martes, 16 de septiembre de 2025

LA VOZ QUE NUNCA DUERME

 


¿Han probado alguna vez uno de esos deliciosos bocados –digamos una trufa blanca- que, por ser únicos en la vida, hacen que el tiempo se detenga, y envuelven la lengua sin empalago, y nos hacen tomar el aire por la nariz para gozar del retroaroma, y despliegan en nuestro cerebro una cascada de colores y luces que hacen creer en lo imposible y que, una vez adentro, nos dejan con ganas de más?

Pues algo así, algo mecido entre lo fantástico y lo trágico, sucedió la noche del 14 de septiembre, en que Esther, Noelia y Luis nos sentaron sobre la arena blanquecina de una playa salvaje y nos dieron a elegir entre contemplar la superficie del mar o acompañar a Alfonsina Storni y bucear en sus profundidades.

El mar, suavemente mecido por las manos de Noelia, el mar que cruzaron nuestras mejores poetas del pasado siglo y que acalló sus voces por tantos años, y que nos devolvió la belleza de una poesía valiente y veraz, en la que la elegante mesura de Esther acariciaba la Guajira para Rosalía de Castro, o desgarraba el potente galope de una bulería trazada sobre los versos de Angela Figuera Aymerich (1902-1984), supremo acto de libertad que se materializa en su No quiero.

No quiero que la Tierra se parta en porciones/ que en el mar se establezcan dominios/ que en el aire se agiten bandeas / que en los trajes se pongan señales.

Pues la voz dormida de nuestras poetas despertó bajo el luminoso abrigo de un viejo magnolio para decir NO a la bota del soldado, a la perversa sotana que impone el miedo, a las Bernardas Albas que habitan en nuestros corazones, al qué dirán de los rellanos, a los castradores de sueños, a la soflama ramplona de los salvapatrias… Pero también para reavivar el deseo legítimo de las mujeres y la lucidez desterrada, para desenterrar las raíces de la emoción y el brillo del pensamiento.

Fue entonces la noche, pura poesía puesta en pie por el genio creador de Esther Crisol –apabullante en el Collage dedicado a Mercedes Pinto- y por la inconformista guitarra de Luis Mariano, más poeta que nunca, si es que alguna vez dejó de serlo. Fue la noche un estallido de pura belleza para los sentidos y, sobre todo, para el alma de los allí presentes, con un flamenco transgresor en la lírica y en los refinadísimos ritmos de Noelia Arco. Fue una noche de constelaciones y brisa fresca, en la que, a más de uno, le costó lo suyo contener el llanto.

Porque la voz de nuestras poetas puede ser (y ha sido) desterrada, fusilada, silenciada e incluso olvidada, pero brotará del seno de la tierra como esquejes de encinas y cipreses y álamos; y florecerá de nuevo en las copas de los castaños y cubrirá la tierra como los copos de nieve, para devolvernos su luz y su inquebrantable brillo.

No necesito ser perfecta, ni eterna. Me basta con ser real. (Mercedes Pinto, 1883-1976)

martes, 9 de septiembre de 2025

OS PRESENTO A GVIR

 

Un muchacho extraordinario este Itamar Ben-Gvir, socio de gobierno de la actual coalición que dirige Israel y gran parte de la humanidad. Líder del partido Poder Judío, y ministro de Seguridad Nacional hasta enero de 2025, tiene en su hoja de ruta el total exterminio de los palestinos.

En el salón de su domicilio brilló una fotografía de un tal Baruch Goldstein, que fue el tipo que mató a 29 palestinos e hirió a otras 125 personas (muchos de ellos menores de edad) en lo que se conoce como la masacre de Hebrón o de la Tumba de los Patriarcas.

Tal era el perfil ideológico de Ben-Gvir durante la juventud que le fue prohibido el acceso al servicio militar ¡obligatorio!

Poco antes del asesinato del primer ministro israelí Isaak Rabin, Gvir apareció ante las cámaras de televisión exhibiendo el logo del automóvil de Rabin, y amenazándolo abiertamente: ¡Hemos llegado hasta tu coche y llegaremos hasta ti!

A principios de 2025 Gvir dimitió de su cargo en el Ministerio de Seguridad Nacional, por una razón de peso: Israel había pactado con Hamás un alto el fuego.

Y lo más curioso del fenómeno Gvir, es que en Israel hay cientos de miles de ciudadanos que no sienten el menor pudor en afirmar que piensan –si es que esto puede calificarse de pensamiento- como Itamar Ben-Gvir.

Si el gobierno de Netanyahu ha dejado de contar con este orgulloso genocida, tampoco ha cambiado de intenciones con respecto al pueblo palestino. Ya no se trata de una lucha contra el terrorismo fanático de Hamás, sino de un continuo goteo de cadáveres que esperaban en la cola del reparto de alimentos (casi 900 a día de hoy), bombardeos selectivos contra hospitales y colegios, detenciones y torturas sistemáticas a cualquiera cuyo rostro no les haga gracia a los soldados israelíes, cierre de fronteras a las organizaciones humanitarias, hambrunas provocadas por el propio ejército de Israel, y todo ello salpimentado con mofas a los Tribunales Internacionales, y el apoyo incondicional de todos los gobiernos de los Estados Unidos de América.

La pasividad de Occidente, cuando no la complicidad, como en el caso de la República Federal de Alemania; la doble moral de los gobernantes, como en el caso del Estado Español que ha vendido armas a Israel hasta hace cuatro días, todos ellos tendrán que pasar factura con la Historia.

Unos miran para otro lado, otros acallan las voces de los lúcidos. Y todos coadyuvan al sistemático asesinato de inocentes.

Hasta el momento más de 62.000 muertos por la acción del ejército israelí. 18.000 de ellos menores de edad.

lunes, 28 de julio de 2025

PURA OBSTINACIÓN

 El sábado 26 de julio de 2025, Margarita Victoria tuvo una caída sin importancia. Lo malo es que esa caída le hizo llegar dos minutos tarde. Llegar dos minutos tarde a la oficina no es un gran problema para la mayor parte de nosotros, pero en el caso de Margarita Victoria supone perder muchas opciones, porque Margarita Victoria se gana la vida sobre una bicicleta y su caída en la primera etapa del Tour la ha descartado para estar entre las diez primeras.

