lunes, 15 de octubre de 2012

NOSTALGIA


Durante la semana pasada hemos tenido la oportunidad de volver a escuchar una pequeña colección de letanías que me han hecho recordar un pasado no demasiado remoto. De unos y otros, los de arriba y los de abajo, los de levante y los de poniente, volvieron a marcarse exclamaciones patrioticas, banderas al viento, por San Jorge –perdón:  Jordi- a mí la legión y Santiago y cierra las batuecas. Nada de eso estuvo mal porque, quieras que no, la visceralidad patriótica anima el cotarro más que las continuas subidas de esa prima que seguramente no es pariente carnal de nadie. Los fervores patrios darían risa si no fuera porque siempre suelen acabar a punta de bayoneta.
Así las cosas llegó el día de la raza, con sus bonitos desfiles, fusil en ristre, y novenas a la Virgen del Pilar. Pero como las vírgenes no andan solas, también hubo procesiones a la del Rosario, que fue la artífice de de la victoria de las Naves cristianas en Lepanto. No fue la osadía de don Álvaro de Bazán, ni el jalar de los pobres galeotes, lo que decidió aquella épica victoria. Tampoco tuvo nada que ver la presencia del joven Juan de Austria, que a decir verdad, no sabía ni nadar. Fue la Virgen del Rosario, palabrita de scout, la que puso en fuga al turco fiero. ¡Saaalve reina de los maaares!
Domingo de misa, carrusel deportivo y toros. Redobles de tambores. Estampitas de San Pancracio. Ruido de sables. Póngame a los pies de su señora. Banderita tu eres roja. Eminencias reverendísimas. Devociones marianas. Y sobre todo, resignación, mucha resignación.
Por cierto; creo que la ratio de manifestaciones  en Madrid, sale a seis diarias. Estos rojooooooooooos.

martes, 2 de octubre de 2012

EL JUEGO DE LOS ABALORIOS

Herman Hesse


Cada día se va haciendo más selecto el extravagante club de los que alguna vez leyeron el Ulises de James Joyce y –para colmo- dicen haber gozado con la lectura. Habría que aclarar que no es nada sintomático el sambenito de “lectura compleja” con que se ha querido etiquetar la obra de Joyce. Seguramente estemos viviendo en el momento en que más libros se venden y menos literatura se lea. No es un lamento, es lo que hay. Los mercados –aunque algún ingenuo quiera creer en lo contrario- mandan en las políticas presupuestarias de los gobiernos, y por supuesto, dictan lo que se debe colocar en los escaparates de las librerías. Frente al bombardeo mediático y el enorme peso de la mercadotecnia, el lector medio ha ido perdiendo ese inmensurable tesoro que fue la libertad de elegir. Por supuesto, siempre habrá excepciones; esas anomalías que rompen la regla imperante y que hacen de la literatura un territorio no del todo manipulable.
La discusión sobre las calidades literarias de lo que se publica en estos momentos no ha servido ni servirá de gran cosa. No es ese el tema. El tema consiste en la existencia de otro espacio aún más exclusivo que el de los lectores del Ulises, un círculo en el que resulta casi anecdótico el encuentro entre dos lectores del mismo libro, siendo dicha obra una de las cumbres de la literatura europea. Me refiero a aquellos que en algún momento de sus vidas se sumergieron en las páginas de El juego de los abalorios de Herman Hesse. Seguramente, esos que tuvieron la fortuna de acceder a la apócrifa biografía de José Knecht, el magister ludi que encarna esta metáfora a medio camino entre la utopía y la distopía que, a fin de cuentas, fue la premonición que Hermann Hesse realizó sobre un porvenir que ya es presente. En el mundo de El Juego de los abalorios, la cultura profunda e integral ha dejado de ser un bien al alcance de la mayoría para convertirse en objeto de folletín. La era del folletín ha se ha instalado en occidente, y la inteligencia se nos ha quedado en una aspiración, una quimera cada vez más alejada de los anhelos humanos. El conocimiento y el gozo espiritual han quedado marginados en una serie de reductos donde la mayoría de la humanidad mira con desprecio. El saber es un capricho para unos cuantos “pedantes”, o al menos así piensa buena parte de la crítica moderna. Así las cosas, la mirada a este mundo del folletín que Herman Hesse deposita en las páginas de El juego de los abalorios, se remite al interior de la mítica Castalia, una institución donde el conocimiento y el arte han sido sacralizados.
Penetrar en ese cosmos de Castalia, en ese territorio donde la razón recupera el sentido de la existencia, fue uno de los viajes más valiosos que haya realizado en mi vida. Tenía yo diecisiete años cuando quedé atrapado en aquel presunto ladrillo al que, día a día, encaminaba mis pasos durante los largos meses que invertí en su lectura. Han pasado treinta años y todavía me siento parte de aquella profecía.
Frente a esa obra cumbre de la literatura universal, he escuchado voces que calificaban a Hesse como un autor que diseñó un pensamiento de fácil acceso para los jóvenes lectores de mediados del siglo pasado. Es cierto que muchos de nosotros hemos crecido a la sombra de El Lobo Estepario, Sidharta, Bajo las ruedas, o Demian. Y sin embargo no es menos cierto que valorar a un autor por una parte –nada fútil, por cierto- de su obra, resulta una torpeza de dimensiones inabarcables. Juzgar la literatura de Herman Hesse sin un conocimiento profundo de la más grande de sus obras, es como creer que se conoce a Ravel por ser el autor del “Bolero”. Por el contrario, aventurarse entre las páginas de esta creación literaria de largo recorrido, acercaría al ávido lector a un conocimiento auténtico de aquel que fue el autor de cabecera de las generaciones inconformistas. 
Y todo esto ¿para qué? Pues para acabar reconociendo que en esta vida hay quien está para pasar el rato, pero también hay quien existe para vivir el instante. Ambas actitudes parecen un más de lo mismo, y sin embargo, están situadas en hemisferios opuestos, casi diría antagónicos. Uno se puede embriagar contemplando la superficie del mar, pero les aseguro que en esa posibilidad (como en la vida) es mucho más emocionante sumergirse en el abismo, más allá de lo aparente.

