Hace unos meses hablaba con un joven realizador sobre lo que suponía trabajar en el medio televisivo. Mi amigo me confesó, así de sopetón, que trabajar en la televisión pública suponía aceptar unas condiciones inimaginables –al menos en mi pueril ingenuidad- para cualquier creador. Para poder colaborar en un medio público, no había más remedio que someterse a los dicterios de aquellos que cortan el bacalao. En palabras textuales de mi atribulado colega, los niveles de censura que imperan en cualquier medio de difusión pública son tan asfixiantes como lo eran hace cuarenta años. Entonces –pregunté yo, iluso de mí- ¿eso de la pluralidad? Eso de la pluralidad, querido Gärt –espetó el muchacho- es la estafa más grande de la democracia.
De manera que, esa libertad por la que muchas personas se han dejado años de su vida en la cárcel, por la que más de uno ha arriesgado e incluso perdido la vida, esa libertad de expresión de la que habla el fantasioso artículo 20 de la constitución española, no es más que un cuento para niños, una utopía.
Así las cosas nos hemos convertido en un país de impostores, y para colmo estamos convencidos de vivimos en un estado de derecho. Nos creemos nuestras propias mentiras. Nos hemos acostumbrado a normalizar que el mundo esté poblado y manipulado por tipos egregios –encantados de conocerse a sí mismos- que alardean sin el menor pudor de altísimos principios, todos ellos muy respetables, que rara vez practican cabalmente.
Por una parte, vemos como ocupan los puestos ejecutivos y directivos esos próceres, amantes de lo sagrado, intachables padres de familia, domingos en misa y semana santa con capirote, esos parroquianos de pro que los sábados por la tarde se recrean el los prostíbulos del extrarradio, o se deslizan en los hoteles con dama que no es su señora. Por el otro, todos conocemos a aquellos que presumen a voz en cuello de su talante progresista, de sus ideas igualitarias, izquierdistas y antifascistas (ista, ista, ista...). Los mismos que, en su vida privada, se dirigen a sus empleados con total desprecio por la dignidad ajena, tiranizan a sus familias, defienden y participan en las tradiciones más añejas sin cuestionarse su validez, y hablan de los individuos del otro sexo por medio de groseras generalizaciones. Todo ese cuento de la ideología y el fervor religioso ha quedado muy bien como vestimenta, como folclore, como perfume discursivo. A la hora de la verdad, lo que dirige nuestros destinos es la pura hipocresía, el arte de la impostura.
A día de hoy, no existe ningún medio de comunicación donde un ciudadano pueda expresar libremente aquello que piensa. Porque, mientras nadie demuestre lo contrario, el pensamiento que no concuerde con los dictados morales del que manda no tiene posibilidad alguna de encontrar difusión. Todos los medios, públicos y privados, aplican lo que ellos llaman línea editorial, y que en muchos casos se traduce en atentados contra la libertad de expresión. ¿De qué hablan entonces estos popes del periodismo cuando mencionan cosas como pluralidad o libertad? ¿Qué clase de lecciones morales puede darnos una prensa obligada a no morder la mano que les da de comer? Y luego se les queda cara de póquer cuando se ven desbordados por la valiente defensa de la libertad de expresión que hace Wikileaks. ¡Amos anda!
En este panorama, los escritores y periodistas tienen dos opciones. Primera: morderse la lengua, tragarse un sapo, besar el culo de los todopoderosos, pasar por el aro, aceptar recomendaciones, prestarse a chanchullos, recibir premios amañados y, por supuesto, acceder por la vía rápida al idolatrado ÉXITO. La segunda opción es decir lo que se piensa –que puede ser acertado o no- y escribir con la convicción de que se está haciendo literatura. En ese caso, quien todavía tenga redaños para mantener intacto el orgullo, recibirá cientos, miles de portazos en las narices, se verá relegado a la total ignorancia, de vez en cuando ganará un segundo premio de un concurso de tercera división. Tendrá, por supuesto, que buscarse otro trabajo. Y finalmente morirá, como murió Melville, convencido de su fracaso. Lo cierto es que Melville fracasó en vida, pero no en la posteridad; pero resulta que la posteridad nos importa un bledo a los vivos, porque es cosa de muertos y los muertos no disfrutan de otra cosa que del descanso eterno.
