ELITISTA
No hace mucho, cuando alguien defendía la enorme valía literaria del poeta y cantante Javier Krahe, uno de esos críticos entendidos en todo y lo demás, dijo algo así como que el tal Krahe podía hacer buenos sonetos pero que en aquello de cantar el cantautor desafinaba. Cuando esto último llegó a oídos del controvertido autor, éste, sin perder su clásica flema y esbozando una irónica sonrisa terció: “es que afinar es sospechosamente elitista”. Pues eso.
Más de una vez se ha discutido sobre el hecho de que los Festivales de Música y Danza de Granada tengan alguna que otra connotación elitista, o más bien pretenciosamente elitista. Soy de los que piensan que la música dejó de ser elitista en occidente hace unas cuantas décadas. La música, a decir de Simon Rattle, director de la Filarmónica de Berlín, además de un privilegio es un derecho inherente al ser humano. La buena murga debería estar al alcance de todos, y cuando Rattle dice de todos es de todos. La Filarmónica de Berlín (¿les suena?) ya no es un dinosario cultural en la moderna ciudad sin muros, ahora se ha transformado en una curiosa fundación que no se limita a esperar en un pedestal la llegada del público, sino que sale en busca del alma escuchante, desafiando sin descanso los herrumbrosos prejuicios de la siempre decadente burguesía europea.
El Festival de Granada siempre pecará de elitista. Los precios de las localidades realizan su función de criba. El horario de los conciertos y espectáculos de danza no está pensado para la clase trabajadora. Me refiero a esos que tenemos que madrugar para ganarnos la vida y de paso sustentar la maltrecha economía del país. También está aquello del petardeo con el vestuario, las tentadoras limonadas del solícito servicio de catering, y las crónicas de sociedad. Hace unos días, una de esas cronistas sociales de pasquín provinciano dedicaba una página completa a explicar lo importante que era asistir bien arregladito a las noches festivaleras. Puede que la calidad de una orquesta deje mucho que desear, que los metales de tal conjunto suenen a hojalata, pero nunca nos faltarán las lentejuelas y los modelos exclusivos en las frescas veladas del Generalife. Jamás, mira que te diga, faltará el impoluto traje de Armani con corbata y todo, aunque la temperatura nocturna convierta las axilas en puro magma. Eso sería lo último. Antes muertos que sencillos.
Desde hace bastante tiempo, he venido experimentando cierto resquemor hacia las reuniones tumultuosas en torno a esa misma música que suele emocionarme en mis horas de soledad. ¿Por qué? Pues porque bajo todo ese halo de apariencia burguesa, de falsa elegancia de una sociedad de nuevos ricos, todavía seguimos siendo unos incapaces a la hora de saber estar. Trataré de ponerles en situación. Uno llega al Palacio de Carlos V -ese cubo de roca caliza que tampoco hubiera estado mal en alguna otra parte de la ciudad- y busca su localidad, un asiento algo descentrado, clase C, donde va a percibir la tercera de Beethoven casi tan bien como el resto de la audiencia, aunque al final termine con algo de tortícolis. La gente entra en el auditorio mayoritariamente tarde. La impuntualidad es un rasgo que nos distingue del resto de los europeos, incluso del resto de la humanidad. La orquesta entra más tarde aún y los glúteos ya duelen cuando suenan los primeros acordes. A mi derecha se sienta una pija de mírame y no me toques que me regala un copito gaseoso antes de acabe el primer movimiento. Ha sido ella: lo sé porque el tufillo viene envuelto en algunos toques de Cacharel. En la fila delantera, una dama mueve su abanico con más energía que el presto final de la sinfonía, y yo apenas me he enterado de lo que me quería enterar. Puede que existan mentes privilegiadas capaces de concentrarse en la música, mientras el parroquiano de la izquierda se dedica a teclear en su Blackberry durante la mayor parte de la pieza. Me parece lógico cuando algún extranjero se ríe con discreción al escuchar la obligada locución inicial de conciertos, teatros y cines, donde la organización nos invita amablemente a apagar los móviles y evitar humaredas niconíticas y relámpagos fotográficos. De las flatulencias dicen nada. Lo peor no es que necesitemos ese tipo de advertencias para empatizar con el resto de la audiencia, sino que nunca podremos prescindir de ellas. Seguiremos siendo lo que somos, eso sí, escandalizándonos de que, por ahí fuera, la gente de otros pueblos no se dedique a hablarse a voz en cuello.