lunes, 24 de septiembre de 2012

EL PEOR VIOLINISTA DEL MUNDO


En la Avenida de la Desolación habitan hombres y mujeres de todos los colores, de todos los sabores, de todos los tamaños, de todos los sonidos, de todos los credos, de todos los humores. Caminan a intervalos irregulares zigzagueando sin sombra bajo el cielo plomizo de otro día perdido. Se desplazan veloces sin el menor interés en el trozo de vida que recorren. Pululan invisibles, insensibles, insignificantes, transformados en números que se diluyen en la masa.

Todo el universo habita en la Avenida de la Desolación. Nada se escapa a ese sistema de cuerpos celestes que recorren una y otra vez los mismos caminos por el bulevar. Todo lo que pasa y habita en este pedazo de hormigón tiene su cometido. Hasta los mendigos cumplen con su función.

En la avenida de la Desolación, menudean las miradas furtivas, los otoños pesimistas y los desprecios por el sentimiento ajeno.

Bajo el asfalto de la Avenida de la Desolación se pulverizan decenas de miles de cadáveres olvidados. La gente circula sobre los muertos sin historia, los muertos del silencio, los muertos de la infamia, ignorando que en otro tiempo esos huesos estuvieron dotados de conciencia, de deseo y de ansia de belleza.

Una bandera ondea al final de la avenida, empañada de sangre y vergüenza. Una bandera preside orgullosa el paseo de las chicas PeloPantene que venden su estulticia a cambio de veinte segundos de gloria.

Un batallón de cretinos derrocha la única vida que le ha sido dada frente a una pantalla que vomita inanidad.

La vanidad se baña en el trivial reflejo de los escaparates mientras se deja robar los suelos por las luces de colores que centellean a su alrededor.

Una sotana inquieta reparte almanaques que reproducen angelitos con el culo sonrosado y la mirada inexpresiva.

Una alimaña viscosa te proyecta su aliento nauseabundo en el cogote, y sientes un irrefrenable deseo de aplastar esa vida insignificante como el que pisa una cucaracha. Pero tú no haces nada; siempre acabas dejándolo estar, dejándolo pasar, dejándolo seguir con su ritual de atrocidades.

La mujer policía con el pelo recogido en una cola de caballo te cachea con unos ojos amenazantes.
En la avenida de la desolación se acunan las estridentes notas del peor violinista del mundo. El viejo de mirada desamparada toca su pobre instrumento de forma automática, arrancando graznidos de gaviota a las polvorientas cuerdas, sofocando el canto de los jilgueros con una melodía cansina. Pero de vez en cuando, tal vez por aburrimiento, el peor violinista del mundo recuerda su terruño rumano y hace llorar a esa cajita de madera que poco antes malograba con aire de desprecio. 

Pero, alto ahí, por el horizonte va surgiendo una pléyade de bicicletas que se adivinan reconstruidas con piezas ajenas. Pedalean con el aire fresco del  futuro desoyendo las voces de la cordura que les recuerdan algo que ya sabían de antemano: no está en sus manos llenar de árboles la avenida, nada pueden hacer contra los muros de la realidad. Y sin embargo nunca se detienen, nunca se rinden ante las evidencias, nunca bajan la voz aunque conozcan su impotencia.

