En el País de los Idiotas había –como en todas partes- ricos y pobres.
Por supuesto, no todos eran idiotas en el País de los Idiotas. En honor a la verdad, nadie se consideraba idiota a sí mismo.
Lo extraño del País de los Idiotas era que los ricos robaban a los pobres. En realidad, eso estaba comúnmente aceptado. Las cosas eran así y eso era lo que había.
El País de los Idiotas era gobernado por marionetas. Las marionetas habían sido confeccionadas con cara de imbécil para que la gente se identificara con ellas.
Cada cierto tiempo se cambiaba de marioneta con la intención de que la gente no se aburriera de ver siempre la misma cara de idiota. Por lo menos, ya que no inteligencia, había variedad.
Los escaparates de las librerías estaban colmados por estultas trilogías escritas para necios que se vendían como rosquillas. Los libros inteligentes, que los había, estaban amontonados al fondo de la trastienda.
La prensa se centraba sobre todo en las declaraciones de los deportistas que, salvo variaciones gramaticales, siempre venían a decir lo mismo. También estaba lo de las edificantes crónicas de sociedad, que eran seguidas con pasión por multitudes de memos.
En el País de los Idiotas las tareas estaban muy bien repartidas:
Los idiotas trabajaban para mantener a las marionetas.
Las marionetas se encargaban de recoger el dinero de los idiotas e ingresárselo a los ricos.
Los ricos se encargaban de mover convenientemente a las marionetas.
Y los lúcidos... bueno, en realidad eso no importaba.
Había bonitos espectáculos deportivos todos los fines de semana donde los idiotas podían desgañitarse más allá de los límites de la compostura. Era una forma de catarsis, algo ramplona, pero eficaz.
La gente andaba tan preocupada por alcanzar la felicidad que se olvidaba de lo fácil que hubiera sido estar a gusto.
Hubo, eso sí, un par de ancianos que empezaron a llamar a las cosas por su nombre. Llamaron ricos a los ricos y pobres a los pobres. No sentó nada bien aquello de que llamaran idiotas a los idiotas.
Entonces, de manera inopinada, algunos descontentos empezaron a protestar contra el orden establecido. Dijeron que no estaban de acuerdo en que los ricos robaran a los pobres y que el gobierno del país se encargara siempre a marionetas con cara de idiota.
Fue curiosa la reacción de los idiotas. No hicieron nada. Siguieron siendo tan tontos como al principio. Eso sí, acusaron a los descontentos de practicar la estupidez sin permiso de las marionetas.
Fue entonces cuando los descontentos se percataron de que aquel País de los Idiotas era mucho más grande de lo que pensaban: el País de los Idiotas ocupaba toda la superficie del planeta. De hecho, desde aquel día, al planeta se le quedó cara de idiota.
sábado, 28 de mayo de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
UTOPÍA
Cuando uno tiene a bien echar una mirada a la historia desde el momento que le ha tocado vivir, no tiene más remedio que reconocer que, para bien o para mal, el transcurso del tiempo y el resultado del pensamiento revertido en acción ha supuesto una evolución en las formas de vida –sobre todo en las occidentales- que incluye alguna que otra conquista social. Cayeron tiranías, enfermedades, carencias culturales e incluso alguna que otra institución milenaria. En muchos casos esas rémoras fueron sustituidas por otras tal vez mucho más sutiles pero no menos preocupantes. En un sistema –el nuestro- en el que se habla de libertades, nadie o casi nadie levanta la voz contra la desmedida mercantilización de nuestro pequeño universo social. Se ha mercantilizado cualquier producto: la comida, el arte, el entretenimiento… pero también hemos llegado al punto donde el hombre, su pensamiento, e incluso su dignidad se han convertido en objeto de compra y venta. La mercantilización ha alcanzado algunos derechos de una sociedad aparentemente democrática: se compran e intercambian los votos, los escaños, los cargos políticos, se regatea con los derechos laborales de los trabajadores, mientras el capital continúa al margen de una fiscalidad que en su ochenta por ciento incumbe a la renta. Con ese ochenta por ciento, que son los impuestos de la clase media y baja de un país en plena crisis, se financia a una banca, que lejos de contribuir al despegue de la economía, reparte dividendos entre las altas jerarquías. Invirtiendo el (falaz) mito de Robin Hood; el estado toma el dinero del pueblo y se lo reparte a los adocenados. Una gran parte de la clase política, lejos de compartir el día a día de los más débiles, se acomoda en una intolerable burbuja de prebendas y privilegios. Todos ellos legales, por supuesto, pero tradicionalmente amparados en el desconocimiento de la masa y la vista gorda practicada por casi todos los medios informativos. Las nóminas de sus señorías y, sobre todo, sus obscenas dietas, consuman el efecto contrario a su nomenclatura y engordan cada vez más barrigas y cuentas corrientes. Si a eso le sumamos la facilidad con que un diputado o ministro accede a un sueldo vitalicio, nos resulta poco menos que delirante cómo tales individuos, desde su exclusiva torre de marfil, han tenido la desfachatez de atrasar la edad de jubilación de los verdaderos trabajadores –aquellos que con su silencioso esfuerzo diario contribuyen a que esto no acabe de hundirse muy a pesar de sus dirigentes políticos- bajar nóminas y congelar pensiones. Del absentismo de los parlamentarios ni hablamos.
