lunes, 5 de noviembre de 2012

LOS PARAISOS PERDIDOS






Yo me crié dentro de un poema. Mi infancia era tan inerte que más de una vez dormí sobre los nenúfares. Me pasaba los días y las noches soñando. Si no hubiese sido así, creo que me hubiera vuelto loco. Lo que falsamente llamamos realidad no me interesaba, incluso me parecía una tortura: yo quería asomar los ojos en el reverso de las cosas, a la vuelta de todas las esquinas, al otro lado del horizonte.


jueves, 18 de octubre de 2012

A MEDIA HASTA


Banderas y pendones a media asta. Que no se levante un mástil. Nacho Vidal ha sido detenido por su –presunta- implicación en una de tantas tramas de blanqueo de capitales.
Presunciones de inocencia aparte, pocos niegan a estas alturas que Nacho Vidal tiene su aquel. Deberíamos envidiarle por méritos y capacidades de todos conocidos, y sin embargo le admiramos. Por más que se empeñen las damas apostólicas, que un tipo corriente e incluso aparentemente agreste y montaraz haya conseguido ganarse la vida con eso que nos gusta a todos, no es moco de pavo. En un país de reprimidos profundos, que rebosa hipocresía por los cuatro puntos cardinales, hacer de la entrega un estilo de vida y, de paso, forrarse hasta el calcañar, no es pan nuestro de cada día. A esos méritos habría que añadir el dominio de varios idiomas: naturalmente el inglés –¡oh my God!- el francés y hasta el griego. A ver cuántos presidentes del gobierno pueden presumir de entenderse con sus homónimos sin necesidad de intermediarios. A excepción de Aznar, que hablaba el catalán en la intimidad, la ignorancia de la lengua del imperio es lugar común entre nuestros mandatarios. 
Otra cosa diferente es que –presuntamente- Nacho haya caído en el vulgar pecado de la codicia y -presuntamente (repito)- se haya dedicado a emitir facturas falsas con la intención de eludir impuestos. Un pecado imperdonable, proclamo, aunque a estas alturas de la historia hace ya tiempo que la codicia dejó de ser un vicio para convertirse en una de las virtudes de referencia. La –presunta- codicia de Nacho no es más que una gota en este océano de avaros, usureros y aves de rapiña, que componen la élite de eso que llamamos el mercado. Eso, por descontado, no exime a nadie, y mucho menos a los nuevos ricos, de cumplir con sus deberes de contribuyente, por más que lo de pagar impuestos esté mal visto en España. Cierto es que Nacho se ha ganado lo que tiene con el sudor de su frente y de paso ha hecho sudar a más de cuatro. Y sin embargo no deja de parecerme una vulgaridad el hecho de dejarse caer en los brazos del Mephisto de turno, por una razón tan ordinaria como el proceloso deseo de acumular más de lo que se necesita. 
No confundamos; el pecado de Onán nunca fue el placer solitario, sino más bien la avaricia. No tienen más que abrir la Biblia –si se tercia- y revisar el mito.

lunes, 15 de octubre de 2012

NOSTALGIA


Durante la semana pasada hemos tenido la oportunidad de volver a escuchar una pequeña colección de letanías que me han hecho recordar un pasado no demasiado remoto. De unos y otros, los de arriba y los de abajo, los de levante y los de poniente, volvieron a marcarse exclamaciones patrioticas, banderas al viento, por San Jorge –perdón:  Jordi- a mí la legión y Santiago y cierra las batuecas. Nada de eso estuvo mal porque, quieras que no, la visceralidad patriótica anima el cotarro más que las continuas subidas de esa prima que seguramente no es pariente carnal de nadie. Los fervores patrios darían risa si no fuera porque siempre suelen acabar a punta de bayoneta.
Así las cosas llegó el día de la raza, con sus bonitos desfiles, fusil en ristre, y novenas a la Virgen del Pilar. Pero como las vírgenes no andan solas, también hubo procesiones a la del Rosario, que fue la artífice de de la victoria de las Naves cristianas en Lepanto. No fue la osadía de don Álvaro de Bazán, ni el jalar de los pobres galeotes, lo que decidió aquella épica victoria. Tampoco tuvo nada que ver la presencia del joven Juan de Austria, que a decir verdad, no sabía ni nadar. Fue la Virgen del Rosario, palabrita de scout, la que puso en fuga al turco fiero. ¡Saaalve reina de los maaares!
Domingo de misa, carrusel deportivo y toros. Redobles de tambores. Estampitas de San Pancracio. Ruido de sables. Póngame a los pies de su señora. Banderita tu eres roja. Eminencias reverendísimas. Devociones marianas. Y sobre todo, resignación, mucha resignación.
Por cierto; creo que la ratio de manifestaciones  en Madrid, sale a seis diarias. Estos rojooooooooooos.

