miércoles, 15 de junio de 2011

CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO


Uno de los mayores riesgos que conlleva el devastador transcurso del tiempo es el de la pérdida de la mirada infantil, esa forma de ver el mundo que todos –unos más que otros- tuvimos en algún momento de nuestra vida. Esa mirada transparente que se maravilla ante las cosas que los adultos somos incapaces de valorar. Recuerdo aquel dibujo en que el niño Saint Exupery representaba a una serpiente que se había tragado un elefante y que algún adulto confundió con un sombrero. A menudo los adultos percibimos las cosas con una simplicidad torpe y desangelada que nos impide saborear la eternidad del instante. Me refiero también a ese don de gozar con lo grotesco, con lo absurdo y lo imaginativo.
Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un torrente, y que este charco fuera el mar.
No es por casualidad que haya elegido este ensoñador verso con que Peter Handke ilustró la película “El cielo sobre Berlín” para iniciar un artículo crítico sobre el espectáculo de la Needcompany “This door is too small for a bear” (Esta puerta es demasiado pequeña para un oso). El título lo está diciendo todo: esta puerta, la puerta de la imaginación es demasiado pequeña para una criatura que ha perdido su propia pequeñez, esta puerta es demasiado bajita para pasar de pie; tal vez sería recomendable hacerlo a cuatro patas. Para entrar en esta habitación es necesario ser niño. Luego, no mucho más tarde, el niño se hace adulto, y aprende a adoptar poses críticas, miradas suspicaces y prejuicios, sobre todo muchos prejuicios. Si el adulto crítico ha extraviado su mirada de niño, también habrá perdido la oportunidad de gozar ante lo aparentemente pueril, ante la aparición de un nuevo principito. El adulto crítico se obsesiona coleccionando adjetivos recurrentes, buscando el punto débil de lo que intenta comprender, y se olvida de regocijarse sin manchar su mirada con su propia frustración.
Cuando el niño era niño no tenía opinión sobre nada, no tenía ninguna costumbre, se sentaba en cuclillas, tenía un remolino en el cabello, y no ponía caras cuando lo fotografiaban.
Win Wenders coloreaba con los sorprendentes versos de Peter Handke aquel Berlín grisáceo y obtusamente acorralado, al igual que Bigas Luna era capaz de transmitir el despertar a la sensualidad desde los ojos de un niño en “La teta y la luna”. La Needcompany ha hecho otro tanto de lo mismo en el último espectáculo que ha presentado en el Alhambra. Porque la Needcompany tiene esa rara virtud de buscar intensamente en el lenguaje escénico para no repetirse una y otra vez, tal cual hacen tantas otras compañías. En este caso, bajo la dirección de Grace Ellen Barkey, el espectáculo basa todo su potencial en la magia de fascinantes coreografías que recorren un fugaz camino entre un inicio aparentemente anárquico, rebosante de objetos con vida propia, y un final pleno de armonía y limpieza estética. En el concepto de Barkey no hay una separación clara entre los roles de actor y bailarín. Todos participan del absurdo infantil de los textos, del histrionismo de marionetas que se encarnan en personas, y todos entran en la evolución de una danza que culmina en una contagiosa placidez. Con este planteamiento, es lógico que echemos de menos a la fantástica Viviane de Muynk, protagonista de la inolvidable “Habitación de Isabella”. Lo que se atisba en el ambiente es la presencia implícita del director de la compañía, la no ausencia del Jan Lawers que ahora cede el testigo a Grace Ellen Barkey. Que Jan Lawers no firme el espectáculo es lógico, sobre todo por el protagonismo de la danza y el movimiento sobre cualquier otro discurso, pero también es cierto que la estrecha relación entre Lawers y Barkey se deja notar en el inconfundible estilo y en la puesta en escena del montaje. Hay un sello Needcompany que, por fortuna, está empezando a contagiarse en nuestro teatro.
Estamos pues, ante un espectáculo pensado para la apertura mental y la disposición lúdica del espectador. Se impone una necesidad de superar viejos tabúes, como el de la desnudez de un cuerpo, la desacralización de la sexualidad. Una de esas puestas en escena que nunca debería acabar, entregada a esa música final de Rombout Willems que actúa como una inyección de optimismo y vitalidad.
No es tan difícil volver a mirar con los ojos limpios de nuestra niñez; bastaría con observar hacia dentro y reconocer que seguimos siendo el mismo yo con un envoltorio un poco más ajado.
Luego, sales a la calle colmado de ilusión, intentas digerir lo que acabas de sentir mientras escuchas otros puntos de vista –algunos muy contrapuestos al tuyo, como el de mi amiga Medea-, asimilas con media sonrisa que nada es objetivo en este fascinante mundo en el que cohabitas, caminas bajo la lluvia y entras en el único bar abierto en el Campo del Príncipe, donde te tomas unas cañas con los mejores bailarines de este lado del universo.