Es muy improbable que un diputado en cortes, o en asambleas autonómicas, o un ministro, o un subsecretario o un edil de capital, pueda hacerse cargo de lo que supone sobrevivir con una pensión mínima. Es casi imposible que uno de los muchos cargos o ex cargos que la menguante teta del estado está obligado a mantener, se haga una idea de lo que significa cargar con una hipoteca durante toda la vida.
Primera conclusión: los garantes de la democracia han desprestigiado a la democracia, ante la mirada conformista de la mayoría.
Ahora bien; todo hace parecer que la historia ha llegado a un punto donde la ignorancia del ciudadano sobre sus gobernantes ha empezado a volatilizarse. Tal vez sea internet, o quizá el conjunto de las penurias que la mayor parte del país vive en la actualidad, pero el caso es que, de manera inesperada, un considerable sector de la sociedad ha salido a la calle para cuestionar la veracidad de un estado de derecho. Frente a la opinión de algunos políticos de que la democracia consiste en votar cada cuatro años, los descontentos gritan que ya ha llegado el momento de dejar de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. Frente a los privilegios de la banca y la corrupción política, los futuros ciudadanos exigen un control los gastos públicos y una legislación que vincule el aparato financiero al desarrollo de todos. Dicho de otra forma, si el estado ha insuflado las arcas de todos los bancos, el estado debería controlar en forma de acciones ese capital regalado al poder especulativo, de tal manera que a la hora del reparto de beneficios, hacienda hubiera acusado recibo. ¿Tan difícil era de entender? Pues al parecer no ha sucedido así. Ha sucedido que nuestro dinero, el dinero de los contribuyentes, ha ido a parar al bolsillo de los altos ejecutivos de los bancos. ¿Por qué? Pues sencillamente porque ese es el sistema. Un sistema que está condenado a caer, evidentemente, pero que aún tiene que dar muchos coletazos. Un sistema que promueve y garantiza la injusticia social, la desigualdad y la financiación de las campañas políticas. Un sistema donde las entidades financieras causan una crisis económica y estructural, y como castigo por su incompetencia, se llevan dinero público, eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja.
En las tertulias de cafetería, nuestra vetusta burguesía se queja de la falta de conciencia social de un pueblo que encaja todo este despilfarro sin responder, sin salir a la calle y sin reaccionar. Pues bien, cuando esto sucede, cuando millones de indignados salen a la calle para protestar contra el desamparo de los más débiles, contra la corrupción estructural y contra la apatía de los que deberían representarnos, empiezan a menudear las voces de la desconfianza. Siguiendo las consignas de los incondicionales, la prensa se hace eco de acusaciones de manipulación y oportunismo. Y sin embargo, el llamado movimiento 15 M, sigue ahí, sostenido por la voz de la desesperación, por la voz de la impotencia, por la voz de los sin voz. Estos indignados, tal vez hijos directos de un pequeño manifiesto de Hessel y Sampedro, tal vez víctimas de una forma de gobierno que hace gala de la injusticia como norma de estilo, nos están recordando una verdad terrible: la utopía ya no es aquello del bienestar o la igualdad de oportunidades, no señoras y señores: la utopía es la democracia, la verdadera democracia. Una democracia que, como concepto político, está muy alejada de este sucedáneo que nos han vendido como se vende una mercancía de dudosa procedencia.
No: de ninguna manera, la democracia no consiste en depositar el voto en la urna cada cuatro años. La democracia es algo mucho más complejo. Ser ciudadano es ser parte activa del sistema, es comprometerse con el destino de una sociedad, es responsabilizarse personal y solidariamente de lo que incumbe a todos. El voto no es tan solo un acto de delegación del poder, ya que la actividad política y administrativa debería ser primero un servicio público y no un pedestal desde el que organizar innecesarias obras públicas y disparatados festejos. Es el político quien debe servir al pueblo y no al contrario.
Es muy improbable que un diputado en cortes, o en asambleas autonómicas, o un ministro, o un subsecretario o un edil de capital, pueda hacerse cargo de lo que supone sobrevivir con una pensión mínima. Es casi imposible que uno de los muchos cargos o ex cargos que la menguante teta del estado está obligado a mantener, se haga una idea de lo que significa cargar con una hipoteca durante toda la vida.
Primera conclusión: los garantes de la democracia han desprestigiado a la democracia, ante la mirada conformista de la mayoría.
