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domingo, 1 de diciembre de 2019

BEMBÉ


Contraviniendo la manida imagen del cine hollywoodiense donde el intrépido caballero, florete en mano y bigotillo en ristre, se enfrentaba al villano ante el rictus de terror de la damisela; las mujeres de una batucada granadina redujeron sin pensarlo dos veces a un perturbado, armado con un cuchillo, que pretendía rajar -y lo consiguió al menos en dos ocasiones- sus instrumentos de percusión. Las manos vacías frente a la inminente amenaza del arma. Ya lo advertía aquel viejo teniente de artillería en mis tiempos de obligado servicio militar: "que las armas las carga el diablo y las esgrime un gilipollas"
La diferencia entre ambas imágenes estribaba en que aquella primera, la del cine primigenio, era pura ficción, mientras que las valientes mujeres de la batucada arrojando las baquetas al suelo y lanzándose contra el agresor (sin patearlo, sin abusar de su fuerza física) es una imagen real que, desde hace siglos, se viene repitiendo en la forma de tantas mujeres que, injustamente relegadas en todos los ámbitos de la sociedad, han seguido trabajando a pesar de cobrar menos por las mismas funciones que un hombre, siguen criando hijos, manteniendo hogares y creciendo en lo profesional y en lo humano a mayor ritmo que sus compañeros.
La marcha del 25 de noviembre contra la violencia machista demostraba en sí misma que sigue siendo necesaria para hacernos tomar conciencia de que formamos parte de una sociedad donde el esfuerzo no siempre es compensado con equidad, y donde los rancios valores del "dios, patria y justicia para quien pueda pagársela" amenazan con regresar, si es que no han regresado hace tiempo.
Poco importa si el agresor era un desequilibrado, o si su intencionalidad era o no de origen sexista. Lo que importa en este caso es que frente a una amenaza mortal no bajó del cielo un improbable supermán a desarmar al malvado; y no bajó porque los héroes de ficción nunca fueron necesarios, y porque las mujeres ya no se tragan las paparruchas del cuento -adulterado- de Caperucita.
Las mujeres a las que pertenezco -digo bien- me han demostrado que el valor no está situado en las glándulas masculinas, sino en el espíritu irreductible del que vuelve a levantarse cada vez que cae al suelo, y sigue peleando por lo que es, a todas luces, justo y verdadero.
Bien por ellas

domingo, 16 de julio de 2017

MACHOTES Y BANDERAS

Roger Federer
Lo confesaré sin remilgos; me gusta el tenis. Puntualizo: me gusta ver partidos de tenis en la televisión. En realidad, solo recuerdo haber jugado dos o tres veces en toda mi vida. Sin embargo, como aficionado, creo que he visto unos cuantos miles de partidos en la televisión. Supongo que se debe a que me reconozco incapaz de realizar nada que se acerque a un golpe inalcanzable. Por eso he admirado, casi venerado a jugadores como Borg, Lendl, Mcenroe, Connors, Sampras, Agassi, Federer, Nadal y a jugadoras como Navratilova, Evert, Graff, Hingis, Williams (cualquiera de las dos) o Seles. 
Admirando a algunos de ellos he pasado momentos inolvidables. Sobre todo cuando los partidos alcanzaban cierta igualdad y las jugadas rebasaban la belleza estética y entraban dentro del terreno de la épica.
El tenis -aparte de talento y conocimientos de física aplicada- tiene algo que no tiene la literatura. En este deporte, aparentemente elitista, las grandes finales de torneos están únicamente reservadas a los mejores. Un jugador de tenis jamás llegará a lo alto por tener un cuñado en la Subsecretaría de Enchufes del Ministerio de Cultura. Por muy popular o muy mono (o mona) que sea un tenista (aquí no hace falta poner tenisto) no va a plantarse en la final de Roland Garros si no ha derrotado antes a Becker, Djokovich o a cualquiera de las hermanas Williams. Nada de eso, en este juego solo salvan partidos los que mejor lo juegan y eso, créanme, puede resultar agotador.
Otra cosa es el mensaje que el establishment español nos quiera meter a la hora de televisar una final. Está claro que, para ver la final de Wimbledon, entre Venus Williams y Garbiñe Muguruza había que estar dado de alta en una televisión de pago. No es que el partido tuviera mucha historia, ya que Muguruza no dejó que se luciera Williams igual que, semanas antes en la Philippe-Chatrie, Wawrinka no tuvo la menor opción frente a un espléndido Nadal al que todo (o casi todo) le salía de maravilla. Apenas hubo partido en ambas ocasiones. Pero ese no es el tema. El tema de este lamento mío es que, al contrario que sucedió en el Roland Garros, donde pudimos ver la final en abierto, la mayor parte de los aficionados no pudimos ver ninguna de las finales del Wimbledon. 
¿Por qué? Pues muy sencillo. La final femenina, ganada por Garbiñe Muguruza, era femenina y, como era femenina, no era de interés nacional. Ole tus cojones. La final masculina, entre Federer y Cilic no era jugada por ningún español y, por lo tanto, no se retransmitió por televisión de todos los españoles. Sin embargo, los que de verdad amamos el tenis, sentimos una honda admiración por ese fenómeno que es Roger Federer, como la sentimos en su momento por el increíble "resto" de Ivan Lendl, o el correoso juego de Mcenroe que, además, aderezaba sus partidos con simpáticas discusiones con el juez árbitro. Nos gusta ver jugar a Federer contra quien sea y, si es contra Nadal mucho más, y si ambos están en estado de gracia, ya ni te cuento. 
Aunque ninguna de las finales de Wimbledon 2017 tuviera mucha rivalidad, me hubiera gustado disfrutarlas. La femenina y la masculina. La que jugaba una española y la que jugaban un par de guiris. ¡Es que soy un tipo muy raro, lo sé! Será porque a mí, lo de las banderas y los testículos, como que me da igual.
Martina Navratilova
¿O será que nos hemos vuelto tan ciegos que solo nos interesa una final de Grand Slam cuando la juega un español y, además, varón? O será que estamos hablando de personas civilizadas y, claro, eso ya no se lleva.
Al menos me queda la ilusión de seguir admirando en vídeo enlatado, el impresionante tenis que jugaba Martina Navratilova. No era española, lo sé, pero ¡cómo jugaba la muy joía!