El éxito era algo fútil e inconsistente para Sócrates. Por supuesto, Sócrates nunca obtuvo el reconocimiento de los atenienses. Lo que sí obtuvo fue un buen copazo de cicuta. La gloria quedó para Platón, quien tomó prestados sus mejores discursos y construyó un personaje a su entero arbitrio. Pero al menos nos queda aquella máxima Socrática por la cual, todo lo que tiene relación con el éxito carece de valor para el alma, y el alma del individuo se nutre principalmente de la lucha diaria por hacer lo correcto. El bien no sirve para nada cuando se practica a cambio de unos réditos; sólo es moralmente aceptable cuando se invierte en sí mismo. El único beneficio de practicar el bien por el bien está en nuestro espíritu.
¿Alma o éxito? Ustedes mismos.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
martes, 16 de noviembre de 2010
SIGUE BAILANDO
Y no te preocupes por nada. Sigue pasándolo bien; ajeno a todo el dolor del mundo. Sigue bebiendo calimocho, cocacola con salfumán, fanta con matarratas. Sigue así y no te pares. No saludes, no cedas el paso, no cedas el asiento, no te pongas en el lugar de los demás. No te impliques. Sigue gritando, riendo, cantando, percutiendo la batucada; que yo me pondré tapones para dormir, y trasladaré mi dormitorio al cuarto de baño. No te preocupes por nada, deja los desperdicios en el suelo, que yo los recogeré mañana y los depositaré en ese contenedor que está a metro y medio. Sigue, sigue, sigue y no te pares. Lleva a tu perro suelto, porque no mola lo de la correa. Porque la correa no es guay. No pasa nada. Si se pierde, no tienes más que colgar un cartelito en el árbol del parque. Si se pelea con otro y le arranca una oreja, es más que probable que su dueño pague un seguro médico. Ni siquiera te enterarás si muere atropellado. Nadie te lo dirá. Si un desalmado lo usa como sparring para perros de pelea… son cosas del destino, del zen y del karma. La vida es así.
Y nada de llevar casco en la moto. Eso son cosas de viejos y de perdedores. Lo que mola es eso de sentir el aire en las orejas, sentir el embriagador perfume de la libertad, y volar, volar, volar, como vuelan los pájaros allá en lo alto. La moto es una extensión más de ese colocón que te has pillado con el calimocho, los porros, la cocacola con salfumán y la fanta con matarratas. La moto es poderío. Es guay saltarse los semáforos, zigzaguear entre los coches, y adelantar a todos esos carrozas que sí, tienen motos muy grandes y muy potentes, pero no tienen lo que hay que tener para correr lo que hay que correr.
Sigue corriendo, bien colocadito, sin casco, sin permiso y sin seguro. Ya pagarán los otros. Es lo mejor que puedes hacer, porque eres un buen donante de órganos. Y porque tal vez mañana, un enfermo del corazón, del hígado o de los riñones (si es que no te los has castigado demasiado con tanto brebaje y tanto canuto) te lo agradecerá el resto de su renovada vida. Pero, por favor, ten cuidado cuando te la pegues, no sea que te dañes los ojos y esos ojitos tuyos tan monos, que tanto te han servido para echárselos a más de una periquita, podrían devolverle la vista a más de uno.
Sigue bailando, que es bueno para el corazón, y siempre habrá alguien que lo merezca, alguien que le daría algo de sentido a su existencia. Alguien capaz de respetar el descanso ajeno, alguien que no deja el suelo hecho un muladar después de una ruidosa fiestecilla. Alguien que, por respeto al otro, nunca conduciría ebrio. Alguien que dejaría latir ese corazón como un potro desbocado escuchando las notas de un laúd. Alguien, en resumen, que supiera valorar su propia vida y la vida de los demás.
Y nada de llevar casco en la moto. Eso son cosas de viejos y de perdedores. Lo que mola es eso de sentir el aire en las orejas, sentir el embriagador perfume de la libertad, y volar, volar, volar, como vuelan los pájaros allá en lo alto. La moto es una extensión más de ese colocón que te has pillado con el calimocho, los porros, la cocacola con salfumán y la fanta con matarratas. La moto es poderío. Es guay saltarse los semáforos, zigzaguear entre los coches, y adelantar a todos esos carrozas que sí, tienen motos muy grandes y muy potentes, pero no tienen lo que hay que tener para correr lo que hay que correr.
