martes, 8 de mayo de 2012

LA EDAD DEL DESEO


Cruel abril de tardes que languidecen entre pardos bostezos. Estúpido renacer que serpentea por las alamedas como una brisa mórbida de hojas temblorosas.
Nostalgia de aquella arcadia que tan solo existió en mi deseo, un deseo inerte como la pupila de un ciervo disecado.
Cruel abril de golondrinas moribundas, de corazones ajados por un sueño estéril que se enredó entre las zarzas de mi cobardía.
Cruel abril que posaste tus alas de mariposa sobre unos labios que buscan y no encuentran.
Relámpago olvidado que alguna vez estremeció  unos muslos bajo las yemas de mis dedos.
Te quedaste dormido en un recodo del camino y ahora abres los ojos cuando ante ti sólo encuentras un páramo cubierto por la última nevada. 

Lo sé; me he puesto demasiado solemne.

martes, 1 de mayo de 2012

MATERNIDAD




“Recuérdame que nunca sea madre”. Era la frase que espetaba un personaje de una pieza teatral de autor apócrifo cuando su hermana le pormenorizaba los sinsabores de su incesante bregar con las seis criaturas que había traído al mundo. La frase sacada de contexto resulta livianamente cómica, sobre todo si se tiene en cuenta que el que la dice es hombre y, como tal, tendría algo difícil lo de ser madre. No es ese, sin embargo, el enfoque sobre la maternidad de la tercera sinfonía de Gorecki. Digamos para empezar que dicha obra posee ciertas peculiaridades que la hacen singular. En primer lugar, se trata de una obra melódica, fácil de escuchar y comprender, escrita en pleno siglo XX, cuando tantos compositores se inclinaban hacia la música atonal, concreta o dodecafónica. En segundo lugar, y he aquí la importancia de esta partitura, el tema de la maternidad está preferentemente dirigido a la ausencia del hijo, o más concretamente, a la muerte del hijo. Por otra parte, esta sinfonía incluye la intervención de una Mezzosoprano como elemento esencial en su interpretación, una interpretación que se apoya sobre tres textos muy especiales que Gorecki incorpora a la obra dotándola de un carácter tremendamente dramático, casi espeluznante.
El primero de los tres textos es un canto del siglo XV, conocido como “Lamentación de los Cantos de Tysagóra” popularmente atribuido a la Virgen María. El segundo texto, es una inscripción hecha en las paredes de una celda de la Gestapo durante la segunda guerra mundial. Se trata de la “Plegaria de Helena Wanda Blazusiakówna”, una adolescente de dieciocho años que fue encarcelada en 1944.  La inscripción dice literalmente así: Mamá, no llores más. Virgen pura, Reina del Cielo, protégeme en todo momento. Ave María.
Resulta evidente que la primera frase de esta inscripción hace referencia a la madre biológica de esta muchacha, a quien se dirige como si estuviera pidiendo disculpas por su situación. Un sentimiento de culpa equívoco, por supuesto, aunque fácilmente comprensible. El resto de las palabras, en forma de plegaria a la Virgen María, expresan sin hacer referencia directa el terrible pánico que experimentaba Helena a ver cómo se acercaba su muerte. Es conocido y notorio cómo los soldados malheridos en la segunda guerra mundial, llamaban inútilmente a sus madres cuando agonizaban en el campo de batalla. Gorecki eligió este grito de desesperación, este llanto de una adolescente, porque contenía algo definitorio de la condición humana, porque eludía la rabia y la impotencia frente a la injusticia y buscaba el desesperado refugio en la ternura maternal.
Curiosamente, la obra de Gorecki presenta aquí su lado más paradójico. Pues es precisamente en este entorno de desolación donde la música se vuelve de una luminosidad que, en algunos momentos, podría parecer cegadora. Huyendo de los luctuosos aires del réquiem, las frases en que la solista recita la plegaria a la Virgen María, están impregnadas de una emoción resplandeciente, casi milagrosa.
El tercer canto incluido en esta emocionante sinfonía, reproduce el texto de una canción popular de la ciudad polaca de Opole, en el que una madre busca el cadáver de su hijo muerto durante la insurrección de Silesia en 1919.
¿Dónde se encuentra mi hijo más querido? Es posible que durante la insurrección, el cruel enemigo le haya dado muerte. ¡Ah, vosotros gente malvada! En el nombre de Dios, el más Sagrado, decidme ¿Por qué habéis asesinado a mi hijo? Nunca jamás tendré su apoyo, aunque solloce hasta la última de las lágrimas de mi cuerpo. Incluso si mis amargas lágrimas formasen otro Rio Oder, no podrían devolver la vida a mi hijo. Reposa en su tumba, e ignoro dónde se encuentra. Aunque continúo interrogando a la gente por doquier. Quizá el pobre chiquillo repose en una cuneta. En ese caso descansaría en un cálido lecho. ¡Oh cantad para él pajarillos del Señor! Porque su mamá no lo puede encontrar. Y vosotras, florecillas del Señor; floreced en su entorno para que mi hijo pueda dormir contento.
Escribo estas líneas en un mundo que no ha conseguido librarse de esta lacra de la guerra. Ahora mismo, mientras tú lees estas palabras, hay un ser humano que ha sido arrancado a su madre en virtud de altos designios, de delirios patrios o tal vez en nombre de un dios que no tolera a las demás deidades. Ahora mismo, tal vez en este preciso instante, una madre está dando a luz a un hijo destinado a morir en uno de esos homenajes a la estupidez humana. Alguien dijo: “malditas las guerras y malditos los que las hacen”. 

