viernes, 9 de octubre de 2015
jueves, 3 de septiembre de 2015
ETERNA
Eva flotaba sobre la alfombra de espuma como si sus pies no
soportaran el menor peso. Así se movía la dulce Eva, como un trozo
de papel de fumar mecido por la brisa salobre de la orilla. En honor
a la verdad, tengo que confesar que Eva siempre me pareció algo
ficticia. Pululaba por la realidad igual que los mitos oscilan en el
inconsciente infantil de los pueblos, pasando de memoria en memoria
con insultante delicadeza. Será eso, digo yo, lo que hace a Eva
fuente y objeto de nuestro insofocable anhelo.
miércoles, 10 de junio de 2015
ASPAVIENTOS
Nos mueven otros. Otros
que no son éstos. Éstos tan solo son molinos de viento que agitan
los brazos cuando los otros les soplan. Da igual la sonrisa con que se retraten. Da igual la melodía con que nos adormezcan. Son molinos, que no gigantes. De vez en cuando alargan la
mano para recoger unas migajas de agradecimiento, pero el viento -los
otros, los que ordenan- les sopla tan fuerte que apenas pueden moverse de su sitio por
miedo a quedarse fuera del edén que les tienen reservado.
Eso sí, muy de tarde
en tarde, aparece algún desquiciado que carga contra los molinos y les hace algún agujero en la manga,
aunque no suele contar con la ayuda del viento.
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QUIJOTE
sábado, 23 de mayo de 2015
LOS AÑOS INCONFESABLES
A cierta edad uno ya no espera grandes cosas de la vida
excepto, claro está, el inexplicable misterio de vivirla. Es la mejor
manera de no experimentar grandes decepciones porque,
afortunadamente, con los años se va apreciando el sano ejercicio de
despertarse para gozar del efímero
silencio de la madrugada, cuando otros se acuestan. Tarde o temprano alcanzas la capacidad de
celebrar las derrotas, de fracasar con el tesón de los elegidos, de
perder con auténtica vocación y, además, saber disfrutarlo.
A cierta edad, lo bueno y lo malo es tan relativo que
empiezas a sonreír cuando llega a tus oídos ese ingenuo canto de
sirenas sobre la realidad. Y es así como, sin apenas darte cuenta,
dejas atrás la tentación de la nostalgia y sobrevives al peso de
los recuerdos y al vacío que dejan los que quedaron en el camino.
Algunos días, incluso, te calzas algún que otro instante de serenidad y te dejas adormecer por el cálido susurro de la templanza.
miércoles, 22 de abril de 2015
CURA DE HUMILDAD
Pues esta es la cara de tonto que se le queda al escritor cuando va a firmar libros en la feria del tal y a nadie le interesa lo que aquel le puede contar.
No firmé ningún libro aquel día. Nadie sabía quien era yo, por supuesto. Por eso me alegré de tener junto a mí a unos buenos amigos que me ayudaron a reírme de mí mismo.
Me consolé pensando en aquel otro día, veinte años atrás, en la feria del libro de Madrid, donde había largas aglomeraciones para obtener el autógrafo de Gala, Pérez Reverte o Grandes. Allí encontré a un viejo solitario con gesto humilde que no parecía tener su tarde. Era Mario Benedetti. Ya saben; ese poeta del bigote blanco que hablaba de mujeres desnudas (y en lo oscuro) y de soledades muy pobladas.
Nadie hacía cola para estrechar la mano del escritor uruguayo. De hecho, ¿alguien sabía algo de Uruguay? Por ese motivo, mi hermana tiene hoy la firma de Benedetti en un modesto ejemplar de las Canciones del más acá.
Lo cierto es que todo eso no quita para saber apreciar el inmenso valor de una buena cura de humildad.
Habrá que aprender a escribir o, tal vez, ponerse en manos de un avispado agente editorial. Me quedo con la primera opción.
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