También -por aquello de refutar el fácil cliché del elitismo- disponemos del FEX, ese otro festival para gente modesta donde la entrada solo cuesta hacer cola pacientemente durante horas, a veces bajo un sol inclemente. En tales términos, suele suceder ese milagro maravilloso mediante el cual, cientos de personas a las que sólo une la pasión por el arrebato musical, permanecen absolutamente quietas, tal vez con los ojos cerrados, mientras un pequeño conjunto de música antigua resucita a Palestrina, Monteverdi e incluso al viejo Johan Sebastian. Puede que el FEX sea ese otro lugar donde hasta los pobres de solemnidad tienen la oportunidad de gozar del derecho a trascender más allá de sus propias realidades. Puede que en nuestro Festival B, se prescinda del frescor de la Alhambra y del buen vestir. Puede, es más que seguro, que alguna camarera del servicio de catering que no pudo asistir a los espectáculos de danza del Generalife por hallarse en ese preciso momento recogiendo platos, tenga la oportunidad de entrar en el Hospital Real y elevarse más allá de sí misma con unos acordes de laúd que resucitan a Leopold Weiss. La he reconocido, era la misma muchacha que me sirvió la limonada hacía dos noches y ahora sueña con los ojos cerrados sentada a mi lado. Sueña ahora con otros mundos que no están tan lejos como debería parecer; otros mundos que están dentro de todos y cada uno de nosotros. La música del laúd barroco, le ha arrebatado el alma y a duras penas contiene una lágrima de intensa felicidad.
© Gärt
viernes, 9 de julio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
DIARIOS DE CABEZADEPERRO
LARGA VIDA A ULYSSES
Como unos cuantos sabemos, el próximo día 16 de junio, se celebra en la ciudad de Dublín el Bloomsday, o dicho de otra forma, la fiesta en la que una capital culta y orgullosa de haber parido al hombre que resucitó a la literatura de su inevitable marasmo creativo, recrea el día en que se desarrolla la narración de la novela Ulysses, de James Joyce. Se tiene constancia de que escritores y lectores de todo el mundo han peregrinado alguna vez en sus vidas para tomar una pinta en el Pub Finnegans.
Nuestra intención no se detiene en rendir homenaje a Leopold Bloom, alter ego de Odyseo, heterónimo del mismo Joyce y reencarnación de Alonso Quijano; queremos reunirnos alrededor de unas cervezas para brindar una y otra vez por ese milagro inmortal que es la gran literatura. Una literatura que nada tiene que ver con los mamotretos góticos que se venden por toneladas en los supermercados. Una literatura que siempre agoniza pero que nunca acaba de palmarla. Es algo que se repetirá eternamente en todos los órdenes del arte, del verdadero arte. ¿Quién recuerda a día de hoy la canción del pasado verano? Y sin embargo, sabemos que en estos momentos, en algún lugar de la tierra se está interpretando la Novena Sinfonía de Beethoven. Por eso, cada vez que brindemos y gritemos Larga vida a Ulysses, estaremos entregando nuestras almas a aquellos grandes que nunca estuvieron en la lista de los más vendidos, a aquellos monstruos que cambiaron nuestra vida para siempre, a aquellos seres anómalos que lograron estirar el lenguaje literario un paso más en este país perfecto que es la República de las Letras.
Brindemos juntos en el Bloomsday por Joyce, y por Beckett, por Calvino, por Gombrowitz, por Walser, por Kafka, por Celan, por Musil, por Bukowski, por Goytisolo, por Heiner Müller, por…. todo aquello que nos hizo crecer en nuestra imaginación sin despreciar nuestra inteligencia.
Unos cuantos perturbados de la literatura celebran el Bloomsday (16 de junio de 2010) en el Hannigans & Sons II (Plaza Fortuni), a las 9,30, con una pinta de cerveza en la mano y alguna que otra utopía en la otra.
Como unos cuantos sabemos, el próximo día 16 de junio, se celebra en la ciudad de Dublín el Bloomsday, o dicho de otra forma, la fiesta en la que una capital culta y orgullosa de haber parido al hombre que resucitó a la literatura de su inevitable marasmo creativo, recrea el día en que se desarrolla la narración de la novela Ulysses, de James Joyce. Se tiene constancia de que escritores y lectores de todo el mundo han peregrinado alguna vez en sus vidas para tomar una pinta en el Pub Finnegans.
Nuestra intención no se detiene en rendir homenaje a Leopold Bloom, alter ego de Odyseo, heterónimo del mismo Joyce y reencarnación de Alonso Quijano; queremos reunirnos alrededor de unas cervezas para brindar una y otra vez por ese milagro inmortal que es la gran literatura. Una literatura que nada tiene que ver con los mamotretos góticos que se venden por toneladas en los supermercados. Una literatura que siempre agoniza pero que nunca acaba de palmarla. Es algo que se repetirá eternamente en todos los órdenes del arte, del verdadero arte. ¿Quién recuerda a día de hoy la canción del pasado verano? Y sin embargo, sabemos que en estos momentos, en algún lugar de la tierra se está interpretando la Novena Sinfonía de Beethoven. Por eso, cada vez que brindemos y gritemos Larga vida a Ulysses, estaremos entregando nuestras almas a aquellos grandes que nunca estuvieron en la lista de los más vendidos, a aquellos monstruos que cambiaron nuestra vida para siempre, a aquellos seres anómalos que lograron estirar el lenguaje literario un paso más en este país perfecto que es la República de las Letras.