MEDEA Y YO
Ya va siendo hora de que les hable de Medea. Tengo un par de buenas razones para hacerlo. En primer lugar, con ese nombre tan teatral nadie mejor que ella para compartir estas crónicas trágicómicodramáticas. La segunda razón es mucho más simple: Medea es quien me acompaña a todas las funciones de teatro donde estoy acreditado. Ella comparte gozos y pesares conmigo, además de esas largas conversaciones con las que digerimos –regadas con excelente lúpulo- cada una de las obras de los templos de Talía y Melpómene. Esto último ha sonado muy pedante, lo admito, pero más extravagante sonará lo de ir al teatro en compañía de una tal Medea y sin embargo tengo motivos de peso para hablar de ello. El más importante de todos es que Medea y yo no siempre estamos de acuerdo en nuestras opiniones acerca de la función que acabamos de presenciar. Sin ir más lejos, la última producción de La Imperdible en torno al mito de los siete pecados capitales puso a prueba nuestra capacidad para escuchar las tesis del otro –siempre con la debida cortesía y el mutuo respeto por la opinión ajena- y, si me cabe, enriqueció aún más mis escuetos horizontes de crítico provinciano. Más que nada porque, según mi forma de ver las cosas, ponerse a hablar de pecados a estas alturas de la historia (creo yo que andábamos por los albores del siglo veintiuno) me parece en cierta forma un pequeño contrasentido. No porque aquellas máculas que San Gregorio Magno detalló allá por el siglo sexto de la era cristiana hayan perdido vigencia en su totalidad, sino porque existe una cosa llamada tiempo que, mira tú por dónde, cambia y matiza los valores morales hasta el punto de que una cosa como la lujuria es hoy síntoma de buena salud, y aquel hombre o mujer que –por la causa que fuere- experimenta una pérdida en su deseo, tiene la opción de acudir al facultativo especialista para intentar recuperarlo. No digamos de la avaricia, que es el pilar sobre el que descansa nuestro sistema, el sistema de querer siempre más, de andar insatisfecho con la nómina y el automóvil, con la ropa y las vacaciones. La avaricia –ojalá me equivocara- se ha convertido en una virtud. Nuestros grandes banqueros ocupan las portadas de los folletines dominicales, las cabeceras de los telediarios y los sueños de más de un joven ejecutivo. Medea admite a regañadientes estas digresiones mías pero también objeta que, moralmente, la avaricia sigue siendo un pecado, pues si bien es cierto que el mundo en que vivimos está sustentado sobre el anhelo de engordar las cuentas corrientes, también lo es que esa insatisfacción de la que yo hablaba es fuente de infelicidad para el que la padezca. Touché; acepto que la avaricia puede ser entendida como un pecado, pero insisto en que lo de la lujuria no cuela. Ella está de acuerdo en esto último y parece que en lo fundamental hay consenso. Eso sí, en cuanto al resto de los pecados Medea se cuadra en la cuestión de la vigencia. Y yo no digo que no (aunque tampoco que sí) lo que digo es que ahora el número siete se ha quedado corto, que en nuestros días hay cualidades tan notables como el fanatismo, la sinrazón, la ausencia de ética, la ramplonería o el egoísmo, y que nadie, en mayor o menor medida, está libre de ellos. Ella advierte con lucidez que todos esos pecados –salvo algunos de los que navegan por internet- existen de toda la vida, y que, por supuesto, deberían engrosar la lista de faltas graves. Cómo iba yo a contrariarla en algo tan razonable.
Cosa distinta es la cuestión del uso (¿o abuso?) de las modernas tecnologías en el teatro. Bajo mi punto de vista, el teatro es un arte desnudo, un espacio en el que el actor solo, con su cuerpo como herramienta, tiene ante sí el reto de activar la mente del espectador para hacerle ver lo que no está, aquello que únicamente habita en los territorios de la imaginación. A mi juicio, todo aquello que muestre lo evidente es, en cierto modo, una perversión del verdadero sentido del teatro. Medea reconoce que puedo tener razón en lo fundamental, que las concesiones a la galería suelen ir unidas al menosprecio de la inteligencia ajena, pero me advierte que tal vez peco de cierto fundamentalismo, que no debería acotar un arte que basa su supervivencia en la libertad de aquellos que se atreven a avanzar. Puede que sí, reconozco, pero yo sigo creyendo en la palabra como medio para expresar emoción. La emoción, dice ella, no es patrimonio únicamente de la palabra, porque también está en la música, en la imagen y en todo aquello que afecte a los sentidos. Lo que yo digo es que la tecnología está bien cuando sirve como un material más para apoyar lo que se quiere decir, sobre todo en el caso que nos ocupa, pero cuando ésta se impone sobre lo esencial, el teatro como sentimiento humano se tambalea y corre el peligro de convertirse en puro alarde. Pero, objeta ella, no estamos hablando simplemente de teatro, porque lo que acabamos de ver es también danza y poesía. ¿Acaso quedó dañada la poesía por el apoyo de música e imagen? En manera alguna, contesto, pero la cuestión no es esa; la cuestión es si todo este despliegue de medios que acabamos de ver no ocultaba una notable falta de ideas, si las metáforas que desarrollaban los esforzados bailarines eran en realidad una ensalada de clichés ausentes de recursos creativos. Ahí le he dado, pienso yo muy ufano. Pero Medea no se deja convencer fácilmente, y así, entre trago y trago de cerveza, vamos llenando la noche de reflexiones y contradicciones. Porque, en eso también estamos de acuerdo, la contradicción es un buen elemento para llegar a buenas conclusiones, aunque éstas se resistan.