El domingo 27 de julio de 2025, en la segunda etapa del Tour, Margarita Victoria, a diez kilómetros de la meta, puso un desarrollo de los que duelen en las piernas y se escapó de un pelotón que tenía toda la pinta de jugársela a sprint. 

En una llegada agónica en la que las mejores corredoras del mundo (Vollering, Newiadoma, Kopecki, Vos... seguro que no les suenan sus apellidos) la tuvieron a tan solo dos segundos de distancia, Margarita Victoria aguantó en el repechón final y entró en la meta con los brazos en alto.

Era la primera vez que Margarita Victoria García ganaba una etapa del Tour de France. Tiene 41 años, dobla en edad a muchas ciclistas del pelotón y estaba pensando en retirarse.

Ganar una etapa del Tour es una de las hazañas más complicadas de este mundo, teniendo en cuenta que hay más de doscientas ciclistas profesionales que también quieren llevarse el premio, y algunas de ellas tienen claro que quieren ganar el Tour. 

Y si a esto le sumanos que cada Tour de France es el acontecimiento con más público presencial del mundo (hasta 100.000 en una sola etapa) no es cosa anecdótica.

Margarita Victoria, conocida como Mavi García, lloraba en la meta abrazada a sus compañeras de equipo, porque llevaba persiguiendo algo así desde hace muchos años. 

Ninguna portada en los periódicos celebró lo que había conseguido Mavi Garcia. Y no lo hicieron porque, en primer lugar, Mavi García es una mujer, en segundo lugar, porque sus miles de kilómetros de entrenamiento, sus largas concentraciones en Sierra Nevada, y su vida de sacrificios, no significan nada en nuestra sociedad patriarcal del mínimo esfuerzo.

Se habla de que, tal vez, lo que hacen estas mujeres que suben el Galibier, el Tourmalet, Los  Lagos de Covadonga, el Alpe D'Huez, el terrible Mon Ventoux y descienden a noventa kilómetros por hora, y se rompen huesos en las caídas, y entrenan haga calor, frío o caigan chuzos de punta; quizá sirva de inspiración a otras niñas que se atrevan a subir a una bici y lanzarse a la carretera a desafiar las convenciones, para escribir páginas de una belleza inigualable.

Yo diría que la gesta de Mavi García, perseguida por velocistas de renombre, algunas con más de doscientas victorias a sus espaldas, nos debería inspirar a todos, porque todos estamos destinados a caernos y no todos tenemos la fuerza de levantarnos y seguir luchando. 



miércoles, 23 de julio de 2025

HIRAYAMA

 

Pienso en Hirayama más de lo que imaginaba cuando vi aquella película. Quizá porque su nombre ha quedado en mi interior como el único personaje del cine que me ha llegado a cautivar sin reservas. El cine suele mentir tanto que, cuando dice la verdad, podría incluso provocar miedo.

Hirayama no necesita mucho para vivir, porque sabe valorar los pequeños instantes de placer que alberga la vida. Ha pasado ya de los sesenta años y, aunque todo hace pensar que procede de una familia opulenta, ejerce un trabajo que consiste en limpiar retretes públicos en Tokio y lo hace con absoluta profesionalidad. No se trata de una existencia de privaciones sino de un modo de ser y pensar arraigado en la coherencia. Con Hirayama descubrimos que la austeridad puede estar salpimentada por la exuberancia de los íntimos placeres; placeres sin lujo, sí, pero auténticos placeres. Es tímido, tanto que apenas escucharemos su voz hasta los treinta minutos de película. Sin embargo, nos bastarán sus gestos, su mirada, y su infinita ternura para ir conociendo al hombre que ha encontrado la alegría de lo cotidiano y el encanto de las excepciones en una vida reglada a fuerza de rutina. Hirayama ha entablado amistad con los árboles, incluso con el Skytree, la gran torre de radiodifusión que parece amparar los largos desplazamientos del cochecito que conduce nuestro personaje para desplazarse cada día al trabajo.


A
través de los ojos de Hirayama el espectador podría alcanzar a vislumbrar esos extraños momentos de evanescente belleza que hacen soportable una realidad pavorosa porque, en el polo opuesto de la aparente austeridad del protagonista, se expone (y no sin cierto grado de obscenidad) una sociedad de abundancia donde todos somos indigentes morales que únicamente existimos con el objetivo de tener más.

Aunque no quede explicitado, sabemos que la vida de Hirayama no ha sido fácil, y que en su humilde existencia ha encontrado una forma de estabilidad emocional a la que no va a renunciar por todo el oro del mundo, pues todo el oro del mundo es lo que menos interesa a quien sabe que el dinero puede comprar muchas cosas, pero jamás podrá adquirir tiempo.

La complejidad del personaje no se deja apabullar por las comparaciones, -aunque parezca hundir sus raíces en aquel viejo Marcovaldo de Italo Calvino- y desarrolla una personalidad absolutamente singular y un brillo interior que se apodera de la pantalla sin necesidad de banales efectismos. La tragedia de la vida y sus efímeros gozos, se amalgama en el rostro de un espléndido Koji Yakusho (Babel 2006, Sonata en Tokio 2008, Hara-Kiri 2011, Under de open Sky 2020) el actor que da vida a Hirayama y que, en el largo plano de los minutos finales, borda una de las mejores secuencias del cine universal.

Uno se planta ante un personaje de esa envergadura y sabe que no va a obtener demasiadas respuestas, pero en su lugar tendrá que buscar las suyas para las preguntas que, a buen seguro, va a descubrir.

La película se titula Perfect Days y fue dirigida por Win Wenders en 2023.

martes, 24 de junio de 2025

¿PUEDE UN OBJETO POSEER ALMA?



