Mostrando entradas con la etiqueta Pequeño vals vienés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pequeño vals vienés. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de noviembre de 2016

QUÉ MÁS DA

Da la sensación de que la creciente escalada del populismo en las modernas democracias está sumiendo al mundo en un estado de creciente incertidumbre. Hay un temor entre los últimos lúcidos de que la historia vuelva a repetirse con la misma dinámica que llevó a la humanidad a su mayor desastre bélico. Una dinámica que podría formularse así: crisis = populismo = guerra mundial. 
Sobre la relación del ser humano con los gobiernos dijo Leonard Cohen:
 “Con el poder mantenemos una relación ambigua: sabemos que si no existiera autoridad nos comeríamos unos a otros, pero nos gusta pensar que, si no existieran los gobiernos, los hombres se abrazarían"
Qué más da que los mediocres sigan gobernando nuestros destinos, si hace tan solo unas horas el genio de Cohen dejó para siempre de escribir poemas.
Puede que Leonard Cohen no signifique nada para muchos. Yo, en cambio, quiero recordar que este grandísimo poeta, empezó a escribir a raíz de la poderosa fascinación que ejercieron los versos de Federico García Lorca sobre su espíritu. 
De hecho, la difusión en el idioma inglés que ha tenido el "Poeta en Nueva York" no tendría las dimensiones que ha tenido si no fuera por las canciones que Cohen dedicó a su poeta más preciado.

Qué más da que el mundo se tambalee cuando ya nadie nos susurrará al oído algo como esto:

Mi esposa y yo hicimos el amor esta tarde.
Nos escondimos juntos de la luz de nuestro deseo, frente a frente.
Más tarde me preguntó: ¿Te he sabido dulce? Querida compañera así fue.
Esta noche me quedé mirando con placer cómo se desnudaba y se ponía su pijama de franela. La estreché con fuerza hasta que se quedó dormida.
Después apagué la luz y abandoné la habitación cuidadosamente y bajé aquí contigo.
 

jueves, 24 de octubre de 2013

EL ALMA DE LOS AUSENTES


Hace años que se ha venido repitiendo el mismo sueño, en el que una parte de mí consigue viajar en el tiempo y elije como punto de destino la estación de Atocha, aquella cálida noche del 13 de julio de 1936. Allí, en los andenes de lo que hoy es un exótico invernadero, debería encontrar a Federico y convencerlo de que no subiera a aquel tren.
Fue del todo inútil. En todos y cada uno de aquellos sueños, me fue imposible encontrar al poeta para prevenirlo de aquel error. En alguno de aquellos vagones del expreso nocturno -rechonchos y oscuros como ataúdes- viajaría el hombre que firmó aquel Pequeño vals vienés, que tantas veces me haría vibrar cuando se convirtiera en la canción que acunaría más de una noche el alma de los ausentes.