Ahora bien; todo hace parecer que la historia ha llegado a un punto donde la ignorancia del ciudadano sobre sus gobernantes ha empezado a volatilizarse. Tal vez sea internet, o quizá el conjunto de las penurias que la mayor parte del país vive en la actualidad, pero el caso es que, de manera inesperada, un considerable sector de la sociedad ha salido a la calle para cuestionar la veracidad de un estado de derecho. Frente a la opinión de algunos políticos de que la democracia consiste en votar cada cuatro años, los descontentos gritan que ya ha llegado el momento de dejar de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. Frente a los privilegios de la banca y la corrupción política, los futuros ciudadanos exigen un control los gastos públicos y una legislación que vincule el aparato financiero al desarrollo de todos. Dicho de otra forma, si el estado ha insuflado las arcas de todos los bancos, el estado debería controlar en forma de acciones ese capital regalado al poder especulativo, de tal manera que a la hora del reparto de beneficios, hacienda hubiera acusado recibo. ¿Tan difícil era de entender? Pues al parecer no ha sucedido así. Ha sucedido que nuestro dinero, el dinero de los contribuyentes, ha ido a parar al bolsillo de los altos ejecutivos de los bancos. ¿Por qué? Pues sencillamente porque ese es el sistema. Un sistema que está condenado a caer, evidentemente, pero que aún tiene que dar muchos coletazos. Un sistema que promueve y garantiza la injusticia social, la desigualdad y la financiación de las campañas políticas. Un sistema donde las entidades financieras causan una crisis económica y estructural, y como castigo por su incompetencia, se llevan dinero público, eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja.
En las tertulias de cafetería, nuestra vetusta burguesía se queja de la falta de conciencia social de un pueblo que encaja todo este despilfarro sin responder, sin salir a la calle y sin reaccionar. Pues bien, cuando esto sucede, cuando millones de indignados salen a la calle para protestar contra el desamparo de los más débiles, contra la corrupción estructural y contra la apatía de los que deberían representarnos, empiezan a menudear las voces de la desconfianza. Siguiendo las consignas de los incondicionales, la prensa se hace eco de acusaciones de manipulación y oportunismo. Y sin embargo, el llamado movimiento 15 M, sigue ahí, sostenido por la voz de la desesperación, por la voz de la impotencia, por la voz de los sin voz. Estos indignados, tal vez hijos directos de un pequeño manifiesto de Hessel y Sampedro, tal vez víctimas de una forma de gobierno que hace gala de la injusticia como norma de estilo, nos están recordando una verdad terrible: la utopía ya no es aquello del bienestar o la igualdad de oportunidades, no señoras y señores: la utopía es la democracia, la verdadera democracia. Una democracia que, como concepto político, está muy alejada de este sucedáneo que nos han vendido como se vende una mercancía de dudosa procedencia.
No: de ninguna manera, la democracia no consiste en depositar el voto en la urna cada cuatro años. La democracia es algo mucho más complejo. Ser ciudadano es ser parte activa del sistema, es comprometerse con el destino de una sociedad, es responsabilizarse personal y solidariamente de lo que incumbe a todos. El voto no es tan solo un acto de delegación del poder, ya que la actividad política y administrativa debería ser primero un servicio público y no un pedestal desde el que organizar innecesarias obras públicas y disparatados festejos. Es el político quien debe servir al pueblo y no al contrario.
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miércoles, 13 de abril de 2011
LAVI E BEL
Cuando escribo estas líneas pienso en aquellas cosas que me identifican como persona: mis errores, mis defectos, mis principios, mis cobardías... Según parece, de un tiempo a esta parte, pertenezco a un grupo nada selecto de folicularios cuya opinión, más o menos fundamentada, podría ejercer cierto tipo de influencia. Tal condición podría servirme para convertir una teoría, o un adjetivo ingeniosamente colocado, en un arma de consecuencias fácilmente predecibles. Permítanme que me ría para mis adentros. Por muy en serio que me tomase lo que escribo, siempre lo haré dando por sentado que se trata tan solo de mi forma de ver las cosas. Rara vez, al redactar una crítica teatral, tenemos en cuenta el enorme esfuerzo individual y colectivo que supone poner en pie una obra –frecuentemente montada a pesar de los pesares- y la renuncia que lleva aparejada la vida de los que sobreviven del puro riesgo. Hacer teatro es partir desde la nada hacia un camino plagado de incertidumbres.
Partiendo de la base de que lo perfecto no existe, podríamos llegar a un cierto consenso sobre la calidad de una función determinada. Los parámetros de calidad son, por supuesto, algo que depende en muchos casos del criterio de cada espectador. Pero ¿qué sucede cuando una obra es capaz de arrebatar la respiración del público, hacerlo saltar de sus asientos, romper la barrera imaginaria que separa el escenario del patio de butacas, hacer al espectador parte integrante e indisoluble del espectáculo y, sobre todo, REIR; reírse del mundo, de la historia, del más allá y del más acá. Reírnos de nosotros mismos, de cada uno y de todos a la vez; de nuestro propio ser, de nuestra identidad y de nuestros dolores. Reírnos de lo más sagrado y hacerlo de la forma más inocente. Reírnos hasta el punto de perder la noción del tiempo, de suspirar después de dos horas que se nos quedan cortas, e incluso pensar que nos hubiera gustado compartir con los ausentes esta experiencia vivificante. Esa y otras muchas cosas llega uno a pensar cuando sale del “Cabaret Líquido” de Laví e Bel. El “Cabaret Líquido” ha sido la pequeña gran Oda a la Alegría que una compañía de Granada ha paseado por España. En ese aspecto no sería aventurado afirmar que un modesto proyecto se ha convertido en una empresa saludablemente ambiciosa. Laví e Bel, se llevó un sorprendente Max de Teatro, compitiendo con producciones de altísimo presupuesto y éxito garantizado. Eso no es nada fácil. Pero el éxito no puede medirse únicamente mediante el cómputo de la taquilla, no señores, el éxito de una función de cabaret está en su capacidad de hacer soñar sin grandes artificios, sin necesidad de fatuas exhibiciones de poderío material. El éxito –término al que prefiero observar con cierto distanciamiento- puede estar en el don de convertir la deliberada cutrez en una obra de arte. El cabaret tiene esa magia que consiste básicamente en hacer escarnio de sí mismo, en presentarse ante el espectador y mostrar sus propias carencias de tal manera que todo parezca premeditadamente deformado, retorcido y estirado, con la noble intención de encender la chispa del ingenio, conectarla con la mecha de la complicidad, y hacerla estallar en carcajadas.
