Las historias nacían en su angelical mirada como sueños dominados
por la varita de lo imposible. A lomos de una extraña criatura
-mitad pingüino, mitad caballito de mar-, atravesó océanos de
miel, galaxias de azúcar (a punto estuvo de atragantarse), montañas
sin cima, artefactos languidecientes, islas flotantes, ríos de leche,
bosques completamente amarillos. En sus largas singladuras conoció
el vértigo del abismo insondable bajo los sargazos, la magia de los
largos silencios, el pánico del amor, el sabor de los frutos
lunares, la metralla de la rutina, e incluso el delirio de su propia
maestría. Luego, fue pormenorizando sobre la arena del desierto toda
su vida, todas sus utopías, todos sus demonios, y esperó
pacientemente a que el viento del sur se la llevara muy lejos.