Brindemos juntos en el Bloomsday por Joyce, y por Beckett, por Calvino, por Gombrowitz, por Walser, por Kafka, por Celan, por Musil, por Bukowski, por Goytisolo, por Heiner Müller, por…. todo aquello que nos hizo crecer en nuestra imaginación sin despreciar nuestra inteligencia.
Unos cuantos perturbados de la literatura celebran el Bloomsday (16 de junio de 2010) en el Hannigans & Sons II (Plaza Fortuni), a las 9,30, con una pinta de cerveza en la mano y alguna que otra utopía en la otra.
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martes, 25 de mayo de 2010
DIARIOS DE CABEZADEPERRO
MALDITOS BORRACHOS: LOWRY, BUKOWSKI Y THOMAS
Malditos y borrachos. O más bien malditos por borrachos. La maldición no era ningún cliché caprichoso de la frívola crítica. Los tres –tres de los grandes- han sido víctimas de su propio mito autodestructivo. De poco te vale haber mostrado un talento creativo a prueba de comparaciones cuando tu biografía te supera. Nadie, o casi nadie, recuerda un verso de Bukowski, nadie, o tal vez menos que nadie, conoce de memoria un poema de Dylan Thomas, y muy pocos han conseguido terminar la gran novela de Malcom Lowry. Dicen que las últimas palabras de Dylan Thomas, antes de entrar en un espantoso coma etílico fueron: “He tomado 18 whiskys, creo que es todo un record”. Si es triste morir de una borrachera galáctica, resulta todavía más penoso dejar como legado para la posteridad el aforismo más simplón de toda tu vida.
Thomas y Lowry llegaron a conocerse. Supongo que se tomaron unas cuantas copas juntos. De hecho murieron en la misma década. Bukowski les sobrevivió. Su empeño autodestructivo fue en vano: pasó de los setenta años y duró hasta 1989, y para colmo no murió de cirrosis sino de leucemia. Los tres vivieron en un continuo baño del alcohol propiciado por la insoportable percepción de una realidad adversa y despótica. Lo que nunca sabremos es si a base de tragos lograron atenuar ese sufrimiento de sus inteligencias, esa tribulación de su fuero interno. Porque un talento desmedido es también una fuente de angustia y desolación. Las mentes “privilegiadas” son también el yunque del tormento y la obsesión. El que piensa por encima de la media padece a su propio pensamiento. ¿Hay alguna otra forma de ser feliz en esta vida aparte de ser rico y superficial? La hay, pero habría que pasar por el neurocirujano para te extirpe los núcleos dorsomediales del tálamo y te permita disfrutar de una indiferencia total hacia todo lo que pudiera producir un mínimo de emoción. Tonto y feliz, esa es la cuestión.
También a los tres les tocó padecer la ignorancia de un mundo que abraza el imperio de la mediocridad y rechaza todo lo que parezca chirriante. Bukowski es conocido por su brutal lenguaje, por sus salidas escatológicas y por su desprecio del eufemismo. Cuando alguien pronuncia el nombre de Bukowski, otro alguien pone cara de asco. Pero apenas nadie conoce sus mejores poemas, (v.g):
En este mundo hay una soledad tan grande
que se ve en el lento avance de
las agujas del reloj
En este mundo hay una soledad tan grande
que se ve en el parpadeo de las luces de neón
en Las Vegas, en Baltimore, en Munich (…)
La gente no se porta bien con el prójimo
el uno con el otro
la gente sencillamente no se porta bien con el prójimo
Tenemos miedo
creemos que el odio equivale
a la fuerza
que el castigo es
amor
Lo que necesitamos es menos falsa educación
lo que necesitamos son menos leyes
menos policía
y más buenos maestros
Olvidamos el terror de una persona
que sufre en una habitación
sola
sin besos
sin caricias
aislada
dedicada a regar una planta sola
sin un teléfono que
de todos modos
nunca sonaría.
La gente no se porta bien con el prójimo.
Ser maldito no es sinónimo de un estilo, de una ruptura de tabúes, de una pose provocadora. Ser maldito es haber sido tocado por la mano de un dios poco dado la singularidad. Es haber nacido en un tiempo ajeno a la grandeza; o no haber nacido todavía.
Malditos y borrachos. O más bien malditos por borrachos. La maldición no era ningún cliché caprichoso de la frívola crítica. Los tres –tres de los grandes- han sido víctimas de su propio mito autodestructivo. De poco te vale haber mostrado un talento creativo a prueba de comparaciones cuando tu biografía te supera. Nadie, o casi nadie, recuerda un verso de Bukowski, nadie, o tal vez menos que nadie, conoce de memoria un poema de Dylan Thomas, y muy pocos han conseguido terminar la gran novela de Malcom Lowry. Dicen que las últimas palabras de Dylan Thomas, antes de entrar en un espantoso coma etílico fueron: “He tomado 18 whiskys, creo que es todo un record”. Si es triste morir de una borrachera galáctica, resulta todavía más penoso dejar como legado para la posteridad el aforismo más simplón de toda tu vida.