 

Hay ocasiones en que, por fuerza, uno tiene que sentirse pequeño, y en su pequeñez, comprender que ha sido privilegiado por tener la posibilidad de rendirse ante la excelencia.
Hoy puedo afirmar, no sin cierto orgullo, que yo estuve allí, yo fui testigo de algo que no puede resumirse con simples palabras. Tuve la suerte de ver y escuchar el maravilloso violín Gagliano de cuya alma extrajo Maria Dueñas la magia inefable que está marcando las vidas de más de cuatro.
Si uno tuviera la capacidad de distinguir las alas de una abeja cernida ante una golosa margarita, también podría ver los dedos de la mano izquierda de María Dueñas durante el movimiento final de la Sinfonía Española de Eduard Lalo. Pero eso es imposible, porque los dedos de la violinista se movían sobre las cuerdas como relámpagos, mas con tal precisión que hacían parecer la mar de sencillo uno de los conciertos más complejos de los últimos doscientos años. 
Y sin embargo no fue hasta el sorprendente encore, ya fuera de programa, en que la violinista entregó lo más íntimo de sí misma. Se trataba de una poco conocida Veslemoys Sang del compositor noruego Johan Halvorsen, una suerte de romanza en la que Dueñas obtuvo el maravilloso acompañamiento de la cuerda de la Orquesta Nacional de España con la complicidad del entregado maestro Orozco Estrada. Les puedo asegurar que he escuchado unas cuantas versiones de estos apasionantes tres minutos de pura música, pero nunca, jamás, he podido percibir el derrame de ternura con que María Dueñas acariciaba las cuerdas de un instrumento dotado de espíritu, por obra y gracia de este prodigio de tan solo veintidós años que nos ha regalado la vida.  
Yo estuve allí, repito, y puedo contarlo como lo viví; ya lo creo que sí: con decirles que todavía me tiemblan las piernas... 

martes, 8 de abril de 2025

COINCIDENCIAS

 


Si el hipotético lector se embarca en la aventura de abrir las páginas de Ejercicios de estilo de Raimond Queneau va a encontrarse con una de las lecturas más lúdicas de los últimos cien años. Me explico: el autor toma un hecho totalmente anodino, insustancial para más señas, y lo describe de noventa y ocho formas diferentes; usando modos estándares como por ejemplo: torpe, parcial, olfativo, gustativo, ignorante… y así hasta completar una panoplia de formas diferentes para contar el mismo suceso. Y ustedes pensarán ¡menudo pestiño! ¡el mismo cuento noventa y ocho veces! Y, a priori, podría parecer uno de esos juegos literarios a los que somos aficionados los frikis de las letras, pero lo cierto es que, al tener constancia del asunto y ver las múltiples posibilidades de expresar la misma idea, resulta que a uno se le encienden los faros y se lanza al juego como el que se zambulle en la piscina. Y de ello resulta que, cada uno de los ejercicios de Queneau es una fiesta de posibilidades en la que las endorfinas del lector van a estallar en carcajadas. Dicho de otro modo, desde que leí la novelita de Perec, ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado al fondo del patio? no me lo había pasado tan bien. Diré más: el origen de este extravagante juego de Queneau llegó a su autor tras haber escuchado El arte de la fuga de Bach, obra que se inicia con un tema de aparente simplicidad que el autor va enriqueciendo por medio del contrapunto y la fuga hasta crear algo que, a día de hoy, supera de lejos las capacidades de cualquier ser humano.

El asunto quedaría ahí de no ser porque acaba de caer en mis afortunadas manos otro librito de relatos, en este caso de reciente aparición, obra del afinado poeta Salvador Galán Moreu, bajo el título unitario Los cuartos de Ellas, en los que el autor realiza una serie de cambios de estilo al implicar su voz en las múltiples personalidades de las narradoras. Y he aquí lo, a mi juicio, más interesante del juego, pues en la primera parte, bajo el mismo título del libro, y de forma deslumbrante, la voz del autor queda relegada en favor de las protagonistas, cada una de ellas tan diferente a las otras como cada individuo lo es de sí mismo. Más que un ejercicio de estilo, diría yo que, en este caso, se trataría de un ejercicio de empatía, aunque no vaya desgajada de un temerario sentido crítico, más teniendo en cuenta que, a día de hoy, todo ejercicio de lucidez corre el riesgo de enfrentarse al permanente acecho de las nuevas inquisiciones. La habilidad literaria, más que una intención de lucimiento, queda refrendada en la segunda parte del libro, Jonás en el Búnker, de nuevo con frecuentes recursos a la primera persona, e incluso a la elongación de las frases más allá de lo tradicional, en pos del juego; un juego en el que el lector deberá comprometerse en oposición al manido papel de receptor. Decía Escher que su arte era un juego; pero un juego muy serio.



También de reciente aparición, aunque de largo recorrido, tengo en mis manos el volumen Trenes de Miguel Arnas, donde es la gran máquina de vielas, con su cadencia sincopada, sus movimientos repetitivos y sus cambios de ritmo, lo que marca las diferencias de estilos entre el primer relato Diciembre 1939 con respecto al resto de las narraciones. Admirador confeso de Thomas Pynchon, Arnas eligió un compás cercano al estilo Beat, para colocar al protagonista como testigo subjetivo de uno de esos viajes en vagones de mercancías, al que fueron sometidos los exiliados españoles tras la contienda que sumió a nuestro país en uno de sus más vergonzantes periodos. Mediante esta forma de narración directa como una ráfaga de jabs de izquierda en el rostro del lector y carente de ornamentos, el protagonista nos susurra al oído cuán fácil resulta verse despojado de algo tan esencial como lo es la propia dignidad.

En el siguiente relato, Miguel Arnas, nos invita a un viaje a su pasado con puntuales regresos al presente, por medio de una visión lacerante sobre la desdichada época de las censuras morales y la represión sexual,  y lo hace cambiando a un estilo más personal, con un lenguaje cervantino, tanto en la elección de las terminologías más cercanas a las usadas en el Oulipo, como en un fino y elegante sentido del humor que, dicho sea de paso, tengo la dicha de frecuentar. De entre estas estampas unidas por la presencia de los viejos trenes en los que la aventura parecía estar garantizada, encuentro en el relato Agosto 1964 un encomiable ejercicio de sinceridad, ya no por su veracidad sino por la capacidad reflexiva con la que Arnas observa el inconsciente colectivo de una época que atravesó para siempre el alma de un país entero.

