Un buen hombre ha
muerto. No fue el único que perdió la vida en aquel campo de exterminio
donde cayeron otras seis mil almas, hombres y mujeres.
Ninguna de aquellas
personas tenía por qué haber contribuido a escribir la infamia de
los vencedores, ninguno de los muertos de ambas retaguardias debería
haber servido de relleno a las fosas comunes, nadie debió quedar
diluido en el tiempo y el olvido.
Pero sucedió, para
desesperación de aquellos que les amaron y para oprobio de un pueblo
entero, que se sumió en el más vergonzante de los silencios,
alentado por la callada del resto del mundo que, en un alarde de
indecencia, abrió los brazos al vencedor y –como viene siendo
acostumbrado- puso énfasis en los negocios que se vislumbraban en
el horizonte.
Un hombre bueno,
joven, culto e inocente de cualquier cargo, excepto el de pensar
libremente, fue asesinado junto a otros muchos, en un lugar
tristemente célebre, donde se truncaron las esperanzas de una vida
mejor para la mayoría.
Salvador Vila
Hernández fue ejecutado hace 83 años sin juicio previo por el
delito de ser Rector de la Universidad de Granada. Después, vino el largo silencio, el
miedo a la memoria, la mentira elevada a Historia, el regreso al patriarcado, el
imperio de la arrogancia, el hábito de la hipocresía. Había que
frenar el pugnante ascenso de la inteligencia, y así se hizo.
Ahora nos faltan corazones como el de Salvador Vila y otros miles de profesores que estaban sacando a un país de la ignorancia y colocándolo donde debería haber estado desde siempre.
Aaron
Copland, nacido en Brooklyn en 1900 fue un músico norteamericano que, en 1942 compuso una fanfarria dedicada a los
soldados que combatieron en la segunda guerra mundial y que barrieron del mapa a esa pandilla de psicópatas que
estaban devorando Europa y parte de África.
Copland
decidió titular a su composición con el simbólico nombre de
"Fanfare for the Common Man", quizá con la tácita
idea de incluir, no solo a los que lucharon -muchos de ellos
murieron- en el lejano continente para liberar a los europeos del
yugo del nacionalsocialismo, sino también a los hombres y mujeres
que con su trabajo incansable y silencioso, habían hecho alzarse a
todo un país.
Soy
plenamente consciente de que los Estados Unidos de América tienen
todos los defectos de un imperio económico. Son el origen del
capitalismo más despiadado, de las crisis económicas que todos
hemos pagado, de las satrapías del cono sur y oriente medio, son los
exportadores de la banalidad y el patriotismo más ridículo. Pero,
con todos esos pecados, también parieron espíritus libertarios como
el de Henry David Thoreau y su "Desobediencia
Civil", o esa mosca cojonera que es Don DeLillo,
autor de "Cosmópolis", o Gertrud
Stein que llevó el lenguaje poético hasta cotas
insospechadas, o Martin Luther King cuyo sueño va
haciéndose realidad, o el genio de entre los genios Orson
Welles, quien a los 26 años puso en jaque al magnate Randolf
Hearst, dueño de absolutamente todo. Y le bastó con una sola
película, quizá la mejor de todos los tiempos, para apartarle de
sus aspiraciones políticas. ¡Ah, cómo se echa de menos otro
Welles en estos aciagos días!
Pues
sí, no fueron los grandes estrategas los que derrotaron a los nazis,
sino todos aquellos seres humanos
del montón, los que, entregando sus
vidas, agotaron la munición de la Wehrmacht y las S.S. en las playas
de Normandía. Fueron los hombres y mujeres de la
resistencia francesa los que no
dieron tregua al omnipotente ejército alemán pagando eso sí, un
duro precio en su lucha por la liberación. Fueron los dos mil
soldados republicanos españoles
quienes, a pesar del desprecio de la república francesa por la causa
de la república española, lucharon por Francia en la Novena
División de Leclerc, expulsaron a
los fascistas italianos de Libia. Ellos, nuestros soldados en el
exilio, fueron los primeros en entrar y liberar París, el 22 de
agosto de 1944. El blindado "Guadalajara",
compuesto por soldados extremeños, se plantó él solito delante
del Hôtel de Ville (Ayuntamiento de
la capital). Los soldados españoles tomaron al asalto el Parlamento e
hicieron prisionero al comandante general del ejército alemán.
París, por si alguien lo duda, fue liberado por soldados españoles.
Unos
hombres corrientes que liberaron París.
No
eran generales ni estadistas los que liberaron París. Eran
solo personas comunes. No fueron los obispos los que levantaron las catedrales sino los obreros, los canteros, los artesanos y los fieles que pagaron sus diezmos.
Al igual que no son nuestros políticos los que han construido esta Europa
que renace de sus cenizas, ni mucho menos: somos nosotros, la gente
corriente que madruga cada día,
que trabaja sin descanso, que educa a sus hijos, que paga sus
impuestos y cumple con sus compromisos de ciudadano. Es el ser humano
sin corona, sin escaño y sin investiduras el que ha hecho posible
que las cosas mejoren, que tengamos algunas libertades, algunos
derechos, alguna justicia, y un poco más de felicidad cada día. No
es mucho a cambio de tanto, pero al menos es más de lo que nos
quieren vender desde arriba.
Para
todos ellos, los que cada día libran la batalla de sus valiosísimas
vidas, para los que son derrotados y se levantan de nuevo para seguir
peleando, fue creada esta música.
PD.
Si esto no te hace sentir especial, es que no sientes el orgullo de ser una persona corriente.