martes, 2 de octubre de 2012

EL JUEGO DE LOS ABALORIOS

Herman Hesse


Cada día se va haciendo más selecto el extravagante club de los que alguna vez leyeron el Ulises de James Joyce y –para colmo- dicen haber gozado con la lectura. Habría que aclarar que no es nada sintomático el sambenito de “lectura compleja” con que se ha querido etiquetar la obra de Joyce. Seguramente estemos viviendo en el momento en que más libros se venden y menos literatura se lea. No es un lamento, es lo que hay. Los mercados –aunque algún ingenuo quiera creer en lo contrario- mandan en las políticas presupuestarias de los gobiernos, y por supuesto, dictan lo que se debe colocar en los escaparates de las librerías. Frente al bombardeo mediático y el enorme peso de la mercadotecnia, el lector medio ha ido perdiendo ese inmensurable tesoro que fue la libertad de elegir. Por supuesto, siempre habrá excepciones; esas anomalías que rompen la regla imperante y que hacen de la literatura un territorio no del todo manipulable.
La discusión sobre las calidades literarias de lo que se publica en estos momentos no ha servido ni servirá de gran cosa. No es ese el tema. El tema consiste en la existencia de otro espacio aún más exclusivo que el de los lectores del Ulises, un círculo en el que resulta casi anecdótico el encuentro entre dos lectores del mismo libro, siendo dicha obra una de las cumbres de la literatura europea. Me refiero a aquellos que en algún momento de sus vidas se sumergieron en las páginas de El juego de los abalorios de Herman Hesse. Seguramente, esos que tuvieron la fortuna de acceder a la apócrifa biografía de José Knecht, el magister ludi que encarna esta metáfora a medio camino entre la utopía y la distopía que, a fin de cuentas, fue la premonición que Hermann Hesse realizó sobre un porvenir que ya es presente. En el mundo de El Juego de los abalorios, la cultura profunda e integral ha dejado de ser un bien al alcance de la mayoría para convertirse en objeto de folletín. La era del folletín ha se ha instalado en occidente, y la inteligencia se nos ha quedado en una aspiración, una quimera cada vez más alejada de los anhelos humanos. El conocimiento y el gozo espiritual han quedado marginados en una serie de reductos donde la mayoría de la humanidad mira con desprecio. El saber es un capricho para unos cuantos “pedantes”, o al menos así piensa buena parte de la crítica moderna. Así las cosas, la mirada a este mundo del folletín que Herman Hesse deposita en las páginas de El juego de los abalorios, se remite al interior de la mítica Castalia, una institución donde el conocimiento y el arte han sido sacralizados.
Penetrar en ese cosmos de Castalia, en ese territorio donde la razón recupera el sentido de la existencia, fue uno de los viajes más valiosos que haya realizado en mi vida. Tenía yo diecisiete años cuando quedé atrapado en aquel presunto ladrillo al que, día a día, encaminaba mis pasos durante los largos meses que invertí en su lectura. Han pasado treinta años y todavía me siento parte de aquella profecía.
Frente a esa obra cumbre de la literatura universal, he escuchado voces que calificaban a Hesse como un autor que diseñó un pensamiento de fácil acceso para los jóvenes lectores de mediados del siglo pasado. Es cierto que muchos de nosotros hemos crecido a la sombra de El Lobo Estepario, Sidharta, Bajo las ruedas, o Demian. Y sin embargo no es menos cierto que valorar a un autor por una parte –nada fútil, por cierto- de su obra, resulta una torpeza de dimensiones inabarcables. Juzgar la literatura de Herman Hesse sin un conocimiento profundo de la más grande de sus obras, es como creer que se conoce a Ravel por ser el autor del “Bolero”. Por el contrario, aventurarse entre las páginas de esta creación literaria de largo recorrido, acercaría al ávido lector a un conocimiento auténtico de aquel que fue el autor de cabecera de las generaciones inconformistas. 
Y todo esto ¿para qué? Pues para acabar reconociendo que en esta vida hay quien está para pasar el rato, pero también hay quien existe para vivir el instante. Ambas actitudes parecen un más de lo mismo, y sin embargo, están situadas en hemisferios opuestos, casi diría antagónicos. Uno se puede embriagar contemplando la superficie del mar, pero les aseguro que en esa posibilidad (como en la vida) es mucho más emocionante sumergirse en el abismo, más allá de lo aparente.