Sigue corriendo, bien colocadito, sin casco, sin permiso y sin seguro. Ya pagarán los otros. Es lo mejor que puedes hacer, porque eres un buen donante de órganos. Y porque tal vez mañana, un enfermo del corazón, del hígado o de los riñones (si es que no te los has castigado demasiado con tanto brebaje y tanto canuto) te lo agradecerá el resto de su renovada vida. Pero, por favor, ten cuidado cuando te la pegues, no sea que te dañes los ojos y esos ojitos tuyos tan monos, que tanto te han servido para echárselos a más de una periquita, podrían devolverle la vista a más de uno.
Sigue bailando, que es bueno para el corazón, y siempre habrá alguien que lo merezca, alguien que le daría algo de sentido a su existencia. Alguien capaz de respetar el descanso ajeno, alguien que no deja el suelo hecho un muladar después de una ruidosa fiestecilla. Alguien que, por respeto al otro, nunca conduciría ebrio. Alguien que dejaría latir ese corazón como un potro desbocado escuchando las notas de un laúd. Alguien, en resumen, que supiera valorar su propia vida y la vida de los demás.
viernes, 17 de septiembre de 2010
LA ELEGANCIA DEL ERIZO
Cuando a uno le insisten mucho (depende de quien lo haga) en que lea uno de esos éxitos editoriales de largo recorrido, suele abrir la primera página algo estreñido por las suspicacias y bastante cargado de excepticismo. Habría que reconocer -huelga el comentario, pero ahí va- que la calidad no siempre ha estado reñida con las buenas ventas. Empezando por el ingenioso hidalgo, ha habido honrosas excepciones en esto del libro comercial. Alguna que otra genialidad, incluso, pero no demasiadas. Últimamente se ha llegado a tal menosprecio por la inteligencia del lector que se podría asegurar que una cosa es la literatura y otra el mercado editorial. El temor está en que llegue el día -y todo hace parecer que está más próximo de lo que creemos- en que la literatura se convierta en una reliquia del pasado y haya que dar paso al puro entretenimiento. Ese requiem ya ha sido entonado en la novela DUBLINESCA, de Enrique Vila-Matas. El escritor catalán adelanta y empareja la muerte de la literatura y el final de los libros tal y como los hemos conocido durante los últimos quinientos años. ¿Será casualidad que ambos funerales hayan de celebrarse al mismo tiempo? Quién sabe.
He de reconocer que Muriel Barbery me ha sorprendido favorablemente. Y eso a pesar de haberse dejado sobrepasar por algún que otro cliché posmoderno, además de haber optado por un final excesivamente melodramático, a mi juicio. Pero tales detalles -detalles nimios- carecen del suficiente valor sustantivo como para hundir una buena novela en la que la escritora francesa ahonda en la fuerza de las apariencias, tanto a nivel individual (por aquello de la necesidad de usar máscaras) como a nivel social. LA ELEGANCIA DEL ERIZO, es una novela profundamente filosófica, una esperanzadora recuperación del uso literario como espacio para el pensamiento. Por supuesto, cabe la posibilidad de que los personajes carezcan de verosimilitud. Ninguna niña de doce años con antojos suicidas fácilmente predecibles, concibe el mundo como lo hace Paloma, una de las dos protagonistas. Para tener esa capacidad analítica, y sobre todo, para expresarla con tanta y tan lúcida soltura, hace falta haber vivido algo más de una docena de primaveras. Pero ¿importa ese detalle en el conjunto de una obra donde el cómo supera con creces al qué? Evidentemente no. No importa que la prosa y el pensamiento crítico de Paloma correspondan a una agudeza digna de Albert Einstein. Y no importa porque la autora ha ido mucho más lejos. Por medio de un juego de puntos de vista diversificados, nos presenta el retrato de la alta burguesía parisina de una forma deleterea. La visión que tanto Paloma como la señora Michel exponen con respecto a la clase dominante francesa es sencillamente vitriólica.
Todos los personajes -como todas las personas- están dotados de máscaras, con las que ocultan su verdadero yo. Tanto las dos narradoras como el resto del plantel, necesitan esconder su alma para sobrevivir. Todos nosotros aparentamos algo que no somos. Supongo que lo que nos hace interesantes es la posibilidad de desvelar lo que ocultamos.