Si el estilo es la seña de identidad de un autor, digamos que la capacidad de cambiarlo, el desafío al artificio, el juego literario por excelencia, definen al escritor por encima de los lugares comunes que, a fuerza de repetidos, acaban imponiendo un retroceso.

jueves, 20 de marzo de 2025

HAY ALGO EN LA LLUVIA

 


Hay algo en la lluvia que nos hace vulnerables, algo que nos incita a retornar a los territorios de la infancia, ya saben, ese instante tan efímero en que la existencia nos parece dotada de eternidad; aquellos charcos que estaban ahí para meter los zapatos, los amores prohibidos que ni uno mismo sería capaz de reconocer, las preguntas sin respuesta que flotaban en el aire.

Bajo la lluvia echo de menos ese acto de desobediencia que practicaba cuando iba al trabajo en bicicleta, esa dulce canallada de atravesar la plaza solitaria con la inercia de mis ruedas. No era difícil sentirse un privilegiado al deslizarse aún de noche por las calles casi vacías del centro de mi ciudad, provocando un revuelo de palomas a nuestro paso, canturreando como Tom Waits tras una larga noche de baladas y tragos, como si aún tuviera uno la capacidad de enamorarse, sin caer en la cuenta de que llevo más de veinte años conculcando los preceptos que marcan la existencia del buen obediente.

Quizá esa sensación de andar transgrediendo mandamientos sea lo que hace que la niñez vuelva a fluir por mi sangre, ese deseo de sacar la lengua a lo establecido, de multiplicar el silencio con otro silencio, de beberme las gotas de lluvia y sonreír sin motivo; quizá esa magia, digo, de cortar el aire con las delgadas ruedas del velocípedo, sea una excusa para sentir palpitar la vida dentro de mi pecho aunque también sea consciente de que la vida empezó hace tiempo su declive.

Hace más de veinte años, tal vez muchos más, que pedaleo alegre hacia la indigna servidumbre de la productividad, tan solo porque habrá que alimentarse para poder seguir escribiendo, y todavía siento que el pulso se me acelera cuando veo a los jóvenes subir a golpe de pedal la rampa de sus anhelos.

Y no dejo de preguntarme qué nos estará pasando para habernos dejado convencer de que la madurez consiste en dejar de soñar. ¿Nos habremos vuelto tan adocenados que confundimos la elegancia con la apariencia?

La vida es demasiado corta como para desperdiciar el tiempo. Lo dijo el gran Henry David Thoreau, y yo aquí lo repito: ¡como si se pudiera matar el tiempo sin dañar la eternidad!

lunes, 9 de diciembre de 2024

LA VOZ AHOGADA

 

Mijail Bulgákov

Mijail Bulgákov, a quien los burócratas soviéticos prohibieron absolutamente todo lo referente a su oficio literario, escribió una carta de protesta a Stalin en los siguientes (y suicidas) términos:


Es mi deber como escritor luchar contra la censura, sea del tipo que sea la autoridad que la detente, así como realizar los llamamientos que fueran necesarios a favor de la libertad de prensa. Soy un entusiasta de esta libertad, y opino que un escritor que pretenda demostrar que puede pasar sin ella se asemejaría a un pez que asegura públicamente que puede pasar sin agua.


Sorprendententemente no fue fusilado ni enviado a un Gulag, y esto porque Stalin se había divertido durante una obra de teatro de Bulgákov. Eso sí, la publicación de su obra maestra El maestro y Margarita fue un terrible suplicio para su autor, pues los censores del régimen le hicieron la vida imposible, y solo pudo ver la luz (y burdamente censurada) veintiséis años después de su muerte. Treinta y tres años tras la muerte del autor, la obra vio la luz en su integridad.

La publicación de Lolita de Nabokov se convirtió en un calvario para su autor, tanto por las dificultades de encontrar editor, como por las torpes lecturas que sufrió y sigue sufriendo la novela. Nabokov recibió negativas de algunos editores en las que calificaban la obra de “repugnante” e incluso deseaban el patíbulo al autor. Todavía, a día de hoy, su lectura sigue siendo tergiversada por los guardianes de la moral que, a buen seguro, tendrán una vida privada impecable.

En la España del nacionalcatolicismo, el índice de libros prohibidos alcanzaba tal grosor que habría sido aconsejable redactarlo en papel de fumar. Esto, sin embargo, generó una actitud de tal ingenio en los creadores para esquivar el dedo acusador de los censores, que llegaron a aparecer verdaderos monumentos al doble sentido. Que Tiempo de silencio llegara a publicarse fue debido a la habilidad de Luis Martín Santos para despistar a los torpes lectores del régimen franquista.

Reinaldo Arenas se vio obligado a sacar a escondidas de Cuba sus manuscritos, gracias a la colaboración de unos amigos europeos. Aunque fuera reconocido por Lezama Lima como el gran poeta que fue, su vida se vio convertida en un infierno de persecuciones y abusos carcelarios, por el simple hecho de ser poeta y homosexual. Arenas escribió:

Nadie le espió (a Carlos Marx) desde la acera de enfrente, mientras a sus anchas garrapateaba pliegos y más pliegos. Pudo incluso darse el lujo heroico de maquinar pausadamente contra el sistema imperante. Carlos Marx no conoció la retractación obligatoria, no tuvo que sospechar que su mejor amigo podía ser un policía.

Escapar de la persecución castrista fue para Arenas su tabla de salvación y su sentencia de muerte.

A raíz del estreno de la ópera Lady Macbeth, tal vez su mejor composición,  Stalin se ocupó personalmente de evitar que Shostakovich, quien vivía en permanente espera de ser deportado a Siberia, estrenara sus brillantes y originales partituras. La vida del músico estuvo permanentemente sojuzgada por el pánico.

Salman Rushdie recibió en 1989 la noticia de que había sido condenado a muerte por el Ayatolá Jomeiní, sentencia que podría ejecutar cualquier ciudadano musulmán del mundo. Desde entonces, la vida de Rushdie fue una constante huida de escondrijo en escondrijo, hasta que en 2022 fue acuchillado por un fanático islámico. El escritor salvó la vida de milagro, no así el ojo derecho. Y todo por escribir Los versos satánicos, novela de gran carga simbólica de la que, tanto el Ayatolá Jomeini como el atacante Hadi Matar (premonitorio apellido) no habían leído una sola página.

