jueves, 9 de enero de 2014

LEE TU POEMA Y DÉJATE DE POLLAS


Algunos escritores muestran un curioso parecido al perro en sus primeros meses de existencia. Me refiero a los primeros meses de existencia del perro, no de los escritores. El descubrimiento del YO, en el caso del cachorro canino, empieza por el rabo, de manera que el sujeto, o más bien la dentadura del sujeto, persigue a su propio apéndice dando vueltas y vueltas hasta hincarse los dientes (con lo que eso duele) o caer rendido ante la imposibilidad de alcanzar lo que sólo está al alcance de unos pocos rabilargos o contorsionistas.
Pues ese es, en resumidas cuentas, el mismo efecto de un escritor cuando se pone a hablar de sí mismo como introito a una aburridísima lectura de ripios, cuentecillos u otros opúsculos. Esa persecución recalcitrante de su propio apéndice (el YO del autor) sin llegar nunca a doblegarlo, es lo que evoca aquel que al hablar en público aprovecha para mostrarse encantado de conocerse en lugar de leer el poemilla y dejarse de memeces.

martes, 24 de diciembre de 2013

LOS TRES AMIGOS


Tener un amigo médico tiene sus ventajas. Pues nunca dejará que te desangres si te cortas las venas. Siempre es bueno que tu amigo médico ande cerca cuando algo te duela. Sobre todo si eso que te duele, te duele muy adentro.
Tener un amigo ingeniero es garantía de que no te falte un puente para acceder a la otra orilla. Porque un puente es una posibilidad, tal vez la mejor de las posibilidades para llegar a los que no están contigo. Si señor: no hay nada mejor que un ingeniero para resolver problemas.
Tener un amigo cuentista te ayudará a ver el mundo de otra manera. Porque la realidad no es suficiente para vivir la vida, un buen cuentista será la mejor garantía de alcanzar universos inalcanzables, de viajar a otros mundos sin necesidad de desplazarse.

Por eso yo recomiendo encarecidamente (al que así lo estime oportuno) que se procure siempre estar cerca de un amigo que le ayude a tomarse la vida en broma.


A Carmen García, Miguel Arnas y Ángel Olgoso.

lunes, 25 de noviembre de 2013

BOB WILSON II


A la vista de las respuestas -y preguntas- que ha suscitado el primer fragmento de estos Sonetos de Shakespeare, de la Berliner Ensemble, dirigidos por Robert Wilson, enlazo aquí otro poema visuale de gran belleza. 
Los comentarios han ido desde lo "sublime", "fantástico", "envidiable", "increíble", "poesía en estado puro", "genial"... hasta preguntas con doble intención como "¿pero esto es teatro, ópera, cabaret, o lo es todo y nada al mismo tiempo?"
Nadie dijo "cursi" o echó de menos la traducción simultánea. ¿Por qué será?
Pues eso: que cada uno entienda la vida como ha de entenderla y la goce en su medida.

sábado, 23 de noviembre de 2013

LA INALCANZABLE MAGIA DE ROBERT WILSON

Teatro es poesía puesta en pie. Es ese espacio inexistente donde la mente colectiva puede llegar a alcanzar la categoría de "inteligente". Es locura que se torna arte. Es la caricia evanescente de unas alas de mariposa.
El teatro entendido por Robert Wilson nos transporta hasta el origen de este arte que nació como necesidad de hacer escarnio del poder, creció en forma de catarsis social, y alcanzó su cénit elevando la emoción más allá de cualquier frontera.
Ahora que el teatro anda disipado en banales pucheros de garbanzo insulso, entreteniendo a la burguesía insatisfecha con melodramas de salón y palabras zafias, es bueno recordar que nunca dejará de latir el corazón de la afortunada anomalía.
Anomalía es ese país donde habita el mago Robert Wilson, poeta de la escena, y realizador de fantasías imposibles.
Wilson decidió hace mucho tiempo renunciar a la facilidad de un lenguaje naturalista y escudriñar el éxtasis del entendimiento y los sentidos por medio del extrañamiento.
Los actores de Wilson encarnan modelos grotescos, excesivos, fascinantes, capaces de flotar por es escenario como duendes.
En la genial inerpretación de los sonetos de Shakespeare, cada detalle, -vestuarios y maquillajes que fluctúan entre el teatro isabelino y la comedia del arte, abigarradas interpretaciones musicales, impecables efectos de luces- ha sido cuidado milimétricamente. 
Cuando la fantasía de Wilson entró en simbiosis con esa nave extraterrestre que es la Berliner Ensamble, el resultado es poesía. Y cuando digo poesía no me refiero a nuestros ripios del siglo de oro, sino a esa emoción inefable que nos hace elevarnos más allá de nuestra torpe condición de mortales.
No es necesario saber idiomas para extasiarse con estas imágenes.

lunes, 28 de octubre de 2013

NADIE NOS QUISO CREER




Aquella crisis de principios de siglo se llevó consigo lo mejor de nosotros. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto tiempo duró pero el caso es que, años después de que las voces autorizadas dieran por terminada la depresión, seguíamos respirando una atmósfera enrarecida, como si alguien hubiera teñido de gris nuestras vidas y ya no halláramos el modo de recuperar los colores perdidos. 
A pesar de los saldos positivos, de los dividendos favorables y las subidas de tipos de interés, la mayoría de nosotros seguía teniendo la sensación de que todo continuaba igual.
Es más, sin apenas darnos cuenta, empezamos a normalizar un estado de postración que iba desembocando en una dinámica de cierres generalizados. Cerraron las tiendas de antigüedades, los ultramarinos, los cabarés, las terrazas, los encantes, las mercerías, las librerías de viejo, las tiendas de música, los bazares, las salas de cine, e incluso llegaron a cerrar algunos espacios que antes tuvieron la condición de públicos. Y sin embargo, la gente seguía pasando de largo en medio de aquella desolación como si nada estuviera sucediendo. Nos habíamos acostumbrado a ver como el mundo entero cerraba sus puertas, y aun así, reconozco que a día de hoy, no es fácil imaginar un panorama tan desolador.
Llegó el día en que alguien advirtió que llevaba años sin ver a una pareja besándose en la calle. A pesar de lo extraño de tal afirmación, los demás no tardamos en corroborarla. Aquellos que estaban casados o emparejados, advirtieron pronto que habían perdido la cuenta del tiempo que no ejercitaban el arte de besar. Recorrimos parques, estaciones, bulevares, riberas, avenidas y vestíbulos de hotel, y no encontramos el menor atisbo de aquella inocente muestra de pasión.
Ya nadie hablaba de furtivos amantes que se besaban en callejones, de aquellos novios que aprovechaban la oscuridad de las salas de cine para unir sus bocas. Y lo peor, ninguno de nosotros echaba de menos algo tan hermoso y tan sencillo como el roce de unos labios. No obstante éramos conscientes de aquella realidad, por más que la tuviéramos perfectamente aceptada. Aunque nadie nos quisiera creer, negarlo habría sido faltar a la verdad: alguna fuerza -no sabemos cual- que gravitaba muy por encima de nuestras voluntades, nos había despojado del deseo de besar y ser besados.
De alguna manera que nunca supimos explicar, aquella húmeda fricción entre bocas, aquella desesperada lucha de dos lenguas por ser una, aquel intercambio de delirio y saliva, junto con todo lo que pudiera significar, se convirtió en un anodino recuerdo, que acabó evaporándose con el transcurso de los años.