jueves, 20 de septiembre de 2012
jueves, 23 de agosto de 2012
EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO
Nada como el circo para entretener a la plebe. Así pensaban
los emperadores romanos, que elevaron el lema pan y circo a los altares de la estrategia política. Algunos
filósofos griegos ya se quejaban del excesivo papel de los atletas en la vida cultural de la polis. Jenófanes de
Colofón (540 a.C) fundador de la escuela de Elea –donde más tarde aparecerían
filósofos como Parménides o Porrón- afirmaba algo así como que no
depende el porvenir de las polis de las piernas de los atletas, sino del buen
criterio de los hombres sabios que habrán de regir su destino. Tal y como
andan las cosas, parece que estamos en manos de los primeros, ya que no hay el
menor rastro de los segundos. Los hombres sabios han de emigrar a otros países para
desarrollar su trabajo, mientras aquí en las Batuecas, nos dejamos regir por
una larga saga de ineptos, eso sí, muy bien remunerados.
Pero no pasa nada, el pueblo ha vibrado con los triunfos
futbolísticos, las medallas olímpicas y el eterno sueño de dilapidar lo que no
tenemos en presentar de nuevo la candidatura de Madrid para los unos Juegos
Olímpicos. Endeudados como estamos, nuestros periodistas no muestran rubor al
afirmar que después de Rio de Janeiro, los fastos deportivos habrán de venirse
a España. En esos momentos de inspiración patriótica, nuestros modernos rapsodas
miran para otro lado y no ven que nos han recortado derechos consagrados para
poder pagar la enorme deuda que tiene un estado que dilapida lo que no tiene,
que abre aeropuertos sin vuelos, que mantiene más de cien embajadas autonómicas
en el extranjero, que toma el dinero del contribuyente y lo mete en la cartera
del banquero y, en fin, que ha sumido a sus clases modestas en el miedo y la
desesperación.
Que el deporte es cultura, nadie lo niega. Confesaré por si
acaso que me encanta practicar deporte y lo hago por puro placer. Habría que
matizar que la cultura no es sólo deporte sino también una formación integral
del individuo por medio del conocimiento, el criterio y el derecho a tener un espíritu
capaz de gozar con el arte, la música y la literatura. Si así fuera, no
tendríamos los niveles de lectura más bajos de Europa. Nuestra educación es
deficiente en todo menos en deporte. Es deficiente hasta a la hora de decir
buenos días, por favor y gracias. Total, como decía cierta parroquiana, ¿para qué voy a darle las gracias al
panadero si ya le he pagado?
Ya no es sólo cuestión de quejarnos de nuestra clase
política, de nuestra partidocracia en ciernes. Más bien deberíamos mirarnos al
ombligo y reconocer que todo esto es un problema estructural donde la sociedad
en su conjunto no está dando la talla. Pocos en este país cumplen con su deber
como contribuyente sin haber sucumbido nunca a la tentación de escatimarle unos
euros al fisco. Con el dinero de la economía sumergida se podría paliar buena
parte de esta crisis. Con una sociedad mucho más ética, más solidaria y más
responsable, tendríamos probablemente otra clase política que fuera fiel
reflejo del pueblo, y una educación de la que sentirnos orgullosos. En esa
sociedad utópica nadie se alegraría de que le recortaran el sueldo al de al
lado, todos tendríamos el derecho y el deber moral de exigir cuentas a los que
nos gobiernan, todos mereceríamos ser ciudadanos en lugar de súbditos.
Por lo pronto esto es lo que tenemos. Mientras tanto, nadie palidece cuando un reputado deportista abre la boca en una rueda de prensa y da una muestra de una capacidad intelectual encomiable. Nadie palidece al saber que más de una de esas criaturas termina su carrera ocupando un escaño o un cargo de vete a saber qué.
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sábado, 11 de agosto de 2012
BERNARDA ALBA (Maria Jesús Valdés, por supuesto)
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| Maria Jesús Valdés (Bernarda Alba) |
El pasado 26 de julio de 2012,
Miguel Arnas publicaba en su Blog una entrada en la que aludía una conversación
mantenida junto a la casa natal de Federico García Lorca en Fuentevaqueros con Antonio Ropero y un servidor. En
el citado artículo se hacía referencia al célebre texto La casa de Bernarda
Alba en cuanto concernía al origen de la represión que sufrían las hijas de la
protagonista. Miguel sostenía que no era la religión, sino lo atávico –concretamente
el cotilleo- lo que estaba detrás de la conducta subyugante del personaje de
Bernarda Alba. En resumidas cuentas, el Arnas afirmaba que la
religión nacía al servicio del chismorreo, y no al contrario. Lo cual, al menos
a mi modo de ver, es como ponerse a averiguar si la gallina fue antes que el
huevo o viceversa.