Thomas y Lowry llegaron a conocerse. Supongo que se tomaron unas cuantas copas juntos. De hecho murieron en la misma década. Bukowski les sobrevivió. Su empeño autodestructivo fue en vano: pasó de los setenta años y duró hasta 1989, y para colmo no murió de cirrosis sino de leucemia. Los tres vivieron en un continuo baño del alcohol propiciado por la insoportable percepción de una realidad adversa y despótica. Lo que nunca sabremos es si a base de tragos lograron atenuar ese sufrimiento de sus inteligencias, esa tribulación de su fuero interno. Porque un talento desmedido es también una fuente de angustia y desolación. Las mentes “privilegiadas” son también el yunque del tormento y la obsesión. El que piensa por encima de la media padece a su propio pensamiento. ¿Hay alguna otra forma de ser feliz en esta vida aparte de ser rico y superficial? La hay, pero habría que pasar por el neurocirujano para te extirpe los núcleos dorsomediales del tálamo y te permita disfrutar de una indiferencia total hacia todo lo que pudiera producir un mínimo de emoción. Tonto y feliz, esa es la cuestión.
También a los tres les tocó padecer la ignorancia de un mundo que abraza el imperio de la mediocridad y rechaza todo lo que parezca chirriante. Bukowski es conocido por su brutal lenguaje, por sus salidas escatológicas y por su desprecio del eufemismo. Cuando alguien pronuncia el nombre de Bukowski, otro alguien pone cara de asco. Pero apenas nadie conoce sus mejores poemas, (v.g):
En este mundo hay una soledad tan grande
que se ve en el lento avance de
las agujas del reloj
En este mundo hay una soledad tan grande
que se ve en el parpadeo de las luces de neón
en Las Vegas, en Baltimore, en Munich (…)
La gente no se porta bien con el prójimo
el uno con el otro
la gente sencillamente no se porta bien con el prójimo
Tenemos miedo
creemos que el odio equivale
a la fuerza
que el castigo es
amor
Lo que necesitamos es menos falsa educación
lo que necesitamos son menos leyes
menos policía
y más buenos maestros
Olvidamos el terror de una persona
que sufre en una habitación
sola
sin besos
sin caricias
aislada
dedicada a regar una planta sola
sin un teléfono que
de todos modos
nunca sonaría.
La gente no se porta bien con el prójimo.
Ser maldito no es sinónimo de un estilo, de una ruptura de tabúes, de una pose provocadora. Ser maldito es haber sido tocado por la mano de un dios poco dado la singularidad. Es haber nacido en un tiempo ajeno a la grandeza; o no haber nacido todavía.
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sábado, 8 de mayo de 2010
DIARIOS DE CABEZADEPERRO
PROHIBIDLO TODO
No me gustaría estar en la piel de aquellos que se ganan la vida, o parte de ella, escribiendo columnas de opinión semanal. Ellos cobran, yo no. Ahora bien; yo escribo cuando lo creo oportuno, eligiendo el tema sin la menor presión, sin la urgencia de tener que buscar una nueva idea para dentro de una semana, o incluso en algunos casos, para cada día. Cuando alguien se encuentra obligado a buscar un tema sobre el que escribir tiene necesariamente que caer –más temprano que tarde- en algún que otro disparate infundado, o en la elección de asuntos totalmente anodinos, faltos de entidad y de sustancia. Pues no, no me gustaría estar en la piel de los opinadores profesionales. No siento la menor inclinación por caer en la arrogancia del contertulio que opina de todo porque, aparentemente, conoce de todo. No necesito vivir con ese sempiterno riesgo de ponerme a sacarle punta a un tema insulso, ramplón, árido o frívolo. Dispongo de un tiempo exiguo y no tengo inclinación por perderlo.
Viene esto a raíz de esa cuestión que algunos políticos quieren elevar al parlamento europeo sobre el uso del hiyab que algunas mujeres musulmanas suelen llevar con sumo orgullo, con firme convicción de que lo usan libremente. Eso es muy cuestionable, pero no es el tema. El tema es que el debate político/periodístico ha abierto dos frentes dotados ambos de sobradas razones y extrema simplicidad en los planteamientos, cuando no de pura demagogia. Tenemos por una parte a los que aluden a la libertad de expresión para defender la “causa” de estos pañuelos. Unos pañuelos muy parecidos a los que nuestras abuelas llevaban permanentemente al salir de sus casas o al entrar en las iglesias. Unos pañuelos bastante menos rígidos que las tocas que usan las monjas europeas. No hablemos de aquellas otras religiosas que viven –ellas dirán que lo hacen libremente- recluidas en un convento de clausura. Enterradas en vida, que decían los viejos no hace mucho.
