Está bien; lo confesaré todo. Fui yo. Fui yo. Fui yo, maldita sea,
el que disparó a Kennedy. Yo apuñalé a Cesar. Traicioné a Viriato. Descerebré a
Lincoln. Vendí al Mesías por treinta monedas de plata. Simpaticé con los
insurrectos. Escribí anatemas. Fui el bufón que hizo mofa y befa y escarnio del
rey. Me declaro culpable. No negaré nada. Y de mil amores estaría dispuesto a
cantar la palinodia si tuviera usted a bien sacarme su pistola de la boca.
sábado, 24 de noviembre de 2012
miércoles, 14 de noviembre de 2012
UTOPÍAS DE ANDAR POR CASA
| Pintura de Henri Michaux |
Tomás Moro, inventor de la palabreja que da título a esta quisicosa, situaba su Utopía en una república insular en la cual la propiedad privada es un crimen. De tal premisa es obligado inferir que Proudhon y Marx plagiaban al santo inglés.
La utopía de Stephenson se ubicaba en los territorios de la aventura, con todos los peligros que pudiera llevar aparejada. Algo parecido, pero con menos riesgos y más sicoanálisis, andaba en la mente de Barrie cuando urdió el país de Nunca Jamás. Michaux* la situaba en los reinos de la absurdez; espacios, por cierto, no tan apartados de nuestra viscosa realidad. Las gentes de fe confían en hallar un paraíso eterno más allá de la tumba aunque, curiosamente, teman a la muerte como todo hijo de vecina.
Pero esta fantasía inalcanzable no sólo alude a geografías quiméricas, sino también a ese tipo de entelequias que la mente formula a modo de delirio optimista. La utopía de un idealista tendrá la etiqueta de un mundo mejor, aunque siempre estuviera supeditado a la consiguiente pregunta: ¿para quienes habría de ser mejor ese mundo?
Afortunadamente existen utopías más cercanas, por más que la proximidad potencial no sea garantía de consecución. Pero ahí están esos sueños creativos del joven artista o de las criaturas de férrea voluntad, que suelen materializarse más tarde que temprano. La obstinación mueve más montañas que la fe, aunque una vez satisfecho el deseo, la ilusión se volatiliza como si de dinero público se tratase.
Aunque no siempre sean factibles, hay utopías de andar por casa, de las que se pueden intuir a la vuelta de la esquina. A priori podrían parecer poco ambiciosas, quizá por su apariencia asequible, aunque de hecho no siempre se alcanzan. Los hay –cada día somos más- que sueñan con llegar a fin de mes, y también los que anhelan un espacio común donde el mutuo respeto se respire como el aire. Y luego está esa Arcadia que muy pocos consiguen pero casi todos ansiamos: no trabajar. ¡Oh, acojonante!
En mi caso particular la utopía es algo tan modesto –al menos en apariencia- como la posibilidad de abrir los ojos por la mañana y ver ante mí un rostro amado que, además, sepa decirme con sinceridad esas dos palabras mágicas que tanto me gustaría escuchar.
* “Viaje a Gran Garabaña”. Uno tiene la suerte de disponer de las
apasionadas traducciones del gran Miguel Arnas.
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miércoles, 7 de noviembre de 2012
DESPUÉS DE LA LLUVIA
Me gusta la lluvia.
Y no es por llevar la contraria.
Será porque no le encuentro
tantos inconvenientes como ventajas. Nos quejamos del calor en verano, del frío
en invierno y de la lluvia cuando cae... si es que cae. Pero apenas reparamos
en la inmensa fortuna que tenemos al ser parte de todos esos cambios.
La lluvia significa volver a
empezar, recubrirse de esperanza o acurrucarse bajo un edredón de plumas.
Uno, que ya ha dado algún que
otro paso en el otoño de su vida, no deja de asombrarse al contemplar los
deslumbrantes amarillos con que se coronan algunos árboles. Un asombro que se
enciende y se extingue ante todo ese esplendor que es efímero por definición.
Me fascinan los días plomizos de
otoño, el olor a tierra mojada, los embotellamientos de paraguas, el chapoteo
de los zapatos sobre los charcos, el tintineo de las gotas en la ventana, el
consomé caliente y los gruesos calcetines de lana.