NADIE LO QUIERE CREER
Hay muchos diccionarios, los oficiales y los apócrifos, aunque ninguno de ellos sea capaz de expresar todas las sensaciones que caben en la palabra hablada. Porque, a decir de mí amiga, en el teatro hay un decir sin explicar, un sugerir sin pronunciar que otorga a las palabras un inconmensurable valor cualitativo. Medea insiste mucho en que debemos presenciar el último espectáculo de La Zaranda. Estoy de acuerdo. No es que me deje impresionar por los premios nacionales, quizá es cuestión de trayectoria, de esa forma de marcar estilo que algunos grupos consiguen a base de talento y años de ejercicio. La Zaranda, siempre dentro de su lenguaje tan peculiar, es uno de esos grupos que nunca decepcionan, tal vez porque en casos como este la profesionalidad no va reñida con una insaciable energía por recorrer el camino menos transitado.
La poética de Eusebio Calonge oculta una metáfora sencilla y maliciosa, un viaje en el interior de una casa desvencijada que los criados quieren heredar cuando la señora acabe de diñarla –si es que se decide de una vez- una casa que apesta a naftalina y humedad porque nadie se atreve a abrir las ventanas. Hay casa suficiente para los presuntos herederos, porque la casa es Grande, pero resulta que la casa también es Una y de difícil división. Habrá que inventar nuevos linderos para que todos queden contentos. La señora se muere poco a poco, primero un brazo, luego el otro, un ojo que sólo se abre cuando hay que recitar de memoria los blasones de la casa y aquellos reyes tolosanos cuya sangre se coagula ahora en las venas de una vieja cuyo cuerpo se va gangrenando de pura nostalgia. La nostalgia que quedará impregnada en la atmósfera de la casa para siempre, porque el cadáver de la gobernanta quedará embalsamado como aviso para navegantes.
Medea me hace jurar por mis siete churumbeles que no olvidaré escribir sobre la cuestión del simbolismo. Porque, amigos míos, el juego de los símbolos suscita y reclama socarronas carcajadas entre el respetable. Se cuenta la verdad de manera oblicua, rehuyendo del chascarrillo facilón y abrazando el riesgo sin el menor recato. Es ahí donde La Zaranda encuentra la conexión perfecta con su público, en el hecho de contar con la intuición del espectador para completar el complejo ritual del esperpento. Nada se ajusta más que esa visión esperpéntica de La Zaranda a ese trozo de Historia que se desliza de forma sublime hasta alcanzar momentos cumbres de la conjunción de recursos teatrales: Tres magníficos actores, una luz angosta, casi sofocante, y una dirección impecable. Cada objeto del atrezo es manipulado una y otra vez, transformándose en un decorado que adquiere vida y significado propio. Cada frase del texto oculta un mensaje cifrado que arranca al espectador de los brazos de doña Pasividad. La magia del teatro ha vuelto. De hecho, siempre estará ahí, esperando a que la varita mágica de Paco el de la Zaranda haga saltar la chispa de la excelencia.
Por medio de un tirón de orejas al viejo estilo patafísico, Medea me espeta que en esa conexión con el público se incluye el dedo acusador que nos señala a todos como parte de una sociedad atravesada por la nostalgia. Es cierto, no lo voy a negar, puede que nos creamos muy progres pero en realidad no hemos hecho gran cosa por superar el apego por lo rancio, por el permanente recuerdo de los reyes godos y las grandezas del pasado, aunque esas grandezas estuvieran siempre teñidas de actos infames. Todavía recurrimos al contexto histórico para justificar un pasado que fue, en más de una ocasión, mucho más espeluznante que glorioso. Tal vez nos ocultamos en una pose intelectual de pacotilla para evitar reconocer que somos lo que somos porque una vez fuimos lo que fuimos. Nos cuesta caminar hacia delante porque nos hemos acomodado en esa añeja poltrona roída por la carcoma desde la que nos miramos en el espejo de la autocomplacencia esbozando una sonrisilla bobalicona.