La otra postura –la contraria, por supuesto- propugna la prohibición de dicho uso, en nombre de la libertad y la igualdad. Resulta curioso el recurrente empleo de la palabra libertad, junto a la palabra prohibición. Es más, desde que España se llama a sí misma “estado de derecho” se han dictado cientos y miles de normas restrictivas de actividades no acordes con la opinión de los gobernantes. Se ha prohibido tanto que empieza a parecer estrambótico cuando un cargo político –sea del partido que sea- se pone hablar de libertad. ¿De qué hablan los gobernantes cuando hablan de libertad? ¿A qué se refieren cuando pronuncian tal palabra? ¿A la posibilidad de entrar en un supermercado y elegir entre este o aquel detergente? ¿O tal vez a la imposibilidad de poder elegir entre un piso de alquiler y un chalé adosado? ¿Qué quiere decir “libertad” en la boca de un político? ¿Se puede hablar de libertad prohibiendo tal o cual uso? O tal vez sea que todo esto provenga de un enorme desfase entre el derecho a la educación y las necesidades de los individuos. Nunca he creído en la maldad intrínseca del individuo: creo firmemente en que muchos de nuestros conciudadanos han sido privados del derecho fundamental a la educación. Si toda la sociedad ha eludido el compromiso por la educación, si el estado (que somos todos) se dedica a hacer experimentos con sus tontas leyes educativas ¿cómo esperamos que actúen los individuos que no han tenido la oportunidad de adquirir una mínima autodisciplina, un mínimo amor por el saber, un ligero atisbo de esa imprescindible necesidad de ponerse en el lugar de los demás?
Y lo que es más grave. ¿Qué resultado tendrá el hecho de prohibir el uso de un pañuelo en los lugares públicos? ¿Se conseguirá algo importante prohibiendo entrar a una menor en un colegio o forzándola a eliminar la cuestión simbólica de su cabeza? ¿Tendrán los profesores la oportunidad (o la fuerza moral) de mostrarle el significado de criterio propio, libertad, inteligencia, elección, opción, duda, cuestionamiento…?
Parece mentira que, después de tantos años de historia, no hayamos aprendido que todo lo que se prohíbe despierta una reacción contraria a la intencional. La prohibición multiplica el interés por lo prohibido. En los años sesenta, era de tal entidad la lista negra de libros prohibidos por el régimen nacionalcatólico que jóvenes y viejos traficaban literalmente con libros publicados en México, Argentina, Colombia, Francia, Italia, Estados Unidos…
La conclusión es obvia. Cuanto más se habla de prohibir, más jovencitas con hiyab se ven por las calles. Es más, se pierde el tiempo hablando de estar a favor o en contra de un simple pañuelo y no se habla de lo que significa la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, no se habla seriamente de eliminar todas las discriminaciones –incluso esa imbecilidad de la llamada discriminación positiva- porque todas la ellas son negativas, nefandas, torticeras y destrozavidas. Sepan ustedes que en estos momentos, ahora mismo, hay una persona inocente en algún calabozo español por obra y gracia de la discriminación positiva.
La reacción contra la prohibición es un mecanismo tan infalible, tan lógico que deberíamos pedir a nuestros intrépidos gobernantes que prohibieran la gran literatura, que sólo se permitiera la compraventa de los grandes éxitos comerciales, los best sellers, las viejas novelas de caballería de las que Cervantes hizo mofa creando así una obra de arte. Sí: que prohíban a Musil, a Gombrowitz, a Italo Calvino, a Kafka, a Borges, a Bolaño, a Walser, a Blecher, a Ayala, a Lorca, a Shakespeare, a Primo Levi, a Nietzche, a Jean Giono, a Bukowsky, a Joyce, a Beckett, a Moliere, a Ionesco, a Jarry, a Voltaire, a Arthur Miller, a DeLillo, a Faulkner, a Mann, a Hesse, a Melville, a Novalis. Que prohíban las Mil y una noches, los Cuentos de Canterbury, la puta vieja Celestina. Que prohíban de una vez a Cervantes. ¡Que lo prohíban ya!
Entonces, los adolescentes, en lugar de ir al obligado botellón, se dedicarán a traficar con libros de la lista negra, cuya lectura estaría penada con veinte latigazos por página. Habría tal trapicheo de libros –te cambio un Goytisolo por dos Kunderas- que empezaría a activarse una economía sumergida de enorme impacto social. Aparecería un mercado negro de libros prohibidos cuyo montante económico a nivel internacional superaría las cifras del dinero generado por la industria pornográfica. El interés por lo prohibido llevaría a más de un escritor a medrar ante las oficinas del Comité Nacional por la Censura Literaria para que sus libros fueran convenientemente prohibidos.
Sí, que nos prohíban a todos. Que prohíban todo lo bueno. Que proscriban lo que sea. Esa es la solución a este profundo estado de mediocridad en que nos estamos sumiendo.