A estas alturas uno ya no se sorprende de las reacciones de la crítica cinematográfica cuando un director como Woody Allen se toma la libertad de bucear en el lenguaje dramático. Que la gran mayoría de los críticos de cine no van al teatro es ya una constante. Se diría incluso que algunos directores de teatro montan sus espectáculos con la aspiración de llegar a ser directores de cine. Por eso, cuando leo las reseñas que han caído sobre la última producción de Whoody Allen no puedo evitar que se me escape una escueta carcajada de soslayo ante la falta de profundidad de nuestros temidos críticos de cine. Nada saben del teatro filmado -los hay que presumen de ello- y mucho menos del drama en sí. ¿Quien podría reprochárselo? Ninguna crítica de las que he podido leer ha tenido la ocurrencia de relacionar el filme Wonder Wheel con el eterno personaje de Medea. Porque lo que encarna Kate Winslet -yo diría que de manera magistral- es, ni más ni menos, que la inmortal tragedia de la mujer madura que ve cómo el hombre al que ama se decanta por otras mujeres más jóvenes. Las consecuencias en todas las Medeas del teatro clásico han de ser moralmente devastadoras y Allen no elude el compromiso ético que adquiere con su personaje protagonista. La gran culpa de Allen, a juicio de las voces críticas, es abandonar su línea cómica -como ya hizo en Match Point- y arriesgarse con una tragedia de reminiscencias clásicas. Reminiscencias que los especialistas en lenguaje cinematográfico no han sabido ver. Y sin embargo, la presencia del drama en el cine es tan antigua como el llamado séptimo arte. ¿Se pueden acaso menospreciar obras como "Un tranvía llamado deseo", o todo el trabajo Shakespeariano del gran Lawrence Olivier? Por preguntar, me pregunto si acaso no hay nada de teatro en toda la obra de Willy Wilder. Tal vez el problema radica en que nuestra moderna sociedad ha sido devotamente instruida en unos valores donde el teatro y todas sus ramas son vetustas comeduras de coco que pasaron de moda. De esa manera es bastante complicado que un diletante profesional pueda entender un arte donde caben todas nuestras esencias, si nunca tuvo el menor interés en preguntarse de donde proviene algo tan insignificante como la condición humana. La deuda que el cine tiene con el teatro es tan alta que -al menos eso espero- nunca llegará a ser saldada.
Somos una gran nación. Ningún otro lugar puede emular nuestros crepúsculos rojizos, ningún otro cielo luce tan azul como el nuestro. Ningún otro reino posee tanto fervor como el de nuestros súbditos. Largos siglos de unión avalan nuestro destino en la historia. Por eso expulsamos a los infames, a los disconformes, a los débiles, a los insumisos. Por eso lanzamos al mar a los extranjeros. Por eso bloqueamos nuestras sagradas fronteras contra los invasores del sur. Por eso nos libramos de su oscura presencia en nuestros invernaderos. Por eso cerramos el paso a las lluvias del oeste. Ahora importamos comida envasada desde otros lugares. Ahora nos bebemos nuestra orina. Ahora nos comemos nuestro dorado pastel y lanzamos las sobras a los desagües. Somos una gran nación y nadie nos hace sombra.
Acabo de revisitar el film de 1995 "Dead man" de Jim Jarmush. Lo hago con cierta incredulidad, sobre todo al caer en la cuenta de los años transcurridos desde su factura y de la circunstancia de que el tiempo obra a favor de este western, o tal vez debería decir "northern". "Dead man" es una película sobria, perfectamente medida en cada una de sus facetas, desde el blanco y negro elegido como soporte visual, hasta la imprescindible música de Neil Young, pasando por cada uno de los actores que materializan este clásico. La narración comienza con un largo viaje en tren, desde Cleveland hasta los vastos territorios recién arrebatados a los indígenas. Los cambios de pasajeros, mientras el protagonista permanece en su asiento, nos van sugiriendo la metáfora de un descenso a los infiernos. A partir de ese viaje seremos testigos de la transformación que experimenta el protagonista, inicialmente un ser ingenuo que viaja en busca de trabajo, y termina dejando aflorar al ser despiadado que todo hombre lleva en su interior. Al contrario que la mayoría de las películas de este género, no veremos tiroteos inverosímiles, donde la bala acaba siempre en el lugar preciso, sino que comprenderemos que la suerte de vivir o morir en una tierra de pistoleros es cuestión de pura casualidad. Lejos de contener un argumento concebido para atrapar el interés de un público ávido de entretenimiento, "Dead man" se alimenta de símbolos mitológicos, y hace uso de una estética fuertemente expresiva. Empezando por el nombre del protagonista, William Blake, y terminando por el viaje en canoa hacia la muerte, la acción dramática exige del espectador algo más de una excusa para atiborrarse de palomitas. No soy yo de los que caen en la gilipollez de los rankings peliculeros. Quiero decir que "Dead man" no es para mi una de las nosecuantas mejores películas de su género; es a mi modo de ver, una gran obra, un brillante largometraje de Jim Jarmush, y ya está. Luego está el asunto del protagonista. Un Johny Dep en la línea del excelencia del film, nos hace (a día de hoy) preguntarnos cómo es posible que una estrella de cine, sea capaz de trenzar interpretaciones tan recomendables como su William Blake, y años después acceda a perpetrar ese engendro de "El llanero solitario". Casos así solo pueden explicarse en función de los honorarios del artista de turno. Sobre todo, tras haber comprobado la capacidad del señor Dep, en aquel tremendo peliculón sobre la decadencia de los últimos indios de américa "The Brave".