Si yo les dijera que el “Cabaret Líquido” ha sido el mejor espectáculo humorísticosatíricomusical que he presenciado en años a la redonda, ustedes me podrían contestar que estoy cayendo en el fácil ejercicio de sobrevalorar una función por el hecho de que ha sido cocinada en el pueblo donde vivo. Lo que distingue una mentalidad provinciana de un pensamiento abierto es precisamente la convicción de que nada hay más grande que el pueblo de uno. Pero ¿y si esta vez estuviéramos en lo cierto? En esta bendita tierra -como en tantas otras- nadie va a ejercer de profeta. Laví e Bel ha tenido que darse un baño de risas y emociones por la geografía nacional (y parte del extranjero) para que nos demos cuenta de lo que tenemos delante de las narices.
Las entradas para la función sorpresa del pasado veintisiete de febrero, duraron menos que una lluvia de verano. Estar presente en la despedida del “Cabaret Líquido” ha sido el privilegio de una inmensa minoría. Una sola función en la que el Teatro Alhambra no se vino abajo gracias al hormigón añadido en las últimas obras de reforma. Pero ¿por qué una sola? ¿Por qué no un par de meses en cartel? ¿Acaso no se ha demostrado con “La barraca del zurdo”, que el equipo de Emilio Goyanes tiene cuerda para rato. Cierto es que “Cabaret Líquido” es un montaje costoso, con un equipo de profesionales que se ganan la nómina a fuerza de genialidad, y con un trabajo creativo que el dinero no puede pagar. No es cuestión de ponerse a meditar en voz alta sobre la rentabilidad de un buen espectáculo, sobre todo cuando queda demostrado que el dinero invertido genera un movimiento económico nada despreciable.
Pero todo esto no es más que una pataleta personal. Yo lo que quiero es que todo el mundo pueda subirse a este crucero imaginario y navegue con el mayor de los talentos posibles hasta alcanzar la risa perfecta, la alegría de estar y sentirse vivo. A este respecto les diré que últimamente se han patentado muchos y muy efectivos medicamentos para paliar los estados melancólicos, depresivos y frustrantes que necesariamente tenemos que afrontar, pero ninguno tan eficaz como pasarse hora y media de ensueño en un teatro y seguir sonriendo todavía cuando han pasado días e incluso meses. La risa inteligente no tiene efectos secundarios, no reseca las glándulas, no precisa de aditivos, y además multiplica la producción de endorfinas, dopaminas y ganas de vivir. La risa bien inducida no nos va a curar las amarguras, pero nos dará una tregua para respirar entre hiel y hiel, y considerar seriamente que, después de la oscuridad, siempre habrá un amanecer que nos inunde los ojos de luz y esperanza, que más arriba de esos nubarrones grises se extiende un azul infinito.
Atrás va a quedar la enorme potencialidad de los actores para hacer girar cada instante de la obra con agudas improvisaciones, con morcillas de pata negra y con inesperados giros que sorprendían hasta al propio director. Atrás quedará nuestro deseo utópico de que el “Cabaret Líquido” vuelva periódicamente como los fríos invernales.
Yo que tantas veces he vivido el teatro como una experiencia frustrante, a medio camino entre el quiero y el no puedo; también necesito entender el milagro de la escena como un paño que te limpia las gafas y te permite ver la vida con una nitidez deslumbrante. Verdad y apariencia se confrontan en el teatro como dos espejos que se desafían con la nada de por medio. Entonces, cuando menos te lo esperas, puede suceder que estés siendo partícipe de esa fuerza magnética capaz de librarte de tu morralla sentimental, de extraer emociones que nunca habrías imaginado poseer, de verte señalado por el dedo acusador de la evidencia y obligarte a reconocer tu vulnerable humanidad. No es malo abrir los ojos para descubrir lo que hay más allá de nuestro exiguo horizonte. Y todo, por el módico precio de una entrada y noventa minutos de complicidad.