He de reconocer que Muriel Barbery me ha sorprendido favorablemente. Y eso a pesar de haberse dejado sobrepasar por algún que otro cliché posmoderno, además de haber optado por un final excesivamente melodramático, a mi juicio. Pero tales detalles -detalles nimios- carecen del suficiente valor sustantivo como para hundir una buena novela en la que la escritora francesa ahonda en la fuerza de las apariencias, tanto a nivel individual (por aquello de la necesidad de usar máscaras) como a nivel social. LA ELEGANCIA DEL ERIZO, es una novela profundamente filosófica, una esperanzadora recuperación del uso literario como espacio para el pensamiento. Por supuesto, cabe la posibilidad de que los personajes carezcan de verosimilitud. Ninguna niña de doce años con antojos suicidas fácilmente predecibles, concibe el mundo como lo hace Paloma, una de las dos protagonistas. Para tener esa capacidad analítica, y sobre todo, para expresarla con tanta y tan lúcida soltura, hace falta haber vivido algo más de una docena de primaveras. Pero ¿importa ese detalle en el conjunto de una obra donde el cómo supera con creces al qué? Evidentemente no. No importa que la prosa y el pensamiento crítico de Paloma correspondan a una agudeza digna de Albert Einstein. Y no importa porque la autora ha ido mucho más lejos. Por medio de un juego de puntos de vista diversificados, nos presenta el retrato de la alta burguesía parisina de una forma deleterea. La visión que tanto Paloma como la señora Michel exponen con respecto a la clase dominante francesa es sencillamente vitriólica.
Todos los personajes -como todas las personas- están dotados de máscaras, con las que ocultan su verdadero yo. Tanto las dos narradoras como el resto del plantel, necesitan esconder su alma para sobrevivir. Todos nosotros aparentamos algo que no somos. Supongo que lo que nos hace interesantes es la posibilidad de desvelar lo que ocultamos.
viernes, 9 de julio de 2010
DIARIOS DE CABEZADEPERRO
ELITISTA
No hace mucho, cuando alguien defendía la enorme valía literaria del poeta y cantante Javier Krahe, uno de esos críticos entendidos en todo y lo demás, dijo algo así como que el tal Krahe podía hacer buenos sonetos pero que en aquello de cantar el cantautor desafinaba. Cuando esto último llegó a oídos del controvertido autor, éste, sin perder su clásica flema y esbozando una irónica sonrisa terció: “es que afinar es sospechosamente elitista”. Pues eso.
Más de una vez se ha discutido sobre el hecho de que los Festivales de Música y Danza de Granada tengan alguna que otra connotación elitista, o más bien pretenciosamente elitista. Soy de los que piensan que la música dejó de ser elitista en occidente hace unas cuantas décadas. La música, a decir de Simon Rattle, director de la Filarmónica de Berlín, además de un privilegio es un derecho inherente al ser humano. La buena murga debería estar al alcance de todos, y cuando Rattle dice de todos es de todos. La Filarmónica de Berlín (¿les suena?) ya no es un dinosario cultural en la moderna ciudad sin muros, ahora se ha transformado en una curiosa fundación que no se limita a esperar en un pedestal la llegada del público, sino que sale en busca del alma escuchante, desafiando sin descanso los herrumbrosos prejuicios de la siempre decadente burguesía europea.
El Festival de Granada siempre pecará de elitista. Los precios de las localidades realizan su función de criba. El horario de los conciertos y espectáculos de danza no está pensado para la clase trabajadora. Me refiero a esos que tenemos que madrugar para ganarnos la vida y de paso sustentar la maltrecha economía del país. También está aquello del petardeo con el vestuario, las tentadoras limonadas del solícito servicio de catering, y las crónicas de sociedad. Hace unos días, una de esas cronistas sociales de pasquín provinciano dedicaba una página completa a explicar lo importante que era asistir bien arregladito a las noches festivaleras. Puede que la calidad de una orquesta deje mucho que desear, que los metales de tal conjunto suenen a hojalata, pero nunca nos faltarán las lentejuelas y los modelos exclusivos en las frescas veladas del Generalife. Jamás, mira que te diga, faltará el impoluto traje de Armani con corbata y todo, aunque la temperatura nocturna convierta las axilas en puro magma. Eso sería lo último. Antes muertos que sencillos.