El éxito de lectores y lectoras de los folletines escritos por Donatien Alphonse François de Sade, no impidió que la “justicia” de la Francia revolucionaria lo internara en un psiquiátrico. Poco antes, cuando el pueblo de París culminaba la toma de la Bastilla, por aquel entonces una prisión del antiguo régimen, uno de los reclusos era el citado marqués de Sade. Se conoce que las fantasías eróticas del marqués no agradaban a monárquicos ni republicanos.

La primera obra de lo que hoy conocemos como literatura contemporánea se adelantó a su tiempo e iba a ver la luz en 1898. Ubú roi, de Alfred Jarry, apenas pudo estrenarse pues, al sonar la primera palabra, o más bien el primer grito, del texto ¡merdre! una parte del público prorrumpió en gritos de indignación e insultos al autor, desembocando en una batalla campal entre partidarios y detractores con lanzamientos de butacas incluidos.

Un grupo de ultrarreligiosos asaltó en 1984 y en el centro de Granada una representación callejera de la obra Demonis del grupo catalán Els comediants, impidiendo el acto y agrediendo a varios de los más de cinco mil espectadores que habían asistido a la función. Paradógicamente, uno de los agresores que caminaba tras un crucifijo, fue posteriormente elegido alcalde de la ciudad.

El cantante Javier Krahe fue vetado en los años noventa en varias televisiones y medios de prensa por escribir canciones y realizar cortos cinematográficos de carácter ateo, amén de componer un impecable alegato contra la torticera anexión de España a la OTAN. Los efectos de la censura en prensa y gobernantes (tanto de izquierda como de derecha) le duraron el resto de su vida a Krahe, que siguió cantando para su legión de fieles seguidores, en cafés, teatros independientes y tugurios de diversa índole y especie.

En los años cincuenta, los más destacados dibujantes de cómic del panorama español, crearon la revista independiente T.B.O. con la intención de escapar de las garras explotadoras del todopoderoso grupo editorial BRUGERA. Dichos editores se las apañaron para evitar que el T.B.O. consiguiera llegar a buena parte de los kioscos. La aventura independiente de aquellos dibujantes tuvo que sucumbir ante la imposibilidad de generar suficientes beneficios para sufragar los gastos. Hoy, un ejemplar original de aquel T.B.O. que en su día costaba una peseta con veinte céntimos, puede alcanzar un valor económico de varios miles de euros.

La llegada del Partido Nacional Socialista al poder en la Alemania de los años treinta y la posterior anexión de Austria, supuso la prohibición de muchos libros de autores austriacos entre los que se contaba Stefan Zweig. Sus libros formaron parte de las famosas piras que eran alimentadas con patriótico fervor por aquella panda de imbéciles vestidos con ridículos pantaloncitos y camisas pardas. Aunque el autor austriaco logró exiliarse a tiempo, ante lo que parecía el triunfo del fascismo en Europa y la extinción del mundo que él había amado y retratado con elegante prosa, tomó la decisión de suicidarse cuando se encontraba en Brasil. Previamente, había enviado por correo a su editor el manuscrito de su impresionante ensayo El mundo de ayer.

No hace mucho, una editorial británica publicó varios relatos de Roald Dahl, suprimiendo pasajes y cambiando expresiones que los editores consideraron políticamente incorrectos. La aparatosidad de los eufemismos con que sustituyeron las palabras del autor darían para unas risas si no fuera porque no son más que el preludio de algo mucho más siniestro.

Recientemente se alzan voces autorizadas que culpan a los cuentos de hadas de perpetuar a los constructos patriarcales y coadyuvar a la opresión sobre la mujer. Nadie parece recordar que aquellos cuentos ya eran políticamente incorrectos hasta que en el Siglo XIX fueron reescritos por los Grimm, Andersen o Perrault, adulterándolos para que los príncipes aparecieran como seres amables y las princesas como vírgenes pasivas que esperan la llegada de un guapo marido. Lo cierto es que en la época feudal, cuando surgieron los relatos del imaginario popular, esto era impensable, ya que los reyes simbolizaban la figura de una autoridad malvada que secuestraba a los jóvenes para llevarlos a morir a sus guerras particulares, y los señores feudales tenían derecho de pernada sobre las doncellas.

Las inquisiciones nunca han desaparecido de nuestra sociedad. A veces toman la forma de un poder tiránico, otras se invisten de túnicas sagradas, y otras son simplemente parte de una élite biempensante que mira con desprecio ese minúsculo tesoro que es la libertad de expresión, por la que tantos hombres y mujeres han perdido la vida o han acabado en la cárcel y el exilio.

No nos engañemos, a día de hoy, la censura ha vuelto a ejercer un poder asfixiante, omnímodo e ignorante. La censura nos dice lo que podemos o no decir, pensar o escribir, lo que debemos leer o escuchar, y lo que ha sido proscrito por el bien de unos ideales que, como todos los grandes sueños, han pasado de ser oprimidos a convertirse en despóticos opresores. 

Todas las revoluciones, a los diez minutos de triunfar, se convierten en reaccionarias.

Si aprendemos a leer Farenheit 451, y con esto me refiero al símbolo que subyace en su interior, comprenderemos que no son “los libros en general" lo que ha sido condenado a las llamas en la distopía de Ray Bradbury, es la LITERATURA en particular lo que ha sido proscrito, lo que incordia a los poderes y a buena parte de la sociedad.

Nunca hemos estado tan cerca de ver hecho realidad el relato de Bradbury como lo estamos ahora.




domingo, 27 de octubre de 2024

VULNERABLE

 


Brillan aún las estrellas cuando Demi se asoma a la ventana. A esa hora los Alpes no son más que una sombra recortada en el vasto firmamento. El termómetro del balcón indica cuatro grados y, a excepción de los barrenderos, da la sensación de que el mundo entero continúa durmiendo a pierna suelta; el mundo entero excepto Flo, el perro de mirada tierna que mueve el rabo con alegría mientras espera compartir el desayuno con su amiga.

