miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA MEMORIA AFECTIVA



Reinaldo Jiménez entre la tierra y el mar
Hay recuerdos insignificantes que permanecen de manera indeleble en algún rincón de la memoria, como la luz que se enciende en el frigorífico al abrir la puerta y nos urge a elegir entre la escasez y la necesidad. De vez en cuando nos asalta la sensación de estar viviendo un déjà vu cuando un gesto o una palabra precisa suena como una música soñada. Pero también tenemos la capacidad de olvidar aquellos afectos que, en realidad, no lo fueron tanto, o que pasaron por nuestra percepción como estrellas fugaces.

Luego están esos recuerdos que, por su impronta emocional, forman parte de la persona hasta que deja de ser persona o se sume en la borrosa noche de las amnesias. Uno no debería olvidar a aquellos seres que una vez compartieron un espacio reservado a la sinceridad.

Sucedió ayer que, después de veinticinco años, tuve uno de esos reencuentros que hacen brotar cascadas infinitas de recuerdos y evocaciones. Hace ya veinticinco (fugaces) años que compartía mis primeros pasos en el complejo universo de la palabra escrita con mi amigo y compañero de universidad Reinaldo Jiménez. Éramos -y supongo que seguiremos siendo- dos buscadores de tesoros inmateriales que compartieron sueños comunes en unos años, los ochenta, de incertidumbres y desafíos. Nos unía, eso sí, una energía creativa a prueba de fracasos e infortunios.
La poesía de Reinaldo apuntaba entonces hacia una dimensión íntima que, por suerte para los que le admiramos, se ha ido perfilando a fuerza de empeño y grandes dosis de sensibilidad. 
Reinaldo Jiménez, viejo amigo recuperado -aunque no tan viejo como el que escribe- ha construido jardines en esas cosas terrenales que suelen pasar inadvertidas a otros tantos poetas y escritores. Diría incluso, que su vida y su poesía son y serán la misma cosa: una delicada huella entre la tierra y el mar que exhala amor por lo que a otros nos pudiera parecer  sencillo.

sábado, 16 de julio de 2016

LA MARSELLESA

No estoy muy seguro de que la mayoría de nosotros, una joven democracia que todavía renquea, tengamos claro lo que significa esa canción. Me refiero, claro está, a ese himno de los que más de un patriotero denomina con desprecio "gabachos"
La marsellesa, lejos de ser una marcha militar al uso -¿a qué me suena eso?- es una cancioncilla cuya letra fue entonada por unos voluntarios que lucharon contra las tropas del emperador de Austria en 1792 y -oh sorpresa- las derrotaron. Al regresar a París, los marselleses entraron en las calles de la capital cantando el himno y aquello debió gustar de tal manera que, en pocos años, todo el pueblo francés lo relacionó con su revolución. 
La cancioncilla ha sido prohibida tantas veces y en tantos lugares que hubo momentos en que alcanzó el grado de transgresora. De hecho, el gran Robert Shumann la introducía en sus composiciones cuando pretendía quemar la sangre a los censores del antiguo régimen.
Puede que no nos haya quedado mucho de los ideales revolucionarios, aquellos sobre los que se sustentan las escasas libertades que hoy disfrutamos en los estados de derecho, pero, eso sí, al escuchar como nuestros vecinos cantan un himno del pueblo que habla de la lucha contra la tiranía, deberíamos, cuando menos, reconocer que, en esto de la libertad, ellos van un pasito por delante del resto. 
Supongo que, dado que nuestra escasa cultura nos lo impide, será por ese motivo por el que el pasado 15 de julio de 2016, después de otro nuevo ataque de la tiranía contra la libertad, no salimos todos a las calles de la decadente Europa a cantar la Marsellesa.  
Todos los que todavía soñamos con un mundo más justo, hemos perdido mucho con lo sucedido el 14 de julio de 2016. 
¿Qué pretende esa horda de esclavos,
de traidores, de reyes conjurados?
¿Para quién esas viles cadenas,
esos grilletes de hace tiempo preparados? (bis)

Para nosotros, franceses, ¡ah, qué ultraje!
¡Qué emociones debe suscitar!
¡A nosotros osan intentar
reducirnos a la antigua servidumbre!

