domingo, 6 de enero de 2013

A PESAR DE TODO, FELIZ NAVIDAD

A pesar de las orgías de derroche -derroche de objetos inútiles, derroche eléctrico, derroche de tiempo, derroche de miseria-, a pesar de ese insoportable familiar que todos tenemos dentro, a pesar de los atracones -atacones de comer, atracones de beber, atracones de publicidad, atracones de estulticia, atracones de egoísmo- a pesar de la contagiosa melancolía de aquellos a los que quieres, a pesar de los mitos con burro y sin burro, a pesar de los trasnochados discursos reales, a pesar de tanta falta de afecto, a pesar de los pesares... no es tan mala la Navidad. 
Dicen que es una buena excusa para estar juntos, para el abrazo sincero, para ser amables los unos con los otros, para declarar treguas entre guerra y guerra, para desafinar democráticamente, para portarnos bien con el prójimo, para encender una chimenea o para apagar el ordenador y encender el sentimiento. 

Feliz Navidad porque se acaba... o tal vez porque por fin se acaba.

PD. No haríais mal en escuchar el clip de música. Jan Garbarek y The Hilliard Ensemble (Parce Mihi Domine, Cristobal de Morales)

domingo, 23 de diciembre de 2012

ENHORABUENA

Pues sí; mi más cordial enhorabuena a los gobiernos. No a este gobierno de la nación, sino a todos los que pueblan nuestro pueblo: a los gobiernos municipales, a los gobiernos regionales y a los anteriores gobiernos. Enhorabuena, porque entre todos han conseguido arrojar un balance positivo. Por fin hay un número que ha crecido visiblemente en los últimos cuatro años. Me refiero, por supuesto, al número de mendigos que hay en las calles. Al número de seres humanos que se agolpan en los comedores sociales. Al número de criaturas que sobreviven a base de caridad. Al número de los que duermen en las puertas de los bancos. Gran labor social la de los bancos; permitir que un ser humano pernocte junto a uno de sus generosos cajeros. Enhorabuena también a los banqueros, a cuyas arcas van a parar esos milloncejos que nos recortan en sueldos, pensiones, inversiones científicas y culturales, subsidios de desempleo y otras menudencias. 
Queridos gobernantes; lo habéis conseguido, habéis logrado multiplicar por cien el número de personas que practican la mendicidad en la calle. Al fin y al cabo, para vosotros, un número es un número. Y detrás de los números no hay sentimientos, no hay anhelos, necesidades básicas, ni siquiera dignidad. Con los números se elaboran estadísticas que no significan nada para quienes sólo entienden de macroeconomía. Y la macroeconomía es la ciencia creada por y para los psicópatas. 
Os merecéis otro aumento de sueldo. Pero cuidado, es posible que vuestros hijos sufran ataques de ansiedad cuando tengan que abrir todos esos regalitos que les han tocado en gracia. 

domingo, 16 de diciembre de 2012

LA BICICLETA



Alfred Jarry en su bicicleta

“Cada vez que veo un adulto en bicicleta dejo de desesperarme por el futuro de la raza humana”
H.G.Wells

A veces –contadas veces- el editor acierta al encabezar una obra de compilación con un aforismo. En este caso, el aforismo de H.G. Wells es la guinda de ese maravilloso pastel denominado “Ubú en bicicleta”, (Ediciones Gallo Nero, 2012) dedicado a algunos de los mejores opúsculos de Alfred Jarry, padre de la patafísica, creador de Ubú Roi, y precursor de gran parte de las vanguardias literarias del siglo XX. 

La máquina de tracción humana, ese exoesqueleto que algunos reverenciamos frente a los malos humos, fue una de las pasiones que Jarry mantuvo a lo largo de su corta existencia hasta el punto de hacerla protagonista de algunas de sus creaciones literarias. Jarry es el tipo que pasea en bicicleta por París en esa fotografía que corona esta entrada, y que, por supuesto, nunca llegó a pagar. Ningún otro autor ha llegado a mimetizarse tanto con su propio personaje. No fue el único; su doctor Faustroll ha sido a su vez santo patrón de la ciencia patafísica moderna, una ciencia del absurdo que empieza a albergar más genialidades que la masonería.

Para algunos como un servidor, la bicicleta no es una máquina en sí, sino parte de un todo compuesto por el motor primario –el insustituible ser humano- y el exoesqueleto más generalizado de cuantos se puedan encontrar. Una bicicleta no genera más contaminación que la del propio aliento, sus piezas se pueden reciclar hasta el infinito, es el vehículo que pesa menos que el usuario, apenas ensucia el suelo por donde rueda, y coadyuva a liberar casi tantas endorfinas como la risa. Como decía Mario (Sancho Gracia) en la película “La bicicleta” de Sigfrid Moleón: en el coche enciendes la música; en la bicicleta, tú cantas.