Desde hace bastante tiempo, he venido experimentando cierto resquemor hacia las reuniones tumultuosas en torno a esa misma música que suele emocionarme en mis horas de soledad. ¿Por qué? Pues porque bajo todo ese halo de apariencia burguesa, de falsa elegancia de una sociedad de nuevos ricos, todavía seguimos siendo unos incapaces a la hora de saber estar. Trataré de ponerles en situación. Uno llega al Palacio de Carlos V -ese cubo de roca caliza que tampoco hubiera estado mal en alguna otra parte de la ciudad- y busca su localidad, un asiento algo descentrado, clase C, donde va a percibir la tercera de Beethoven casi tan bien como el resto de la audiencia, aunque al final termine con algo de tortícolis. La gente entra en el auditorio mayoritariamente tarde. La impuntualidad es un rasgo que nos distingue del resto de los europeos, incluso del resto de la humanidad. La orquesta entra más tarde aún y los glúteos ya duelen cuando suenan los primeros acordes. A mi derecha se sienta una pija de mírame y no me toques que me regala un copito gaseoso antes de acabe el primer movimiento. Ha sido ella: lo sé porque el tufillo viene envuelto en algunos toques de Cacharel. En la fila delantera, una dama mueve su abanico con más energía que el presto final de la sinfonía, y yo apenas me he enterado de lo que me quería enterar. Puede que existan mentes privilegiadas capaces de concentrarse en la música, mientras el parroquiano de la izquierda se dedica a teclear en su Blackberry durante la mayor parte de la pieza. Me parece lógico cuando algún extranjero se ríe con discreción al escuchar la obligada locución inicial de conciertos, teatros y cines, donde la organización nos invita amablemente a apagar los móviles y evitar humaredas niconíticas y relámpagos fotográficos. De las flatulencias dicen nada. Lo peor no es que necesitemos ese tipo de advertencias para empatizar con el resto de la audiencia, sino que nunca podremos prescindir de ellas. Seguiremos siendo lo que somos, eso sí, escandalizándonos de que, por ahí fuera, la gente de otros pueblos no se dedique a hablarse a voz en cuello.
También -por aquello de refutar el fácil cliché del elitismo- disponemos del FEX, ese otro festival para gente modesta donde la entrada solo cuesta hacer cola pacientemente durante horas, a veces bajo un sol inclemente. En tales términos, suele suceder ese milagro maravilloso mediante el cual, cientos de personas a las que sólo une la pasión por el arrebato musical, permanecen absolutamente quietas, tal vez con los ojos cerrados, mientras un pequeño conjunto de música antigua resucita a Palestrina, Monteverdi e incluso al viejo Johan Sebastian. Puede que el FEX sea ese otro lugar donde hasta los pobres de solemnidad tienen la oportunidad de gozar del derecho a trascender más allá de sus propias realidades. Puede que en nuestro Festival B, se prescinda del frescor de la Alhambra y del buen vestir. Puede, es más que seguro, que alguna camarera del servicio de catering que no pudo asistir a los espectáculos de danza del Generalife por hallarse en ese preciso momento recogiendo platos, tenga la oportunidad de entrar en el Hospital Real y elevarse más allá de sí misma con unos acordes de laúd que resucitan a Leopold Weiss. La he reconocido, era la misma muchacha que me sirvió la limonada hacía dos noches y ahora sueña con los ojos cerrados sentada a mi lado. Sueña ahora con otros mundos que no están tan lejos como debería parecer; otros mundos que están dentro de todos y cada uno de nosotros. La música del laúd barroco, le ha arrebatado el alma y a duras penas contiene una lágrima de intensa felicidad.
© Gärt
No hace mucho, cuando alguien defendía la enorme valía literaria del poeta y cantante Javier Krahe, uno de esos críticos entendidos en todo y lo demás, dijo algo así como que el tal Krahe podía hacer buenos sonetos pero que en aquello de cantar el cantautor desafinaba. Cuando esto último llegó a oídos del controvertido autor, éste, sin perder su clásica flema y esbozando una irónica sonrisa terció: “es que afinar es sospechosamente elitista”. Pues eso.
Más de una vez se ha discutido sobre el hecho de que los Festivales de Música y Danza de Granada tengan alguna que otra connotación elitista, o más bien pretenciosamente elitista. Soy de los que piensan que la música dejó de ser elitista en occidente hace unas cuantas décadas. La música, a decir de Simon Rattle, director de la Filarmónica de Berlín, además de un privilegio es un derecho inherente al ser humano. La buena murga debería estar al alcance de todos, y cuando Rattle dice de todos es de todos. La Filarmónica de Berlín (¿les suena?) ya no es un dinosario cultural en la moderna ciudad sin muros, ahora se ha transformado en una curiosa fundación que no se limita a esperar en un pedestal la llegada del público, sino que sale en busca del alma escuchante, desafiando sin descanso los herrumbrosos prejuicios de la siempre decadente burguesía europea.