En los días lluviosos habría que
congregarse en las tabernas y brindar con vino generoso e improvisar
cancioncillas incorrectas y sonreír, sonreír a diestra y siniestra, e invitar a
beber –el que pueda- y abrazarse con desaliño y dejarse engatusar por alguna
sonrisa de esas que vuelan por su cuenta y sin destino.
Pues sí; deberíamos celebrar la
primera lluvia de otoño como se celebraban las fiestas paganas: saliendo a
campo abierto y danzando ebrios hasta empaparnos, dejando, al menos por una
vez, que el agua limpia se nos cuele por las rendijas del entendimiento y nos
toque muy adentro, más allá de los poros del corazón.
Después de la lluvia, uno puede
respirar algo parecido al aire, e incluso es posible acercarse a las ramas de
un naranjo, extender el dedo índice y recoger una gota, esa perla inerte que
suele quedar suspendida en el ápice de las hojas.
Ya habrá tiempo para las
cegadoras luces y los interminables atardeceres del pardo agosto. Días quedan
por delante para sentarse en las terrazas y mirar y admirar anatomías ajenas.
Nunca faltarán ocasiones para abanicarse un sofoco y volver a echar de menos
una buena tormenta, de las que suscitan plegarias a Santa Bárbara bendita.
Me gusta la Lluvia porque, entre
otras cosas, tiene nombre de mujer.
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lunes, 5 de noviembre de 2012
LOS PARAISOS PERDIDOS
Yo me crié dentro de un poema. Mi
infancia era tan inerte que más de una vez dormí sobre los nenúfares. Me pasaba
los días y las noches soñando. Si no hubiese sido así, creo que me hubiera
vuelto loco. Lo que falsamente llamamos realidad no me interesaba, incluso me
parecía una tortura: yo quería asomar los ojos en el reverso de las cosas, a la
vuelta de todas las esquinas, al otro lado del horizonte.
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jueves, 18 de octubre de 2012
A MEDIA HASTA
Banderas y pendones a media asta.
Que no se levante un mástil. Nacho Vidal ha sido detenido por su –presunta-
implicación en una de tantas tramas de blanqueo de capitales.
Presunciones de
inocencia aparte, pocos niegan a estas alturas que Nacho Vidal tiene su aquel.
Deberíamos envidiarle por méritos y capacidades de todos conocidos, y sin
embargo le admiramos. Por más que se empeñen las damas apostólicas, que un tipo
corriente e incluso aparentemente agreste y montaraz haya conseguido ganarse la
vida con eso que nos gusta a todos, no es moco de pavo. En un país de
reprimidos profundos, que rebosa hipocresía por los cuatro puntos cardinales,
hacer de la entrega un estilo de vida y, de paso, forrarse hasta el calcañar,
no es pan nuestro de cada día. A esos méritos habría que añadir el dominio de
varios idiomas: naturalmente el inglés –¡oh my God!- el francés y hasta el
griego. A ver cuántos presidentes del gobierno pueden presumir de entenderse
con sus homónimos sin necesidad de intermediarios. A excepción de Aznar, que
hablaba el catalán en la intimidad, la ignorancia de la lengua del imperio es
lugar común entre nuestros mandatarios.
Otra cosa diferente es que
–presuntamente- Nacho haya caído en el vulgar pecado de la codicia y
-presuntamente (repito)- se haya dedicado a emitir facturas falsas con la
intención de eludir impuestos. Un pecado imperdonable, proclamo, aunque a estas
alturas de la historia hace ya tiempo que la codicia dejó de ser un vicio para convertirse en una de las virtudes de referencia. La –presunta- codicia de
Nacho no es más que una gota en este océano de avaros, usureros y aves de
rapiña, que componen la élite de eso que llamamos el mercado. Eso, por descontado, no exime
a nadie, y mucho menos a los nuevos ricos, de cumplir con sus deberes de
contribuyente, por más que lo de pagar impuestos esté mal visto en España.
Cierto es que Nacho se ha ganado lo que tiene con el sudor de su frente y de
paso ha hecho sudar a más de cuatro. Y sin embargo no deja de parecerme una
vulgaridad el hecho de dejarse caer en los brazos del Mephisto de turno, por
una razón tan ordinaria como el proceloso deseo de acumular más de lo que se
necesita.
No confundamos; el pecado de Onán
nunca fue el placer solitario, sino más bien la avaricia. No tienen más que abrir
la Biblia –si se tercia- y revisar el mito.
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