Resulta bastante complicado matar a alguien atropellándolo con una bicicleta. Habría que pasar unas cuantas veces por encima de la víctima para dejarla bien muerta. Las cifras de los atropellos mortales tienen su campeón mundial: el automóvil. Uno se puede lesionar gravemente en un accidente ciclista pero, por lo general, ese tipo de accidente resulta mortal con la inestimable colaboración de un coche. La bicicleta no hace ruido. Una manifestación de tres mil ciclistas atraviesa la Gran Vía de Granada en diez minutos y no deja ni una octavilla en el suelo. 

 Si a esto le añadimos que la bici no consume combustibles fósiles, y que el que pedalea no paga el billete de autobús, llegaremos a la conclusión de que nos hallamos ante un artefacto altamente transgresor.

Será por eso que el Ayuntamiento de Granada “estudia” la posibilidad de prohibir la circulación de bicicletas por la arteria principal de la ciudad. Quizá a nuestros próceres les resulte peligroso que un elemento tan inocuo comparta espacios con otros vehículos, como de hecho lo hace en la mayor parte de las ciudades centroeuropeas donde el tráfico es más fluido por la sencilla razón de que hay menos automóviles. Cada día hay más de cien mil bicicletas en las calles de Berlín. No hablemos de Ámsterdam, Copenhague, Oxford, Barcelona, Helsinki, Praga, Estocolmo, Bruselas, Luxemburgo, Estrasburgo, Oslo, Ginebra… No sé si seguir con la lista o reconocer que nunca aspiraremos a superar un pensamiento rancio y provinciano basado únicamente en el interés económico.

El que ha tenido la suerte de enamorarse de esta bellísima máquina sin tubos de escape ni lujos innecesarios, sabrá ya que no es preciso recurrir al salto en paracaídas ni a las drogas de diseño para experimentar esa eufórica ingravidez que brota en las entrañas al deslizarse por calles, carreteras, pistas y caminos, por el simple placer de hacerlo. 

Cada día, siendo aún de noche, vuelo en mi bicicleta hacia la oficina donde intento ganarme la vida decentemente. No me importa que llueva o haga frío, que el camino se ponga cuesta arriba o que algún conductor amenace mi existencia. Supongo que ese es uno de los motivos por los cuales empiezo la mañana con una sonrisa en la cara. Suban a un autobús, métanse en un atasco a hora punta, y miren a su alrededor. Observen las caras de quienes les rodean y busquen un solo gesto de alegría. A lo mejor va ser verdad eso de que el carburador de un ciclista está en su propio corazón.

Tal vez pedalear no garantice ninguna comodidad. Es, incluso posible, que sea un ejercicio arriesgado. Siendo así convendrán conmigo que esta vida es ya de por sí lo bastante perra como para que, encima, le quitemos ese poco de emoción que le da sentido.


domingo, 9 de diciembre de 2012

EL TESORO DE OCCIDENTE



Todo aquello que se nos oculta de la mirada en los espacios que identifican la civilización es desvelado con impudicia a través de las ventanillas de los trenes. El trayecto del ferrocarril nos proporciona paisajes de todo tipo: desde la radiante belleza de las dehesas, hasta la sordidez de los suburbios. Nadie se ha ocupado de esconder esas toneladas de chatarra que se agolpan junto a las vías. Nadie limpia los arroyos de fango que discurren junto a la oruga mecánica.   Eso sería como esconder la verdad. En alguna parte habrá que apilar lo que ya no sirve.
Girones de plástico, lavadoras oxidadas, tresillos desvencijados, tubos de escape, ruedas de automóvil, fragmentos de alicatado, cascajo, ropa descolorida, teléfonos móviles, gallinas muertas, ordenadores, bolsas de la compra, bolsas de basura, minibolsas, bolsas gigantes, viejos televisores, sostenes potrosos, zapatos impares, maletas… el tesoro de una gran civilización. 
Si somos lo que producimos, mucho me temo que nuestra capacidad de generar despojos empieza a ser nuestro mayor patrimonio.

sábado, 24 de noviembre de 2012

LO CONFIESO TODO






Está bien; lo confesaré todo. Fui yo. Fui yo. Fui yo, maldita sea, el que disparó a Kennedy. Yo apuñalé a Cesar. Traicioné a Viriato. Descerebré a Lincoln. Vendí al Mesías por treinta monedas de plata. Simpaticé con los insurrectos. Escribí anatemas. Fui el bufón que hizo mofa y befa y escarnio del rey. Me declaro culpable. No negaré nada. Y de mil amores estaría dispuesto a cantar la palinodia si tuviera usted a bien sacarme su pistola de la boca.