El Festival de Granada siempre pecará de elitista. Los precios de las localidades realizan su función de criba. El horario de los conciertos y espectáculos de danza no está pensado para la clase trabajadora. Me refiero a esos que tenemos que madrugar para ganarnos la vida y de paso sustentar la maltrecha economía del país. También está aquello del petardeo con el vestuario, las tentadoras limonadas del solícito servicio de catering, y las crónicas de sociedad. Hace unos días, una de esas cronistas sociales de pasquín provinciano dedicaba una página completa a explicar lo importante que era asistir bien arregladito a las noches festivaleras. Puede que la calidad de una orquesta deje mucho que desear, que los metales de tal conjunto suenen a hojalata, pero nunca nos faltarán las lentejuelas y los modelos exclusivos en las frescas veladas del Generalife. Jamás, mira que te diga, faltará el impoluto traje de Armani con corbata y todo, aunque la temperatura nocturna convierta las axilas en puro magma. Eso sería lo último. Antes muertos que sencillos.
Desde hace bastante tiempo, he venido experimentando cierto resquemor hacia las reuniones tumultuosas en torno a esa misma música que suele emocionarme en mis horas de soledad. ¿Por qué? Pues porque bajo todo ese halo de apariencia burguesa, de falsa elegancia de una sociedad de nuevos ricos, todavía seguimos siendo unos incapaces a la hora de saber estar. Trataré de ponerles en situación. Uno llega al Palacio de Carlos V -ese cubo de roca caliza que tampoco hubiera estado mal en alguna otra parte de la ciudad- y busca su localidad, un asiento algo descentrado, clase C, donde va a percibir la tercera de Beethoven casi tan bien como el resto de la audiencia, aunque al final termine con algo de tortícolis. La gente entra en el auditorio mayoritariamente tarde. La impuntualidad es un rasgo que nos distingue del resto de los europeos, incluso del resto de la humanidad. La orquesta entra más tarde aún y los glúteos ya duelen cuando suenan los primeros acordes. A mi derecha se sienta una pija de mírame y no me toques que me regala un copito gaseoso antes de acabe el primer movimiento. Ha sido ella: lo sé porque el tufillo viene envuelto en algunos toques de Cacharel. En la fila delantera, una dama mueve su abanico con más energía que el presto final de la sinfonía, y yo apenas me he enterado de lo que me quería enterar. Puede que existan mentes privilegiadas capaces de concentrarse en la música, mientras el parroquiano de la izquierda se dedica a teclear en su Blackberry durante la mayor parte de la pieza. Me parece lógico cuando algún extranjero se ríe con discreción al escuchar la obligada locución inicial de conciertos, teatros y cines, donde la organización nos invita amablemente a apagar los móviles y evitar humaredas niconíticas y relámpagos fotográficos. De las flatulencias dicen nada. Lo peor no es que necesitemos ese tipo de advertencias para empatizar con el resto de la audiencia, sino que nunca podremos prescindir de ellas. Seguiremos siendo lo que somos, eso sí, escandalizándonos de que, por ahí fuera, la gente de otros pueblos no se dedique a hablarse a voz en cuello.
También -por aquello de refutar el fácil cliché del elitismo- disponemos del FEX, ese otro festival para gente modesta donde la entrada solo cuesta hacer cola pacientemente durante horas, a veces bajo un sol inclemente. En tales términos, suele suceder ese milagro maravilloso mediante el cual, cientos de personas a las que sólo une la pasión por el arrebato musical, permanecen absolutamente quietas, tal vez con los ojos cerrados, mientras un pequeño conjunto de música antigua resucita a Palestrina, Monteverdi e incluso al viejo Johan Sebastian. Puede que el FEX sea ese otro lugar donde hasta los pobres de solemnidad tienen la oportunidad de gozar del derecho a trascender más allá de sus propias realidades. Puede que en nuestro Festival B, se prescinda del frescor de la Alhambra y del buen vestir. Puede, es más que seguro, que alguna camarera del servicio de catering que no pudo asistir a los espectáculos de danza del Generalife por hallarse en ese preciso momento recogiendo platos, tenga la oportunidad de entrar en el Hospital Real y elevarse más allá de sí misma con unos acordes de laúd que resucitan a Leopold Weiss. La he reconocido, era la misma muchacha que me sirvió la limonada hacía dos noches y ahora sueña con los ojos cerrados sentada a mi lado. Sueña ahora con otros mundos que no están tan lejos como debería parecer; otros mundos que están dentro de todos y cada uno de nosotros. La música del laúd barroco, le ha arrebatado el alma y a duras penas contiene una lágrima de intensa felicidad.
© Gärt
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