Gärt
Partiendo de la base de que lo perfecto no existe, podríamos llegar a un cierto consenso sobre la calidad de una función determinada. Los parámetros de calidad son, por supuesto, algo que depende en muchos casos del criterio de cada espectador. Pero ¿qué sucede cuando una obra es capaz de arrebatar la respiración del público, hacerlo saltar de sus asientos, romper la barrera imaginaria que separa el escenario del patio de butacas, hacer al espectador parte integrante e indisoluble del espectáculo y, sobre todo, REIR; reírse del mundo, de la historia, del más allá y del más acá. Reírnos de nosotros mismos, de cada uno y de todos a la vez; de nuestro propio ser, de nuestra identidad y de nuestros dolores. Reírnos de lo más sagrado y hacerlo de la forma más inocente. Reírnos hasta el punto de perder la noción del tiempo, de suspirar después de dos horas que se nos quedan cortas, e incluso pensar que nos hubiera gustado compartir con los ausentes esta experiencia vivificante. Esa y otras muchas cosas llega uno a pensar cuando sale del “Cabaret Líquido” de Laví e Bel. El “Cabaret Líquido” ha sido la pequeña gran Oda a la Alegría que una compañía de Granada ha paseado por España. En ese aspecto no sería aventurado afirmar que un modesto proyecto se ha convertido en una empresa saludablemente ambiciosa. Laví e Bel, se llevó un sorprendente Max de Teatro, compitiendo con producciones de altísimo presupuesto y éxito garantizado. Eso no es nada fácil. Pero el éxito no puede medirse únicamente mediante el cómputo de la taquilla, no señores, el éxito de una función de cabaret está en su capacidad de hacer soñar sin grandes artificios, sin necesidad de fatuas exhibiciones de poderío material. El éxito –término al que prefiero observar con cierto distanciamiento- puede estar en el don de convertir la deliberada cutrez en una obra de arte. El cabaret tiene esa magia que consiste básicamente en hacer escarnio de sí mismo, en presentarse ante el espectador y mostrar sus propias carencias de tal manera que todo parezca premeditadamente deformado, retorcido y estirado, con la noble intención de encender la chispa del ingenio, conectarla con la mecha de la complicidad, y hacerla estallar en carcajadas.
Si yo les dijera que el “Cabaret Líquido” ha sido el mejor espectáculo humorísticosatíricomusical que he presenciado en años a la redonda, ustedes me podrían contestar que estoy cayendo en el fácil ejercicio de sobrevalorar una función por el hecho de que ha sido cocinada en el pueblo donde vivo. Lo que distingue una mentalidad provinciana de un pensamiento abierto es precisamente la convicción de que nada hay más grande que el pueblo de uno. Pero ¿y si esta vez estuviéramos en lo cierto? En esta bendita tierra -como en tantas otras- nadie va a ejercer de profeta. Laví e Bel ha tenido que darse un baño de risas y emociones por la geografía nacional (y parte del extranjero) para que nos demos cuenta de lo que tenemos delante de las narices.
Las entradas para la función sorpresa del pasado veintisiete de febrero, duraron menos que una lluvia de verano. Estar presente en la despedida del “Cabaret Líquido” ha sido el privilegio de una inmensa minoría. Una sola función en la que el Teatro Alhambra no se vino abajo gracias al hormigón añadido en las últimas obras de reforma. Pero ¿por qué una sola? ¿Por qué no un par de meses en cartel? ¿Acaso no se ha demostrado con “La barraca del zurdo”, que el equipo de Emilio Goyanes tiene cuerda para rato. Cierto es que “Cabaret Líquido” es un montaje costoso, con un equipo de profesionales que se ganan la nómina a fuerza de genialidad, y con un trabajo creativo que el dinero no puede pagar. No es cuestión de ponerse a meditar en voz alta sobre la rentabilidad de un buen espectáculo, sobre todo cuando queda demostrado que el dinero invertido genera un movimiento económico nada despreciable.
Pero todo esto no es más que una pataleta personal. Yo lo que quiero es que todo el mundo pueda subirse a este crucero imaginario y navegue con el mayor de los talentos posibles hasta alcanzar la risa perfecta, la alegría de estar y sentirse vivo. A este respecto les diré que últimamente se han patentado muchos y muy efectivos medicamentos para paliar los estados melancólicos, depresivos y frustrantes que necesariamente tenemos que afrontar, pero ninguno tan eficaz como pasarse hora y media de ensueño en un teatro y seguir sonriendo todavía cuando han pasado días e incluso meses. La risa inteligente no tiene efectos secundarios, no reseca las glándulas, no precisa de aditivos, y además multiplica la producción de endorfinas, dopaminas y ganas de vivir. La risa bien inducida no nos va a curar las amarguras, pero nos dará una tregua para respirar entre hiel y hiel, y considerar seriamente que, después de la oscuridad, siempre habrá un amanecer que nos inunde los ojos de luz y esperanza, que más arriba de esos nubarrones grises se extiende un azul infinito.
Atrás va a quedar la enorme potencialidad de los actores para hacer girar cada instante de la obra con agudas improvisaciones, con morcillas de pata negra y con inesperados giros que sorprendían hasta al propio director. Atrás quedará nuestro deseo utópico de que el “Cabaret Líquido” vuelva periódicamente como los fríos invernales.