viernes, 24 de junio de 2016

INMIXTURE



La desmesurada programación de los Festivales de Música y Danza de Granada ha llegado a adquirir tales dimensiones para una ciudad tan modesta en su tamaño, que la prensa local -o más bien lo que queda de ella- se ha visto desbordada a la hora de cubrir los espectáculos que pueden desarrollarse simultáneamente.
Una de las paradojas que ha originado esta curiosa circunstancia es la total ausencia de reseñas críticas en los periódicos locales en torno al espectáculo programado en el FEX el pasado 22 de junio de 2016.
Me refiero a la intervención abierta en la Plaza de las Pasiegas del Sungsoo Ahn Pick up Group. La compañía coreana que interpreta las creaciones de Sungsoo Ahn, insertas en el espectáculo Inmixture.
Dado que me reconozco absolutamente lego en materia de coreografía, solo puedo decir que, más de una vez, completamente embriagado por las evoluciones de unas bailarinas que parecían haber superado la fuerza de la gravedad, tuve conciencia de haber dejado de respirar.
La experiencia de la danza, a medio camino entre el arte tradicional coreano y la libre creatividad de la danza contemporánea, adquiere en este caso toda la emoción del fenómeno poético. La controversia entre el magnetismo de la danza y la extenuación del baile anárquico, consiguen ese instante de pura enajenación hipnótica tantas veces añorada por el ávido espectador.
Sucede aquí como en nuestra desgraciada industria editorial donde la literatura queda olvidada de la mano del mercado pirotécnico mientras los artificiosos relatos góticos adquieren dimensión de producto de primera necesidad para el consumidor de entretenimiento. El instante de Arte, con toda su capacidad emocional, volvió a pasar de puntillas para los decadentes medios. 
 

viernes, 3 de junio de 2016

VELOCIPEDIA APLICADA VERSUS DROSOPHILA

Bicicleta MTB Cube Stereo 140 cuadro de carbono, frenos, cambio y trasmisión Shimano XT M 8000; suspensión delantera FoxTalas CTD, suspensión trasera Fox Float DPS Factory, ruedas 29 pulgadas con cubiertas Swallbe One, llantas Cosmic elite. Ciclista varón, 1,80 m, 87 km, porcentaje de grasa de 9%, 40 pulsaciones por minuto en reposo. Bueno, bonito, y nada barato.

Subida a puerto con un desnivel medio del 16%. Terreno pedregoso entre pinares de nueva repoblación. Una mosca de tamaño reducido intenta posarse en las narices del ciclista. Manotazo con la mano derecha hacia la izquierda. La mosca sale tocada pero vuelve a colocarse cerca de la nariz. Manotazo con la mano derecha. La mosca se aparta sin ser tocada. Vuelve a sobrevolar la posición de las gafas. Tercer manotazo e improperio. Ha tocado a la mosca, aunque muy lejos de acabar con su vida. Por ello, el insecto vuelve a dibujar ochos en el aire delante de las gafas del ciclista, que hace equilibrios sobre las piedras del camino. Cuarto manotazo y doble improperio. La mosca que esquiva hábilmente y vuelve a las gafas. Fuerte manotazo, y demarraje. Pedaleo al límite. Tal vez así logre dejar atrás al insecto. Inútil afán la del ciclista: la mosca sigue erre que erre. ¿Para qué sirve una mosca si no? Curva con desnivel del 22%. Sexto manotazo, y cinco improperios encadenados. La mosca recibe pero no ceja en su empeño. El ciclista sopla para ahuyentar a la diabólica criatura. Todo en vano. Coronando el puerto, el ciclista lanza un fortísimo manotazo que no alcanza a la mosca pero que sí le arranca las gafas de la cara. Una cara que se vuelve aturdida hacia la izquierda provocando un fuerte desequilibrio. Manillar a la derecha y caída hacia la izquierda. Golpe seco en las costillas.

Conclusiones (a elegir):

a) El minúsculo insecto ha tumbado a un corpulento ciclista, todo músculo él, y a su flamante máquina de ultimísima generación.

b) El ciclista debería estar agradecido al insecto, pues a lo largo de la subida no ha tenido conciencia del enorme esfuerzo que le ha costado.

c) La fuerza surgida de la ira siempre acaba volviéndose contra uno mismo (aforismo de azucarillo)

jueves, 26 de mayo de 2016

ESO


"Antes -mucho antes del ahora- todos eran iguales, hasta que apareció Eso. Procuraban (otra cosa diferente es que lo consiguieran) no parecerse al de al lado, por aquello de evitar sumirse en una triste parodia. Después de Eso, unos empezaron a ser menos iguales que otros. No era cuestión de originalidad sino, más bien, de un estado generalizado de antipatía."