VAGALUME Y LOS “TO.CAOS”

Si en algo coincidimos plenamente Medea y yo es en el enorme placer que significa para nosotros asistir a una función de Teatro de Calle. Así con Mayúsculas; porque el Teatro de Calle, es la esencia misma de la escena –una escena sin escena, o tal vez con el escenario más grande de los posibles- la madre de todas las batallas imaginarias. Vagalume, nuestra compañía decana del teatro sin barreras, ha vuelto a dar en el clavo con su último espectáculo recientemente estrenado en el parque zaidinero de Carlos Cano. “To.Caos” es un montaje dedicado a los verdaderos protagonistas de los montajes: a nuestros queridísimos técnicos, a los magos del amperio y los decibelios, a los brujos anónimos que escuchan los aplausos en el anonimato de la cabina. “To.Caos” se sirve de ingeniosa deconstrucción del mítico “Romeo y Julieta” para rendir homenaje a los personajes sin personaje. Tal es así, dice uno de ellos, que hemos necesitado a otros personajes para hablar de nosotros mismos. Los “To.Caos” son arquetipos de un mundo rico y diverso de personalidades donde todos somos necesarios, un mundo enloquecido, rebosante de energía positiva en el que hay que sacar adelante, cueste lo que cueste, los sueños por los que tanto trabajamos. Porque en la farsa a cielo abierto lo histriónico es una virtud, y el exceso sabiamente manipulado –desde los implantes neumáticos de la gran payasa Nía Cortijo, hasta los ocho suicidios de Romeo y Julieta- es sinónimo de trabajo bien hecho. Pero el Teatro de Calle, es mucho más que un espectáculo, yo diría que en él reside la esencia misma del teatro, toda esa fuerza magnética capaz de hechizar los ojos del niño que, insisto, todos deberíamos conservar en nuestro interior. Tenemos la fortuna de contar con el buen hacer de Vagalume y de un creciente número de compañías que salen a campo abierto con el objetivo de hacernos soñar: bien por ellos.
Cuando el niño era niño no sabía que era niño, para él todo estaba animado, y todas las almas eran una.

lunes, 13 de junio de 2011

BLOOMSDAY


“Nieva. Observo soñoliento cómo los copos, de plata y de sombras, caen oblicuos hacia las luces. Ha llegado la hora de variar su rumbo hacia poniente. Sí, los diarios están en lo cierto: la nieve está cubriendo toda Irlanda. Cae sobre la oscura llanura central, sobre las colinas despobladas, sobre el mégano de Allen y, más al oeste, cae suavemente sobre las sombrías y sediciosas aguas de Shannon. Cae así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposa, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Mi alma se sume en un duermevela mientras escucho caer la nieve lánguidamente sobre todo el universo, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.”

Este es el final del conocido relato de James Joyce “Los muertos”, incluido en el libro “Dublineses”. Me he permitido aportar mi propia traducción usando un tiempo presente y la primera persona, cosa que, en mi humilde opinión, no desvirtúa el espíritu del original y, mucho menos, la magnífica traducción de Guillermo Cabrera Infante en 1972.
Según el canon literario actual –es decir; según el canon del mercado literario- Joyce es un autor complejo, elitista, insoportablemente exigente. Según esos afortunados que consiguieron pasar de las cien primeras páginas del “Ulisses” (1922), Joyce es el cenit del estilo literario, el autor del texto más importante del siglo XX. Probablemente, y a la vista de que los autores que se decantan por el éxito en lugar de la literatura, acatando las normas decimonónicas –planteamiento, nudo y desenlace- Joyce seguirá ocupando por muchos años la cumbre de la narrativa contemporánea. Que James Joyce sea contemporáneo cien años después, no habla muy bien de los que estamos vivos.