El viento barre el polvo y agita peligrosamente las faldas. Se acerca la tormenta por encima de las montañas. Hay un silencio de motores, un aullido triste en la lejanía, y cae la primera gota de sangre sobre la acera.



jueves, 20 de septiembre de 2012

TABÚ




Otra cosa diferente es la cuestión del tabú. Los tabúes nacen generalmente de los prejuicios, de las ideas preconcebidas sobre asuntos que nada tienen de dañinos. El tabú por excelencia de la época victoriana fue indudablemente la sexualidad. Hablar de sexualidad -lo de practicarla ya es otro cantar- no ha estado bien visto hasta hace muy poco tiempo. Tan escaso tiempo hace de aquellos años de silencio, que todavía hay un cerril reparo a aceptar que el 99 % de los seres humanos practican la masturbación y el 1 % restante miente al respecto. Se puede hablar con cierta naturalidad –aunque para ello se usen ridículos eufemismos- del estreñimiento o las pérdidas de orina, y sin embargo algo tan generalizado como el autoerotismo permanece aún encerrado en el armario de lo íntimo. Curiosamente nuestra sociedad considera íntimas aquellas cosas que todo el mundo tiene o practica. Se llama ropa íntima a la lencería femenina, si bien el concepto de intimidad define aquello que incumbe únicamente al individuo.









jueves, 23 de agosto de 2012

EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO


Nada como el circo para entretener a la plebe. Así pensaban los emperadores romanos, que elevaron el lema pan y circo a los altares de la estrategia política. Algunos filósofos griegos ya se quejaban del excesivo papel de los atletas en la vida cultural de la polis. Jenófanes de Colofón (540 a.C) fundador de la escuela de Elea –donde más tarde aparecerían filósofos como Parménides o Porrón- afirmaba algo así como que  no depende el porvenir de las polis de las piernas de los atletas, sino del buen criterio de los hombres sabios que habrán de regir su destino. Tal y como andan las cosas, parece que estamos en manos de los primeros, ya que no hay el menor rastro de los segundos. Los hombres sabios han de emigrar a otros países para desarrollar su trabajo, mientras aquí en las Batuecas, nos dejamos regir por una larga saga de ineptos, eso sí, muy bien remunerados.
Pero no pasa nada, el pueblo ha vibrado con los triunfos futbolísticos, las medallas olímpicas y el eterno sueño de dilapidar lo que no tenemos en presentar de nuevo la candidatura de Madrid para los unos Juegos Olímpicos. Endeudados como estamos, nuestros periodistas no muestran rubor al afirmar que después de Rio de Janeiro, los fastos deportivos habrán de venirse a España. En esos momentos de inspiración patriótica, nuestros modernos rapsodas miran para otro lado y no ven que nos han recortado derechos consagrados para poder pagar la enorme deuda que tiene un estado que dilapida lo que no tiene, que abre aeropuertos sin vuelos, que mantiene más de cien embajadas autonómicas en el extranjero, que toma el dinero del contribuyente y lo mete en la cartera del banquero y, en fin, que ha sumido a sus clases modestas en el miedo y la desesperación.
Que el deporte es cultura, nadie lo niega. Confesaré por si acaso que me encanta practicar deporte y lo hago por puro placer. Habría que matizar que la cultura no es sólo deporte sino también una formación integral del individuo por medio del conocimiento, el criterio y el derecho a tener un espíritu capaz de gozar con el arte, la música y la literatura. Si así fuera, no tendríamos los niveles de lectura más bajos de Europa. Nuestra educación es deficiente en todo menos en deporte. Es deficiente hasta a la hora de decir buenos días, por favor y gracias. Total, como decía cierta parroquiana, ¿para qué voy a darle las gracias al panadero si ya le he pagado?
Ya no es sólo cuestión de quejarnos de nuestra clase política, de nuestra partidocracia en ciernes. Más bien deberíamos mirarnos al ombligo y reconocer que todo esto es un problema estructural donde la sociedad en su conjunto no está dando la talla. Pocos en este país cumplen con su deber como contribuyente sin haber sucumbido nunca a la tentación de escatimarle unos euros al fisco. Con el dinero de la economía sumergida se podría paliar buena parte de esta crisis. Con una sociedad mucho más ética, más solidaria y más responsable, tendríamos probablemente otra clase política que fuera fiel reflejo del pueblo, y una educación de la que sentirnos orgullosos. En esa sociedad utópica nadie se alegraría de que le recortaran el sueldo al de al lado, todos tendríamos el derecho y el deber moral de exigir cuentas a los que nos gobiernan, todos mereceríamos ser ciudadanos en lugar de súbditos.
Por lo pronto esto es lo que tenemos. Mientras tanto, nadie palidece cuando un reputado deportista abre la boca en una rueda de prensa y da una muestra de una capacidad intelectual encomiable. Nadie palidece al saber que más de una de esas criaturas termina su carrera ocupando un escaño o un cargo de vete a saber qué.