas. El tufo a incienso, la cera renegrida sobre el asfalto, los coros y danzas, la voz engolada de los donjuanes de rondalla, los pastiches castizos de los Álvarez Quintero, la taleguilla con relleno del machote ibérico, el odio al hambriento, la peineta que corona el moño engrasado, la contumaz repetición de las paparruchas pseudohistóricas, han colocado en el centro de la mesa un potaje garbancero colmado de rancio tocino.

Nos habíamos equivocado de lado a lado: quienes han salido del armario y ahora lucen su pestilente orgullo de alcanfor, no son otros que los nietos (y nietas) de Bernarda Alba, y ninguno de ellos desciende de la pobre Adela. Ahora ya no ocultan sus soflamas nostálgicas, todo lo contrario, exhiben sus estandartes sangrientos y cubren de hormigón las fosas comunes donde se amontonan los huesos de los de parias cuyo único delito consistió en alzar la mano para reclamar la dignidad que les correspondia por el hecho de ser personas.

Vuelven por sus fueros (el fuero de los señores feudales) y descorchan champaña de importación para brindar por el exitoso genocidio de Melilla, por la pronta beatificación del fraile que prendió fuego a los libros andalusíes de ciencia y expulsó a los judíos (razón por la cual habría sido imposible que Einstein, Freud, Arendt, Mahler o Zweig nacieran en las Batuecas) por la Gloriosa Cruzada que sumió a un pueblo en un analfabetismo funcional que aún colea. Vuelven sonriendo patriarcales bajo palio con y la vara en ristre, anhelantes de sus redes de confidentes, vuelven con su fervor patrio mientras guardan sus fortunas en paraísos fiscales o se pliegan a la colonización del imperio cocacolero, con sus silencios nauseabundos y su implacable ardor guerrero. Afirman que no tienen miedo a nada ni a nadie, y es comprensible, porque son ellos (y ellas) los que dan miedo.

Pero, no nos engañemos, si regresan no será exclusivamente por méritos propios sino más bien por la negativa a implicarse y asumir responsabilidades de aquellos que se inhiben en el más elemental de los deberes cívicos. Estos que se cruzan de brazos, y luego despotrican contra toda la clase política sin excepción se creen ciudadanos cuando lo cierto es que ejercen de súbditos. Ellos son los que han dejado la puerta abierta a los enemigos de la razón.


sábado, 2 de julio de 2022

EL ESCARBADIENTES

Mientras un par de albañiles tamaño de armario ropero y mirada tierna reducen a escombros todos los tabiques de mi domicilio, una buena amiga me ofrece asilo político en su bonito piso. La casa está prácticamente de estreno, aunque ha habido que lamentar una pequeña rotura en la bisagra de una de las puertecitas del mueble de cocina. La madera del aglomerado ha resultado arrancada y los tornillos de la bisagra han perdido su punto de anclaje. Nada comparado con el aspecto de mi morada, pero todos tenemos un pariente manitas, de manera que consulto al mío por teléfono y me aconseja realizar una mezcla con astillas de palillos de dientes planos y cola de madera para que los tornillos recuperen el agarre.

Aprovecho que hago las compras a mi madre para preguntar en el supermercado que hay enfrente de su casa. No tienen palillos de dientes de ninguna clase. No importa. Busco en el supermercado que hay cerca del lugar que tuve que abandonar por aquello del destrozo y constato que está afectado por otras reformas, más brutales si cabe, hasta después del verano. Cosas que pasan. En la cafetería donde suelo desayunar los días impares pido un escarbadientes y me ofrecen uno cilíndrico. Con un palillo cilíndrico no puedo conseguir el efecto relleno que imite convincentemente al aglomerado. Mi profe, curtido en reformas y arrepentido de todas ellas, me habla de un comercio especializado en material de hostelería al que acudo esperanzado. El encargado me dice que solo dispone de escarbadientes cilíndricos. Voy a un bazar chino donde la oferta de escarbadientes cilíndricos es económica y variada. Al día siguiente, realizo un recorrido por los supermercados de toda la ciudad, y las grandes superficies del extrarradio: ni flores. Miro en Amazón y no veo otra cosa que esos amenazantes palillos cilíndricos ¿Qué ha sucedido con los escarbadientes de toda la vida? ¿Han sido proscritos? ¿Se les estigmatizó por la tala indiscriminada de pinos? ¿Son transmisores de alguna pandemia relacionada con los pinchos de tortilla?

Por un giro de la providencia divina, en un comercio dedicado a la pretecnología tropiezo con unas espátulas lo suficientemente esbeltas como para solventar el problema. Ahora solo queda buscar un frasco de cola para madera. Eso va a ser más fácil. Cerca de la casa de mi generosa anfitriona hay una hermosa ferretería donde no tardo en encontrar un pequeño recipiente de cola de carpintería que traslado al mostrador del cajero con ánimo de trastrocar por unas monedas, momento en que se apagan todas las luces del barrio y los ordenadores del establecimiento quedan inútiles.