Algunos –esperamos pasar de la media docena- de esos que se zamparon el ínclito mamotreto, nos vamos a reunir el próximo Jueves día 16 de junio a las 20 horas, en la taberna irlandesa “Hannigan & Sons” (C/ Cetti Meriem, a espaldas de “Granada 10”) para conversar con una pinta de cerveza en la mano y brindar gritando “Larga vida a Ulises”, “Larga vida a Joyce”. Seremos de esos a los que se llama ahora freaks o frikis, y a mucha honra. Nos quedaremos muy lejos de lo que estará pasando en Dublín, donde toda una ciudad estará de fiesta para celebrar ni más ni menos que un libro, el gran libro. El Bloomsday de Dublín, no puede compararse con ningún otro evento relacionado con la literatura. Ni las ferias de Franckfort o Guadalajara (Mexico), ni los torpes homenajes institucionales a poetas muertos que se suelen perpetrar por los cuatro puntos cardinales, llegarán nunca a la emoción y el cariño con que los dublineses inmortalizan a un gran escritor.
Otro irlandés de lujo, Samuel Beckett, desafiaba el talento de los escritores venideros con aquella enorme y mágica sentencia:
“Todo de antes, nada más jamás. Jamás probar, jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.”

sábado, 28 de mayo de 2011

EL PAIS DE LOS IDIOTAS

En el País de los Idiotas había –como en todas partes- ricos y pobres.
Por supuesto, no todos eran idiotas en el País de los Idiotas. En honor a la verdad, nadie se consideraba idiota a sí mismo.
Lo extraño del País de los Idiotas era que los ricos robaban a los pobres. En realidad, eso estaba comúnmente aceptado. Las cosas eran así y eso era lo que había.
El País de los Idiotas era gobernado por marionetas. Las marionetas habían sido confeccionadas con cara de imbécil para que la gente se identificara con ellas.
Cada cierto tiempo se cambiaba de marioneta con la intención de que la gente no se aburriera de ver siempre la misma cara de idiota. Por lo menos, ya que no inteligencia, había variedad.
Los escaparates de las librerías estaban colmados por estultas trilogías escritas para necios que se vendían como rosquillas. Los libros inteligentes, que los había, estaban amontonados al fondo de la trastienda.
La prensa se centraba sobre todo en las declaraciones de los deportistas que, salvo variaciones gramaticales, siempre venían a decir lo mismo. También estaba lo de las edificantes crónicas de sociedad, que eran seguidas con pasión por multitudes de memos.
En el País de los Idiotas las tareas estaban muy bien repartidas:
Los idiotas trabajaban para mantener a las marionetas.
Las marionetas se encargaban de recoger el dinero de los idiotas e ingresárselo a los ricos.
Los ricos se encargaban de mover convenientemente a las marionetas.
Y los lúcidos... bueno, en realidad eso no importaba.
Había bonitos espectáculos deportivos todos los fines de semana donde los idiotas podían desgañitarse más allá de los límites de la compostura. Era una forma de catarsis, algo ramplona, pero eficaz.
La gente andaba tan preocupada por alcanzar la felicidad que se olvidaba de lo fácil que hubiera sido estar a gusto.
Hubo, eso sí, un par de ancianos que empezaron a llamar a las cosas por su nombre. Llamaron ricos a los ricos y pobres a los pobres. No sentó nada bien aquello de que llamaran idiotas a los idiotas.
Entonces, de manera inopinada, algunos descontentos empezaron a protestar contra el orden establecido. Dijeron que no estaban de acuerdo en que los ricos robaran a los pobres y que el gobierno del país se encargara siempre a marionetas con cara de idiota.
Fue curiosa la reacción de los idiotas. No hicieron nada. Siguieron siendo tan tontos como al principio. Eso sí, acusaron a los descontentos de practicar la estupidez sin permiso de las marionetas.
Fue entonces cuando los descontentos se percataron de que aquel País de los Idiotas era mucho más grande de lo que pensaban: el País de los Idiotas ocupaba toda la superficie del planeta. De hecho, desde aquel día, al planeta se le quedó cara de idiota.