Yo que tantas veces he vivido el teatro como una experiencia frustrante, a medio camino entre el quiero y el no puedo; también necesito entender el milagro de la escena como un paño que te limpia las gafas y te permite ver la vida con una nitidez deslumbrante. Verdad y apariencia se confrontan en el teatro como dos espejos que se desafían con la nada de por medio. Entonces, cuando menos te lo esperas, puede suceder que estés siendo partícipe de esa fuerza magnética capaz de librarte de tu morralla sentimental, de extraer emociones que nunca habrías imaginado poseer, de verte señalado por el dedo acusador de la evidencia y obligarte a reconocer tu vulnerable humanidad. No es malo abrir los ojos para descubrir lo que hay más allá de nuestro exiguo horizonte. Y todo, por el módico precio de una entrada y noventa minutos de complicidad.
Gärt
jueves, 30 de diciembre de 2010
LA TERCERA OPCIÓN
Al hilo de estas ociosas polémicas sobre la pertinencia o no de determinadas tradiciones, parece ser que uno está obligado a alinearse a favor o en contra de celebrar acontecimientos pretéritos, como si nos fuera la honra en ello. He de aclarar para empezar que, en esto del día de la Toma, me posiciono en contra de todos, incluso de mí mismo. Con ello quiero decir que no estoy ni a favor ni en contra, sino todo lo contrario. La celebración de la Toma de Granada me es someramente indiferente. Y no será porque los homenajeados me caen bien. Vamos; que a mi modo de ver los Reyes Católicos sólo les caen bien a los que no han estudiado historia o a los que pretenden que la historia se debería escribir con las glándulas productoras de testosterona. El caso es que, pasados ya cinco siglos, se me antoja una solemne pérdida de tiempo. Ponerse a debatir sobre si es bueno o malo tremolar ajados pendones y vociferar consignas, tiene menos contenido que un percebe. Eso sí; el percebe suele dejar mejor sabor de boca que todos esos acalorados discursos sobre lo correcto. Otra cosa diferente es lo de mostrar el desacuerdo con tales liturgias por medio de insultos fáciles y ramplones. Cuando uno disiente, debería razonar y ser razonable.
Haga cada cual lo que le parezca oportuno y déjese al otro el derecho a machacársela si le place, siempre y cuando no salpique. Ya sé que acabo de soltar una frase hecha, pero cada día que pasa voy apreciando más el hecho de haberme apuntado al club del meimportaunbledismo. ¿Por qué? Pues porque la edad le va enseñando a uno que el tiempo vuela y que, a ser posible, se debería concentrar la atención en cosas verdaderamente significativas. ¿Cómo podría derrochar mi efímera existencia en festejillos locales, cuando tengo problemas reales en los que pensar? ¿Acaso no es más alarmante la decadencia cultural, educativa y moral en la que estamos dejando caer a las generaciones que nos siguen? ¿Nadie dice nada sobre la eliminación arbitraria de la presunción de inocencia que se ha perpetrado bajo supuestos marcos legales? ¿Es posible que nos quedemos de manos cruzadas cuando los causantes de esta depresión económica reciben ingentes ayudas del estado, arrancadas del bolsillo de la clase trabajadora, y no tengan el menor empacho en desahuciarnos y seguir beneficiándose a costa de la miseria que han sembrado?
Si me apuran, hasta cruzar con mi perro el paso de peatones de la avenida de Murcia y llegar al otro lado con vida, se me antoja más importante que los actos conmemorativos de la unificación forzosa de España. Sí, ya sé que el advenimiento de un nuevo estado supuso la expulsión de moriscos y judíos, la proliferación de los autos de fe, quema de herejes, y otros refinamientos por el estilo. Para eso está la historiografía; para que podamos asumir que no todo fueron glorias en nuestro pasado. Para que entendamos que una patria es algo que se creó a partir del interés particular de un soberano, a base de fuerza bruta y prejuicio. Y sin embargo, el tiempo transcurre y la mayoría de los culpables mueren en el olvido. Se emprenden nuevos retos e ilusionantes proyectos. Si para algo tenemos los ojos en la cara es para mirar hacia delante, en lugar de pasarnos la existencia enfrascados en rememorar un lejano pasado.
Las sociedades deberían evolucionar, digo yo, para mejorar en lo posible, y no para encasquillarse en la recalcitrante nostalgia.
Haga cada cual lo que le parezca oportuno y déjese al otro el derecho a machacársela si le place, siempre y cuando no salpique. Ya sé que acabo de soltar una frase hecha, pero cada día que pasa voy apreciando más el hecho de haberme apuntado al club del meimportaunbledismo. ¿Por qué? Pues porque la edad le va enseñando a uno que el tiempo vuela y que, a ser posible, se debería concentrar la atención en cosas verdaderamente significativas. ¿Cómo podría derrochar mi efímera existencia en festejillos locales, cuando tengo problemas reales en los que pensar? ¿Acaso no es más alarmante la decadencia cultural, educativa y moral en la que estamos dejando caer a las generaciones que nos siguen? ¿Nadie dice nada sobre la eliminación arbitraria de la presunción de inocencia que se ha perpetrado bajo supuestos marcos legales? ¿Es posible que nos quedemos de manos cruzadas cuando los causantes de esta depresión económica reciben ingentes ayudas del estado, arrancadas del bolsillo de la clase trabajadora, y no tengan el menor empacho en desahuciarnos y seguir beneficiándose a costa de la miseria que han sembrado?