Pienso ahora en lo que hubiera sucedido si cuando, cercano ya a expirar, Alfred Jarry expresó su último deseo -un escarbadientes- y alguien le hubiera explicado que no había manera de proporcionarle tal instrumento. Tal vez le hubiera sido más fácil obtener un sorbo de champaña, como sucedió con Chejov, a instancias de su propio galeno, o un beso de trompeta, como prefirió Boris Vian. 




miércoles, 9 de marzo de 2022

EL NOBLE OFICIO DEL TRADUCTOR

 

Les anuncio que mi capacidad de síntesis va a quedar en entredicho, dado que acabo de zamparme las mil trescientas páginas del volumen que reúne todas las obras incluidas en el ciclo de Los libros de TERRAMAR de Ursula K. Le Guin, y que suma la friolera de seis novelas, varios relatos, y una conferencia de la autora, todo ello precedido de un prólogo, también firmado por la propia Le Guin. Tengo que aclarar, para aquellos que no se hayan sumergido en la obra de la escritora norteamericana, que esta ingente producción de género fantástico, ha sido una excepción en la literatura que domina la producción de la autora de LOS DESPOSEÍDOS, y que no es otro que el género de Ciencia Ficción o Ficción Especulativa.

La editorial Minotauro ha presentado las traducciones al español en un lujoso volumen de pasta dura y magníficas ilustraciones que, en rigor, debería venir acompañado de un atril. En dicho volumen el lector será testigo de una evolución por parte de la autora, tanto en la calidad de la narración como en el compromiso, en lo referente al género fantástico y en las cuestiones que atañen al papel de la mujer en la literatura.

Ahora bien, en lo concerniente a esa evolución de la calidad narrativa he de decir que el trabajo de los diferentes traductores que intervienen en la edición, ha resultado algo irregular. Es precisamente en las novelas cronológicamente más avanzadas cuando se observan más deslices en las traducciones, donde un lector empieza a echar de menos la eficacia de un español deslocalizado, en el que la mano del traductor no deje huella sobre su origen.

Traducciones más complejas, por estar plagadas de juegos de palabras y expresiones coloquiales, como la desopilante novelita de Georges Perec ¿QUÉ PEQUEÑO CICLOMOTOR DE MANILLAR CROMADO AL FONDO DEL PATIO? (Quel petit vélo à guidon chromé au fond de la cour? ) que releí hace unos días vertido magníficamente al español por Marisol Arbués y Hermes Burrel, con revisión estilística de Jose Cibeira, Juan Gabriel López Guix y con expresos agradecimientos a un pequeño ejército de voluntariosos colaboradores, han dado eficaces resultados. El trabajo en equipo valió su peso en oro y la versión española es un alarde de ingenio, conocimiento y talento.

Ya en el arranque de la novela queda planteado cómo va desarrollarse el resto de la obra: “Había un tío, lo llamaban Karamanlis, o algo así: ¿Karatoro?¿Karavaca?¿Karagüevo? Bueno, Karaalgo. En todo caso, no era un nombre cualquiera, era de esos que se te quedan, que no olvidas así como así”

El argumento, como suele suceder en las grandes obras literarias, es fácil de resumir: el tal Karaloquesea está cumpliendo con el servicio militar (vive la France) en un momento en que acaba de iniciarse la guerra de independencia de Argelia, y obviamente no le hace la menor gracia lo de irse a palmarla a un lugar en el que no se le ha perdido nada. Karaplasma pide ayuda a un cabo primero, de nombre Henri Pollak, que a su vez consulta con sus colegas, un extravagante grupo de culturetas parisinos de heterogéneas inclinaciones políticas, que debaten sobre la posibilidad de fracturarle el antebrazo al tal Karacosa para así evitar tragedias mayores. A partir de ese momento, la narración transcurre entre el hilarante absurdo y el drama existencialista, hasta el punto en que el avezado lector (si lo hubiere) debería plantearse si no se estará descojonando ante el infortunio de un pobre desgraciado.

El matiz antibelicista queda velado por el humor estrafalario del inmenso (inmensamente desconocido) Georges Perec, si bien sigue subyaciendo en medio de la caótica situación que crean los personajes, tratando de escaquear a Karacorum del mayor absurdo de la humanidad.

Buceando en esa colección de descalabros de nuestra anticultura, descubrí que la versión de Marisol Arbués y Hermes Burrel se encuentra en estos momentos descatalogada, si bien uno puede agarrarse como clavo ardiendo a la traducción de Pablo Fante, que no desmerece en absoluto, y que recurre a soluciones originales frente a la problemática de un texto que no da facilidades a los traductores, como la definición del ciclomotor de Henri Pollak como “escupidor velocípedo de turbina y suspensión hidráulica”

El oficio de la traducción, lejos de suponer una traición, como reza un rancio dicho italiano, constituye una de las tareas más meritorias que conozco. Gracias a las magistrales versiones de autores cuyo idioma desconocemos, podemos aproximarnos a obras literarias que habrían pasado desapercibidas de no ser porque hay profesionales capaces de rizar el rizo, sin dejar de respetar el espíritu de la creación original. Un lector, curioso y hambriento de vivencias ajenas, no tiene que aprender japonés para gozar con la prosa de Mishima, ni hacerse experto en lenguas eslavas para comprender lo que nos quisieron decir Czapek, Bulgákov o Gógol. La supervivencia de la literatura depende de muchos factores, y uno de ellos es que existen traducciones que vierten al idioma de lectores locales textos creados en lugares lejanos, con todas las dificultades que pueden llevar implícitas las enormes diferencias culturales de cada uso idiomático.