lunes, 23 de mayo de 2011

UTOPÍA

Cuando uno tiene a bien echar una mirada a la historia desde el momento que le ha tocado vivir, no tiene más remedio que reconocer que, para bien o para mal, el transcurso del tiempo y el resultado del pensamiento revertido en acción ha supuesto una evolución en las formas de vida –sobre todo en las occidentales- que incluye alguna que otra conquista social. Cayeron tiranías, enfermedades, carencias culturales e incluso alguna que otra institución milenaria. En muchos casos esas rémoras fueron sustituidas por otras tal vez mucho más sutiles pero no menos preocupantes. En un sistema –el nuestro- en el que se habla de libertades, nadie o casi nadie levanta la voz contra la desmedida mercantilización de nuestro pequeño universo social. Se ha mercantilizado cualquier producto: la comida, el arte, el entretenimiento… pero también hemos llegado al punto donde el hombre, su pensamiento, e incluso su dignidad se han convertido en objeto de compra y venta. La mercantilización ha alcanzado algunos derechos de una sociedad aparentemente democrática: se compran e intercambian los votos, los escaños, los cargos políticos, se regatea con los derechos laborales de los trabajadores, mientras el capital continúa al margen de una fiscalidad que en su ochenta por ciento incumbe a la renta. Con ese ochenta por ciento, que son los impuestos de la clase media y baja de un país en plena crisis, se financia a una banca, que lejos de contribuir al despegue de la economía, reparte dividendos entre las altas jerarquías. Invirtiendo el (falaz) mito de Robin Hood; el estado toma el dinero del pueblo y se lo reparte a los adocenados. Una gran parte de la clase política, lejos de compartir el día a día de los más débiles, se acomoda en una intolerable burbuja de prebendas y privilegios. Todos ellos legales, por supuesto, pero tradicionalmente amparados en el desconocimiento de la masa y la vista gorda practicada por casi todos los medios informativos. Las nóminas de sus señorías y, sobre todo, sus obscenas dietas, consuman el efecto contrario a su nomenclatura y engordan cada vez más barrigas y cuentas corrientes. Si a eso le sumamos la facilidad con que un diputado o ministro accede a un sueldo vitalicio, nos resulta poco menos que delirante cómo tales individuos, desde su exclusiva torre de marfil, han tenido la desfachatez de atrasar la edad de jubilación de los verdaderos trabajadores –aquellos que con su silencioso esfuerzo diario contribuyen a que esto no acabe de hundirse muy a pesar de sus dirigentes políticos- bajar nóminas y congelar pensiones. Del absentismo de los parlamentarios ni hablamos.
Es muy improbable que un diputado en cortes, o en asambleas autonómicas, o un ministro, o un subsecretario o un edil de capital, pueda hacerse cargo de lo que supone sobrevivir con una pensión mínima. Es casi imposible que uno de los muchos cargos o ex cargos que la menguante teta del estado está obligado a mantener, se haga una idea de lo que significa cargar con una hipoteca durante toda la vida.
Primera conclusión: los garantes de la democracia han desprestigiado a la democracia, ante la mirada conformista de la mayoría.
Ahora bien; todo hace parecer que la historia ha llegado a un punto donde la ignorancia del ciudadano sobre sus gobernantes ha empezado a volatilizarse. Tal vez sea internet, o quizá el conjunto de las penurias que la mayor parte del país vive en la actualidad, pero el caso es que, de manera inesperada, un considerable sector de la sociedad ha salido a la calle para cuestionar la veracidad de un estado de derecho. Frente a la opinión de algunos políticos de que la democracia consiste en votar cada cuatro años, los descontentos gritan que ya ha llegado el momento de dejar de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. Frente a los privilegios de la banca y la corrupción política, los futuros ciudadanos exigen un control los gastos públicos y una legislación que vincule el aparato financiero al desarrollo de todos. Dicho de otra forma, si el estado ha insuflado las arcas de todos los bancos, el estado debería controlar en forma de acciones ese capital regalado al poder especulativo, de tal manera que a la hora del reparto de beneficios, hacienda hubiera acusado recibo. ¿Tan difícil era de entender? Pues al parecer no ha sucedido así. Ha sucedido que nuestro dinero, el dinero de los contribuyentes, ha ido a parar al bolsillo de los altos ejecutivos de los bancos. ¿Por qué? Pues sencillamente porque ese es el sistema. Un sistema que está condenado a caer, evidentemente, pero que aún tiene que dar muchos coletazos. Un sistema que promueve y garantiza la injusticia social, la desigualdad y la financiación de las campañas políticas. Un sistema donde las entidades financieras causan una crisis económica y estructural, y como castigo por su incompetencia, se llevan dinero público, eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja.
En las tertulias de cafetería, nuestra vetusta burguesía se queja de la falta de conciencia social de un pueblo que encaja todo este despilfarro sin responder, sin salir a la calle y sin reaccionar. Pues bien, cuando esto sucede, cuando millones de indignados salen a la calle para protestar contra el desamparo de los más débiles, contra la corrupción estructural y contra la apatía de los que deberían representarnos, empiezan a menudear las voces de la desconfianza. Siguiendo las consignas de los incondicionales, la prensa se hace eco de acusaciones de manipulación y oportunismo. Y sin embargo, el llamado movimiento 15 M, sigue ahí, sostenido por la voz de la desesperación, por la voz de la impotencia, por la voz de los sin voz. Estos indignados, tal vez hijos directos de un pequeño manifiesto de Hessel y Sampedro, tal vez víctimas de una forma de gobierno que hace gala de la injusticia como norma de estilo, nos están recordando una verdad terrible: la utopía ya no es aquello del bienestar o la igualdad de oportunidades, no señoras y señores: la utopía es la democracia, la verdadera democracia. Una democracia que, como concepto político, está muy alejada de este sucedáneo que nos han vendido como se vende una mercancía de dudosa procedencia.
No: de ninguna manera, la democracia no consiste en depositar el voto en la urna cada cuatro años. La democracia es algo mucho más complejo. Ser ciudadano es ser parte activa del sistema, es comprometerse con el destino de una sociedad, es responsabilizarse personal y solidariamente de lo que incumbe a todos. El voto no es tan solo un acto de delegación del poder, ya que la actividad política y administrativa debería ser primero un servicio público y no un pedestal desde el que organizar innecesarias obras públicas y disparatados festejos. Es el político quien debe servir al pueblo y no al contrario.