lunes, 24 de septiembre de 2012

EL PEOR VIOLINISTA DEL MUNDO


En la Avenida de la Desolación habitan hombres y mujeres de todos los colores, de todos los sabores, de todos los tamaños, de todos los sonidos, de todos los credos, de todos los humores. Caminan a intervalos irregulares zigzagueando sin sombra bajo el cielo plomizo de otro día perdido. Se desplazan veloces sin el menor interés en el trozo de vida que recorren. Pululan invisibles, insensibles, insignificantes, transformados en números que se diluyen en la masa.

Todo el universo habita en la Avenida de la Desolación. Nada se escapa a ese sistema de cuerpos celestes que recorren una y otra vez los mismos caminos por el bulevar. Todo lo que pasa y habita en este pedazo de hormigón tiene su cometido. Hasta los mendigos cumplen con su función.

En la avenida de la Desolación, menudean las miradas furtivas, los otoños pesimistas y los desprecios por el sentimiento ajeno.

Bajo el asfalto de la Avenida de la Desolación se pulverizan decenas de miles de cadáveres olvidados. La gente circula sobre los muertos sin historia, los muertos del silencio, los muertos de la infamia, ignorando que en otro tiempo esos huesos estuvieron dotados de conciencia, de deseo y de ansia de belleza.

Una bandera ondea al final de la avenida, empañada de sangre y vergüenza. Una bandera preside orgullosa el paseo de las chicas PeloPantene que venden su estulticia a cambio de veinte segundos de gloria.

Un batallón de cretinos derrocha la única vida que le ha sido dada frente a una pantalla que vomita inanidad.

La vanidad se baña en el trivial reflejo de los escaparates mientras se deja robar los suelos por las luces de colores que centellean a su alrededor.

Una sotana inquieta reparte almanaques que reproducen angelitos con el culo sonrosado y la mirada inexpresiva.

Una alimaña viscosa te proyecta su aliento nauseabundo en el cogote, y sientes un irrefrenable deseo de aplastar esa vida insignificante como el que pisa una cucaracha. Pero tú no haces nada; siempre acabas dejándolo estar, dejándolo pasar, dejándolo seguir con su ritual de atrocidades.

La mujer policía con el pelo recogido en una cola de caballo te cachea con unos ojos amenazantes.
En la avenida de la desolación se acunan las estridentes notas del peor violinista del mundo. El viejo de mirada desamparada toca su pobre instrumento de forma automática, arrancando graznidos de gaviota a las polvorientas cuerdas, sofocando el canto de los jilgueros con una melodía cansina. Pero de vez en cuando, tal vez por aburrimiento, el peor violinista del mundo recuerda su terruño rumano y hace llorar a esa cajita de madera que poco antes malograba con aire de desprecio. 

Pero, alto ahí, por el horizonte va surgiendo una pléyade de bicicletas que se adivinan reconstruidas con piezas ajenas. Pedalean con el aire fresco del  futuro desoyendo las voces de la cordura que les recuerdan algo que ya sabían de antemano: no está en sus manos llenar de árboles la avenida, nada pueden hacer contra los muros de la realidad. Y sin embargo nunca se detienen, nunca se rinden ante las evidencias, nunca bajan la voz aunque conozcan su impotencia.

El viento barre el polvo y agita peligrosamente las faldas. Se acerca la tormenta por encima de las montañas. Hay un silencio de motores, un aullido triste en la lejanía, y cae la primera gota de sangre sobre la acera.