Si me apuran, hasta cruzar con mi perro el paso de peatones de la avenida de Murcia y llegar al otro lado con vida, se me antoja más importante que los actos conmemorativos de la unificación forzosa de España. Sí, ya sé que el advenimiento de un nuevo estado supuso la expulsión de moriscos y judíos, la proliferación de los autos de fe, quema de herejes, y otros refinamientos por el estilo. Para eso está la historiografía; para que podamos asumir que no todo fueron glorias en nuestro pasado. Para que entendamos que una patria es algo que se creó a partir del interés particular de un soberano, a base de fuerza bruta y prejuicio. Y sin embargo, el tiempo transcurre y la mayoría de los culpables mueren en el olvido. Se emprenden nuevos retos e ilusionantes proyectos. Si para algo tenemos los ojos en la cara es para mirar hacia delante, en lugar de pasarnos la existencia enfrascados en rememorar un lejano pasado.
Las sociedades deberían evolucionar, digo yo, para mejorar en lo posible, y no para encasquillarse en la recalcitrante nostalgia.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
EL ARTE DE LA IMPOSTURA
Hace unos meses hablaba con un joven realizador sobre lo que suponía trabajar en el medio televisivo. Mi amigo me confesó, así de sopetón, que trabajar en la televisión pública suponía aceptar unas condiciones inimaginables –al menos en mi pueril ingenuidad- para cualquier creador. Para poder colaborar en un medio público, no había más remedio que someterse a los dicterios de aquellos que cortan el bacalao. En palabras textuales de mi atribulado colega, los niveles de censura que imperan en cualquier medio de difusión pública son tan asfixiantes como lo eran hace cuarenta años. Entonces –pregunté yo, iluso de mí- ¿eso de la pluralidad? Eso de la pluralidad, querido Gärt –espetó el muchacho- es la estafa más grande de la democracia.
De manera que, esa libertad por la que muchas personas se han dejado años de su vida en la cárcel, por la que más de uno ha arriesgado e incluso perdido la vida, esa libertad de expresión de la que habla el fantasioso artículo 20 de la constitución española, no es más que un cuento para niños, una utopía.
Así las cosas nos hemos convertido en un país de impostores, y para colmo estamos convencidos de vivimos en un estado de derecho. Nos creemos nuestras propias mentiras. Nos hemos acostumbrado a normalizar que el mundo esté poblado y manipulado por tipos egregios –encantados de conocerse a sí mismos- que alardean sin el menor pudor de altísimos principios, todos ellos muy respetables, que rara vez practican cabalmente.
Por una parte, vemos como ocupan los puestos ejecutivos y directivos esos próceres, amantes de lo sagrado, intachables padres de familia, domingos en misa y semana santa con capirote, esos parroquianos de pro que los sábados por la tarde se recrean el los prostíbulos del extrarradio, o se deslizan en los hoteles con dama que no es su señora. Por el otro, todos conocemos a aquellos que presumen a voz en cuello de su talante progresista, de sus ideas igualitarias, izquierdistas y antifascistas (ista, ista, ista...). Los mismos que, en su vida privada, se dirigen a sus empleados con total desprecio por la dignidad ajena, tiranizan a sus familias, defienden y participan en las tradiciones más añejas sin cuestionarse su validez, y hablan de los individuos del otro sexo por medio de groseras generalizaciones. Todo ese cuento de la ideología y el fervor religioso ha quedado muy bien como vestimenta, como folclore, como perfume discursivo. A la hora de la verdad, lo que dirige nuestros destinos es la pura hipocresía, el arte de la impostura.
A día de hoy, no existe ningún medio de comunicación donde un ciudadano pueda expresar libremente aquello que piensa. Porque, mientras nadie demuestre lo contrario, el pensamiento que no concuerde con los dictados morales del que manda no tiene posibilidad alguna de encontrar difusión. Todos los medios, públicos y privados, aplican lo que ellos llaman línea editorial, y que en muchos casos se traduce en atentados contra la libertad de expresión. ¿De qué hablan entonces estos popes del periodismo cuando mencionan cosas como pluralidad o libertad? ¿Qué clase de lecciones morales puede darnos una prensa obligada a no morder la mano que les da de comer? Y luego se les queda cara de póquer cuando se ven desbordados por la valiente defensa de la libertad de expresión que hace Wikileaks. ¡Amos anda!
En este panorama, los escritores y periodistas tienen dos opciones. Primera: morderse la lengua, tragarse un sapo, besar el culo de los todopoderosos, pasar por el aro, aceptar recomendaciones, prestarse a chanchullos, recibir premios amañados y, por supuesto, acceder por la vía rápida al idolatrado ÉXITO. La segunda opción es decir lo que se piensa –que puede ser acertado o no- y escribir con la convicción de que se está haciendo literatura. En ese caso, quien todavía tenga redaños para mantener intacto el orgullo, recibirá cientos, miles de portazos en las narices, se verá relegado a la total ignorancia, de vez en cuando ganará un segundo premio de un concurso de tercera división. Tendrá, por supuesto, que buscarse otro trabajo. Y finalmente morirá, como murió Melville, convencido de su fracaso. Lo cierto es que Melville fracasó en vida, pero no en la posteridad; pero resulta que la posteridad nos importa un bledo a los vivos, porque es cosa de muertos y los muertos no disfrutan de otra cosa que del descanso eterno.