miércoles, 13 de abril de 2011

LAVI E BEL

Cuando escribo estas líneas pienso en aquellas cosas que me identifican como persona: mis errores, mis defectos, mis principios, mis cobardías... Según parece, de un tiempo a esta parte, pertenezco a un grupo nada selecto de folicularios cuya opinión, más o menos fundamentada, podría ejercer cierto tipo de influencia. Tal condición podría servirme para convertir una teoría, o un adjetivo ingeniosamente colocado, en un arma de consecuencias fácilmente predecibles. Permítanme que me ría para mis adentros. Por muy en serio que me tomase lo que escribo, siempre lo haré dando por sentado que se trata tan solo de mi forma de ver las cosas. Rara vez, al redactar una crítica teatral, tenemos en cuenta el enorme esfuerzo individual y colectivo que supone poner en pie una obra –frecuentemente montada a pesar de los pesares- y la renuncia que lleva aparejada la vida de los que sobreviven del puro riesgo. Hacer teatro es partir desde la nada hacia un camino plagado de incertidumbres.
Partiendo de la base de que lo perfecto no existe, podríamos llegar a un cierto consenso sobre la calidad de una función determinada. Los parámetros de calidad son, por supuesto, algo que depende en muchos casos del criterio de cada espectador. Pero ¿qué sucede cuando una obra es capaz de arrebatar la respiración del público, hacerlo saltar de sus asientos, romper la barrera imaginaria que separa el escenario del patio de butacas, hacer al espectador parte integrante e indisoluble del espectáculo y, sobre todo, REIR; reírse del mundo, de la historia, del más allá y del más acá. Reírnos de nosotros mismos, de cada uno y de todos a la vez; de nuestro propio ser, de nuestra identidad y de nuestros dolores. Reírnos de lo más sagrado y hacerlo de la forma más inocente. Reírnos hasta el punto de perder la noción del tiempo, de suspirar después de dos horas que se nos quedan cortas, e incluso pensar que nos hubiera gustado compartir con los ausentes esta experiencia vivificante. Esa y otras muchas cosas llega uno a pensar cuando sale del “Cabaret Líquido” de Laví e Bel. El “Cabaret Líquido” ha sido la pequeña gran Oda a la Alegría que una compañía de Granada ha paseado por España. En ese aspecto no sería aventurado afirmar que un modesto proyecto se ha convertido en una empresa saludablemente ambiciosa. Laví e Bel, se llevó un sorprendente Max de Teatro, compitiendo con producciones de altísimo presupuesto y éxito garantizado. Eso no es nada fácil. Pero el éxito no puede medirse únicamente mediante el cómputo de la taquilla, no señores, el éxito de una función de cabaret está en su capacidad de hacer soñar sin grandes artificios, sin necesidad de fatuas exhibiciones de poderío material. El éxito –término al que prefiero observar con cierto distanciamiento- puede estar en el don de convertir la deliberada cutrez en una obra de arte. El cabaret tiene esa magia que consiste básicamente en hacer escarnio de sí mismo, en presentarse ante el espectador y mostrar sus propias carencias de tal manera que todo parezca premeditadamente deformado, retorcido y estirado, con la noble intención de encender la chispa del ingenio, conectarla con la mecha de la complicidad, y hacerla estallar en carcajadas.