© Gärt
No me gustaría estar en la piel de aquellos que se ganan la vida, o parte de ella, escribiendo columnas de opinión semanal. Ellos cobran, yo no. Ahora bien; yo escribo cuando lo creo oportuno, eligiendo el tema sin la menor presión, sin la urgencia de tener que buscar una nueva idea para dentro de una semana, o incluso en algunos casos, para cada día. Cuando alguien se encuentra obligado a buscar un tema sobre el que escribir tiene necesariamente que caer –más temprano que tarde- en algún que otro disparate infundado, o en la elección de asuntos totalmente anodinos, faltos de entidad y de sustancia. Pues no, no me gustaría estar en la piel de los opinadores profesionales. No siento la menor inclinación por caer en la arrogancia del contertulio que opina de todo porque, aparentemente, conoce de todo. No necesito vivir con ese sempiterno riesgo de ponerme a sacarle punta a un tema insulso, ramplón, árido o frívolo. Dispongo de un tiempo exiguo y no tengo inclinación por perderlo.
Viene esto a raíz de esa cuestión que algunos políticos quieren elevar al parlamento europeo sobre el uso del hiyab que algunas mujeres musulmanas suelen llevar con sumo orgullo, con firme convicción de que lo usan libremente. Eso es muy cuestionable, pero no es el tema. El tema es que el debate político/periodístico ha abierto dos frentes dotados ambos de sobradas razones y extrema simplicidad en los planteamientos, cuando no de pura demagogia. Tenemos por una parte a los que aluden a la libertad de expresión para defender la “causa” de estos pañuelos. Unos pañuelos muy parecidos a los que nuestras abuelas llevaban permanentemente al salir de sus casas o al entrar en las iglesias. Unos pañuelos bastante menos rígidos que las tocas que usan las monjas europeas. No hablemos de aquellas otras religiosas que viven –ellas dirán que lo hacen libremente- recluidas en un convento de clausura. Enterradas en vida, que decían los viejos no hace mucho.
La otra postura –la contraria, por supuesto- propugna la prohibición de dicho uso, en nombre de la libertad y la igualdad. Resulta curioso el recurrente empleo de la palabra libertad, junto a la palabra prohibición. Es más, desde que España se llama a sí misma “estado de derecho” se han dictado cientos y miles de normas restrictivas de actividades no acordes con la opinión de los gobernantes. Se ha prohibido tanto que empieza a parecer estrambótico cuando un cargo político –sea del partido que sea- se pone hablar de libertad. ¿De qué hablan los gobernantes cuando hablan de libertad? ¿A qué se refieren cuando pronuncian tal palabra? ¿A la posibilidad de entrar en un supermercado y elegir entre este o aquel detergente? ¿O tal vez a la imposibilidad de poder elegir entre un piso de alquiler y un chalé adosado? ¿Qué quiere decir “libertad” en la boca de un político? ¿Se puede hablar de libertad prohibiendo tal o cual uso? O tal vez sea que todo esto provenga de un enorme desfase entre el derecho a la educación y las necesidades de los individuos. Nunca he creído en la maldad intrínseca del individuo: creo firmemente en que muchos de nuestros conciudadanos han sido privados del derecho fundamental a la educación. Si toda la sociedad ha eludido el compromiso por la educación, si el estado (que somos todos) se dedica a hacer experimentos con sus tontas leyes educativas ¿cómo esperamos que actúen los individuos que no han tenido la oportunidad de adquirir una mínima autodisciplina, un mínimo amor por el saber, un ligero atisbo de esa imprescindible necesidad de ponerse en el lugar de los demás?
Y lo que es más grave. ¿Qué resultado tendrá el hecho de prohibir el uso de un pañuelo en los lugares públicos? ¿Se conseguirá algo importante prohibiendo entrar a una menor en un colegio o forzándola a eliminar la cuestión simbólica de su cabeza? ¿Tendrán los profesores la oportunidad (o la fuerza moral) de mostrarle el significado de criterio propio, libertad, inteligencia, elección, opción, duda, cuestionamiento…?
Parece mentira que, después de tantos años de historia, no hayamos aprendido que todo lo que se prohíbe despierta una reacción contraria a la intencional. La prohibición multiplica el interés por lo prohibido. En los años sesenta, era de tal entidad la lista negra de libros prohibidos por el régimen nacionalcatólico que jóvenes y viejos traficaban literalmente con libros publicados en México, Argentina, Colombia, Francia, Italia, Estados Unidos…
La conclusión es obvia. Cuanto más se habla de prohibir, más jovencitas con hiyab se ven por las calles. Es más, se pierde el tiempo hablando de estar a favor o en contra de un simple pañuelo y no se habla de lo que significa la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, no se habla seriamente de eliminar todas las discriminaciones –incluso esa imbecilidad de la llamada discriminación positiva- porque todas la ellas son negativas, nefandas, torticeras y destrozavidas. Sepan ustedes que en estos momentos, ahora mismo, hay una persona inocente en algún calabozo español por obra y gracia de la discriminación positiva.