Ella observa embelesada su magnífica bicicleta al tiempo que mastica un plátano y revisa mentalmente las curvas del puerto que hoy le desafía. Con las primeras luces del alba ha empezado a entrar una espesa niebla por las cumbres; habrá que trazar la bajada con esmero para no ser engullida por el camión de la basura.

Hora de salir.

El intenso frío traspasa los tejidos que envuelven su delgada cintura. Afortunadamente no tardan en llegar las primeras rampas y, con ellas, el cuerpo empieza a recuperar la temperatura. El problema añadido a la dureza de la ascensión es que habrá tiempo más que sobrado para que el cerebro la emprenda con la típica monserga.

Todavía le resulta imposible no pensar en aquella caída de Amneville, en el dolor del golpe en la cadera, en la piel desollada de las nalgas y, sobre todo, en el minuto que perdió por la indecisión. Aún estaba algo mareada cuando se dio cuenta que la cadena se había salido – más segundos perdidos- y luego lo de aquel motorista que se le puso delante impidiéndole arrancar. Pero lo hizo: una pequeña maniobra a la izquierda y empezó de nuevo el pedaleo, con dudas al principio y pronto con todo lo que le quedaba en su interior. Sabía que los pinganillos de las rivales estarían vibrando en aquellos momentos.

- “¡Ha caído Vollering!”

Y también sabía que todas atacarían como leonas a la caza del jersey amarillo.

Después de todo la grandeza de las grandes rondas reside en la posibilidad de poner contra las cuerdas a la mejor de las mejores. Sería ingenuo pensar que ellas, las rivales, se han acostumbrado al sabor de la derrota. A la hora de la revancha da igual que te caigas cuando lo tenías todo a tu favor. Hay que sacar el hacha cuando la líder se tambalea con el culo desollado.

No le sirvió de nada recuperar el minuto perdido en la larga ascensión a Alpe d’Huez; bastaron cuatro segundos para dejarla con la miel en los labios. 

Aunque la gloria solo esté al alcance de una entre miles, su duración es tan efímera como la vida de una mariposa.


A lo lejos se divisa la esbelta figura de otro ciclista que sube las rampas iniciales con una cadencia alegre y resuelta. Parece que se trata de un hombre. Sin pensar en que pudiera ser un profesional, Demi se agarra al imperativo de cazarlo alzándose sobre los pedales y buscando un desarrollo más riguroso. Es consciente de que tal empeño puede hacerla reventar antes de coronar el puerto, pero aún así está convencida de que el esfuerzo valdrá la pena. El otro ciclista, ajeno a la presencia de Demi, empieza a difuminarse entre la niebla mientras ella sigue vaciándose en cuerpo y alma, convencida de que no existe mejor forma de apartar los fantasmas de su mente. Pero la niebla solo le permite ver lo justo para no perder su trazado junto al arcén. Ella pedalea con rabia, como si persiguiera a una rival escapada, tratando de controlar el jadeo, hasta que la niebla se hace menos espesa y consigue ver de nuevo a su objetivo a punto de tomar una curva a la izquierda sin perder su alegre ritmo, como si le acompañara una música festiva.

Sin descomponerse a pesar del cansancio, Demi sigue comiendo terreno al otro ciclista, cuando una lluvia fina empieza a caer sobre ambos. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos sueltan el manillar para colocarse el impermeable que acaban de sacar del bolsillo trasero.

Al llegar a su altura, ambos se cruzan una mirada de curiosidad. Él es apenas un muchacho imberbe de rostro rojizo, cuyos ojos verdes se abren como dos ventanas al reconocerla. Ella le sonríe orgullosa y le susurra un jadeante bonjour, que él responde emocionado.

Durante varios kilómetros pedalean juntos, primero sonrientes y más tarde envueltos en solemne silencio, hasta que llega la temida rampa que anuncia la proximidad del collado. Entonces Demi vuelve a incorporarse sobre los pedales y ataca el repecho con una fuerza incontenible dejando atrás al muchacho.

A su espalda Demi escucha el grito de ánimo del joven desconocido.

- ¡Allez, Demi!

Cuando emerge por encima de la niebla, dejándose envolver por el portentoso azul del cielo, puede contemplar como, a sus pies, se extiende un infinito mar de nubes del que solo sobresalen algunas cumbres nevadas.

Poco antes de iniciar el descenso hacia un luminoso valle dónde brilla un gran lago, Demi siente que su corazón late con una fuerza incontrolable.



El presente texto es una ficción. Cualquier parecido con la realidad es obviamente culpa de la realidad.


miércoles, 12 de junio de 2024

SINFONÍA DEL FRACASO


 Los que veneramos la prosa de Luis Landero, nos sentimos siempre de enhorabuena cada vez que el escritor de Alburquerque publica una de sus nuevas novelas. En La última función (Tusquets 2024) el autor de El huerto de Emerson y Juegos de la edad tardía, nos hace vivir magistralmente en las vidas de unos personajes nacidos para el arte y, por ende, expuestos al fracaso. En el arte, al igual que en los Juegos Olímpicos, muchos son los llamados y pocos los elegidos. Esto que parece un tópico, es el pan de cada día de la mayor parte de los que deciden enfocar su existencia en pos de un sueño artístico.

Tito y Paula -los ejes centrales de la narración- recorren senderos diferentes, uno en el empeño de ser actor y otra en la constante de vivir una vida equivocada. Quizá a ambos les une una relación marcadamente edípica con la figura paterna, un camino vital tachonado de fracasos, y puede incluso que el deseo de encontrarse a sí mismos en los ojos del otro. De ellos nacen otros tantos secundarios que, al modo de Galdós, son asombrosamente definidos por la implacable pluma del autor.  La descripción de Blas -pareja de Paula- arquetipo del  emprendedor visionario que finalmente no emprende nada, nutrida de lenguaje dramático, o tal vez tragicómico, conduce al lector a un estado de complicidad con el autor que, finalmente, se torna cervantina al solaparse con la entrada del personaje de Amalia -amante de Tito- devoradora de manjares y hombres en el mismo contexto, momento en el que uno tiene que sonreírse inevitablemente, ante la originalidad del cuadro erótico-gulesco. 