Si yo les dijera que el “Cabaret Líquido” ha sido el mejor espectáculo humorísticosatíricomusical que he presenciado en años a la redonda, ustedes me podrían contestar que estoy cayendo en el fácil ejercicio de sobrevalorar una función por el hecho de que ha sido cocinada en el pueblo donde vivo. Lo que distingue una mentalidad provinciana de un pensamiento abierto es precisamente la convicción de que nada hay más grande que el pueblo de uno. Pero ¿y si esta vez estuviéramos en lo cierto? En esta bendita tierra -como en tantas otras- nadie va a ejercer de profeta. Laví e Bel ha tenido que darse un baño de risas y emociones por la geografía nacional (y parte del extranjero) para que nos demos cuenta de lo que tenemos delante de las narices.
Las entradas para la función sorpresa del pasado veintisiete de febrero, duraron menos que una lluvia de verano. Estar presente en la despedida del “Cabaret Líquido” ha sido el privilegio de una inmensa minoría. Una sola función en la que el Teatro Alhambra no se vino abajo gracias al hormigón añadido en las últimas obras de reforma. Pero ¿por qué una sola? ¿Por qué no un par de meses en cartel? ¿Acaso no se ha demostrado con “La barraca del zurdo”, que el equipo de Emilio Goyanes tiene cuerda para rato. Cierto es que “Cabaret Líquido” es un montaje costoso, con un equipo de profesionales que se ganan la nómina a fuerza de genialidad, y con un trabajo creativo que el dinero no puede pagar. No es cuestión de ponerse a meditar en voz alta sobre la rentabilidad de un buen espectáculo, sobre todo cuando queda demostrado que el dinero invertido genera un movimiento económico nada despreciable.
Pero todo esto no es más que una pataleta personal. Yo lo que quiero es que todo el mundo pueda subirse a este crucero imaginario y navegue con el mayor de los talentos posibles hasta alcanzar la risa perfecta, la alegría de estar y sentirse vivo. A este respecto les diré que últimamente se han patentado muchos y muy efectivos medicamentos para paliar los estados melancólicos, depresivos y frustrantes que necesariamente tenemos que afrontar, pero ninguno tan eficaz como pasarse hora y media de ensueño en un teatro y seguir sonriendo todavía cuando han pasado días e incluso meses. La risa inteligente no tiene efectos secundarios, no reseca las glándulas, no precisa de aditivos, y además multiplica la producción de endorfinas, dopaminas y ganas de vivir. La risa bien inducida no nos va a curar las amarguras, pero nos dará una tregua para respirar entre hiel y hiel, y considerar seriamente que, después de la oscuridad, siempre habrá un amanecer que nos inunde los ojos de luz y esperanza, que más arriba de esos nubarrones grises se extiende un azul infinito.
Atrás va a quedar la enorme potencialidad de los actores para hacer girar cada instante de la obra con agudas improvisaciones, con morcillas de pata negra y con inesperados giros que sorprendían hasta al propio director. Atrás quedará nuestro deseo utópico de que el “Cabaret Líquido” vuelva periódicamente como los fríos invernales.
Yo que tantas veces he vivido el teatro como una experiencia frustrante, a medio camino entre el quiero y el no puedo; también necesito entender el milagro de la escena como un paño que te limpia las gafas y te permite ver la vida con una nitidez deslumbrante. Verdad y apariencia se confrontan en el teatro como dos espejos que se desafían con la nada de por medio. Entonces, cuando menos te lo esperas, puede suceder que estés siendo partícipe de esa fuerza magnética capaz de librarte de tu morralla sentimental, de extraer emociones que nunca habrías imaginado poseer, de verte señalado por el dedo acusador de la evidencia y obligarte a reconocer tu vulnerable humanidad. No es malo abrir los ojos para descubrir lo que hay más allá de nuestro exiguo horizonte. Y todo, por el módico precio de una entrada y noventa minutos de complicidad.

Gärt