No es mi intención –aunque él sabe que me
encantaría- entrar en agrias polémicas con el Arnas en torno a la importancia
de la religión en la sociedad durante los últimos nosecuántosmil años. Creo que
la influencia religiosa puede seguir viéndose en los medios de masas. La
injerencia de las doctrinas religiosas en los asuntos sociales es innegable.
Pero ese no es el tema. El tema primario
era reflexionar sobre la importancia capital de la que es probablemente la obra
teatral más influyente de nuestro pasado siglo. ¿Qué significado tiene en la
vida real la tragedia de un grupo de mujeres apartadas del mundo por una madre?
Ríos de tinta han corrido sobre
el asunto y no es cuestión de saturar un simple blog de citas y anécdotas
ajenas. Sobre todo porque estoy convencido de que la exégesis de una obra de
estas características está al alcance de cualquiera que se tome la molestia de
leerla o tenga el placer de asistir a una buena representación. El espíritu de
la literatura estriba en que cada lector tenga su propio juicio de lo que ha
leído.
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| Maria Jesús Valdes (1927-2011) |
Aún recuerdo vívidamente la impresionante
Bernarda que se bordó esa fuerza de la naturaleza que era Maria Jesus Valdés bajo la batuta de un Calixto Bieito todavía
en estado de gracia y una extraordinaria Poncia de Julieta Serrano. Lo que yo
sentí aquella noche fue de tal intensidad que todavía puedo meterme en la piel
de aquellas mujeres castradas por su propia madre y subyugadas por unas normas
sociales de un rigor insoportable. ¿De dónde provenía toda esa fuerza
represiva, toda esa obsesión por la hipócrita honestidad? Esa es la pregunta.
La represión es síntoma de causas
ulteriores. Es innegable que el qué dirán ha marcado –y seguirá marcando- el paso de todas
las civilizaciones humanas. De hecho la cuestión del honor es ni más ni menos
que la opinión que los demás tienen de nosotros. No es patrimonio del alma –como
decía Calderón- sino del ojo ajeno. La honra no es tan metafórica como se suele
pensar y, de hecho, no hace mucho tiempo podía localizarse en la entrepierna de
las mujeres y en las sienes de los hombres. Otra cosa es lo del fuero interno, pero
sospecho que eso pueden tenerlo hasta los psicópatas más recalcitrantes.
Que las hijas de Bernarda Alba
tuvieran la virginidad intacta era lo de menos –en eso estamos de acuerdo
Miguel y yo- la cuestión es que los de afuera no albergaran la menor duda sobre
el himen de las pobres muchachas. Distinto concepto es la cuestión del pecado.
El pecado existe por pura necesidad de la doctrina. Si no hay pecado, la
religión no tiene el menor sentido. Si no hay infierno ya no hay necesidad de
creer en nada. El temor a la condenación, el temor al fuego eterno es lo que
mantiene viva la llama de la fe.
El suicidio de Adela –la hija
díscola de Bernarda Alba- posee dos lecturas. Por una parte ha conculcado la
norma, dándose un revolcón con el elíptico Pepe el Romano, birlándole
el mozo
–al menos
momentáneamente- a su hermanastra mayor. Por otro lado –una vez saboreadas
las mieles de la pasión- le va a resultar insufrible una vida de renuncia
impuesta a la fuerza. Pero esa fuerza no
viene directamente de la sociedad o de la religión, viene de Bernarda Alba. Es
Bernarda la que encierra a sus hijas, no el cura o los chismorreos. Es esa voluntad superior la que castra el
deseo de unas mujeres que tienen los mismas necesidades que puede tener
cualquier ser humano. Bernarda podría ser producto del cotilleo, o de la
religión, o del o del patriarcado, o de todos ellos y ninguno. Porque en
realidad es otra cosa, es mucho más que una idea. Es un sistema. Un sistema que
empezó hace miles de años en algún desierto donde la vida era áspera y las
tribus se sometían a la soberanía de un patriarca como Abraham o Jacob o Israel o Ismael. Allí, en aquel remoto
desierto, se escribieron las normas que han regido la humanidad durante la
mayor parte de su historia. Ni Grecia ni Roma han influido tanto en el espíritu
humano como los mitos judeocristianos e islámicos. En ellos está escrita y
descrita la misma norma que Bernarda Alba impone a sus hijas. La anulación del
deseo es capital en las sociedades patriarcales, porque el deseo se sustenta en
el uso de la libertad para llegar a realizarse y la libertad contraviene esa
moral que a su vez estimula el cotilleo. Así pues, el chisme es hijo de una
moral reprimida y represiva. El chisme es el brazo armado de la ley, y su función principal es apagar las llamas del deseo. Una función que, a la larga, ha resultado completamente inútil.