La reacción contra la prohibición es un mecanismo tan infalible, tan lógico que deberíamos pedir a nuestros intrépidos gobernantes que prohibieran la gran literatura, que sólo se permitiera la compraventa de los grandes éxitos comerciales, los best sellers, las viejas novelas de caballería de las que Cervantes hizo mofa creando así una obra de arte. Sí: que prohíban a Musil, a Gombrowitz, a Italo Calvino, a Kafka, a Borges, a Bolaño, a Walser, a Blecher, a Ayala, a Lorca, a Shakespeare, a Primo Levi, a Nietzche, a Jean Giono, a Bukowsky, a Joyce, a Beckett, a Moliere, a Ionesco, a Jarry, a Voltaire, a Arthur Miller, a DeLillo, a Faulkner, a Mann, a Hesse, a Melville, a Novalis. Que prohíban las Mil y una noches, los Cuentos de Canterbury, la puta vieja Celestina. Que prohíban de una vez a Cervantes. ¡Que lo prohíban ya!
Entonces, los adolescentes, en lugar de ir al obligado botellón, se dedicarán a traficar con libros de la lista negra, cuya lectura estaría penada con veinte latigazos por página. Habría tal trapicheo de libros –te cambio un Goytisolo por dos Kunderas- que empezaría a activarse una economía sumergida de enorme impacto social. Aparecería un mercado negro de libros prohibidos cuyo montante económico a nivel internacional superaría las cifras del dinero generado por la industria pornográfica. El interés por lo prohibido llevaría a más de un escritor a medrar ante las oficinas del Comité Nacional por la Censura Literaria para que sus libros fueran convenientemente prohibidos.
Sí, que nos prohíban a todos. Que prohíban todo lo bueno. Que proscriban lo que sea. Esa es la solución a este profundo estado de mediocridad en que nos estamos sumiendo.
© Gärt
sábado, 17 de abril de 2010
DIARIOS DE CABEZADEPERRO
NOVELITAS PARA DILETANTES
Pues no; no va de eso. Precisamente voy a hablar de lo contrario. Dejo que los diletantes sigan empeñados en la impostura de Zafón o los clichés del difunto sueco y me decanto por un par de gringos, de esos que rara vez decepcionan a su escasa pero ferviente parroquia. Pynchon y DeLillo. Menudo par. Quien pudiera tenerlos entre los allegados. Tampoco es que eso sea tan importante, puede incluso que, conocidos en persona, resulten cargantes hasta el arrebato. Y también puede que no. Sus libros, los dos que aquí voy a citar, no lo son de ninguna manera. Porque no estamos hablando de la enésima reelaboración del argumentismo decimonónico –ese ectoplasma que vendió, vende y seguirá vendiendo per secula seculorum- sino de estilo, estilo de verdad. Hace siglos que conocemos todas las variantes argumentales, pero asimismo, quedan siglos –calentamiento global mediante- hasta que se agote la forma de colocarlas, de ordenarlas y hacerlas sentir. Pynchon, en “ La subasta del lote 49” consigue esa inédita vuelta de retuerca a la estética beat, agotada e inagotable en manos del maestro sin rostro. La cascada de situaciones delirantes, y la impresentabilidad de los personajes, evocan a menudo al malogrado John Kennedy Toole, y su Ignatius J. Relly, protagonista que obra el milagro de atrapar al lector a pesar de tratarse de un cretino irredento.
DeLillo retoma la estructura narrativa del Ulysses de Joyce, transformando la nave odiseica en una lujosa y excesiva limusina, probablemente esa metáfora del horterismo de la que ningún nuevo rico puede ni debe sustraerse. Porque el concepto de lo hortera se ha normalizado hasta el punto de dar para unos cuantos debates que, como todo lo hortera, serían en suma una desdichada pérdida de tiempo. Trama: Un solo día, el último día de su existencia el adocenado Eric Packer necesita demostrarse a sí mismo, que sigue siendo la representación carnal del todopoderoso, que puede hacer y deshacer a su antojo cuanto le apetezca, aunque por otra parte le sea imposible salir de un simple atasco, como todo hijo de vecina, pero con chofer y escolta.
Ahora bien, nada de eso importa. Cualquier escritor medianamente avezado podría haber ideado y plasmado las dos tramas. La cuestión es que nadie, salvo Pynchon y DeLillo, habrían tenido el acierto de engendrar “La subasta…” y “Cosmópolis”. ¿Por qué? Porque lo importante no es el qué, sino el cómo. Porque ambos están unidos y separados por su inmensa capacidad para crear estilo. Pynchon retrata lo grotesco, sin establecer juicios, dejando que sea el lector quien valore la trascendencia o insignificancia de los hechos. A Pynchon se la trae floja que sus novelas pequen de insustanciales. Por el contrario, la sustancia, el mordisco del tema y la profundidad psicológica son la esencia en DeLillo. Uno agarra las novelas de Don DeLillo y no tarda en percatarse de que el agarrado es quien cree estar agarrando. En manos de DeLillo, dejamos de ser sujetos pasivos, porque el escritor nos impone la tarea de responder esas preguntas que se generan a lo largo y ancho del papel. En “Cosmópolis” nada es accesorio, nada sobra, nada carece de importancia. Aunque lo que parezca un hecho sea nada más y nada menos que una enorme duda. Y la duda es la vida misma. Quien no duda nunca, debería visitar a un especialista en lo que sea. Pero, por favor, que no se malverse comprando libros de autoayuda.
