domingo, 9 de diciembre de 2012

EL TESORO DE OCCIDENTE



Todo aquello que se nos oculta de la mirada en los espacios que identifican la civilización es desvelado con impudicia a través de las ventanillas de los trenes. El trayecto del ferrocarril nos proporciona paisajes de todo tipo: desde la radiante belleza de las dehesas, hasta la sordidez de los suburbios. Nadie se ha ocupado de esconder esas toneladas de chatarra que se agolpan junto a las vías. Nadie limpia los arroyos de fango que discurren junto a la oruga mecánica.   Eso sería como esconder la verdad. En alguna parte habrá que apilar lo que ya no sirve.
Girones de plástico, lavadoras oxidadas, tresillos desvencijados, tubos de escape, ruedas de automóvil, fragmentos de alicatado, cascajo, ropa descolorida, teléfonos móviles, gallinas muertas, ordenadores, bolsas de la compra, bolsas de basura, minibolsas, bolsas gigantes, viejos televisores, sostenes potrosos, zapatos impares, maletas… el tesoro de una gran civilización. 
Si somos lo que producimos, mucho me temo que nuestra capacidad de generar despojos empieza a ser nuestro mayor patrimonio.

sábado, 24 de noviembre de 2012

LO CONFIESO TODO






Está bien; lo confesaré todo. Fui yo. Fui yo. Fui yo, maldita sea, el que disparó a Kennedy. Yo apuñalé a Cesar. Traicioné a Viriato. Descerebré a Lincoln. Vendí al Mesías por treinta monedas de plata. Simpaticé con los insurrectos. Escribí anatemas. Fui el bufón que hizo mofa y befa y escarnio del rey. Me declaro culpable. No negaré nada. Y de mil amores estaría dispuesto a cantar la palinodia si tuviera usted a bien sacarme su pistola de la boca.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

UTOPÍAS DE ANDAR POR CASA


Pintura de Henri Michaux

Tomás Moro, inventor de la palabreja que da título a esta quisicosa, situaba su Utopía en una república insular en la cual la propiedad privada es un crimen. De tal premisa es obligado inferir que Proudhon y Marx plagiaban al santo inglés.  
La utopía de Stephenson se ubicaba en los territorios de la aventura, con todos los peligros que pudiera llevar aparejada. Algo parecido, pero con menos riesgos y más sicoanálisis, andaba en la mente de Barrie cuando urdió el país de Nunca Jamás. Michaux* la situaba en los reinos de la absurdez; espacios, por cierto, no tan apartados de nuestra viscosa realidad. Las gentes de fe confían en hallar un paraíso eterno más allá de la tumba aunque, curiosamente, teman a la muerte como todo hijo de vecina.
Pero esta fantasía inalcanzable no sólo alude a geografías quiméricas, sino también a ese tipo de entelequias que la mente formula a modo de delirio optimista. La utopía de un idealista tendrá la etiqueta de un mundo mejor, aunque siempre estuviera supeditado a la consiguiente pregunta: ¿para quienes habría de ser mejor ese mundo?
Afortunadamente existen utopías más cercanas, por más que la proximidad potencial no sea garantía de consecución. Pero ahí están esos sueños creativos del joven artista o de las criaturas de férrea voluntad, que suelen materializarse más tarde que temprano. La obstinación mueve más montañas que la fe, aunque una vez satisfecho el deseo, la ilusión se volatiliza como si de dinero público se tratase.
Aunque no siempre sean factibles, hay utopías de andar por casa, de las que se pueden intuir a la vuelta de la esquina. A priori podrían parecer poco ambiciosas, quizá por su apariencia asequible, aunque de hecho no siempre se alcanzan. Los hay –cada día somos más- que sueñan con llegar a fin de mes, y también los que anhelan un espacio común donde el mutuo respeto se respire como el aire. Y luego está esa Arcadia que muy pocos consiguen pero casi todos ansiamos: no trabajar. ¡Oh, acojonante! 
En mi caso particular la utopía es algo tan modesto –al menos en apariencia- como la posibilidad de abrir los ojos por la mañana y ver ante mí un rostro amado que, además, sepa decirme con sinceridad esas dos palabras mágicas que tanto me gustaría escuchar.




* “Viaje a Gran Garabaña”.  Uno tiene la suerte de disponer de las apasionadas traducciones del gran Miguel Arnas.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

DESPUÉS DE LA LLUVIA


Me gusta la lluvia.

Y no es por llevar la contraria.

Será porque no le encuentro tantos inconvenientes como ventajas. Nos quejamos del calor en verano, del frío en invierno y de la lluvia cuando cae... si es que cae. Pero apenas reparamos en la inmensa fortuna que tenemos al ser parte de todos esos cambios.

La lluvia significa volver a empezar, recubrirse de esperanza o acurrucarse bajo un edredón de plumas.

Uno, que ya ha dado algún que otro paso en el otoño de su vida, no deja de asombrarse al contemplar los deslumbrantes amarillos con que se coronan algunos árboles. Un asombro que se enciende y se extingue ante todo ese esplendor que es efímero por definición.

Me fascinan los días plomizos de otoño, el olor a tierra mojada, los embotellamientos de paraguas, el chapoteo de los zapatos sobre los charcos, el tintineo de las gotas en la ventana, el consomé caliente y los gruesos calcetines de lana. 

En los días lluviosos habría que congregarse en las tabernas y brindar con vino generoso e improvisar cancioncillas incorrectas y sonreír, sonreír a diestra y siniestra, e invitar a beber –el que pueda- y abrazarse con desaliño y dejarse engatusar por alguna sonrisa de esas que vuelan por su cuenta y sin destino. 

Pues sí; deberíamos celebrar la primera lluvia de otoño como se celebraban las fiestas paganas: saliendo a campo abierto y danzando ebrios hasta empaparnos, dejando, al menos por una vez, que el agua limpia se nos cuele por las rendijas del entendimiento y nos toque muy adentro, más allá de los poros del corazón.

Después de la lluvia, uno puede respirar algo parecido al aire, e incluso es posible acercarse a las ramas de un naranjo, extender el dedo índice y recoger una gota, esa perla inerte que suele quedar suspendida en el ápice de las hojas.

Ya habrá tiempo para las cegadoras luces y los interminables atardeceres del pardo agosto. Días quedan por delante para sentarse en las terrazas y mirar y admirar anatomías ajenas. Nunca faltarán ocasiones para abanicarse un sofoco y volver a echar de menos una buena tormenta, de las que suscitan plegarias a Santa Bárbara bendita. 

Me gusta la Lluvia porque, entre otras cosas, tiene nombre de mujer.

  Y no hablemos del arco iris.

lunes, 5 de noviembre de 2012

LOS PARAISOS PERDIDOS






Yo me crié dentro de un poema. Mi infancia era tan inerte que más de una vez dormí sobre los nenúfares. Me pasaba los días y las noches soñando. Si no hubiese sido así, creo que me hubiera vuelto loco. Lo que falsamente llamamos realidad no me interesaba, incluso me parecía una tortura: yo quería asomar los ojos en el reverso de las cosas, a la vuelta de todas las esquinas, al otro lado del horizonte.