lunes, 16 de abril de 2012

CREDO

Sophie Scholl

No creo en la teoría de los universos paralelos ¿cómo iba a hacerlo? Tampoco creo en Buda, ni en Cristo, ni en Mahoma, ni en Osiris, ni en Zeus, ni en Júpiter –que es lo mismo pero en latino- ni en Baal, ni en Quetzalcóatl, ni en la madre que los parió a todos, pero sí creo en Homero, que nunca existió como tal pero al menos supo –quién quiera que fuese- explicarme el significado de la condición humana.

Creo eso sí en el vino de Malvasía y en el Riesling y en los caldos que inspiraron la lucidez de Omar Khayyam. Creo en las putas de Baudelaire, en la sífilis de Nietzsche, en las profecías de William Blake, en la angustia de Bukowski, en los milagros de Einstein, en la obstinación de Gandhi, en la memoria de Ayala, en el ortóptero de Kafka. Creo en el efecto mariposa, siempre que se trate de un espécimen de mariposa monarca. Creo en las cogorzas de Thomas y Lowry, en la fuerza evocadora de Debussy, en las indelebles huellas de Amundsen sobre la nieve austral, en las interminables noches del verano andaluz, en el tiovivo de Montmartre, en la inmortalidad de Frau Scholl, en los ritos paganos de la cosecha, en Le Sacre du printemps, en las luminosas cuerdas de Weiss.

No creo en la humanidad, pero creo ciegamente en la llegada del no hombre y en el advenimiento del pensamiento complejo para un mundo complejo. No creo en los ismos, en las doctrinas, en la fe, pero sí en las ideas, en la espoleta de Hessel, en la individualidad de Sade.

No creo en la literatura, pero sí en el vibrante poder de las palabras.

No creo en dios.

No creo en Marx

No creo en Adam Smith

Pero sí en los psicotrópicos valses de Waitts, en la efervescente ausencia de Lorca, en la mitológica existencia de Sócrates, en la contumacia de las moscas, en el vértigo de unos hombros barnizados por el sol y en la escrutadora mirada de unos ojos mielados. Mejor diré que creía. Ahora creo más bien en la duda.

Creo en los enjambres de poetas ignorados, en esa persona que observa impasible un mar de nubes.

Creo en la diosa inspiración, en la luz enervadora de los orgasmos pretéritos, en el brillo persistente de esos astros que dejaron de brillar hace milenios.

Creo en Perec y en la importancia de las cosas insignificantes.

Creo en el abismo sobre el que camina la humanidad.

Creo en la inminente victoria de los derrotados.

No creo en las brujas, ni en los vampiros –personalmente los encuentro tan inverosímiles como aburridos- pero sí creo en la magia del hipocampo. No creo en las novelas policíacas, pero sí en algunas de detectives.

No creo en la metempsicosis pero tal vez algún día me acabaré de creer  lo de la inevitable necesidad de palmarla para dejar sitio a los demás.

No creo en la cobardía, ni en las rebajas de verano, ni en las promesas de candidato.

Creo firmemente en mi no libertad, en mi no posteridad, en mi no deseo, en mi no soledad, en mi no realismo, en mi no seriedad.

Creo en todo lo absurdo, lo visible y lo invisible, lo vivido y lo venidero. En el Bartleby de Melville, en el Knecht de Hesse, en el Alceste de Poquelin, en el libertinaje de Rochester.

Creo en Freud, pero no en Sigmund, sino en Lucien.

Creo en la inmediatez del deseo y en nuestra providencial incapacidad para materializarlo, pero también creo en la capacidad innata de los primates superiores para proferir gilipolleces, pero también creo en la inutilidad de todas las estadísticas, pero también creo en ese señor bajito que piensa justamente lo contrario que yo. Eso sí, que le vayan dando.

Creo en la inmortalidad de las amapolas

Y creo en la absenta.

Creo en la absenta

Creo en la absenta y en sus múltiples cualidades.