Ninguno de mis adorados yanquis –ser gringo no significa necesariamente haber nacido para convertirse en un producto de mercadotecnia- tendrá jamás el fervor de la masa incondicional. Tal vez porque el incondicional es aquel que jamás se cuestiona nada acerca de sus mitos. Al incondicional no le cabe la menor duda. Ninguna de estas dos anomalías –sagrada palabra- tendrán cabida entre el rebaño de diletantes, adeptos al producto de cartón piedra, dueño y señor de escaparates, supermercados y rebajas de saldo.
Pues no; no va de eso. Precisamente voy a hablar de lo contrario. Dejo que los diletantes sigan empeñados en la impostura de Zafón o los clichés del difunto sueco y me decanto por un par de gringos, de esos que rara vez decepcionan a su escasa pero ferviente parroquia. Pynchon y DeLillo. Menudo par. Quien pudiera tenerlos entre los allegados. Tampoco es que eso sea tan importante, puede incluso que, conocidos en persona, resulten cargantes hasta el arrebato. Y también puede que no. Sus libros, los dos que aquí voy a citar, no lo son de ninguna manera. Porque no estamos hablando de la enésima reelaboración del argumentismo decimonónico –ese ectoplasma que vendió, vende y seguirá vendiendo per secula seculorum- sino de estilo, estilo de verdad. Hace siglos que conocemos todas las variantes argumentales, pero asimismo, quedan siglos –calentamiento global mediante- hasta que se agote la forma de colocarlas, de ordenarlas y hacerlas sentir. Pynchon, en “ La subasta del lote 49” consigue esa inédita vuelta de retuerca a la estética beat, agotada e inagotable en manos del maestro sin rostro. La cascada de situaciones delirantes, y la impresentabilidad de los personajes, evocan a menudo al malogrado John Kennedy Toole, y su Ignatius J. Relly, protagonista que obra el milagro de atrapar al lector a pesar de tratarse de un cretino irredento.
DeLillo retoma la estructura narrativa del Ulysses de Joyce, transformando la nave odiseica en una lujosa y excesiva limusina, probablemente esa metáfora del horterismo de la que ningún nuevo rico puede ni debe sustraerse. Porque el concepto de lo hortera se ha normalizado hasta el punto de dar para unos cuantos debates que, como todo lo hortera, serían en suma una desdichada pérdida de tiempo. Trama: Un solo día, el último día de su existencia el adocenado Eric Packer necesita demostrarse a sí mismo, que sigue siendo la representación carnal del todopoderoso, que puede hacer y deshacer a su antojo cuanto le apetezca, aunque por otra parte le sea imposible salir de un simple atasco, como todo hijo de vecina, pero con chofer y escolta.
Ahora bien, nada de eso importa. Cualquier escritor medianamente avezado podría haber ideado y plasmado las dos tramas. La cuestión es que nadie, salvo Pynchon y DeLillo, habrían tenido el acierto de engendrar “La subasta…” y “Cosmópolis”. ¿Por qué? Porque lo importante no es el qué, sino el cómo. Porque ambos están unidos y separados por su inmensa capacidad para crear estilo. Pynchon retrata lo grotesco, sin establecer juicios, dejando que sea el lector quien valore la trascendencia o insignificancia de los hechos. A Pynchon se la trae floja que sus novelas pequen de insustanciales. Por el contrario, la sustancia, el mordisco del tema y la profundidad psicológica son la esencia en DeLillo. Uno agarra las novelas de Don DeLillo y no tarda en percatarse de que el agarrado es quien cree estar agarrando. En manos de DeLillo, dejamos de ser sujetos pasivos, porque el escritor nos impone la tarea de responder esas preguntas que se generan a lo largo y ancho del papel. En “Cosmópolis” nada es accesorio, nada sobra, nada carece de importancia. Aunque lo que parezca un hecho sea nada más y nada menos que una enorme duda. Y la duda es la vida misma. Quien no duda nunca, debería visitar a un especialista en lo que sea. Pero, por favor, que no se malverse comprando libros de autoayuda.
Ninguno de mis adorados yanquis –ser gringo no significa necesariamente haber nacido para convertirse en un producto de mercadotecnia- tendrá jamás el fervor de la masa incondicional. Tal vez porque el incondicional es aquel que jamás se cuestiona nada acerca de sus mitos. Al incondicional no le cabe la menor duda. Ninguna de estas dos anomalías –sagrada palabra- tendrán cabida entre el rebaño de diletantes, adeptos al producto de cartón piedra, dueño y señor de escaparates, supermercados y rebajas de saldo.
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