Los sueños de triunfo, casi siempre acaban en pequeños o grandes fracasos (es lo que tiene la cultura del éxito) pero generalmente conllevan un algo implícito, como la posibilidad de cambiar nuestras vidas, como cambia la de los protagonistas, aunque se sustente sobre la inutilidad de toda acción que implique evitar lo inevitable. 

En este sentido, creo que la novela de Landero, oculta una mirada optimista en medio del pesimismo de lo que llamamos la España Vaciada, al retratar a tantos seres que siguen defendiendo la subsistencia de sus pueblos por medio del activismo cultural. Aunque este tipo de actos pudiera parecer efímero, e incluso subrayado por la ingenuidad, siempre implicaría la posibilidad de dar sentido a la existencia de sus protagonistas.

lunes, 19 de febrero de 2024

DE TANTO MIRARNOS AL OMBLIGO

 

Con el paso de los años me he ido volviendo imperdonablemente refractario a sumergirme en eso que hoy llaman poesía contemporánea. Parto de la convicción de que no todo lo que se denomina así es, en rigor, verdadera poesía. No creo que merezca la pena entrar en consideraciones más allá de mi propio criterio que es, por definición, un criterio subjetivo.

Lamento reconocer que me resultan terriblemente indigestas esas verborreas de infantes bien alimentados aunque privados del derecho a una verdadera educación, que se debaten entre el ñoño lamento y el cursilirismo, siempre ocupado en el YO más feble, en el sufrimiento del que lo tiene todo y todavía no se ha enterado de nada. Es el signo de los tiempos; la psicología contemporánea (nada más ajeno a la ciencia) pone el YO por encima de cualquier otra prioridad. Entre libros de autoayuda y terapias de dudosa eficacia, tenemos grabadas a fuego las máximas que solucionan buena parte de nuestros conflictos: quiérete mucho, trabaja tu autoestima, tú eres lo primero... y, en fin, ese tipo de consejos que no son, ni más ni menos, que lo que el paciente espera escuchar.

Lejos de culpar a Shopenhauer, no es descabellado inferir que esta concatenación de mantras, proviene de una malentendida mecánica de origen oriental destinada a alcanzar la felicidad como estado, dejando de lado aspiraciones tan sencillas como la asequible posibilidad de sentirse a gusto, y que ha devenido en obsesión al ser adoptada por una sociedad (la nuestra) éticamente voluble y aburguesada.

Millones de seres humanos se entregan al yoga, al taichí, o al mindfulness; panaceas del bienestar, fantásticos curalotodo que, obviamente, no curan absolutamente nada, pero sugestionan de maravilla. Y todo ello para acabar comprendiendo que la cuestión radica en distinguir lo que es verdaderamente necesario y lo que, a todas luces, sería perfectamente prescindible.

De tanto mirarnos al ombligo hemos perdido la capacidad de ver.

Tal vez, un buen chapuzón en las adversidades ajenas nos podrían a todos en situación de comprender que no es tan mala vida la que, por lo menos a buena parte de los occidentales, nos ha tocado vivir. Nos bastaría con saber ponernos en los zapatos ajenos para saber que buena parte de nuestros males son puramente imaginarios.

Seguramente no hubiera perorado todo lo anterior si antes no hubiera tenido la enorme dicha de abrir un libro de poemas, un pequeño, discreto, elegante y humilde libro que una escritora de extraordinaria madurez reflexiva y mesurada elegancia ha dedicado nada más y nada menos que a la otredad. La sobriedad con que María Ángeles Barrionuevo desvela a esos otros, a aquellos que no han nacido en la tierra de la abundancia, a los que tienen que jugarse la vida (y tantas veces la pierden) para aspirar a un porvenir medianamente digno, ha tenido la capacidad de tocarme la moral desde los primeros versos.

Al mar se han ido/ todas las almas/ todos esos cuerpos/ a alimentar los peces/ a volver plateadas sus manos/ Con sus nombres han trenzado collares/ ávidas sirenas/ Dembe, Sikhou, Nesta... / Al mar se han ido.


Así de sencillo y así de complejo: unas pocas palabras y toda esa mezquindad con que defendemos las migajas de nuestro pastel, choca directamente con toda idea de justicia.

Siendo una excepción el amor palmario al prójimo, al diferente, al extranjero; me atrevería a afirmar que ese difícil equilibrio entre la auténtica tragedia y la sutil belleza de las palabras, logra aquí, en el poemario NÓMADAS (Ed. Olé Libros 2024) la emoción que da sentido al hecho poético, la vibración de esa verdad que debería cubrirnos de vergüenza, y que observamos con desdeñosa indiferencia, cuando no con odio miserable.

Ojalá me equivoque, pero auguro que NÓMADAS, no será un superventas, y precisamente porque señala con dedo acusador nuestros más tristes pecados: la inmarcesible codicia y su hija bastarda; la pertenencia.

Hemos recortado con cuidado/ con tijeras cruelmente afiladas/ la hermosa piel de la Tierra/ Tatuado fronteras, organizado nominaciones/ como si fuese nuestra (…) delineado con pasmosa exactitud/ todo lo que nos hace diferentes/ Hundimos puentes, levantamos vallas/ clausuramos con empeño el Paraíso/ Pusimos en sus puertas la espada llameante.

Fue Albert Einstein quien, en una carta que dirigió a Sigmund Freud afirmó que "el nacionalismo es el sarampión de la humanidad. Una enfermedad infantil". Algo tan perverso como la obligatoriedad de llevar un pasaporte para viajar, era impensable hasta la Primera Guerra mundial que, curiosamente, fue el momento en que la exaltación nacionalista condujo a la muerte a más de diez millones de seres humanos, y al descalabro social a todo un continente.

Ciertamente, la mayoría de los que habitamos en el Hemisferio Norte, no veremos en primera persona cómo el hambre consume a nuestros propios hijos, no tendremos que subirnos a un débil cascarón para atravesar un mar que, a día de hoy, es el mayor cementerio del Planeta Tierra, y no tendremos que recoger hortalizas en un invernadero a cincuenta grados centígrados. La mayoría de nosotros no tendrá que cargar con el irracional sambenito de ser el enemigo de la civilización occidental.