Sobre el origen de unos y otros
conceptos, poco o nada podríamos saber. Tal vez lo atávico y lo religioso tienen en
común que son productos del miedo y la ignorancia. Los mitos morales y
religiosos proceden del desconocimiento a lo que hay al otro lado. Se teme lo
que se desconoce. Se odia lo que no se entiende. Puede incluso que –al igual
que sucede con los velos presuntamente islámicos- ambas cosas sean la misma
cosa.
Pero la verdadera grandeza de
esta cumbre lorquiana es que pasarán los años y seguiremos haciéndonos
preguntas sobre la Bernarda, escribiremos ensayos y relatos sobre Pepe el
Romano, y llegaremos a la conclusión de que nos entenderemos mejor cuanto más comprendamos de lo que estamos
hechos.
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sábado, 28 de julio de 2012
DIGITÓMANOS
Cuando firmas un
contrato de permanencia con un servidor de telefonía móvil, la compañía hace
como si te regalara un magnífico celular, último modelo. Entonces, puedes echar
la vista atrás, acordarte de aquel Preámbulo
a las instrucciones para dar cuerda a un reloj de Julio Cortázar y hacer un pequeño experimento.
Has tomado un fragmento
de ese opúsculo, cambiando los sustantivos reloj
por móvil, y este sería el resultado:
Piensa en esto: cuando
te regalan un móvil te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de
rosas, un calabozo de aire. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo
saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es
tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo como un bracito
desesperado. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te
caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una
marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu móvil con los demás móviles. No te regalan un móvil,
tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del móvil.
Lo terrible, lo más terrible, es que ellos sí lo saben.
Lo terrible, lo más terrible, es que ellos sí lo saben.
Dejaremos que cada cual
reflexione a su libre albedrío. Más que nada porque tengo el día un poco espeso.
jueves, 12 de julio de 2012
UN INSTANTE DE MAGIA
Pocas veces en la vida tiene uno
el privilegio de sentirse transportado fuera de sí mismo ante la contemplación
de alguna forma de belleza capaz de arrebatarnos el alma y enviarnos fuera del
ese lugar tan falaz al que llamamos realidad.
Lo extraordinario es extraordinario en cuanto que no sucede todos los
días. Como suele suceder con la coyunda, que se va volviendo más extraordinaria
a medida que pasan los lustros. Digo yo que será ese el motivo por el que los
pocos instantes de plácida alienación a que tenemos acceso se nos quedan
grabados durante el resto de nuestras vidas. Entonces, cuando eso sucede, más
de uno ha asegurado sentirse poseído por el mismo síndrome que una vez
describió Stendhal cuando se encontró completamente desubicado ante el atracón
de esplendor que se dio en Florencia.
Digo esto porque hace unos días
tuve la fortuna de estar en el lugar indicado y en el momento oportuno para
poder ser parte del hipnótico poder de la Música. Fue
el pasado 25 de junio, durante las primeras jornadas del FEX granadino, en
el breve recital de flauta bansuri del maestro hindú Hariprasad Chaurasia.
Describir con palabras la experiencia que unos quinientos privilegiados
pudieron vivir durante la audición de las cuatro piezas del viejo flautista,
sería lo más cercano a un sacrilegio. Sólo la experiencia en sí, una
experiencia cercana a lo iniciático, podría acercar al escuchante a ese lugar
fuera de todo lugar donde pudimos viajar –viajar es la palabra más acertada
para expresar lo que sucedió en nuestras almas- los que estuvimos allí. Porque hubo
momentos (no olvidemos que el ser humano es hijo del instante) en que más de
uno perdió la noción de sí mismo y se dejó arrastrar por aquel embrujo hasta
los remotos paisajes del Ganges, donde el agua se derrama sobre arrozales y
el perfume de las especias arrebata los
sentidos, hasta el punto de confundir lo vivido con lo soñado. No era necesario
haber estado nunca al sur de los Himalayas, para experimentar este hermoso e
irrepetible delirio, subidos en la sensual nube de los sonidos que brotaban
como fresca brisa de la sencilla flauta del viejo músico. Yo diría que fue la
música de Hariprasad Chaurasia la que trajo ese céfiro del atardecer que
descendía por el río Darro, suspendiendo por unos momentos la ola de calor que
azotaba nuestra ciudad. Pues sucedió que, al poco de empezar el prodigioso concierto,
todos los abanicos dejaron de moverse, y los perros del vecindario cesaron de
ladrar. Sólo les hubiera faltado ponerse a aullar, como un coro de enamorados
que entonan serenatas a la luna. Pero; ¿quién se hubiera atrevido a toser,
aunque fuera levemente, cuando una estrella fugaz –demasiado fugaz, tal vez- estaba
iluminando el cielo con sus remotos sonidos?
Porque aquella música sublime no
había sido compuesta para ser escuchada, sino más bien para hacer sentir emociones nunca antes experimentadas.
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