El éxito era algo fútil e inconsistente para Sócrates. Por supuesto, Sócrates nunca obtuvo el reconocimiento de los atenienses. Lo que sí obtuvo fue un buen copazo de cicuta. La gloria quedó para Platón, quien tomó prestados sus mejores discursos y construyó un personaje a su entero arbitrio. Pero al menos nos queda aquella máxima Socrática por la cual, todo lo que tiene relación con el éxito carece de valor para el alma, y el alma del individuo se nutre principalmente de la lucha diaria por hacer lo correcto. El bien no sirve para nada cuando se practica a cambio de unos réditos; sólo es moralmente aceptable cuando se invierte en sí mismo. El único beneficio de practicar el bien por el bien está en nuestro espíritu.
¿Alma o éxito? Ustedes mismos.
De manera que, esa libertad por la que muchas personas se han dejado años de su vida en la cárcel, por la que más de uno ha arriesgado e incluso perdido la vida, esa libertad de expresión de la que habla el fantasioso artículo 20 de la constitución española, no es más que un cuento para niños, una utopía.
Así las cosas nos hemos convertido en un país de impostores, y para colmo estamos convencidos de vivimos en un estado de derecho. Nos creemos nuestras propias mentiras. Nos hemos acostumbrado a normalizar que el mundo esté poblado y manipulado por tipos egregios –encantados de conocerse a sí mismos- que alardean sin el menor pudor de altísimos principios, todos ellos muy respetables, que rara vez practican cabalmente.
Por una parte, vemos como ocupan los puestos ejecutivos y directivos esos próceres, amantes de lo sagrado, intachables padres de familia, domingos en misa y semana santa con capirote, esos parroquianos de pro que los sábados por la tarde se recrean el los prostíbulos del extrarradio, o se deslizan en los hoteles con dama que no es su señora. Por el otro, todos conocemos a aquellos que presumen a voz en cuello de su talante progresista, de sus ideas igualitarias, izquierdistas y antifascistas (ista, ista, ista...). Los mismos que, en su vida privada, se dirigen a sus empleados con total desprecio por la dignidad ajena, tiranizan a sus familias, defienden y participan en las tradiciones más añejas sin cuestionarse su validez, y hablan de los individuos del otro sexo por medio de groseras generalizaciones. Todo ese cuento de la ideología y el fervor religioso ha quedado muy bien como vestimenta, como folclore, como perfume discursivo. A la hora de la verdad, lo que dirige nuestros destinos es la pura hipocresía, el arte de la impostura.
A día de hoy, no existe ningún medio de comunicación donde un ciudadano pueda expresar libremente aquello que piensa. Porque, mientras nadie demuestre lo contrario, el pensamiento que no concuerde con los dictados morales del que manda no tiene posibilidad alguna de encontrar difusión. Todos los medios, públicos y privados, aplican lo que ellos llaman línea editorial, y que en muchos casos se traduce en atentados contra la libertad de expresión. ¿De qué hablan entonces estos popes del periodismo cuando mencionan cosas como pluralidad o libertad? ¿Qué clase de lecciones morales puede darnos una prensa obligada a no morder la mano que les da de comer? Y luego se les queda cara de póquer cuando se ven desbordados por la valiente defensa de la libertad de expresión que hace Wikileaks. ¡Amos anda!
En este panorama, los escritores y periodistas tienen dos opciones. Primera: morderse la lengua, tragarse un sapo, besar el culo de los todopoderosos, pasar por el aro, aceptar recomendaciones, prestarse a chanchullos, recibir premios amañados y, por supuesto, acceder por la vía rápida al idolatrado ÉXITO. La segunda opción es decir lo que se piensa –que puede ser acertado o no- y escribir con la convicción de que se está haciendo literatura. En ese caso, quien todavía tenga redaños para mantener intacto el orgullo, recibirá cientos, miles de portazos en las narices, se verá relegado a la total ignorancia, de vez en cuando ganará un segundo premio de un concurso de tercera división. Tendrá, por supuesto, que buscarse otro trabajo. Y finalmente morirá, como murió Melville, convencido de su fracaso. Lo cierto es que Melville fracasó en vida, pero no en la posteridad; pero resulta que la posteridad nos importa un bledo a los vivos, porque es cosa de muertos y los muertos no disfrutan de otra cosa que del descanso eterno.
El éxito era algo fútil e inconsistente para Sócrates. Por supuesto, Sócrates nunca obtuvo el reconocimiento de los atenienses. Lo que sí obtuvo fue un buen copazo de cicuta. La gloria quedó para Platón, quien tomó prestados sus mejores discursos y construyó un personaje a su entero arbitrio. Pero al menos nos queda aquella máxima Socrática por la cual, todo lo que tiene relación con el éxito carece de valor para el alma, y el alma del individuo se nutre principalmente de la lucha diaria por hacer lo correcto. El bien no sirve para nada cuando se practica a cambio de unos réditos; sólo es moralmente aceptable cuando se invierte en sí mismo. El único beneficio de practicar el bien por el bien está en nuestro espíritu.
¿Alma o éxito? Ustedes mismos.
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