Es una suerte que todavía existan sensibilidades que construyan materiales tan delicados como unos poemas, donde el ritmo, la musicalidad, el sabor de las palabras y la belleza estética, se supediten a esa extraña criatura que es el amor al prójimo. Una gota en el océano, sí, pero al fin y al cabo una gota perfumada con la lucidez de quien demuestra que la dignidad humana empieza justamente en nuestros semejantes.


viernes, 19 de enero de 2024

DOÑA HORTENSIA

 

A sus provectos noventa y nueve añitos, eso sí, con un cutis impecable y una beatífica sonrisa dibujada en las comisuras, doña Hortensia vio cumplido su fervoroso deseo de no llegar a los cien. Quedó ella plácidamente dormida, con el Cándido de Voltaire entre las manos, mientras sonaba Autumn Leaves en la radio, y en el aire flotaba un envolvente perfume de magnolias que se colaba por su balcón desde el jardín de los vecinos.

Ni una sola arruga enmarcaba sus ojos marinos, ni un solo pliegue llegó a surcar su sedosa frente, y ello sin haber pasado jamás por las manos del codicioso cirujano, sin haber recibido ni un solo pinchazo de sintético botulismo.

Ante el estupor de los dermatólogos y la curiosidad de las vecinas, doña Hortensia alegaba que llevaba más de ochenta años sin experimentar el menor enfado y que, la última vez que fue poseída por un berrinche, supo atender a las sabias palabras de su abuela, quien le apremió a superar la irritación recordándole que cada rabieta a la que se entregase provocaría una arruga más en su angelical semblante.

Dicho y hecho; la pequeña y dulce Hortensita decidió que, en adelante, no encontraría ningún motivo para el enfado y que nada, ni el peor de los demonios, conseguiría turbar su ánimo.

Y bien que lo consiguió.

Reconozcamos que, motivos para cabrearse, hay incontables, si bien es cierto que la simpar Hortensia aprendió a valorarlos en su justa medida, esto es: ninguna; ni la menor.

Si fue o no feliz a lo largo de su generosa existencia es cosa baladí, pues el ser humano es hijo del instante, y el instante (efímero por definición) puede tener de todo menos duración. Si el éxtasis amoroso durase lo mismo que una sinfonía de Bruckner, dejaría de llamarse éxtasis. Digamos que, allí sentada con su amado Voltaire, en su poltrona favorita, o paseando en bicicleta, o llevando de la mano a sus nietos, e incluso resolviendo un pertinaz crucigrama, ella supo entender la importancia de eso que llamamos estar a gusto, y nunca dejó de ser consciente de que, más arriba de los plomizos nubarrones que ocultan la luz del sol, despunta un azul tan insondable como lo fueron las pupilas de doña Hortensia.


domingo, 24 de septiembre de 2023

MARIO Y LISETTA

Andrea Camilleri
 

Lo que aparentaba ser el sueño eterno de dos amantes, va a verse interrumpido por la insaciable curiosidad del comisario Montalbano. Los amantes Mario y Lisseta, asesinados durante la segunda guerra mundial, despiertan ahora llamando a la conciencia de quien les ha encontrado. Han pasado más de cincuenta años y, a pesar de la bruma del olvido, aparece alguien que tiene preguntas cuyas respuestas poseen vocación de imposibles.

El perro de terracota es una novela más entre las muchas que Camilleri dedicó al personaje del comisario Montalbano, un tipo de carácter insufrible, celoso, despótico, obsesivo, glotón, maniático, estricto en el método y heterodoxo en las estrategias, que a su vez no tiene más remedio que soportar las ínfulas de jefes estúpidos, políticos rancios y periodistas tendenciosos.

Ahora bien, los que nos dejamos embriagar por sus vicisitudes, caeremos subyugados bajo su encanto humano, zamparemos las novelas de Camilleri con la voracidad del perro que roe un hueso de jamón, y sacrificaremos el sueño con la sola idea seguir los pasos de Montalbano y su reducido equipo de inadaptados. Facio, paradigma de la eficacia, es ajeno a los nuevos tiempos y aún se maneja a base de papelitos en los que anota absolutamente todo lo que averiguan aunque la mayor parte de los datos no sirvan para nada. Augello se pierde en la contemplación de una falda. Galluzo es un buenazo, aunque también es propenso a disparar tiros al aire y dar chivatazos a la prensa. Catarella (¡qué grande Catarella!) patoso hasta el paroxismo, pero referente moral, amén de genio innato de la informática. Y el viejo dottore Pascuano, goloso impenitente que fantasea con hacerle la autopsia a su querido comisario.


Con estas y otras mimbres Camilleri construye un hito en el cuadro de la novela policíaca. Al igual que Conan Doyle y Simenon, Camilleri crea con Montalbano un fenómeno de impredecibles repercusiones
editoriales al tiempo que atrae a millones de lectores al ejercicio literario, digno de un versado dramaturgo, en el que el estilo y el pensamiento priman sobre la trama. Camilleri roza lo sublime en la definición de cada uno de los personajes evitando describirlos de forma directa al modo galdosiano, y optando por sus acciones, sus conflictos y sus errores.

Lejos de los inverosímiles héroes de la pantalla, la humanidad de Montalbano, su estéril combate contra el afán de protagonismo de la clase política, su empeño en conocer la verdad por encima de la caza al culpable, le hacen merecedor de un lugar fuera de lo establecido en la novela negra.

A través de los relatos de Camilleri el ávido lector entrará en el universo mítico de Sicilia, en escenarios inventados que son paisajes reales poblados de personajes robados de lo cotidiano: matronas vociferantes, empleados taciturnos, porteras chismosas, ingenuos choricillos, inmigrantes despreciados, beatas de estampita, curas de cabecera de mafiosos, abogados tortuosos y, sobre todo, gente humilde, individuos desposeídos de todo menos de su dignidad.

Montalbano no es infalible: carga con sus miedos y sus pesadillas como lo hace el resto de los mortales, con la única diferencia de que, el comisario de policía de Vigata, el gourmet de las trattorías de Sicilia, capaz de contemplar un cadáver e incapaz de presenciar una agonía; se nos ha hecho inmortal... al menos para unos cuantos.