Creo en la absenta y en su contrastada eficacia para destruir neuronas que, por otro lado, tampoco servían para mucho.

No creo en Atanasio Ropero pero sí en este yo que se resistirá a ser hasta el fin de los días.

No creo en la Cultura, o al menos en lo que Ellos entienden por cultura.

No creo en el arte y mucho menos en los artistas, porque a lo que parece, todos los diletantes se creen artistas. Lo sé por propia experiencia.

No creo en la inteligencia, pero sí en la imaginación.

En realidad creer, lo que se dice creer, no creo en nada; en nada salvo en el hombre que sueña.

También creo que creo en la incertidumbre, eso sí, unos días más que otros.

Es una verdadera lástima que todas estas palabras juntas no sirvan para escribir una novela. ¿O sí?

(Pertenece a la novela apócrifa "Geografías apócrifas" de autor apócrifo)

martes, 10 de abril de 2012

EL TAMAÑO DEL CORAZÓN




Durante doce años y medio he sido un hombre afortunado. Sólo la dosis de estupidez que me corresponde por mi condición de ser humano –a lo que habría que sumar el estigma de la occidentalidad- me ha incapacitado para gozar plenamente de la felicidad cuando la he tenido a mi alcance. Ser hijo del instante no es óbice para despreciar esa plenitud que sólo las cosas pequeñas, aquellas que no se pueden pagar con dinero, otorgan a nuestro exiguo tiempo. El hombre tiene el corazón del mismo tamaño que un león y el cerebro de un mono. Con estas mimbres resulta incomprensible que un ser humano tenga capacidad para lo sublime, no así para lo perverso. Pero el caso es que todavía no hemos comprendido que habría que aprender de otros animales algo tan esencial como que no somos el centro de la creación, que toda aspiración a compararnos con la divinidad es absolutamente ridícula. Sólo en la sencillez del resto de los seres vivos deberíamos entendernos como seres humanos.

Yo aprendí de mi perro a disfrutar de lo aparentemente insignificante, hasta el punto de llegar a olvidar (por momentos) que este mundo está construido a base de injusticia y mezquindad. El corazón de mi perro era mucho más grande que el más grande de los corazones humanos. Porque él –pobre animal- estaba convencido de que todo el mundo era bueno, que había que querer al prójimo porque el prójimo estaba tan necesitado de cariño como lo estaba él.  Nunca hizo daño a nadie, pese a que tantas veces fue rechazado por tantos otros, por el hecho de ser perro y ser grande. Fue feliz sin exigirme grandes sacrificios. Le bastaba con salir a pasear por el campo o nadar en el mar para sentirse completamente eufórico, embriagado por la alegría de estar vivo y ser querido. Nunca, ni siquiera en sus últimos días, dejó de sentirse satisfecho por algo tan nimio como estar con los suyos. Hasta el último suspiro nos dio una lección de vida, una lección de amor por los demás, que es como amar a la propia vida. 

Hace unos días su corazón dejó de latir. Me cuesta aceptar que ya no habrá nadie que se alegre de verme todos y cada uno de mis días, que su presencia haya sido suplantada por la más angustiosa de las soledades. Quiero creer que no ha desaparecido para siempre, que el mundo se le hizo pequeño y ahora habita en el País de Nunca Jamás, donde habitan los limpios de corazón.

A él le debo estos doce años plenos de aventura, a él le debo los mejores años de mi vida.


lunes, 26 de marzo de 2012

ANOMALÍA


Si alguien me pregunta de dónde soy, yo siempre contestaré que nací y crecí en Anomalía. Sé que no resulta fácil de explicar, porque Anomalía no es un lugar en el estricto sentido de la palabra, sino más bien un estado de la mente. Pero ¿dónde está Anomalía? ¿Acaso no se puede viajar a un territorio tan profundamente cercano? No es, por cierto, tan difícil habitar este paisaje. Precisamente porque no se trata de un lugar, sino de otra cosa, otra cosa diferente a todo lo anterior. Anomalía está en el corazón de algunos seres vivos. No en todos, pero sí en los suficientes como para que nadie ponga en duda su existencia. Anomalía no es un planeta, o tal vez sí, pero eso no importa porque está ahí, justo donde menos te lo esperas. Yo he vivido toda mi vida en Anomalía, aunque lo cierto es que me he pasado la mitad del tiempo viajando. 

¿Conoces Anomalía? Es posible que alguna vez hayas estado en ese lugar y no lo recuerdes. Aunque lo cierto es que el que ha vivido esa experiencia nunca olvide el momento en el que pudo ser dios. Si nunca has estado en Anomalía te has perdido la mitad de tu existencia. Si no has sido capaz de reconocer ese territorio es que no has aprendido a conocerte a ti mismo.